Humberto García Larralde 13 de marzo de 2024
La decisión tomada sobre la fecha de las elecciones presidenciales, revelan las artimañas de que se vale la oligarquía a la que nos enfrentamos. Fue escogida deliberadamente para dificultar la participación de las fuerzas democráticas. No sólo anticipa intempestivamente los comicios medio año –con lo que ello puede acarrear para una abigarrada relación de partidos y agrupaciones diversas que sólo ayer se descalificaban mutuamente y apenas ahora suman fuerzas tras una candidatura única–, sino que convierte en quimera la actualización del registro electoral y las posibilidades de viabilizar la votación de los millones de venezolanos que emigraron fuera. Encima, al mantener la tramposa inhabilitación sobre la candidatura de María Corina Machado, el fascismo bolivariano apuesta a que, con tan poco tiempo para solventar este impasse (hasta el 25 de marzo), provocará desencuentros entre fuerzas opositoras, precipitando la abstención masiva de quienes se sienten defraudados con la fórmula que resulte. Es la única carta que pudiese evitar su segura derrota. Ante eso, el mantra de “Hasta el Final” con que MCM identifica su campaña no puede sino entenderse como el compromiso indisoluble con la salida electoral.
Como
enseñanza, recordemos la reacción de Maduro ante el triunfo contundente de las
fuerzas democráticas en las elecciones parlamentarias de 2015. Cuando muchos
dirigentes confiaban en que el control del legislativo les deparaba vías para
salir de él, simplemente confiscó sus potestades y se convirtió, de hecho, en
dictador. Respetar las instituciones y conservar apariencias democráticas en
absoluto estuvo en la mente de Maduro. En eso se diferencia el fascismo de las
dictaduras militares clásicas. Éstas justificaban sus atropellos con una
narrativa en la que aparentaban defender los mismos preceptos democráticos que
destruían: sin tutelaje militar, se perdería la república y la tranquilidad
ciudadana, dada la irresponsabilidad de los políticos de turno y/o la amenaza
de fuerzas subversivas.
El
discurso chavo-madurista, al contrario, se arropa en desplantes
“revolucionarios” para desechar, desde una auto adjudicada postura de
supremacía moral, toda necesidad de justificar sus desmanes. Sin empacho
alguno, cometen sus atropellos insultando a quienes les increpan de ello. No
hay freno moral, ético, legal, ni humanitario para sus desenfrenos. Al carecer
por completo de escrúpulos, tampoco experimentan sentido del ridículo, Así lo
demuestra Torquemada Saab, al acusar al jefe del comando de campaña de MCM en
el estado Barinas, detenido hace poco por el SEBIN, de formar parte de una
operación “Brazalete Blanco” para asesinar a Maduro. La misma acusación
inventada contra Rocío San Miguel. ¡Qué vergüenza! Ya son cuatro los miembros
del comando de MCM presos arbitrariamente.
Pero,
en las condiciones que enfrentan hoy, el amparo de la burbuja ideológica
fascista le es de poca ayuda. La intimidación de su chantaje provocador
(brinkmanship) es cada vez menos eficaz. Tantean hasta dónde pueden llegar con
sus medidas represivas buscando no incitar reacciones que acentúen, aún más, la
vulnerabilidad de su aislamiento, tanto en lo interno como internacional. Sus
atropellos alimentan, ahora, la indignación y el compromiso con el cambio de
los venezolanos. Y ello lo capitalizó la constancia de María Corina Machado
predicando la necesidad del cambio. Con todo lo desventajoso que será competir
con un calendario tan apretado y bajo la amenaza represiva de esbirros
chavo-maduristas, las fuerzas democráticas tienen en ello una ventaja
incontestable ante las de la reacción. Y es su manifiesta vocación de hacer
valer su posición abrumadoramente mayoritaria en las elecciones. La fuerza (de
los números y, por ende, de los votos) está con nosotros. Su eje, que muchos
han tardado en reconocer, está en las esperanzas, afectos y motivaciones
construidas en torno al liderazgo de MCM.
Por
tanto, desviar los esfuerzos opositores a la consecución del candidato “idóneo”
para sustituir a María Corina cuando se confirme, previsiblemente, su rechazo
como candidata es contraproducente si ello debilita la fuerza. Los esfuerzos
deben concentrarse en agrandar esa fuerza aún más. Significa volcarse, en estos
momentos, a acompañar a la candidata en su campaña, en su recorrido por las
poblaciones del país, contribuyendo a vigorizar los ánimos a favor del
inevitable cambio. Es el momento de MCM y no se puede desaprovechar. En la
medida en que ello se haga patente, más posibilidades habrá de comprometer los
apoyos, incluyendo los de líderes democráticos de otros países, para revertir
la tramposa inhabilitación. Aún sin lograrse, se habrán resentido las
pretensiones electorales del chavo-madurismo. Se esperaría, además, que del
calor de esas movilizaciones pueda emergiera, de una forma más aceptable y con
el obligado reconocimiento de MCM, el sustituto que mejor calce en los desafíos
que deberá superar el triunfo de la democracia. Porque de ocurrir en frío, no
hay garantía de que pueda recogerse ese entusiasmo que ha despertado la campaña
de María Corina. Pase lo que pase, ella deberá seguir siendo una referente
central de los esfuerzos por cobrar la abrumadora ventaja que representa, en la
voluntad popular, las ansias de sacarse de encima a quienes han causado la peor
tragedia imaginable en Venezuela, sea como candidata o bajo otra figura de
relieve. Mantener su liderazgo en torno a las tareas propuestas por la Gran
Alianza Nacional (GANA) será imprescindible.
Mi
inveterado optimismo me lleva a confiar en que, a la hora de las chiquitas,
María Corina Machado estará a la altura del compromiso que ha construido en pro
del triunfo electoral de la democracia. Cabe repetir que la responsabilidad de
esto no corresponde sólo a ella. Será un compromiso de todos, en particular,
del liderazgo opositor, en asumir las cargas que permitan cohesionar esa fuerza
triunfadora.
Acrecentar
la fuerza es también un imperativo si fijamos la mirada un poco más allá de la
contienda electoral. Ya de por sí ganar ésta, aún con la abrumadora voluntad de
cambio de los venezolanos, representa un formidable desafío, dado un “campo de
juego” tan sesgado a favor del oficialismo. El hecho de cometer la estupidez de
escoger al peor candidato posible, N. Maduro, si bien nos favorece, puede ser
una señal de su disposición a patear la mesa, convencidos de que, por las
buenas, no tienen vida. Pero, aún cumpliéndose las expectativas de un triunfo
democrático, el(la) presidente electo(a), habrá de sortear una larga travesía
en el desierto –cinco meses—antes de poder acceder a la jefatura de Estado.
Fiel a su naturaleza, no caben dudas de que el fascismo chavo-madurista
realizará todo lo que puedan para invalidar ese triunfo. De nuevo, hay que
aprender de lo ocurrido con las parlamentarias de 2015. La diferencia se
marcará a nuestro favor, solo si logramos forjar la unidad y coherencia de
propósitos –la fuerza—que permita arrinconar sus ansias de retaliación. Y,
todavía habrá que enfrentar, una vez asumida la presidencia, la potencialidad
saboteadora que representa su control sobre la Asamblea Nacional, el poder
judicial, el mando de la FAN, sobre numerosas gobernaciones y alcaldías, como
sobre estamentos estratégicos del Estado como PdVSA, puertos y aeropuertos,
amén de su capacidad de instrumentar acciones de bandas criminales a su favor.
Todo
lo mencionado tendrá viabilidad si se conservan y fortalecen los canales de
diálogo y negociación con el oficialismo, tanto en los meses que quedan para
las elecciones, como posterior a éstas. Debe hacérsele entender que su proyecto
autoritario y expoliador no tiene vida, por más que logren aferrarse al poder
unos años más con base en la represión. Concertar un compromiso efectivo de
gobiernos democráticos cercanos en la coordinación de condiciones favorables a
una transición exitosa pacífica podrá ser decisivo. Asimismo, propuestas de
solución a los gravísimos problemas que presenta el país, muchos de ellos
incluidos en el programa de gobierno de MCM, deberán ser objeto de discusión y
de búsqueda de apoyo entre estamentos del chavismo que quieren dejar atrás la
noche oscura. Y, desde luego, no puede quedar fuera el espinoso problema de
acordar los elementos de una justicia transicional que haga viable el cambio
político, bajando los costos de salida de algunos jerarcas chavo-maduristas.
Ahora,
como nunca antes, se presentan condiciones para que pueda concretarse una
salida electoral. En ella, la figura de María Corina Machado ha mostrado ser
una pieza central. Hemos aprendido, con mucho sufrimiento, que el lado oscuro
no descansará en sus pretensiones de imponer el mal sobre nuestras existencias.
Que la fuerza esté con nosotros para superar tan funesto desiderátum.
Humberto
García Larralde


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