Las
últimas luces del sol caen sobre la ciudad, algunos charcos quedan en las calles
reflejando los naranjas y rosas del atardecer. La lluvia pasó por aquí hace
rato, una multitud se arremolina, una nueva cola se deja entrever, magnética,
seductora. Unos detrás de otros, cada quien con sus vivencias, con sus
necesidades, con sus historias, largas filas se acumulan, doñas de la juventud
prolongada, jóvenes avejentados, hombres maduros, algunos desempleados, otros
escapados de su casa, muchos revendedores esperando su oportunidad, algunos
oportunistas desubicados, algún carterista buscando una víctima inocente,
muchas madres preocupadas, hijos buscando la medicina de sus madres y padres.
La escena se repite desde la puerta de supermercados y abastos, en farmacias y
hasta en bombas de gasolina, filas que salen a la calle, colas que le dan la
vuelta a la cuadra.
En
la esquina alguien pregunta, “¿para qué es esta cola?” Una señora que con una
bolsa lleva dos horas parada voltea y responde, “no sé, pero me dijeron que
pronto llegaría leche”. El curioso avanza más allá, se acerca a la puerta del
establecimiento, consigue hacer contacto visual con una empleada, “¿qué hay?”
pregunta, la muchacha responde a todo pulmón, “en un par de horas llegará el
camión”. Murmullos se esparcen por la cola. No queda claro el objeto, pero la
realidad es que el curioso se convierte en otro habitante de este nuevo ritual
urbano, a la espera que algo llegue.
Muchos
se quejan, todos saben que las cosas están mal y que todo empeorará antes de
mejorar, pero nadie se mueve de la fila, nadie quiere perder su puesto. El vestuario
que acompaña el rito es variopinto, jeans y franelas por allí, un vestido
avejentado por allá, unos uniformes de oficina, algunos paraguas alertas en
caso de que la lluvia vuelva a sorprender, sandalias, zapatos, botas, uno
detrás del otro.
Dos
guardias nacionales y un par de policías nacionales caminan al ras de la cola,
pasando la vista entre la multitud, apenas llegan a los veinte años de edad,
delgados, con armas que no están seguros de dominar. Pretenden ser la
representación de un “orden”, creen generar respeto y apenas algo de temor
desatan entre apresurados transeúntes.
Cada
quien tiene su cola, añorante, sediciosa, alguna nos encontrará al salir, como
una cita programada, la de la leche, la de la harina, la de la farmacia. En
menos de lo que nos demos cuenta ya estaremos ubicados, localizados, detrás de
uno que llegó primero, delante de otra que se quedó un rato distraída. Nuestra cola espera por nosotros.
[…]
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| Unión Sovietica, cola para comprar pan |
No
somos los únicos, ni somos los primeros. Durante las guerras efectivamente se
generó escasez y se implantaron medidas de racionamiento, con tarjetas
incluidas, la experiencia de la Segunda Guerra Mundial fue clara en ese
sentido. Durante desastres naturales de alto impacto también se han visto. Pero
en tiempos de paz expresan un esquema de gestión de la economía que ha
demostrado su fracaso en cada ocasión que se ha impuesto. Las colas son rito
diario en los países comunistas que quedan, en Cuba, en Corea del Norte, forman
parte de su día a día. Aquellos que conocieron a la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas tienen recuerdos claros de estos rituales, Polonia,
Bulgaria, Rumania, la Alemania del Este, todos recuerdan, aunque no quieran,
las horas perdidas en estas jornadas.
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| Polonia |
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| Bucarest |
La
Ley Orgánica de Precios Justos, publicada en Gaceta Oficial el 23 de enero de
2014, constituye una de las iniciativas legales que ha hecho más por inhibir
cualquier posibilidad de producir y comerciar de manera autónoma, así como ha
sido corresponsable de propiciar la aparición y expansión de un inmenso mercado
negro, lleno de revendedores, promoviendo la creación de una gigantesca red de
corrupción.
Todo
el entramado burocrático que ha crecido alrededor de esta Ley es terreno fértil
para la corrupción, para la expansión del mercado negro que dice combatir. La
Superintendencia de Precios Justos, con sus burócratas, es corresponsable de
las colas que nos afectan, es protagonista central de la escasez, es promotora
real de los revendedores que compran aquí y allá a precios regulados la
mercancía para luego colocarla un poco más lejos y revenderla al triple del
precio oficial.
Como
ocurría en los ejemplos anteriores, el acceso a los productos escasos se
encuentra políticamente en manos de aquellos que controlan el poder, que
manejan las divisas que ingresan al país, que otorgan o niegan los permisos de
importación, quienes dominan las plantas de producción expropiadas, quienes
otorgan las “guías” que permiten el traslado y distribución de mercancía, en
fin, una red de burócratas y funcionarios que controlan discrecionalmente la
solución a las necesidades vitales de las personas. Los que destruyen la
posibilidad de producir son los que tienen la llave de acceso de la que se
alimenta el mercado negro. El
sistema es corrupto y corruptor.
Esto
no lo resuelve el gobierno importando nerviosamente más comida con petrodólares
menguantes, ni lanzando discursos altisonantes llamando a producir más mientras
todas las acciones políticas crean un entorno que lo imposibilita. Tampoco
bastan encuentros regulares con algunos empresarios que no cambian ninguna
regla de juego en la economía.
El
gobierno es incapaz de generar confianza porque cada paso que da y cada
categoría que maneja nos hunden más, siendo la única guerra económica existente
aquella que conduce Nicolás Maduro desde Miraflores contra las fuerzas
productivas venezolanas, y que ha destruido el valor del bolívar y el aparato
productivo nacional, creando un entorno hostil para cualquier negocio honesto.
Es
obligatorio romper el círculo vicioso que va de los controles a la escasez, de
la escasez al contrabando y del contrabando a los nuevos controles, y ahoga
toda posibilidad de incrementar la producción nacional, de facilitar el acceso
regular, cotidiano, a los alimentos y a las medicinas.
Con
esta Ley de Precios Justos la escasez y las colas se entronizarán de manera
permanente. Con el entorno económico hostil que el gobierno ha generado no
llegará ni la producción ni la inversión que podría llenar los anaqueles. Hay
que devolver las tierras e industrias expropiadas porque dichas expropiaciones
no solo han destruido la producción sino que han sembrado la certeza global de
que en Venezuela no se respeta la propiedad privada.
Ya
pasó el tiempo de las reformas en el sistema. El modelo económico y político,
el “legado”, tiene que ser desmontado en su totalidad para que Venezuela pueda
volver a producir, para que finalicen las colas, y para que el acceso a los
bienes y servicios necesarios para tener calidad de vida sea una realidad universal,
sin tener que sacrificar horas de nuestra vida en una cola preguntándonos,
¿será que ya llegó la leche?
Cada
día está más clara la convicción de que sin un cambio político el cambio
económico será imposible, la crisis de la economía seguirá profundizándose sin
un cambio en el funcionamiento y en la correlación del poder. La nomenklatura,
militar y civil, que medra alrededor de Nicolás Maduro no tiene capacidad para
adelantar las transformaciones necesarias. Esa mezcla turbia de dogmatismo
ideológico, incapacidad técnica, adicción a los beneficios particulares que
obtienen del sistema, y miedo al tremedal que los arrastra, impide que el
cambio se abra camino con los “herederos del legado”. El sol se pone contra ellos.
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| Guardia Nacional 'resguardando' las colas |









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