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miércoles, 15 de febrero de 2017

Elisa Lerner: “El venezolano sigue creyendo en actos de magia” por @prodavinci


Por Hugo Prieto


Esta entrevista es necesariamente extensa y ni siquiera es una gota de agua en la agitada y fructífera vida de Elisa Lerner, quien acaba de publicar una nueva novela. “La señorita que amaba por teléfono”, un recorrido por el siglo XX venezolano. Su aproximación al dolor y al sufrimiento de un país al que le ha costado muchísimo construir la civilidad es sencillamente conmovedor, aunque también puede resultar de una crudeza implacable, como esta frase que bien podría suscribir Juan Nuño. “Nuestro presupuesto estatal al darse a los peores es la puta de gran pubis negro hediondo a petróleo”.

Lo que sigue bajo estas líneas es la síntesis de una conversación construida sobre los pilares de su libro de crónicas “Así que pasen 100 años”. Para una niña que en los años 30 caminaba por los alrededores de los teatros, por la sede de los periódicos, —en la cercanía de El Nacional, por ejemplo, hacía guardia para ver si veía a Miguel Otero Silva, a Juan Liscano, a Antonio Arráiz, aunque eso nunca sucedió—, el periodismo y la escritura tenía que ser un destino.

En su libro de crónicas “Así que pasen cien años”, detiene su mirada en el ensayista Andrés Mariño Palacio. Podríamos tomar en cuenta una frase: En nuestro país —de pequeña sociología—, el creador siempre tuvo humanas limitaciones, pero hay otra máxima limitación, Venezuela, Venezuela misma. ¿No se trata de una condena ineludible?

Mariño Palacio quería, por encima de todo, ser escritor. Era muy brillante, digamos, para su metafísica personal, para su escritura. Pero él, ahora lo pienso de una manera más distante, conociendo un poco las propias experiencias vividas por escritores más cercanos, acaso por mí misma, cometió un gran error al abandonar el bachillerato. En aquel momento había un pedagógico de oro. Mariño Palacio pudo haberse graduado en el pedagógico. Eso le hubiera hecho mucho bien a su propio ensimismamiento y le hubiera dado alguna seguridad económica. Tenía esa maravillosa alternativa, pero un inmenso orgullo, por ser demasiado literario quizás, le hizo mucho daño. Él vivía de escribir crónicas literarias, que para entonces llamábamos en Sardio, notas. La creación de El Nacional, donde él empieza a escribir a los 17 años, es un momento estupendo. El periódico lo dirigía Antonio Arráiz, un viejo luchador antigomecista, un poeta reconocido, un hombre que amaba profundamente a Venezuela que, con la caída de Gómez, pensaba que venía una aurora para el país. Parte de esa aurora era hacer un periódico donde se diera cabida a la escritura literaria y se apoyara a los jóvenes, y entre esos jóvenes estaba Andrés Mariño.


La década de 1930 fue un momento muy importante en la vida política de Venezuela. Digamos que había un escenario distinto, más promisorio, pero la instauración de la democracia, resultó mucho más difícil de lo que se previó en esos años, porque muy pronto se instauró la dictadura de Pérez Jiménez.

En Venezuela, nunca podemos descartar que siendo un país joven, sin una gran tradición civil y, por tanto, sin una gran tradición cultural, todos somos, de alguna manera, súbditos del Estado. A Mariño Palacio se le había prometido que, con la ascensión de Gallegos, se le iba a enviar, como delegado cultural, a la embajada en Chile. El sur significa para nosotros muchísimo, incluso sin saber mucho de Borges. El sur era la ilustración, la cultura, la finura, la editorial Losada, la editorial Suramérica, la revista Sur. Esos países nos llevaban, como se dice popularmente, una morena. A Andrés se le derrumba el mundo y yo veo que no aparece publicado nada de él. Él escribía una columna en El Heraldo y sé, por una amiga que se había casado con un intelectual contemporáneo, que Andrés se había lanzado por el balcón del interior de la casa, que quedaba en San Agustín del Norte, muy cerca del cine América. Supe que le había dado un ataque de esquizofrenia, y lo que decía la gente: que se había vuelto loco. De camino a la Biblioteca Nacional, te podías encontrar al poeta Muñoz, a Sanoja Hernández, y a diario, en horas del mediodía a Andrés Mariño Palacio. Era un hombre muy joven. Serísimo. Aquella seriedad te daba pánico.

¿Mariño Palacio desapareció a raíz de ese ataque de esquizofrenia?

El había publicado un libro de cuentos, “Al límite del hastío”, también una novela “Los alegres desahuciados”, en un momento formidable si tú piensas que eso lo escribió a los 19 o a los 20 años, con una ironía que yo llamaba diabólica. No lo he vuelto a leer, porque es muy doloroso volver sobre libros que tú has admirado con una intensidad única, siendo muy jovencita. Una sala de redacción en Caracas, algo terrible, lapidario, decepcionante. Años después, doña Clemencia Palacio de Mariño, me contó que pasaban las limusinas, los intelectuales de clase económica más distinguidas, que lo venían a buscar para cocteles, para fiestas, para cenas. Lo mimaban, lo querían, lo admiraban. Eso desapareció apenas Andrés… bueno, lo que decían, está loco. Nadie volvió y el único amigo de verdad que él tenía, Héctor Mújica, según me cuentan, poco pudo hacer, entre otras cosas, porque estaba involucrado en la lucha contra Pérez Jiménez, cayó preso, fue torturado y, finalmente, salió al exilio. A mí no me gusta citarme, porque me parece una gran descortesía, pero yo lo digo en mi novela, De muerte lenta. “A Gallegos lo tumban, porque Venezuela no tiene alma literaria”. Ahí está todo el drama de Andrés Mariño Palacio, fue nuestro Bartleby*, él deja de escribir.

Una anotación sobre la última dictadura. “Bajo Pérez Jiménez hubo más que cemento de autopistas, separación y segmento de seres”. Las cursivas son de su autoría. ¿Qué reflexión haría?

Nada se completa en la modernidad, si el hombre no es respetado en su toma de decisiones. No hay futuro, ni construcción, ni luminosidad de las ciudades, sin ciudadanía. No es posible un país moderno sin un afán de libertad.

¿Qué era la libertad en esa época? ¿Un deseo? ¿Una necesidad? ¿Una añoranza?

Una añoranza entrañable. Sabíamos que estaba en el mundo, que se había recuperado después del triunfo aliado. Claro, después vino la guerra fría y eso, digamos, enfrió un poco la libertad. Esa ilusión se instaló en el país, a partir de la muerte de Gómez. Lo supe apenas entrar a la escuela pública en 1939, mis maestras fueron grandes ciudadanas. A ellas, especialmente a las de mi escuela, que quedaba de Cipreses a Velázquez, les debo lo que soy. Siendo una niña, en compañía de mis padres, caminaba por Santa Teresa y percibía el olor a tinta, creo que muy cerca se imprimía El Heraldo, para mí era como si estuviera al lado un bosque, era una gran alegría. Si el pueblo no votaba masivamente, al menos se respiraba esa sensación de libertad. Había periódicos y yo me acuerdo que un zapatero remendón que vivía cerca de nuestra casa tenía pilas de la revista dominical de El Heraldo, a mí los suplementos en los que se publicaban comics me volvían loca. Cuando pude leer sobre Dick Tracy, a Lady Luck y otros que no recuerdo, eso era la gloria, la felicidad. Había la radio, que también era una ilusión de libertad. Cuando Pedro Vargas cantaba, con esa voz tan cortés un bolero, tú sentías que ya nadie te regañaba. Había una cortesía en esa voz y en los boleros en general, tan distinta al látigo de los gobernantes, una voz que para el venezolano era una novedad.

Los autores que mencionaste, el poeta Rafael José Muñoz y Jesús Sanoja Hernández, también vivieron esa ilusión de libertad y posteriormente fueron perseguidos, torturados, enviados al exilio.

Y también Miguel García Mackle, que fue muy importante para mí. Ellos fundan el grupo Cantaclaro. Poco después empieza a truncarse esa ilusión de libertad. Exilian a Francisco Sucre y a su hermano menor, Guillermo, a Rafael Cadenas, a Sanoja y también a García Mackle. Aún no se siente tanto la sensación de tiranía, aunque ya había ocurrido ese asesinato tan enigmático que fue el de Delgado Chalbaud. El 24 de noviembre de 1948 fue un día muy doloroso. Uno, en su vida interior, quiere buscar un alivio en medio de la oscuridad y piensa, por ejemplo, que Delgado Chalbaud, que tenía una formación europea, no se puede aliar con lo más oscuro de la historia. Pero la oscuridad se lo lleva. Por eso es tan peligroso cuando tú te vinculas, desde lo más íntimo, con lo más oscuro de la historia.

                                           Elisa Lerner retratada por Roberto Mata

En el ensayo El país y la memoria increpas duramente a la sociedad venezolana, enumero algunas frases. Una, “La memoria ha sido tomada como ironía y no como seriedad y grandeza”. Dos, “La memoria ha sido usada también como fugaz entretenimiento y no como algo que nos enlaza colectivamente”. Y tres, “Nunca hemos querido tener memoria y en suma hemos preferido ser mágicos”. La actualidad de este ensayo es asombrosa. Quizás porque poco o nada hemos cambiado. Ha sido un siglo, y más, de desmemoria y olvido.

El venezolano sigue creyendo en actos de magia y muchos han querido olvidar; les conviene para la lucha por el poder, para su provecho personal. La memoria es también como un rezo interior. Nosotros hemos estado mucho en la posesión, en adquirir esto, lo otro; en la anécdota, en el espejismo. No sólo en los espejismos de la sabana de los que hablaba nuestro gran escritor (Gallegos), sino de los espejismos históricos. Y eso nos ha llevado, creo yo, a no ver con claridad, a ver menos claro. La memoria te sostiene como una familia interior. Es como una parentela que está dentro de ti. Te estructura, te mantiene. Y sin ella, tu historia y la de tu país se tambalean. Y por eso tenemos a gente aparentemente muy inteligente, muy equilibrada. Vemos al país desde una nocturnidad delirante.

De la memoria, como síntoma de la “viveza criolla”, Axel Capriles tiene todo un tratado “La picardía del venezolano o el triunfo de tío conejo”. Es una cuestión de actitud, una pulsión psicológica.

La falta de memoria nos ha condenado a la inmadurez; no nos conviene, es como un escollo. Es algo que creemos no necesitar para andar ligeros de equipaje.

¿No será que lo que tenemos que mirar y analizar es realmente muy violento? ¿Muy doloroso?

Hay algo de eso. Yo lo evoco en mi pieza (de teatro) Vida como mamá. A nadie le gusta recordar en el país. No, no nos gusta. Pero todo pueblo tiene sus dolores. Recordar es oscurecerse para poder aclararse después.

De eso no nos salvamos.

Todo pueblo tiene sus oscuridades, así como toda familia tiene sus secretos dolorosos. ¿No lo tienen los argentinos, con todo lo que vivieron con la Triple A? ¿No lo tienen los chilenos? Estoy hablando de cosas recientes. ¿No lo tienen los estadounidenses con todo lo que se vivió durante el macartismo? ¡Alemania! Alemania, sí. Alemania está recordando. Se está preguntando qué pasó durante la Segunda Guerra. Es como una política de Estado. La señora Angela Merkel ha sido en eso muy insistente. En España, la transición se hizo quizás olvidando los agravios y eso les ha traído algunos problemas. Constantemente aparecen nuevas visiones sobre la guerra civil.

Su visión sobre el machismo en Venezuela. El hombre condenado a la oscuridad del bar y la mujer atrapada en la cotidianidad del hogar. “El infranqueable abismo entre el mundo del hombre y el mundo de la mujer”.

Están en inencontrables paralelas, excepto en el lecho y el sexo, pero sin diálogo. Personalmente, vengo de un hogar no machista, seguramente por esa cultura judía, israelita, lo que sea, donde la mujer es muy importante, aunque a la hora del rezo hay esa separación tan venezolana. Sí, los hombres a un lado y las mujeres por el otro. Eso nunca lo he entendido. Tampoco tuve ese problema en la escuela o en el liceo, me iba de maravilla, era tomadísima en cuenta. En (el grupo) Sardio, imagínate. Aunque ahora advierto que había un sesgo machista, porque mis compañeros siempre enfatizaban “Elisa es la única escritora de Sardio” y claro, yo en mi vanidad, primero adolescente y luego juvenil, me parecía maravilloso. “Las otras son amigas”, muchachas muy inteligentes, lectoras, sensibles, que estaban en la universidad. Yo no tenía compañeras que escribieran al unísono que yo. Ellas, la mayoría, también eran machistas, terminado el bachillerato lo que querían era el matrimonio inmediato, como si fuese un refugio antiaéreo.

¿A que nos tiene condenado el machismo, porque esta sociedad sigue siendo tremendamente machista?

A un empobrecimiento humano, emocional, intelectual, amoroso, al divorcio recurrente. El hombre se casa, en primeras nupcias, generalmente, con una miss, con una jovencita, porque busca la carátula, pero no lee el libro, porque, bueno, somos poco lectores, ¿no?, eso también prevalece a la hora de escoger mujer. Y después se divorcia, se casa en segunda nupcias con una mujer preparada, a veces te dice, ella es de mi edad, quizás un poco mayor, pero es médico, es abogado. Ya leen un poco el libro, a veces se lo leen completo. A veces un amigo me dice, ya sabemos que Elisa no sabe cocinar, pero tú escribes, se te ocurren cosas, y contigo puedo hablar. A estas alturas no me piden que sea inteligente, puedo serlo porque tengo más de 80.
El Teatro Municipal es un lugar que aparece frecuentemente en tus crónicas, en tus novelas.

Sí, me la pasaba en el teatro, gracias a mis padres.

¿Tú también eres dramaturga, no?

¡Qué palabra tan horrible! Es así como ser odontólogo de las palabras, una cosa así.

¿Qué importancia tuvo para ti el teatro y, en particular, ese monumento histórico de Caracas, ese lugar de encuentro y de la cultura que es el Teatro Municipal?

Yo creo que como nosotros éramos una familia muy pequeña, mis adorables padres, mi adorable hermana… el hermano de mi papá, bueno, se quedaron en Europa, unos no se salvaron, otros se pudieron salvar. Un primo de mi papá se fue a Estados Unidos, le encantaba la música, lo pude conocer y me llevó a un concierto de verano. Unos se fueron a Israel. Nosotros no éramos como esas familias que los domingos van a visitar a sus tíos, a sus primos, como en Venezuela, que tienen mucha familia. ¿Cómo lo resolvieron mis padres? Mi papá era cantor en la sinagoga, quizás tenía el talento suficiente para llegar más allá, pero estaba limitado por una circunstancia, el había nacido un pueblo muy pequeño. Mi mamá, en cambio, era de Czernowitz, un centro cultural muy importante del imperio austrohúngaro (además, asiento de una numerosa comunidad judía). Yo me la pasaba en el cine. Mi mamá me llevó al cine y recuerdo que cuando la película estaba comenzando, yo estaba como en el vagón de un tren. Estaba Greta Garbo con Charles Boyer en María Walewska, en el pequeño cine Colón, que era un cine pobrísimo de la parroquia San Juan, adonde iba mucho Rodolfo (Izaguirre), pero yo nunca lo vi. Allí vi la belleza, vi un mundo, vi a Shirley Temple bailando tap con un negro, vi a Fred Astaire y Ginger Rogers. También iba a los cines del centro. Yo vivía en la última calle entre San Juan y Santa Teresa. Caminaba dos cuadras y estaba el Municipal, iba a la escuela y enfrente estaba el Teatro Nacional. Es decir, allí estaba mi familia viendo a los actores, viendo a los pianistas. Mi hermana Ruth era una gran actriz y una gran declamadora siendo una niña. El hecho es que ella se aprendía y yo la oía los poemas de García Lorca, de Antonio Machado, de Gabriela Mistral. Fue una gran maestra para mí. Los recitaba en los actos culturales, de los que se reía Cabrujas, pero fueron importantísimos en un país que no tenía civilidad y fueron el prólogo de lo que vino después.

                                            Elisa Lerner retratada por Roberto Mata

En la crónica “Así que pasen 100 años” está todo el siglo XX venezolano, con sus altas y sus bajas. El texto culmina con una mención a la constituyente del año 99, afortunadamente, digo, porque caso contrario, ¿qué podríamos decir de estos 18 años? ¿Qué podríamos agregar? Sería, en todo caso, algo que iría en contravía de ese título.

Han sido momentos, yo creo que difíciles para todos. Para mí también han sido momentos de pérdidas, he perdido familiares, he perdido amigos que se han muerto o se han ido del país. Estoy mayor, no trabajo activamente, porque los escritores, se considera, deben tener otro trabajo, a menos de que tengan mucho dinero, cosa que obviamente no ha sido mi caso. Lo que he hecho es dedicarme a lo mío, que es escribir. He publicado varias cosas. No quiero hacer el recuento. En la escritura he encontrado consuelo y me gustaría que ese consuelo lo encontraran los que pudieran leerme.

Hay una crónica, sin fecha, en la que refieres tu encuentro con Leonardo Ruíz Pineda, en la que incluyes, además, el regaño de tu hermana Ruth.

Esa crónica la escribí en 2012. La hice porque durante un almuerzo con Héctor Rodríguez Bauza le cuento esa historia que él desconocía. ¿Por qué no la escribes?, lo hice.

¿Cómo fue su encuentro con el vendedor de carros Alejandro Natera? Elisa Lerner se muestra llena de dudas, porque sospecha que no se trata de un intelectual.

Para mí un vendedor de carros era un ser despreciable. Tú no sabes lo que era encontrarse en cada esquina un local donde vendían carros lujosísimos. A mí me daba eso una inmensa rabia, yo le tenía odio a los carros. Me dice que es un vendedor de carros, yo lo miro con un desprecio único. Por supuesto, yo era una niña insoportable, elitesca, insufrible, impertinente. Entonces, Ruth les dice a mis padres que tiene que hablar con ellos muy seriamente sobre mi educación. Que voy por el camino equivocado, que me voy a convertir en un ser muy poco humano. Qué vergüenza, la pena que me has hecho pasar. Eres una pedante. Eres horrible. Eres esto. Eres aquello. ¡Ahí Ruth deja de fastidiarme! ¿Qué me va a importar a mí un vendedor de carros? A mí lo que me interesan son los escritores. Un día me encuentro con Miguel García Mackle, creo que en marzo, abril, de 1951. Me dice. Te manda saludos Ruiz Pineda. Casi me caigo. Acababa de cumplir 18 años y yo tenía mucho equilibrio en ese momento. Me sentí muy importante. Claro, Ruiz Pineda era un mito y yo, bueno, esa es la edad de la estupidez. Pero también dudé. ¿Ruíz Pineda me manda a mí saludos? Pero claro. ¿Pero, por qué? El es Alejandro Natera, chica. Mira, me entró un cosa, no sé si taquicardia, me puse de todos los colores. ¿Qué te pasa? Nada, nada. En cuanto pude, me puse al habla con Ruth. Ruth, eso no se le hace a una hermana, hacerme quedar tan mal con Ruíz Pineda. Ahora toda la vida va a pensar que soy una imbécil. Y al poco tiempo, Ruíz Pineda me envió el libro Cumboto.

El encuentro posterior con Ruíz Pineda, con la foto de su asesinato que publicó el diario El Nacional. ¿Qué ocurrió?

¡Ay! He llorado, llorado. Lloré el océano Atlántico. Lloré el océano Pacífico. Lloré, lloré, lloré, lloré con la fuerza de la juventud. La juventud sólo puede reír, pero cuando llora, llora océanos. Cuando tú eres mayor y sabes que no tienes la historia a tu favor, siempre estás dentro del llanto. De joven no conoces el llanto y la primera vez es como si el Ávila se llenara de lágrimas de lluvia.

A raíz de su nueva novela, “La señorita que amaba por teléfono”, quisiera compartir una inquietud. El punto es el siguiente. Como hija de inmigrantes, como personaje y narradora de la novela, reconoces y afirmas tu pertenencia a la historia y a la tradición cultural del país. ¿Con qué fuerza y terredad, según el concepto de Montejo, reconoces esa condición?

No sabría decirlo. Esta novela la escribí en medio de las pérdidas. En 2007 se muere Adriano. Nadie me dice nada de Eugenio y me llama, la noche antes de mi cumpleaños la viuda de Juan Sánchez Peláez, Malena, y me dice acaba de morir Eugenio, no quiero que eso coincida con tu cumpleaños, que es mañana. Eso fue en 2008. Siempre se lo agradeceré. Trabajé en 2010, 2012, 2013 y 2014, en 2014 murió mi hermana. Pero trabajé. Soy de poco corregir. Yo soy muy distraída, porque tengo el sueño sesgado. Pero esa manera de escribir no es artificial, me sale así. ¿Por qué? Quizás porque es el español que yo aprendí en la escuela, era el diálogo de mi hermana conmigo, que era oyéndola aprendiéndose los poemas. Era el lenguaje de la poesía. Porque mi madre se negó a hablarme en alemán, era el lenguaje de los verdugos del pueblo judío. Ellos hablaban en ídish, pero yo no entendía mucho. A mí me dijo una vez Ramón J. Velázquez en los años 50 que Ruth era una venezolana de 100 años, como si hubiésemos estado en el país 100 años, pero mi padre llegó en 1920 y mi madre en 1931. Pero tú eres de los grupos de intelectuales, que no tenían 100 años, no tenían el país tan dentro. Pero yo siento que quizás haber estudiado en una escuela pública, haber crecido en una calle tan variopinta, de San Juan, donde yo nací y donde viví toda mi infancia, haber ido a un liceo público como el Fermín Toro, y haber ido a la universidad, donde me encuentro con estudiantes que eran hijos de familias gomecistas, son ellos los que me dicen, lo tuyo tiene que ser escribir. Toda esa mezcolanza de diversas formas del venezolano, me hicieron profundamente venezolana. Sin perder, la cultura hogareña, la cultura ancestral del mundo judío y del mundo europeo.

*Bartebly y compañía. Novela de Enrique Vila-Matas

12-02-17