José María Ruiz Soroa 09
de enero de 2015
El análisis más común de la estrategia de Podemos
señala como su acierto básico el haber trazado un nuevo eje de comprensión y
definición políticas y, consecuentemente, haber imaginado una nueva forma de
definir al antagonista. Si hasta ahora ese eje utilizaba categorías
relacionales cargadas de ideología, tales como izquierda/derecha o
progresismo/conservadurismo, el nuevo discurso habría tenido la fuerza para
imponer al imaginario de la sociedad española una frontera distinta: la que
separa la gente/la casta, una divisoria en la que de un lado cae la ciudadanía
normal, plebeya o decente (la nueva política) y, de otro, los privilegiados o
corruptos que sólo merecen reproche moral y expulsión como residuo político (la
vieja). Estaríamos no más ante una exitosa aplicación de la teoría política del
discurso de Laclau y Mouffe ayudada, desde luego, por la coyuntura de una
indignación social difusa contra la política normal.
Este análisis es correcto pero insuficiente. Pone de
relieve las razones del éxito funcional del discurso y su rentabilidad política
inmediata, pero no avanza en definir más objetivamente la naturaleza de esa
propuesta, ni tampoco las consecuencias a que ésta conduciría a medio plazo si
Podemos se hiciera con una mayoría gubernamental. Es cierto que en la teoría
del discurso no tiene mucho sentido remitirse a una objetividad situada fuera
del mismo discurso (hors du texte), pero en términos politológicos más
clásicos sí es posible indagar en la naturaleza de la propuesta que encubre el
discurso. Y, a nuestro juicio, esa propuesta es en términos políticos
marcadamente totalitaria, por mucho que no lo sea con los rasgos de los
totalitarismos clásicos del siglo XX.
Tengo en mente la caracterización del totalitarismo
de Claude Lefort, como un fenómeno de representación de la no división. “El
totalitario es el modelo de una sociedad que se instituyese sin divisiones,
dispusiese del dominio de su organización, se refiriese a sí misma en todas sus
partes, y estuviese habitada por el mismo proyecto de edificación del
socialismo”. La nota esencial del totalitarismo es que produce una apropiación
completa del lugar del poder consecuente a una negación de cualquier división
interna de la sociedad, así como de cualquier posibilidad de alteridad
(legítima).
Reflexionemos: cuando Podemos propone
discursivamente su eje de antagonización, lo que sugiere no es una división de
la sociedad en dos o más propuestas políticas distintas, lo que hace es
declarar que la sociedad toda (la “gente decente”) está de un lado del eje, del
suyo, y lo que queda del otro lado es pura ganga política y moral
(prescindible). De hecho, no propone un eje sino un límite. La sociedad decente
que asume como suya Podemos no está atravesada por divisiones, ideas o
intereses plurales, sino que es única o, si se quiere, es una realidad total no
dividida: toda la gente decente, que por definición son todos los ciudadanos
respetables, está ahí, en el lado del pueblo, que es su lado. Lo que queda
fuera de esa totalidad no es sociedad, es corrupción. O es gente que todavía no
ha descubierto su auténtica subjetividad porque su mentalidad está todavía
manipulada por el marco comprensivo neoliberal (Monedero).
Podemos no pretende representar a unos intereses o
sentimientos políticos faccionales, sino a todo el pueblo, entendido como
totalidad indivisa, preexistente y antagónica de eso otro que termina por ser
inevitablemente el no-pueblo. En este sentido, la propuesta de Podemos de
comprensión y tratamiento del espacio político contradice directamente al
pluralismo democrático y, en ese preciso sentido, Podemos es totalitario.
Esta consecuencia es inexorable porque la definición
de la subjetividad protagonista del movimiento se hace en unos términos tan
genéricos que sus límites coinciden con los de la misma sociedad. Cierto que el
partido político predominante en las democracias actuales, el catch-all-party,
también pretende atraer a cuantos más posibles segmentos de intereses sociales
mediante la técnica de rebajar su dosis de identificación ideológica y
presentarse retóricamente como el paladín de todos, pero ello no pasa de ser
una técnica electoral. Pero en el caso de Podemos su estrategia discursiva es
su substancia política: una vez que se define de forma “total” al sujeto
resulta que no queda espacio (espacio legítimo o moral queremos decir) para
ninguna otra parte social que, por definición, no puede existir sino como la
antisociedad o el antipueblo.
En sus declaraciones públicas late este
totalitarismo de nuevo cuño. Cuando afirman que no son de derechas o
izquierdas, centralistas o nacionalistas, sino que son demócratas y punto, no
están practicando una retórica simplona (o abusando de una indefinición táctica
que les conviene ahora), sino que están definiendo su representación en unos
términos tan amplios que expulsan inmediatamente a todos los demás del campo de
juego, convirtiéndolos en no-demócratas. Cuando volvemos a escuchar
calificativos que nos suenan tan insólitos como el de “enemigos del pueblo”
aplicada a los políticos que defraudan o se corrompen, como proponía Pablo
Iglesias en Barcelona es porque, en su marco discursivo, los corruptos no son
tanto delincuentes como seres que están por fuera del pueblo.
Podemos asume en definitiva la representación de la
sociedad como unidad indivisa, a la que se corresponde idealmente el poder
también indiviso del partido: “Como si el pueblo fuera la parte sana y unida de
una sociedad que se volvería un bloque una vez que se despidiera a los grupos
cosmopolitas y los oligarcas”, en palabras de Pierre Rosanvallon.
Claro está, al final Podemos no desconoce la
multiplicidad de identidades relacionales y políticas que continuamente se
tejen y destejen en la sociedad. No, de hecho admite el pluralismo de
identidades sociales, pero lo reconoce sólo en su propio interior, nunca fuera
del magma aglutinado por su propio discurso. Todas las divisiones sociales en
intereses, grupos, etnias, comunidades, culturas, (la “multitud”) ya están
dentro de los círculos de discusión que elaboran y definen las decisiones de la
cúpula dirigente, o serán recogidas en ese asambleísmo deliberativo, de forma
que nada puede quedar fuera del partido/movimiento/gobierno salvo el
antipueblo.
Otra negación del pluralismo —aunque sea de índole
distinta— se produce cuando Podemos convierte en dogma eso que Daniel
Innerarity ha denominado “la vieja fe en la competencia universal de la
política”. Es decir, que no reconoce la inevitable segmentación del mundo
moderno en una pluralidad de sistemas (económico, jurídico, mediático,
jurídico) y considera a la política (su política) como capaz de ser el vector
interpretativo y manipulador de todos los demás subsistemas. Para Podemos la
economía, por ejemplo, no es sino una construcción discursiva más, que puede
por ello ser tratada con los recursos intersubjetivos y relacionales que
proporciona la política, sobre todo si se accede al poder. De ahí las
propuestas de renacionalización de la economía para aplicarle desde la política
soluciones de tipo autárquico (que recuerdan poderosamente a las primeras
franquistas). No se asume el pluralismo inevitable de la sociedad desencantada
de Weber.
Por último, y quizá lo más preocupante para el caso
de que Podemos llegara al poder, está la resurrección política del pouvoir
constituant de Sieyès —una vez pasado por el turmix decisionista de
Carl Schmitt— como la gran instancia a la que recurrir para superar de una vez
un constitucionalismo liberal considerado como represivo de la espontaneidad
social y rémora para la emancipación de los intereses populares. Cuando algunos
hablan de “reforma constitucional” no parecen ser conscientes de que no hablan
de lo mismo que Podemos cuando éste alude a la necesaria reactivación del poder
constituyente y su conservación como poder operativo y vigilante en el nuevo
ordenamiento. Es un equívoco que por ahora interesa al nuevo partido, pero que
puede resultar terrible para el sistema constitucional en el futuro. Porque el
“poder constituyente” como pura facticidad, como “poder de fundar”, como
“principio absoluto”, termina por ser lo que el inventor del concepto dijo al
final de su vida política: un monstre politique.

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