Daniel Matamala 07 de marzo de 2024
El
2024 partió como un año redondo para los dictadores y los aspirantes a tales.
Los Bukele, Maduro, Putin y Trump de este mundo viven días de gloria. Y con
cada uno de sus éxitos, los ideales de la democracia y la libertad mueren un
poco más.
En El Salvador, Nayib Bukele concretó su proyecto de perpetuarse ilegalmente en el poder. La Constitución de su país prohíbe la reelección presidencial, en los términos más absolutos y rotundos que uno pueda imaginar. Lo dice no una, sino seis veces. Es más: previendo que algún autócrata intentaría burlarla, especifica que esa norma no puede reformarse, y que cualquier autoridad que intente derogarla cesa inmediatamente en su cargo.
Pero
cuando tienes el poder total, esas nimiedades son irrelevantes. El Congreso
dominado por Bukele destituyó a los jueces de la sala constitucional de la
Corte Suprema, y los cambió por marionetas que cumplieron la orden de su
titiritero: decidieron que, leyendo con atención, en verdad la Constitución no
dice lo que dice.
Para
dejar claro quién manda, Bukele se dio un gustito la noche de las elecciones.
Antes de que se contaran los votos, se autoproclamó vencedor con el 85% de los
sufragios, y declaró que su partido había capturado "al menos" 58 de
los 60 asientos del Congreso. Con orgullo, anunció que El Salvador se había convertido
en un régimen "de partido único".
Probablemente,
Bukele habría ganado incluso en unas elecciones limpias: es un líder popular,
gracias a su combate contra las pandillas y al desprestigio de los partidos
políticos. También lo eran Fujimori, Ortega, Chávez y tantos otros caudillos
que usaron esa popularidad para desmontar todos los contrapesos democráticos y
amasar el poder total. Eso pasó en Venezuela, donde el dictador Nicolás Maduro
sigue confortablemente aferrado al mando. Pese a la hecatombe económica y
social con que ha castigado a su pueblo, Maduro se apresta a "ganar"
otra reelección este año.
Para
evitar sorpresas, prohibió participar a la candidata de la oposición, Corina
Machado. Así, se despeja el camino para prolongar el ruinoso régimen bolivariano
hasta, al menos, 2030.
Al
otro lado del mundo, también Vladimir Putin tiene todo atado y bien atado para
"reelegirse" y cumplir tres décadas al mando. Pese al fiasco militar
de su invasión a Ucrania, sigue manejando todas las manijas del poder a un mes
de las "elecciones".
Además,
está recibiendo ayuda del aliado más inesperado: la derecha republicana de
Estados Unidos, que está enamorada de su mano dura y se lo demuestra cada día
con más pasión.
Donald
Trump dice que él va a "animar" a Putin a "hacerle lo que
quiera" a cualquier país europeo de la OTAN que no pague lo suficiente por
su defensa. Las consecuencias son inimaginables: desde una carrera nuclear, en
que Europa se arme de bombas atómicas ante una inminente invasión rusa, hasta
una Tercera Guerra Mundial.
Pero
nada de esto parece importar frente al amor profundo que siente el trumpismo
por el dictador del Kremlin, y su desprecio por las "débiles"
democracias de Berlín, París o Madrid.
En
estos días, Tucker Carlson, el líder mediático de la ultraderecha
conspiranoide, publicó una "entrevista" de propaganda a Putin, y
ahora pasea por Moscú contando lo maravillosa que es la vida en Rusia bajo el
puño de hierro del dictador.
Una de
sus "evidencias" es mostrar que puede comprar más productos con sus
dólares en un supermercado ruso que en Estados Unidos. Carlson concluye con
indignación que "tras ver cuánto cuestan las cosas y cómo vive la
gente" en Rusia en comparación a Estados Unidos, "está radicalizado
contra los líderes" de su país. El pequeño detalle es que el salario medio
en Rusia es una sexta parte del de Estados Unidos.
Tal
vez alentado por esta buena propaganda, Putin decidió deshacerse de su
principal rival: este viernes, el Kremlin anunció que el líder opositor Alexei
Navalny murió en la cárcel del Ártico, donde había sido encerrado después de
que sobreviviera a un envenenamiento. En su "entrevista", Carlson no
preguntó por Navalny ni por los asesinatos de opositores. No era un tema
relevante, explicó, porque "todos los líderes matan gente, el liderazgo
requiere matar gente".
Este
discurso es celebrado por millones de seguidores. Lo mismo ocurre con Bukele,
idolatrado por políticos y ciudadanos en toda América Latina, y sucedió antes
con Chávez, proclamado como un modelo a seguir por gran parte de la izquierda
continental.
¿De
dónde viene el discreto encanto de estos tiranos?
Se
alimentan de la desilusión con las democracias. Según Latinobarómetro, en la
última década el apoyo a la democracia ha caído del 63% a sólo el 48% de los
habitantes del continente. La satisfacción con la democracia es aún menor:
apenas 28%.
Vivimos
en un mundo cada vez más caótico e impredecible. Los problemas son complejos, y
las soluciones, lentas. En este páramo, los hombres fuertes dan una ilusión de
control: de que hay alguien a cargo, tomando decisiones rápidas y efectivas.
Putin
puso orden en el caos tras el derrumbe de la URSS. Chávez redujo la desigualdad
y la miseria en un país inundado de petróleo. Bukele disminuyó los índices de
homicidios y recuperó zonas que estaban tomadas por las pandillas.
A
cambio, exigen el poder total. Bukele se jacta de ser "el dictador más
cool del mundo". Trump lidera las encuestas mientras amenaza con expulsar
jueces y fiscales incómodos, dice que el general Mark Milley, un exjefe de las
FF. AA. poco complaciente, debería ser ejecutado, y advierte que su eventual
segundo mandato será una dictadura, "pero sólo el primer día".
En su
desesperación, los pueblos entregan a los carceleros las llaves de su propia
celda.
La
lección de la historia es implacable. Esas ilusiones duran poco. Cuando todo el
poder se concentra en una sola mano, no solo muere la libertad. También la
represión y la corrupción son inevitables. Y pronto se advierte que las
soluciones "mágicas" no lo son tanto.
Pero
cuando el pueblo despierta a esa realidad, es demasiado tarde: ya están
enjaulados en una cárcel cuyo candado ellos mismos ayudaron a cerrar.
Daniel
Matamala


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