Por Carlos Molina Camacho
El humanismo cristiano de
las cooperativas se puso de relieve, por el Papa Juan XXIII, en su encíclica
Mater et Magistra (año 1.961). Era la primera vez que un documento de esta
importancia, no sólo para los que profesamos la religión católica, sino para
todos aquellos que desean la edificación de una mejor sociedad que la que
tenemos, aludía a las cooperativas de modo tan favorable.
Esta encíclica se refiere a
las cooperativas como siendo las estructuras socio económicas más acordes con
la dignidad del hombre, y más idóneas para estimular en el trabajo el sentido
de la responsabilidad.
Señala también que las
uniones cooperativas han de asegurar a la pequeña y mediana empresa las
ventajas de la gran empresa.
Asimismo, se afirma en el
documento que “deben asegurarse y promoverse, de acuerdo con las exigencias del
bien común y las posibilidades del progreso técnico, las empresas artesanas y
las agrícolas de dimensión familiar, y las cooperativas, las cuales pueden
servir también para completar y perfeccionar las anteriores”.
“Las cooperativas, según la
encíclica, son creadoras de auténticos bienes y contribuyen eficazmente al progreso
de la cultura, ya que con su trabajo pueden despertar cada día más en todas las
clases sociales el sentido de responsabilidad y el espíritu de activa
colaboración y encender en todos el entusiasmo por la originalidad, la
elegancia y la perfección del trabajo”.
En efecto, las cooperativas
de trabajo asociado, en donde los trabajadores dejaron de ser simples
asalariados para acceder a la propiedad de su empresa, realza la dignidad del
trabajo humano y repara ¡al fin! la gran injusticia de situar al capital por
encima del trabajo, al conceder al primero el derecho de percibir la mayor
parte del beneficio económico obtenido y de dirigir como le plazca la empresa
de naturaleza plutocrática.
Prosigue el documento
haciendo énfasis en que “los hombres del campo establezcan una extensa red de
empresas cooperativas. Los cultivadores del campo, dice, deben sentirse
solidarios los unos de los otros, y colaborar todos a una en la creación de
empresas cooperativas”.
Finalmente la Mater et
Magistra del llamado Papa Bueno, Juan XXIII, expresa “complacencia por aquellos
hijos nuestros que en diversas partes del mundo se esfuerzan por crear y
consolidar empresas cooperativas”.
Ojalá que la venidera
Administración dé luz verde a la creación y fomento de cooperativas, no sólo
las de trabajo asociado, sino también las que exigen la organización colectiva
de consumidores y usuarios, para que cese la expoliación a que son sometidos
por capitalistas inescrupulosos.
Me refiero a las
cooperativas de consumo de alimentos y otros rubros; las de ahorro y préstamo;
las de vivienda; las de servicios educativos y de salud, etc.
Hay que superar el mal
recuerdo de la organización de cooperativas llevada a cabo por la presente
Administración, que ha dado lugar a un gigantesco cementerio de cooperativas
(según el profesor UCV Oscar Bastidas Delgado el mayor del mundo) por la
concesión de créditos sin la debida evaluación de los cooperativistas, en punto
a formación y capacitación para administrar tales empresas, y otros gruesos
errores de promoción, entre los cuales hay que destacar la politización del
movimiento cooperativo.
Un pujante movimiento
cooperativo en los próximos años nos ayudaría a ir forjando una sociedad más
justa, más humana, más cristiana en suma, si nos atenemos a lo expresado por el
Papa Bueno en la comentada encíclica.
Ex Superintendente Nacional
de Cooperativas
Nota: las citas del
documento han sido tomadas del libro “Capitalismo, Socialismo y
Cooperativismo en la enseñanza social de la Iglesia”, del profesor Jaime Miró
Miró (Unellez, San Carlos, Cojedes, Ediciones Trípode, 1991).
12-08-16

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