Carlos Romero Mendoza 10 de noviembre de 2017
@carome31
El 1
de noviembre de 2017, el Presidente Nicolás Maduro exhortó públicamente a los
candidatos de oficialistas para las elecciones municipales del 10 de diciembre
2017 a retomar el proyecto de las ciudades comunales, comunas y consejos
comunales, en tal sentido advirtió:
“Ese
es el eje nuestro, construir ciudades socialistas, comunales, para reordenar el
caos capitalista que heredamos desde hace aproximadamente cuatro siglos
atrás”.[1]
Ninguna
novedad representa ese anuncio, más bien el tono y la forma de su anuncio
contrasta cualitativamente con los bombos y platillos con los cuales en las
elecciones municipales del año 2013 anunciaron el Plan Comuna o Nada,
estrategia de movilización electoral para las elecciones municipales de
diciembre del año 2013.
Y como
el régimen es excesivamente imaginativo en crear instancias políticas, en el
2013 reactivó a los fines del Plan Comuna o Nada una denominada Comisión
Presidencial para las Comunas, que entonces estuvo presidida por Héctor
Rodríguez, actual gobernador del estado Miranda y cuyos resultados no resultan
fáciles de medir.
Aquél
proceso electoral de 2013 registró como resultados un total de votos para el
PSUV de 5.265.930, que representó el 48,76% de la participación electoral.
Mientras, la oposición capitalizó 4.410.238 de votos que representaron el
40,84% de participación electoral[2]; resultado que le permitió a la Unidad
asumir la gestión de gobierno en la Alcaldía Metropolitana de Caracas más cinco
de sus seis municipios; además de Maracaibo, Valencia, Barquisimeto, Maturín,
San Cristóbal y Mérida. También la Unidad ganó en otros bastiones del chavismo
para el momento, como eran El Vigía, Valle de la Pascua, Barinas y Valera. En
la actualidad, varios de esos alcaldes electos en el 2013 están exiliados o en
situación de presos políticos.
El
periodista Eugenio Martínez afirmó que el triunfo de la Mesa de Unidad
Democrática “en las ciudades más simbólicas del país (por su población o por su
identificación con la revolución) provoca que la oposición genere en sus
electores una percepción de triunfo que el chavismo –a pesar de su evidente
ventaja numérica– no logra contrarrestar”.
A esas
elecciones del 2013 llegamos más por suerte que por presión social y política.
En tal sentido es oportuno destacar que para ese momento la última elección de
alcaldes había sido en el año 2004 y la de concejales en el año 2005. En consecuencia, los períodos electorales
fueron extendidos discrecionalmente por el Consejo Nacional Electoral a
espaldas de la voluntad popular, y así pasaron varios años hasta que decidió el
órgano rector realizarlas, pero nuevamente uniendo ambas elecciones locales: la
de alcaldes y concejales.
Es
importante no olvidar un detalle que es grave, y es que en la elección de
concejales del 2005 los venezolanos tuvimos la oportunidad de participar
eligiendo a los integrantes de las Juntas Parroquiales, instancias que
originalmente se diseñaron para la descentralización de la gestión municipal y
luego se reformaron para orientarlas hacia la desconcentración de esa misma
gestión local. Esa oferta electoral se perdió y fue arrebatada para las
elecciones del 2013, gracias a la Asamblea Nacional producto del
abstencionismo.
Resulta
importante destacar que las elecciones municipales del año 2013 sirvieron de
antídoto para evitar que el Poder Público Municipal, sus instituciones y
competencias, pasaran al olvido en la memoria del colectivo venezolano. Se reivindicó al Poder Público Municipal con
aquellas elecciones.
En
consecuencia, desde el 2000 hasta la fecha, el régimen ha hecho con las
elecciones municipales lo que ha querido y la sociedad en general se lo ha
permitido con pasividad asombrosa.
Nuevamente,
la conducta del CNE se repite, separaron la elección de alcaldes y la de
concejales violentando el orden legal existente, extendiendo el período de
gestión de los concejales hasta nuevo aviso y a espaldas de la voluntad
popular. Fecha cierta no hay, sólo la ambigüedad de que la misma será en el
2018.
La
nota que marca la diferencia en este proceso electoral municipal es que aparece
un nuevo actor, la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, que ordena
realizar la elección y dividirla en dos procesos, haciendo que un CNE
subordinado a ella active todos los mecanismos operativos para llevar adelante
un accidentado y muy dudoso proceso electoral municipal; tan dudoso como el que
se realizó el pasado 15 de octubre 2017.
El
Municipio, que constitucionalmente se reconoce como la forma de organización
del territorio nacional, pareciera ser una “migaja” del contexto institucional
del Estado Federal Descentralizado, motivado a que el régimen se ha encargado
de imponer el desánimo y la frustración en los electores, luego del 15 de
octubre del 2017, cuando el CNE decidió burlar toda formalidad y rigurosidad
legal para la convocatoria y desarrollo del proceso electoral.
Las
elecciones regionales lograron romper la mínima confianza que existía entre
electores con los dirigentes políticos y los partidos políticos, el desafío
ahora es cómo en este contexto tan autoritario de gobierno, donde no hay
espacios que garanticen las libertades democráticas, se puede restituir esa
confianza rota, que es pieza fundamental para poder restituir la democracia.
Los
principales partidos políticos han decidido no participar en el proceso
electoral municipal previsto para diciembre 2017, pero esa decisión, como ha
sido característico en el pasado, se ha tomado sin el debate y sin la
orientación, menos aún sin la discusión debida con los ciudadanos.
Nuestros
dirigentes parecieran olvidar que no estamos hablando de una elección nacional,
no se trata de cualquier proceso electoral, se trata de 335 elecciones, con
distintos rostros y realidades, pero que se conectan entre sí, porque sus resultados
tienen incidencia directa, inmediata y efectiva en la calidad de vida de los
ciudadanos. Además, es en esa instancia donde cada uno de nosotros logra
entender mejor lo que significa la democracia, la institucionalidad y la
ciudadanía.
Mientras
la rebeldía se decreta, sin ni siquiera volver a citar el 333 y 350 de la
Constitución, el Gobierno retoma su visión estratégica de reactivar su
metodología original de impulsar la transformación desde el nivel local y
comunitario con los Consejos Comunales, Comunas y, entonces, Ciudades
Comunales, que son parte de un modelo institucional dibujado en el Plan de la
Patria 2013-2019 que pretenden ampliarlo hasta el 2030 como lo ha pedido el
presidente Maduro el pasado 30 de octubre de 2017.[3]
Frente
a esos anuncios del Gobierno de impulsar el modelo comunal, los vecinos,
aquellos líderes comunitarios que sin aspiraciones electorales siempre han
lidiado con la defensa de la democracia en los términos de libertad de
participación y de asociación, y exigencia de calidad en la prestación de los
servicios públicos, quedan en la más absoluta indefensión, sin voceros
efectivos y, en consecuencia, en un estado de orfandad muy grave para la salud
anímica de nuestras comunidades, que claramente termina de romper cualquier
posibilidad de cohesión en nuestra sociedad.
Las
razones para no participar en las elecciones municipales son muy válidas, pero
no son nuevas, ya eran conocidas, los partidos tienen sus razones, se les
respeta, pero es oportuno reclamarles la ausencia de consulta, aun sabiendo que
tienen estructuras municipales y concejales en ejercicio, a través de los
cuales los electores lograrían una efectiva comunicación abierta y directa.
Pero no saben utilizar efectivamente esos canales.
La
orfandad ciudadana lleva a que al mismo elector ya no le importe ir o no al
proceso electoral, pues no encuentra razones que lo motiven a ello y, menos
aún, un plan B que le motive a no hacerlo. En consecuencia, el único mensaje es
bajar la santamaría, echar al cesto de la basura las buenas gestiones logradas
por cada alcaldía, hasta que el sistema electoral sea cambiado para ir a unas
elecciones presidenciales en el año 2018, en una fecha que hoy es incierta.
¿Mientras
tanto qué?, se preguntan algunos. En medio de esto, pareciera que la única
posibilidad inmediata de trabajar el tema de la confianza con el electorado
pasa por la necesaria definición de un Pacto Nacional de Unidad para la
restitución del orden constitucional y democrático de Venezuela.
Vivimos
momentos confusos, cuando nadie tiene toda la razón en sus manos, menos aún la
verdad absoluta. Pero lo que sí es seguro es que cuando ha habido unidad y
espíritu unitario hemos resultado victoriosos. Unidad y más unidad, no tenemos
opción.
Carlos
Romero Mendoza
@carome31


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