Cada 2 de noviembre, los cristianos católicos hacemos memoria de los fieles difuntos. Los templos y cementerios se abarrotan de gente, con un sentimiento único en el corazón; muchas personas aún con el duelo a cuestas, unas resignadas, otras agradecidas por la vida compartida con el finado, otras llenas de preguntas sin entender por qué la muerte llegó de manera inesperada y violenta por una bala o una enfermedad. Ni qué decir de aquellos que han tenido que llorar a sus muertos sin saber dónde están, porque murieron en altamar, congelados y hambrientos en una montaña, de frío en el desierto, o en la selva intrincada del Darién, como migrantes anónimos tras un sueño cegado por la gigante adversidad.
¿Qué significa en un país en duelo conmemorar este día? ¿Qué decir a una feligresía con una experiencia tan diversa ante un mismo acontecimiento y unida por una misma fe?
Como seres terrenos, finitos, biológicos, nos engendran, nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Sabemos, pues, que estamos biológicamente signados por la muerte. La muerte natural nos duele, porque no somos solo biología, sino que, también, somos seres psicosociales abiertos a la trascendencia. Sin embargo, ese dolor se torna más agudo cuando se trata de un deceso por la violencia delincuencial o policial, por desnutrición, por la emigración, por enfermedades que habían sido erradicadas en nuestra geografía, por falta de agua potable, por no tener acceso a medicinas, por desastres naturales. En estas circunstancias a nuestro dolor se suma la indignación ante la injusticia de vivir en un país donde el Estado no garantiza el derecho a la vida, carece de políticas de prevención de desastres y la mayoría de la población no cuenta con mínimas condiciones de vida.
Como seres psicosociales somos conscientes de nuestra existencia y de nuestras vinculaciones afectivas. Aprendemos, desaprendemos, soñamos, decidimos, proyectamos, creamos, construimos, convivimos y, sobre todo, amamos y dotamos de sentido la existencia; vamos siendo y haciéndonos, aunque, dependiendo de la calidad de nuestras decisiones, destruir, violentar, desfigurarnos y deshumanizarnos es, también, una posibilidad real en nuestra vida. No cabe duda de que quienes asesinan se deshumanizan y deshumanizan la convivencia.
La muerte duele, sea cual sea, porque es pérdida de vínculos valiosos, con uno mismo y con los demás. Ella revela nuestra finitud con toda crudeza. Cuando un ser querido muere o lo matan, se desconfigura, en cierto sentido, nuestro universo de relaciones y toca hacer el duelo para reconfigurar simbólicamente nuestros vínculos, aunque el vacío nos acompañe para el resto de nuestra vida. El dolor por la pérdida es un signo de humanidad y hay que procesarlo y sanarlo para que no nos paralice o quiebre las ganas de vivir y afrontar los desafíos cotidianos.
