Fernando Mires 15 de noviembre de 2015
El silencio ha sido roto. La palabra
jamás pronunciada ha sido dicha. Ya no hay vuelta atrás. François Hollande ha
violado el tabú pero también ha dicho lo que todo el mundo sabía: la lucha en
contra del ISIS no es en contra de un terrorismo internacional abstracto.
Francia ha declarado la guerra al
ISIS, organización islamista supranacional que a su vez ya había declarado la
guerra a Francia y a toda Europa.
Los horrendos atentados, otra vez
cometidos en París, no fueron actos de fanáticos sin control. Hollande lo
expresó muy bien: son partes de un plan sistemático de guerra, organizado desde
fuera y con ramificaciones múltiples al interior de Europa. Dijo: guerra.
Guerra: palabra que espanta a
electores, que escandaliza a los bien pensantes, que asusta a los redactores de
periódicos, que no deben escuchar los niños. Pero también es la palabra que
mejor corresponde con el significado de los hechos que están sucediendo.
El atentado de París del 13-N será el
Pearl Harbor de los franceses. Pronto lo será para toda Europa y aunque Angela
Merkel todavía no se atreva a pronunciar la terrible palabra, ya no podrá
silenciarla más.
Tal vez los gobiernos europeos que
aceptaron formar parte de la gran coalición internacional en contra del ISIS,
imaginaron que solo se trataba de un frente político simbólico. Como siempre
creyeron que EE UU realizaría algunos ataques aéreos sobre posiciones
estratégicas y ellos después se limitarían a enviar medicamentos y alimentos.
Que las tropas del ISIS ya eran dueñas de Irak y de casi toda Siria, nadie
quería saberlo. Mucho menos querían saber que nosotros (Occidente) estamos en
guerra y que esa guerra la estamos perdiendo.
Pero Francia no es un país aislado.
Francia es el corazón histórico de la Europa moderna. Las palabras bélicas de
Hollande involucran a todos los europeos. Los gobiernos deberán revisar sus
posiciones frente a la declaración de guerra hecha sin rodeos por el presidente
francés. Más todavía, la que ya estamos viviendo, será una guerra asumida por
todo el Occidente político y sus aliados del mundo islámico.
No hay tiempo para preocuparse
demasiado con las razones de la guerra. Si la culpa la tuvo Bush o Bin Laden,
Husein o Asad, el colonialismo europeo del siglo 19 o el imperialismo
norteamericano del siglo 20, Obama o Putin, Adán o Eva, no es en este momento
lo más importante. Nadie piensa demasiado en las causas de un incendio cuando
se le está quemando la casa.
La guerra que presenciamos es, para
que nadie se engañe, una guerra mundial. No hay ningún motivo para designarla
de otro modo. Ya de hecho hay más países involucrados que durante la Primera
Guerra Mundial. Estamos viviendo, efectivamente, los primeros capítulos de la
Tercera Guerra Mundial. El Papa Francisco, quien no es precisamente un
belicista, ya la bautizó así.
La palabra guerra cambia todo el
espectro gramatical. Por de pronto, las alianzas internacionales deberán
adquirir un nuevo carácter. Las alianzas militares –hay que remarcarlo- no son
lo mismo que las alianzas políticas. Steinmeier, ministro del exterior alemán,
ya habló de re-estudiar las relaciones con Asad y con Putin. Probablemente
pensaba en Churchill y Stalin. Los ejércitos kurdos, hasta ahora los únicos que
luchan cuerpo a cuerpo en contra del ISIS, deberán ser considerados aliados de
Occidente, guste o no al gobierno turco. Lo mismo Irán. Los califatos
petroleros, Arabia Saudita antes que nada, deberán someterse a un sistema de
vigilancia que controle las remesas destinadas a financiar al ISIS. Y si Hamas
y Hezbollah ya se han distanciado de ISIS, deberán ser aceptados como aliados
temporales.
La que ya ha llegado no será una
guerra como las anteriores. Es una guerra donde un enemigo no usa uniforme ni
es identificable a simple vista. Los aparatos de inteligencia y toda la
modernidad digital deberán ser reactivados en su máxima intensidad. Los
aeropuertos se parecerán en algunos momentos a las cárceles. En otros momentos
parecerán hospitales. Hoteles ultramarinos con piscinas y campos de golf, serán
convertidos en trincheras. La vida cotidiana será cada vez más restrictiva. Las
mentalidades paranoicas reverdecerán entre las autoridades administrativas y en
su celo, cometerán absurdos desmanes. Como dijo Joschka Fischer, Europa ingresa
a la “normalidad” del mundo.
Las palabra guerra cambiará, además,
otras palabras. Los fugitivos que huyen de los bombardeos en Irak y en Siria
deberán ser designados -y por lo mismo tratados- como lo que son: refugiados de
guerra. O población evacuada. Solo así podrán ser protegidos de las garras de
los neofascistas que erigen alambradas y queman lugares de refugio.
Los neo-fascismos que abogan por la
fragmentación de Europa y de sus naciones, también deberán ser vistos como lo
que son: agentes objetivos de enemigos extra-continentales. Europa estará
obligada a unirse más que nunca antes, ya sea consigo misma ya sea dentro de
sus naciones. En el marco determinado por una guerra mundial no hay lugar para
secesionismos étnicos.
Nadie se engañe; hay que decirlo con
todas sus letras: La que ha comenzado será una guerra irregular, prolongada, y
sobre todo, como todas las guerras, cruel; muy cruel. Para el enemigo de hoy,
al igual que para los nazis de ayer, una guerra si no es total no es guerra.
Eso hay que saberlo desde el primer momento. A la realidad hay que mirarla de
frente aunque su rostro sea horrible. La otra alternativa es la locura.
Estoy escribiendo al lado de una
radio encendida. No tengo tiempo para redactar frases impecables. Quizás en
estos momentos, desde un hotel en Berlín, escribo como la persona en la que me
convertiré sin desearlo ni saberlo: en un simple corresponsal de guerra.

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