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sábado, 9 de marzo de 2024

Anatomía de un fracaso / Ana Teresa Torres @lagranaldea

 


"De todos los intentos de instalar por las buenas o por las malas una revolución socialista (y hay indicios de que así fue la intención original), el caso venezolano es uno de los más trágicos y cruentos de la historia occidental".

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

Después de veinticinco años del régimen conocido como revolución bolivariana quedan pocas novedades por decir. Es mucho tiempo para cualquiera, sea para los jóvenes que no han conocido otro país, sea para las generaciones que optaron por marcharse o adaptarse, o para los que nos hemos ido resignando a no tener tiempo de vivir el desenlace. Las versiones de lo ocurrido van desde serios análisis políticos, históricos y sociales hasta las pachotadas que se pueden leer a veces en las redes sociales o escuchar en algunas conversaciones, y muchas de ellas concluyen en afirmar que la culpa es de los opositores que no lo han sabido hacer bien. Hay también quien piensa que todo es producto de un diseño de control de la población, y ciertamente es posible que algunos elementos hayan sido preestablecidos con ese fin, pero cuesta suponer que sea así en toda la extensión del daño. No todo es previsible ni controlable, los diseñadores del desastre no son omnipotentes, hay efectos que se escapan a su designio y voluntad y probablemente sean clasificados como daños colaterales. A veces me pregunto qué piensan los protagonistas, tanto los que han aprovechado muy bien su ‘militancia’ y se han ganado el premio universal del cinismo como aquellos que quedaron en las mismas y recibieron el premio nacional de los ilusos, aunque a fin de cuentas mi curiosidad es innecesaria. No nos llevaría a ninguna parte conocer las altas y bajas motivaciones que se sumaron para generar este fracaso. Porque es un fracaso y lo saben. Y esa es una conclusión inaceptable para unos cuantos de quienes lo han llevado a cabo. De todos los intentos de instalar por las buenas o por las malas una revolución socialista (y hay indicios de que así fue la intención original), el caso venezolano es uno de los más trágicos y cruentos de la historia occidental. Solo son medianamente comparables algunos de los países de Europa que quedaron en nada cuando colapsó la Unión Soviética, y digo medianamente porque esos casos son los de países muy pobres.

jueves, 11 de enero de 2024

El país posible / Ana Teresa Torres @AnaNocturama

 


“Ese país posible que se gesta en silencio, no porque tenga algo que ocultar sino porque no vive de la propaganda ni pretende el protagonismo, es una sociedad subterránea que va creciendo. Es la reaparición de lo que el poder creyó haber destruido para siempre. Un importante margen de esta sociedad maltrecha ha comenzado la larga marcha de decir: basta”.

Comienzan a escucharse voces de esperanza, ideas que suponen transformaciones, argumentos con razones para el optimismo en un panorama no tan lejano. Por un lado, están los análisis políticos que de alguna manera vienen apoyando esta hipótesis, es decir, la posibilidad de que se hayan producido cambios que permiten suponer que algo se ha movido en un tablero que parecía pétreo, y están también los mensajes privados y sociales que empiezan a transmitir esa misma percepción. Por supuesto, el optimismo se contagia -como también se contagia el pesimismo-, y puede ir creando una tendencia que incorpora esperanzas sin base, pero puede ocurrir que no sea un engaño colectivo sino por el contrario una percepción que comienza a extenderse. En fin, como dicen, amanecerá y veremos.

Por el momento, en esta ola que comienza a hablar de cambios, he venido agrupando algunas experiencias y quiero unirlas a este sentir colectivo. Mi fuente no es el análisis político, y mucho menos la información subterránea de ese mundo; voy por otro lado, por la respiración de lo colectivo que puede percibirse si se afina el oído, y desde hace un tiempo, no demasiado, he comenzado a intuir lo que podría llamarse el país posible, es decir, el país que quiere plantearse metas, intereses, acciones -sin tener demasiado en cuenta la ominosa presencia de quienes han tomado a Venezuela como botín de sus venganzas y blanco de sus resentimientos-, y en el que sin duda tienen importante participación aquellos que nacieron poco antes o durante los últimos veinticinco años. Gente que tiene que estar muy harta de lo que les contamos de la Venezuela del pasado, y más todavía de aquellos que se han interpuesto entre sus aspiraciones y las realizaciones de la Venezuela del futuro. No es la valentía y el coraje lo que caracteriza esta coyuntura, como lo fue en 2014 y 2017, e incluso antes, cuando todavía muchos de los resistentes originales estaban vivos y en condiciones de correrle a las lacrimógenas.

“Una sociedad menos dependiente del Estado y más cercana a la competencia y a la solidaridad”

Este momento es otro y exige otras maneras, como son la persistencia en la búsqueda de ámbitos desde donde encontrar a la sociedad que se pretendió destruir. No pretende polemizar, transgredir, enfrentar, sino colearse en medio de la opacidad que han derramado sobre nosotros para que no podamos vernos, y con paciencia abrir mínimos espacios en los que sentirse ciudadanos; es decir, protagonistas de lo que se quiere ser y hacer. Esos espacios pueden pasar inadvertidos, y probablemente lo sean para la sociedad en su conjunto, pero existen, y en ellos late la presencia de quienes dicen en silencio: aquí estamos, somos diferentes, no queremos el pasado ni el presente, aspiramos al futuro. Lo importante no es si pertenecen a la oposición o al oficialismo, esa polaridad también perdió su valor y empieza a establecerse otra división entre los que se benefician de un país destruido y los que quieren una sociedad digna con pequeñas creaciones, no monstruosas utopías. Mínimas realizaciones humanas y posibles.