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sábado, 4 de febrero de 2023

Inflación en Venezuela, materia pendiente en la agenda del país / Carlos Torrealba R. @ctorrealbar

 



Técnicamente, Venezuela salió en 2021 de la hiperinflación en la que se encontraba desde 2017, aunque sigue atrapada en una elevada y creciente inflación, que varios especialistas estiman seguirá siendo de 3 dígitos en 2023. La pregunta es, entonces, cómo se puede atacar y abatir el azote de la inflación.

En la literatura económica hay múltiples ejemplos de lo que hicieron otros países, incluyendo varios de América Latina, para doblegar la inflación que padecieron, algunos con problemas similares al caso venezolano.

He aquí tres acciones básicas:

Lo primero es imponer disciplina fiscal y monetaria, para que el gasto público corresponda a los ingresos esperados, evitando con ello que los gobiernos se endeuden masivamente y, eventualmente, acudan a sus bancos centrales, buscando que financien los enormes déficits mediante la creación recurrente y creciente de dinero inorgánico, lo cual se traduce en expansiones de la oferta monetaria, por lo que habrá más dinero persiguiendo los mismos bienes, con lo cual los precios subirán.

Lo segundo es instaurar normas muy claras que obliguen al respeto de la autonomía de los bancos centrales, los cuales deben tener la potestad no solo negarse a financiar gasto público deficitario, sino también establecer metas anuales de inflación, a los efectos de instrumentar las políticas y acciones en procura de las mismas. Esto, obviamente, no ocurre en Venezuela, porque el BCV se ha convertido en un apéndice del gobierno nacional.

Lo tercero es tener políticas económicas centradas en estimular la oferta mediante incentivos a la inversión productiva en sectores como la manufacturera, la agroindustria y la agricultura, de manera de incrementar y diversificar la gama de productos que se ofrecen en el mercado interno y de aquellos destinados a la exportación. Eso se logra con incentivos financieros, fiscales y de otra índole, y con respeto al Estado de Derecho y a las reglas de funcionamiento de la economía de mercado, lo que es fundamental para la creación de confianza.

Esto es contrariamente lo que ha ocurrido en Venezuela, donde ha prevalecido durante un largo período un entorno hostil para las actividades productivas por los excesivos controles y regulaciones que impiden el funcionamiento racional de los mercados y la óptima asignación de los recursos, lo que ha originado un proceso de desinversión por parte de la empresa privada, expresado en el cierre de miles de fábricas y de muchas otras que se encuentran operando a un tercio de su capacidad, con lo cual se ha afectado severamente a la oferta de bienes y servicios, factores todos que generan presiones alcistas de los precios.

miércoles, 18 de enero de 2023

Venezuela, un país en modo de supervivencia y futuro incierto / Carlos Torrealba @ctorrealbar

 



La crisis económica de Venezuela lleva tantos años golpeando a la población que para la mayoría es un hecho normal vivir con ella, por lo que no constituye sorpresa alguna ni tiene especial atractivo referirse a la misma, salvo para el mundo académico, político o empresarial. La noticia de que la inflación esté volviendo a rugir con fuerza en el país o que el bolívar se siga devaluando frente al dólar estadounidense disparando el alza de los precios ya no es motivo de asombro, más bien se asume como algo natural para adaptar la vida y seguir adelante.

Frente a esta realidad, el venezolano promedio se está acostumbrando a vivir en modo de supervivencia. No se permite lujo alguno, sus gastos se limitan a comprar comida, medicinas, pagar servicios básicos y adquirir algo de ropa o calzado. Otros gastos se postergan con fechas inciertas, por ejemplo, el relativo al estado general de la vivienda, la cual requiere inversiones en mantenimiento, que no es posible realizar con un ingreso de sobrevivencia, de ahí el deterioro que se observa en los inmuebles residenciales del país, particularmente de aquellos ubicados en urbanizaciones populares y de clase media baja.

Decenas de miles de personas y de familias venezolanas sobreviven gracias a las remesas. Pocos afortunados pueden llegar a recibir recursos mayores que la mayoría, los cuales les permite alguna pequeña holgura en el gasto: ocio, entretenimiento, diversos servicios, lo que en el pasado era normal para todos. Obviamente, si no fuera por este ingreso que envían familiares residenciados en el exterior la catástrofe humanitaria del país sería significativamente mayor y peor.

En ningún otro momento de la historia contemporánea de Venezuela había ocurrido que un segmento muy pequeño de la población, entre 5 y 8 por ciento, fuera el que viviera en un estado de abundancia, riqueza y prosperidad, mientras que para la mayoría su única opción es la agobiante aceptación de luchar por la sobrevivencia, sin tiempo para ni siquiera soñar con un mañana mejor. Para algunos, incluso, agotando sus ahorros de toda una vida en gasto corriente, sin esperanza de reposición, o liquidando activos tangibles como joyas, vehículos, obras de arte, entre otros, para poder obtener dinero extra que ayude a saldar deudas pendientes, cubrir facturas de salud o cualquier otro gasto urgente.

En el pasado lejano quedó la ilusión de ascenso social que una vez permitió la renta petrolera a varias generaciones de venezolanos. Ahora lo que prevalece es la desigualdad social y el empobrecimiento generalizado de la población.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) 2022, elaborada por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Venezuela se ha convertido en el país más desigual de América y uno de los más desiguales del mundo, comparable con países pobres del continente africano como Namibia, Mozambique y Angola.