Asdrúbal Aguiar 11 de marzo de 2024
Sé que
algunos y muy estimados amigos, juristas o dirigentes políticos, de
preguntárseles sobre si es acaso importante plantear un nuevo debate
constituyente que le permita a Venezuela el renacer de sus instituciones y la
recomposición de su sociedad, hoy pulverizada como nación, dirán que lo primero
es salir de la dictadura de sesgos criminales y destructora de las voluntades
democráticas imperante. O que, al cabo, si el problema prioritario fuese la
Constitución, bastaría con tener en el futuro jueces idóneos, probos e
independientes, que reexaminen las desviaciones interpretativas a las que ha
sido sometida la hoy vigente por el Tribunal Supremo dictatorial.
En cuanto a lo primero, cabe preguntar sobre si será posible –con la sola salida de la dictadura y la eventual realización de unas elecciones por lo pronto simuladas, al pretenderse excluir de las mismas a María Corina Machado– reensamblar a un país en diáspora hacia adentro y que, a contrapelo de su historia ha tenido que emigrar por vez primera, dispersándose en el mundo. Son casi 8 millones de compatriotas quienes vagan sin un decálogo o Torá que les permita sostener la identidad, sin que les baste compartir una misma documentación, tener un talante propio, o la realidad de ser hijos de una geografía privilegiada: la mejor del mundo, como decimos.
De ser
cierto lo segundo, si lo que pesa y determina la vigencia de unos valores
constitucionales que asumimos compartidos es que bastará una exégesis adecuada
del texto constitucional de 1999, la hipótesis es que volveríamos al mismo
punto de partida en el que se situó Hugo Chávez a partir de 2000, al hacer
depender la existencia de Venezuela como nación y como patria del acto de
autoridad de unos jueces constitucionales a quienes se les designa a dedo y
controla o se les estima como ilustrados.
Lo
último pasaría por alto datos de la experiencia que no deben ser subestimados:
uno, que la Constitución Bolivariana, más allá de haberse originado sobre una
violación palmaria del texto de su precedente, la de 1961, que fue el
fundamento de la república civil, fue la obra de una constituyente
absolutamente dominada por la autocracia militarista entonces emergente. Su
aprobación hubo lugar en un referéndum al que acudió el 44% del padrón
electoral nacional. El otro es que, dicha Constitución, más allá de su desbordante
nominalismo libertario –se dijo y repitió que era la mejor del mundo en materia
de derechos humanos– quedó atada y frenada por una ingeniería constitucional
reforzadora de un presidencialismo totalizante del poder y sujeto a una triple
visión atentatoria contra la libertad: a) la subordinación de la persona humana
y no solo de la nación al Estado, conjugándose siempre a favor de este y su
soberanía; b) la fijación del dogma doctrinario bolivariano, esencialmente
dictatorial, como principio de la exégesis constitucional; y c) el carácter
transversal sobre el mismo orden constitucional de la idea de la seguridad
nacional, bajo un binomio militar-cívico en el que se privilegia la actuación
de la Fuerza Armada. Podría decirse que ella contiene una narrativa consistente
con la desviación histórica que ha hipotecado el devenir de Venezuela, la del
gendarme necesario.
La
prórroga de esa cosmovisión por razones de conveniencia – se supone que del
crimen que ha secuestrado al poder político y la de quienes con afán como
“alacranes” se lucran del mismo – al cabo no hará sino repetir las esencias de
ese citado gran pecado de nuestra génesis nacional, que cristaliza tras la
emancipación y la independencia (1810 y 1811) y sobre las cenizas de la Primera
República (1812), a saber: a) la creencia bolivariana de que el pueblo, débil,
no está preparado para el bien supremo de la libertad (Cartagena,1812); b)
sostener que la independencia se debe a los hombres de armas (Angostura, 1819),
significando antes que libertad cambió la forma de gobierno y separación de
España, mientras, en el interregno se validaba el modelo de presidencialismo
monárquico vitalicio, urdido en la Bolivia de 1826; todo ello a costa de una
destructora guerra fratricida que describe el propio Libertador y recrea
vívidamente el presente de los venezolanos:
“Los
campos regados por el sudor de trescientos años, han sido agostados por una
fatal combinación de los meteoros y de los crímenes. ¿Dónde está Caracas? Se
preguntará Ud. Caracas no existe; pero sus cenizas, sus monumentos, la tierra
que la tuvo, han quedado resplandecientes de libertad, y están cubiertos de la
gloria del martirio” (A Esteban Palacios, 10 de julio de 1825).
“Yo
concibo que el proyecto de Constitución que presenté a Bolivia puede ser el
signo de unión y de firmeza (en el gobierno de Colombia) para estos gobiernos…
Tan firme y tan robusto con un Ejecutivo vitalicio y un vicepresidente
hereditario, evitará las oscilaciones, los partidos y las aspiraciones que
producen las frecuentes elecciones” (A Antonio Leocadio Guzmán y Diego Ibarra,
el 3 de agosto y el 6 de agosto de 1826).
Regresar
al ámbito constituyente tras la forja para ello de una «conciencia de nación»
como estado del espíritu y para se restablezca a sí misma y racionalmente ella
pueda discernir sobre sus auténticos valores superiores y fundantes para
asegurar su gobernabilidad, asusta a quienes, erróneamente, sostienen que hemos
abusado los venezolanos de esa vía, al punto de acopiar más de 26 constituciones,
o a los que aspiran a conservar la actual para con ella desmontar,
autoritariamente, lo realizado por la dictadura.
Lo
veraz es que Venezuela sólo conoce de dos grandes procesos constituyentes, uno
para separarnos de España y otro para separarnos de la Gran Colombia. Y las
constituciones, con sus particularidades y exquisiteces –como la suiza de
Antonio Guzmán Blanco– son reformas o enmiendas de circunstancia sobre su
precedente, apenas para asegurarle el ejercicio del poder al emperador de
turno. Ninguna, eso sí, rompió con la genética de lo nacional como sí ocurrió a
partir de 1999. Tras el diluvio, pues, urge reconstruir en libertad.
Asdrúbal
Aguiar


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