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martes, 19 de noviembre de 2024

Propietarios, desvergüenza y bien común / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


Ciertos propietarios, representantes empresariales, se proyectan como valedores del régimen anteponiendo sus buenas relaciones con el poder a la realidad. Les basta cuidar sus inventarios, asegurar negocios: aspirar a que todo se "normalice"

Cuando comienza el proceso de la Independencia, en 1811, Miguel José  Sanz escribe sobre la trascendencia de los propietarios en el proyecto de gobierno que da sus primeros pasos. Son la clave del destino nacional, afirma en el Semanario de Caracas, porque son los que más pueden perder en un futuro borrascoso. Los que no tienen ni siquiera una vaca deben abstenerse de funciones públicas, proclama. Tampoco pueden hablar en las tribunas porque no se juegan sus intereses en la contienda, ni manejan argumentos procedentes de los caudales que los acreditan como interesados en la marcha de la sociedad. Son parte de una popularis multitude que no tiene vela en el entierro, insiste el licenciado Sanz.

Estamos ante uno de los primeros argumentos de estirpe liberal que conocen los lectores venezolanos, pero que evoluciona a través del tiempo hasta llegar a la proclamación del sufragio universal y de la representatividad popular como fundamento de las repúblicas modernas.

Se muestra ahora un vínculo entre propiedad y libertad, o entre propiedad e interés colectivo y propiedad e ilustración, con  larga carrera desde el siglo XVIII y con seguidores y prosélitos hasta nuestros días, estelarizados por Elon Musk en su papel de pontífice de la política universal debido al éxito que ha tenido en la multiplicación de su riqueza. ¿No es credencial suficiente para iluminar el regreso de Trump a la Casa Blanca y para guiar con su brújula a la humanidad?

Como idea contra el predominio de las aristocracias de sangre azul y contra la continuación de las monarquías absolutas no estamos ante una trivialidad, debido a que encuentra fundamento en el predominio de los más aptos para el ejercicio de funciones relacionadas con el bien común.

La aptitud no proviene del entendimiento de las necesidades sociales, reza lo más elemental de la teoría, sino de cómo usted ha solucionado las urgencias suyas hasta adquirir una pericia irrebatible para aliviar las carencias ajenas. No parece sencillo pelear con la idea que presenta a los propietarios como abanderados de la felicidad de los pueblos porque sería iniciar una contienda con figuras tan imponente como Locke, o como el mismo entrañable licenciado Sanz, y porque no está descaminada. Sin embargo, conviene llamar la atención sobre cómo no la representan, o cómo la niegan del todo, ciertos propietarios venezolanos que destacan en su papel de compañeros de viaje de la dictadura que hoy nos llena de dolores y miserias.

Hasta en el rol de negar la validez de una idea que ha logrado asiento en la cultura occidental, y que ha reforzado su fuelle después del derrumbe de las autocracias comunistas, destacan ciertos propietarios venezolanos, ciertos poseedores de riqueza que hacen de muletas de la autocracia madurista.

Me refiero a individuos como el presidentede la Bolsa de Valores de Caracas y como el presidente de Conindustria, quienes se vuelven  ciegos ante las aberraciones del oficialismo para presentarse sin remilgos como sus entusiastas valedores.

Así se han exhibido en recientes entrevistas en las cuales han prodigado una irresponsabilidad social que clama al cielo y que ni siquiera produjo la reacción del alelado periodista que los dejaba proclamar su indiferencia sin una tos de interrupción. Quizá no estemos ante el descarrío de dos representantes de organizaciones empresariales, sino frente a cómo se han adquirido y multiplicado las propiedades y las riquezas en Venezuela desde el establecimiento de la industria petrolera. ¿Acaso no han dependido de las gracias gubernamentales, de un esfuerzo que es apenas mediano o menos riesgoso que en otras latitudes debido a los favores obtenidos de los controladores del producto del subsuelo, o a concesiones que mejor metemos bajo la alfombra?

Hay que pensar sin prisas sobre esta elocuente peculiaridad.

De acuerdo con la versión ofrecida por los entrevistados, el cuidado y el aumento de la propiedad es un tema de incumbencia particular que no tiene una relación necesaria con el resto de la sociedad. La sociedad puede irse al demonio mientras se ponderan los intereses de los afiliados a sus gremios, en los cuales se sintetiza de manera exclusiva y excluyente el trabajo de quienes los representan.

Si el gobierno conspira contra el bienestar de las mayorías, o las atropella sin freno ni pudor, se está ante un detalle político que no incumbe a quienes miran únicamente por el bienestar de la gente de su mismo origen y oficio. Si ellos están bien debido a sus vínculos con las figuras del régimen, su misión queda cumplida con creces. Mientras apuntalan un nexo con los que tienen la sartén por el mango, consideran que cumplen cabalmente su misión de líderes empresariales. Solo se deben a ese tipo de misión y se enorgullecen de hacer el trabajo hasta la perfección.

Más todavía. Aspiran, en el caso del señor de Conindustria, a que el  regreso de Trump a la Casa Blanca conduzca al alivio o a la eliminación de las sanciones de Estados Unidos contra el gobierno de Venezuela porque no perjudican al oficialismo, afirma, sino al pueblo. Eso acaba de decir después de enterarse del colapso republicano en el norte. El pueblo en el discurso por primera vez en primer plano, estimados lectores, para buscar el oxígeno que necesita una dictadura cada vez más acorralada por sus errores políticos y económicos.

Piensa, de seguro, que también un poco de ese aire fresco beneficiará a sus afiliados, pero que, para no parecer un cómplice demasiado descarado, un acólito sin antifaz, debe referirse a los intereses colectivos en una frase sobre cuya amplitud se puede dudar por la estrechez que ha caracterizado a la reflexión desde sus inicios, porque ha tenido un objetivo descaradamente parcial que no tiene manera de ocultar.

Estamos ante un tema relacionado con el bien común que no puede pasar inadvertido, o sobre el cual debe levantarse la voz cuando la sociedad se ha pronunciado enfáticamente sobre la necesidad de un cambio inmediato de régimen y de vida en general. Pero parecen temas que no les importan a los afiliados de la Bolsa de Valores de Caracas y de Conindustria, si juzgamos por la vista gorda en la que se han deleitado sus directivos en un par de entrevistas escandalosas que no tocan a la dictadura ni con el pétalo de una rosa.

Para ellos el menoscabo de la sociedad y la bonanza de sus bolsillos van por rutas separadas. Para ellos basta con el cuidado de ciertos inventarios, mientras las miserias materiales y morales   crecen y se multiplican. Eso no importa. Así de sencillo. Para ellos no hay bien común debido a que solo interesa la dicha pigmea de un puñado de propietarios. Ni siquiera han pensado por un momento en la popularis multitude que subestimaba el licenciado Sanz, pero que en nuestros días da lecciones de entereza cívica que ellos no pueden captar en su desvergüenza.

https://lga.lagranaldea.com/2024/11/17/propietarios-desverguenza-y-bien-comun/

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martes, 22 de octubre de 2024

El informe de la ONU, los colaboracionistas y los indiferentes / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«La conducta de los torturadores maduristas y la masiva expresión de prisiones y persecuciones llevada a cabo por sus agentes supera cualquier escala de inhumanidad sufrida en el pasado»

El informe que acaba de publicar la Misión Internacional Independiente de la ONU sobre Venezuela es de una contundencia brutal. Debido a que no sale de fuente tendenciosa y a que sus datos parten de averiguaciones imparciales, es un filón inagotable sobre la crueldad  del régimen. Si se agrega el hecho de que no se trata de un trabajo improvisado, debido a que fue iniciado en 2019 por la  comisionada Bachelet, estamos frente a evidencias de brutalidad que no se pueden ignorar. 

En otras ocasiones he comparado el autoritarismo chavista con la dictadura de Gómez, la más sangrienta y temible de nuestra historia hasta ahora, pero el informe de la ONU la lleva a  un segundo lugar sin posibilidad de duda. Si el régimen gomero marcó la sensibilidad colectiva al familiarizarla con la maldad y la tortura, si la llenó de oprobio, si convirtió al país en «la vergüenza de América» por la sangre que derramó; la conducta de los torturadores maduristas y la masiva expresión de prisiones y persecuciones llevada a cabo por sus agentes supera cualquier escala de inhumanidad sufrida en el pasado. Nadie puede albergar dudas al respecto debido a que es, por desdicha, una conclusión inevitable del informe de la ONU. ¿Cómo se puede tapar esa ignominia, que baja del tenebroso podio a gentes oscuras como Eustoquio Gómez y Nereo Pacheco? 

Solo unos datos, para que lo escrito tenga sustento concreto: 139 niños y 28 niñas están encerrados en prisiones comunes, acusados de terroristas; en la generalidad de las detenciones se irrespetan los procesos judiciales, para que los acusados queden a merced de los agentes del orden público sin la asistencia  de abogados personales o sin comparecer  ante un juzgado; para que confiesen delitos que no han cometido, los capturados son sometidos a tormentos y a amenazas de violencia, como la posibilidad de una arremetida sexual,  debido a los cuales quedan a merced de unos  despiadados esbirros sin ningún tipo de escapatoria; leyes de sinuosa definición contra el odio o contra el fascismo  favorecen las tropelías de los agentes ante cualquiera que se manifieste como opositor, aunque solo esté murmurando en un rincón. Pero se ha llegado a situaciones todavía más  monstruosas, aunque parezca imposible: se han marcado con una señal los domicilios de los opositores para facilitar las detenciones, y se ha pedido a los seguidores del gobierno que cumplan la «patriótica» misión de delatar vecinos disidentes.  No solo son verdugos sin contemplaciones, sino también animadores de  soplones y pedagogos  en el arte de la delación y la traición. 

El informe de la ONU no duda en relacionar el incremento de las referidas tropelías con el fraude electoral llevado a cabo por la dictadura. Pese a que se trata de aberraciones cuyo origen es de vieja data, reza el documento, llega a su cúspide cuando Maduro pierde las elecciones y escoge la ruta del fraude para mantenerse en el poder. De allí la detención de un número abultado de dirigentes de la oposición, la mayoría cercanos a María Corina Machado, y las groseras presiones que condujeron al exilio de Edmundo González Urrutia, el candidato ganador. La represión, que es un hecho habitual de la década, se potencia debido al fracaso estrepitoso de la nominación de Maduro como candidato a la reelección, se colige del abrumador texto, para llegar hasta los extremos de  pavor que hoy experimenta la sociedad. Hay otras evidencias dignas de atención en la fuente, capaces de helar la sangre, pero las sugeridas bastan para interpelar a quienes, pese al rol que desempeñan en la sociedad, no han actuado como se puede esperar en una colectividad que antes libró batallas fundamentales por la democracia y la dignidad. 

martes, 15 de octubre de 2024

Nueve estatuas / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


"No es lo mismo votar contra Maduro que desalojar de nueve pedestales la figura de Chávez, y eso lo saben perfectamente los que se apresuraron a atacar a los iconoclastas"

A primera vista se puede asegurar que la dictadura de Maduro se niega a entregar el poder porque se siente a gusto en su seno, haciendo lo que le viene en gana con la sociedad. Por eso lleva a cabo un fraude escandaloso. La afirmación  no es un disparate, debido a que los voceros de la nomenklatura y el propio candidato a la reelección dijeron  que ni siquiera por las malas se desprenderían de las alturas, y de allí los motivos del desconocimiento de la voluntad popular. Pero, ¿tales intenciones, vociferadas y disfrutadas, justifican la represión brutal que le sirvió de colofón al chanchullo? Quizá convenga analizar con calma el punto. 

Hubo importantes manifestaciones de repulsa después de que el CNE se luciera con la modificación de los resultados electorales, nadie lo duda, pero no desembocaron en grandes aglomeraciones ni en conductas violentas debido a la cuales se pusiera en juego la tranquilidad ciudadana, o se sintiera la dictadura realmente amenazada. Candelitas fáciles de apagar o de controlar con dosis moderadas del «gas del bueno», hubiera dicho el comandante eterno.  El fraude fue masivo, pero los protestantes no. La burla fue grandiosa, pero las reacciones no. La dirigencia  chavista celebró a media máquina, con más obligación que espontaneidad, mientras los líderes de la oposición evitaron un llamado a la guerra para que fueran pocos los guerreros que tomaron las calles. Ni siquiera las calles, en el sentido estricto de la expresión, sino apenas unas plazas y unas esquinas.  No hubo correspondencia entre la magnitud de la vagabundería electoral y la repulsa de los votantes frustrados, en suma, pero la represión fue descomunal. 

Un pormenor sobre el que no se ha pensado lo suficiente puede explicar una explosión represiva que ni siquiera se cuidó de meter en las jaulas, sin ningún tipo de disimulo, a un centenar de adolescentes sin antecedentes políticos ni de otra naturaleza que los pudieran convertir en fuerzas peligrosas. No atentaron contra la propiedad pública, ni contra domicilios privados. No difundieron consignas que pidieran la muerte del dictador, ni la desaparición del PSUV, por ejemplo. No llevaban armas porque tal vez pensaran que con las del voto de la víspera bastaba para apoyar su reclamo o porque nadie tuvo la idea de ofrecerles un arsenal. ¿Por qué, entonces, atacarlos con saña? Muy sencillo: derrumbaron nueve estatuas de Chávez, motivo suficiente para calcular la profundidad de su manifestación y el peligro para Maduro y sus secuaces. El hecho de emprenderla contra la representación más sagrada de la «revolución», contra la suprema encarnación de la Quinta República, bastaba para poner las barbas en un remojo de metralletas y carros acorazados. 

miércoles, 9 de octubre de 2024

¿La Historia debe pedir perdón? / Elías Pino Iturrieta @eliaspino


 

Escribí lo que sigue ante una solicitud de arrepentimiento que hizo Maduro, en 2021, por la depravada conducta de los conquistadores españoles en Venezuela, y ahora lo ofrezco de nuevo debido a las alharacas de AMLO y de su sucesora ante las tropelías supuestamente injustificadas de la conquista de México, que llevaron a evitar que el rey Felipe VI estuviera presente en la inauguración solemne del sexenio. Como la salsa del pavo también es buena para la pava, repito el texto sin enmienda

Nicolás Maduro vuelve a  insistir con un asunto absurdo e irrealizable: que la Historia se disculpe, en este caso, la Historia de España. Ha nombrado una comisión para que levante un expediente del pasado colonial y  para que  ese pasado pague por las supuestas tropelías que cometieron sus criaturas. O, en su defecto, para que pase por la taquilla el  gobierno español de nuestros días.

La actualidad le pide al pasado que se justifique porque, si no lo hace, debe cargar con  las consecuencias.  Maduro exige la contrición del conquistador  por la devastación de Venezuela a partir del siglo XVI, la compunción de millares de pobladores barbados y foráneos que llegaron pobres y se hicieron ricos,  el arrepentimiento de los letrados  que vinieron  a  meternos ideas malignas en la cabeza, la penitencia de los  sátiros con espada y armadura que se acostaron con unas mujeres de piel cobriza que no los esperaban en sus lechos; o la sentencia por otras conductas perniciosas, eurocéntricas, racistas, monacales, aristocráticas, virreinales, godas, regalistas,  carlistas, franquistas, falangistas, legionarias, zarzueleras, flamencas, taurinas, chulescas, machistas y antifeministas que vayan descubriendo y probando los jueces que ha designado. Una sonora necedad que realmente no merece atención, sino una chacota olímpica. Pero no puede pasar inadvertida, porque el régimen la usará como parte de su propaganda y porque no faltarán  ilusos que la ovacionen. 

La Inquisición de Maduro no es original debido a que encuentra antecedentes en la brocha gorda de Chávez cuando se quiso estrenar como historiador con más audacia que responsabilidad. También en reproches del siglo XIX, cuando los promotores de la Leyenda Negra de España pretendieron que las criaturas del pasado se arrepintieran  de haber sido como fueron. O, debido a que  ya estaban en la tumba, que sus sucesores lo hicieran  por ellas. Esa estrafalaria forma de designar jueces, convocar jurados y procurar sentencias condenatorias contra unos hipotéticos monstruos viene de antiguo y  no pasará de la superficialidad y de la fugacidad porque carece de los elementos que le concedan solvencia y le permitan permanencia, pero  merece las  observaciones  fáciles que vienen de seguidas y a las que se hace acreedora  por razones obvias. 

Los valores del futuro, de un tiempo y de unos fundamentos que no podían pesar en la conducta de unos individuos que se manejaban  según los patrones de su época, orientan un reclamo que  una postura benévola  puede considerar como  imposible, pero que en realidad es una solemne estupidez. Maduro y sus detectives ya  se rasgan las vestiduras porque Diego de Lozada  fue  cruel en sus incursiones, como si hubiera tenido otra forma de manejarse un hombre de armas de entonces en un territorio desconocido  ante rivales  numerosos y enigmáticos. ¿Cómo hacía para imponer su dominación, sino a través de una sangrienta espada y una lengua tramposa? ¿No actuaba al servicio de potestades indiscutibles en su tiempo, que solo un puñado de desesperados y de lunáticos podía  despreciar y  combatir? ¿No  sucederían en breve  cosas semejantes en Flandes o en Sicilia o en Londres o en París, sin escándalo de los intelectuales  y los prelados? 

viernes, 20 de septiembre de 2024

Chavismo y gomecismo, o la tentación de una analogía / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«Gómez y Chávez son los campeones de los regímenes más inhumanos de la vida venezolana, los mayores promotores del tormento corporal y del ultraje psíquico»

Sabemos que la historia no se repite, y que las analogías entre fenómenos sucedidos en épocas distintas no son aconsejables. Terminan por uniformar lo que es heterogéneo y, en consecuencia, en una tergiversación que oculta o manipula datos, en lugar de descubrirlos en su redondez. Con esta prevención se intenta ahora un emparejamiento entre el chavismo y el gomecismo, que ustedes seguramente leerán con la debida cautela. 

Como sobre el chavismo han abundado las definiciones, la comparación pretende ver el sentido que puedan tener. Quizá por eso tenga fundamento el intento que ahora comienza. ¿Populismo autoritario, autocracia disfrazada de patriotismo, opresión presentada como revolución, dominación inédita, izquierda de cuartel con sustento popular, un carisma personal imbatible? Tal vez una mirada hacia el pavoroso gomecismo aclare una parte del panorama. 

Un primer rasgo que sugiere una sinonimia entre los dos hechos históricos se encuentra en la debilidad de sus contrincantes, en cómo fue sencillo en ambos casos sacarlos del juego. Gómez lidió con uno caudillos decimonónicos que se habían desgastado en el transcurso de las guerras civiles, o que el paso de los años conducía con prontitud al cementerio. Chávez y sus acólitos contaron con una facilidad parecida. Los partidos poderosos de la democracia no eran ni la sombra de lo que fueron, alejados del pueblo y cada vez menos acertados en sus diagnósticos de la realidad. Apagado el caudillaje a principios del siglo y apocados los políticos después de media centuria de administración, fueron escaleras seguras para el ascenso de sus reemplazantes. Estamos ante dos sociedades sin cabeza, o que la han perdido con el paso de los años, vacío que ofrece  la primera pata a una supuesta mesa de reflexión que pretende explicar dos ascensos fulgurantes.  

La llegada a la cúspide estuvo precedida por el crecimiento de la luminiscente estrella personal de sus líderes, puede afirmarse de seguidas en nuestro amago  de parejería. Buena posibilidad de hacer que el espejo funcione, pero si se le da la vuelta a su luna, es decir, si consideramos cómo en los dos procesos se trató de una exageración exacerbada. Gómez fue un campuruso sin luces y Chávez un paracaidista de medianía, a quienes sus justificadores y publicistas vistieron de gala y colmaron de genio para que no los vieran como sirvientes de nulidades, como plumarios de unos chafarotes comunes y corrientes. Parece que por aquí se pisa el área más firme en el jabón de las equiparaciones. 

martes, 6 de agosto de 2024

¿Cuándo salimos de la dictadura? / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


Calcular el inicio de la gesta que nos llevó a votar hace días también es una operación de largo plazo, o una búsqueda que nos obliga a mirar hacia horas que no son tan cercanas

Las transformaciones de la sociedad no ocurren de un día para otro. Por eso las ciencias sociales manejan la noción  de evolución tomada del catecismo de Comte como una clave certera para evitar el anuncio de novedades cuando todavía no están en el tiempo de concretarse. La historia de las mentalidades, en la que he querido especializarme, es muy cautelosa  a la hora de anunciar la desaparición de un contexto colectivo y su reemplazo por otro. ¿Por qué? Debido a la resistencia de los hombres ante la amenaza  de mudanzas repentinas, frente a la pérdida de hábitos que le son caros y sin cuya muleta se sienten perdidos. 

Pero esta generalización solo pretende llamar la atención sobre el colofón de los sucesos de naturaleza política que hoy sacuden a la sociedad venezolana. Nada de erudiciones, ni de manejos intelectuales, por consiguiente, sino solo la necesidad de sugerir el control de las prisas porque habitualmente los fenómenos que más importan se mueven con pausa, o tienen un ritmo que nadie puede acelerar desde sus deseos, o desde sus necesidades particulares, debido a  la influencia de causas superiores e ineludibles que generalmente se mueven y manejan en el seno de las cúpulas.  Aquí lo colectivo solo lo es relativamente, debido a que la determinación de su rumbo y del trajinar de su almanaque depende de decisiones que solo toma un grupo de protagonistas. 

Afirmado lo cual, conviene pensar en el inicio del proceso que accedió  a un punto estelar el pasado 28 de julio, cuando fuimos a votar por un nuevo presidente de la república, o por uno viejo y conocido. Calcular el inicio de la gesta que nos llevó a votar hace días también es una operación de largo plazo, o una búsqueda que nos obliga a mirar hacia horas que no son tan cercanas. Lo más sencillo sería pensar que todo empezó con la elección primaria de una candidata de oposición que fue vetada por el régimen para que se destara la tempestad que hoy nos conmueve. De ser así, y para no contrariar a las ponderaciones de la paciencia mencionadas al principio, el pugilato apenas estaría  empezando y, en consecuencia, su desenlace será moroso. Sin embargo, una mirada más profunda puede  usar el catalejos para encontrar raíces sembradas con anticipación. 

¿Qué descubre ese catalejos, cuando apenas lo usamos desde el balcón para observar un paisaje despejado? Una descomposición del régimen llegada hasta extremos de putrefacción en el último lustro, más bien en la última década,  y un deterioro cada vez más evidente del rol de conducción que debían ejercer los partidos de oposición, mientras las mayorías de la sociedad caminaban  un calvario sin encontrar la compañía de redentores eficaces. Pero, a la vez, el crecimiento paulatino de un nuevo liderazgo, capaz de llevar a cabo una lectura practica y lúcida de la realidad que podía o debía  convertirlo en eje indiscutible del futuro cercano.  El asunto consiste ahora en buscar la partida de nacimiento de este fenómeno, para descubrir que no es tan reciente como para sentarnos sin carreras a esperar su clímax porque así lo aconsejan los sociólogos y los historiadores de las mentalidades. 

martes, 23 de julio de 2024

Rememoración de los lyncheros / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


"Los lyncheros eran unos provocadores de barrio que insultaban a los transeúntes sin que la policía impidiera sus desmanes"

En 1869, metido  a pronosticador, un general Cornelio Muñoz dijo que eran entonces tan bajas y oscuras las expresiones de la política venezolana que jamás se repetirían en el futuro porque, de lo contrario, se perdería la República. El doctor Manuel Modesto Urbaneja secundó entonces la opinión, hasta el punto de asegurar que era tan hondo el abismo de pasiones y de carencia de ideas reinante entonces que, así como demostraba la existencia de un peligroso purgatorio de pasiones en el que ardían los líderes de la sociedad, auguraba la voluntad de evitarlo después. De un lóbrego agujero se pasaría necesariamente a una etapa de civismo capaz de permanecer sin trabas, remachó. Si no, la anarquía y la ignorancia cavarían la tumba del establecimiento. Veamos la razón de las opiniones, para que ustedes digan desde la atalaya de nuestros días si acertaron o no.

La reciente muerte del general José Tadeo Monagas había dejado a los ejércitos sin una conducción respetable, su hijo y su sobrino se disputaban el poder con más ambición que pensamiento,  con espuelas en lugar de neuronas, hasta el punto de que podía encontrar cimiento cualquier aventura. Los periódicos se desbocaban en invectivas, llovían los pasquines  llenos de injurias y mentiras, en cada Estado de la recién creada federación los mandatarios hacían lo que les parecía y la hacienda estaba en ruinas. En las manos de un inexperto y veleidoso José Ruperto Monagas la sociedad era un compendio de calamidades, en medio del cual se formó en Caracas, concretamente en la parroquia de Santa Rosalía, un grupo de agitación llamado de los lyncheros que aterrorizaba a los habitantes de la ciudad que no congeniaban con sus simpatías políticas.

Los lyncheros eran unos provocadores de barrio que insultaban a los transeúntes sin que la policía impidiera sus desmanes, habitualmente orientados contra personas sospechosas políticamente, es decir, contra los opositores al gobernante de turno. Los escribidores, los comerciantes, los oficiales de las tropas, los miembros del clero y hasta las damas de sociedad eran el objeto de sus ataques, sin que existiera la posibilidad de detenerlos debido a que eran ruperteños.

La hazaña estelar de los lyncheros se llevó a cabo durante la noche del 14 de agosto de 1869, frente a la residencia familiar del general Antonio Guzmán Blanco. Habían invitado Guzmán y a doña Ana Teresa, su señora, a un baile de gala como jamás se había celebrado en la ciudad: tarjetas timbradas, licores importados, menú anunciado previamente,  formalidad de etiqueta, la mejor orquesta y  programa con las  danzas de moda que hasta la prensa había adelantado. El festín  fue abortado por los lyncheros, quienes impidieron la entrada a la mayoría de los invitados, todos personajes  del naciente  jet set venezolano, algunos de ellos

martes, 16 de julio de 2024

A pesar del árbitro / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«Es la resurrección de la proeza de Fuenteovejuna que proviene de una fantasía del Siglo de Oro, y que ahora vuelve otra vez en defensa de los fueros colectivos»

El CNE es el elemento menos confiable en materia de contar votos y de dar resultados cuando termine una jornada fundamental para el destino de la sociedad. Cuando existe una posibilidad cierta y ya mostrada de modificar el rumbo de la historia  a través de un proceso electoral, el árbitro de la contienda no merece ni un milímetro de la confianza que deben sentir los millones de sufragantes que están dispuestos a cambiar su vida  por vía pacífica. Pero la decisión de transformar  los asuntos relacionados con el bien común es tan evidente que ni siquiera la parcialidad del árbitro, llevada hasta límites escandalosos que han saltado a la vista desde el día de la inscripción de los candidatos  presidenciales,  puede modificarla.

Es un enfrentamiento entre la voluntad enfática de las mayorías y lo que puede hacer el régimen agónico desde una oficina para evitarla. De acuerdo con las señales del ambiente, pero también partiendo de las encuestas hechas por profesionales acreditados ante los intereses en contienda y frente al público en general, ya se ha manifestado una voluntad de mudanza que ninguna fuerza, por más poderosa que sea, o que pretenda ser, tiene  capacidad de detener. Ganas tiene, desde luego, pero sin ninguna alternativa plausible de convertirlas en realidad. No hacen falta sondeos profesionales para sentir lo que el ambiente comunica en todos los rincones del mapa y en el seno de todos los estratos sociales. No hay lugar de la república en el cual no  hayan manifestado las multitudes su deseo y su necesidad de librarse de un régimen que las ha condenado a la opresión y a la miseria. Y en esos lugares es una intención  manifestada por ricos y pobres, porque la urgencia de la mudanza ha barrido las diferencias  entre la gente modesta y los pocos que todavía poseen bienes materiales. Es la resurrección de la proeza de Fuenteovejuna que proviene de una fantasía del Siglo de Oro, y que ahora vuelve otra vez en defensa de los fueros colectivos. 

Pero el Comendador de nuestros días solo cuenta con el CNE, como puede probar el más descuidado de los observadores. Esto en principio, porque también siente que tiene el soporte de los cuarteles. Hasta allí, nada más hasta allí, en el mejor de sus casos, porque  no puede, ni en el más placentero y húmedo de sus sueños, rastrear en el horizonte un  mínimo auxilio del oxígeno que necesita para resollar.

La evidencia está en las vísperas, los dados ya corrieron en el tapete para repartir fortuna, ya la gente escribió los anales, ya sonaron los himnos en la calle, ya participamos en el desfile de los triunfadores, ya se cantó la lotería, ya se sabe en sábado lo que va a suceder en domingo, ya los locutores anunciaron la goleada en medio de vítores ensordecedores. La dictadura permanece en capilla porque no le queda más remedio, porque no debe respetar el atropellador almanaque de un escribidor entusiasta, pero también leyó la bola de cristal que anuncia su descalabro. Así las cosas, y sin que nadie tenga la posibilidad de desmentirlas, ¿qué va a hacer la dictadura?

martes, 9 de julio de 2024

La crueldad no es tema electoral / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«¿Los líderes que acompañan a Edmundo, la cúpula de María Corina Machado y ella misma,  han incluido en sus discursos, en sus declaraciones  o en sus papeles públicos la sevicia del gobierno, su inclemencia, su ensañamiento contra los activistas que le adversan o contra los ciudadanos que  ellos escogen  según sus necesidades?»

Las campañas electorales tienen el propósito de buscar votos, no de espantarlos. Es evidente. De allí que  los participantes en las contiendas tengan que detenerse en las desventajas  del adversario, en cómo sacarle partido a los errores y a los defectos de quienes aparecen como enemigos. La victoria no depende solamente de  ofrecerse como pioneros de un futuro mejor, sino también de recalcar lo terrible que sería para la sociedad que las cosas permanecieran sin cambios. Mirando el asunto desde el lado de la oposición, desde luego, porque para los entronizados más bien se  trata de evitar que se ventilen sus deficiencias para impedir que  sus testimonios los destronen. No se necesita la pericia del politólogo para llegar a una conclusión que realmente es de Perogrullo, pero ahora se quiere llamar la atención sobre cómo se ha evitado en los mítines, en la propaganda y en los documentos proselitistas, el tratamiento de  uno de los asuntos  más  característicos del régimen de Maduro: la crueldad.  

Sobre cómo lo ha evitado la oposición, desde luego, porque lo menos que le puede interesar a una dictadura es que la presenten como encarnación de la inhumanidad. ¿Los líderes que acompañan a Edmundo, la cúpula de María Corina Machado y ella misma,  han incluido en sus discursos, en sus declaraciones  o en sus papeles públicos la sevicia del gobierno, su inclemencia, su ensañamiento contra los activistas que le adversan o contra los ciudadanos que  ellos escogen  según sus necesidades? Claro que no resulta simpático que un dirigente suba a la tribuna para abrumar a las masas con un desfile de torturadores, con una exhibición de  malhechores, con una muestra de los instrumentos que se usan en las cárceles como cosa cotidiana para martirizar a los presos políticos, pero el hecho de no referirse a sus tropelías, ni siquiera pasando sobre ellas a pie juntillas, es una irresponsabilidad o una desidia que debe conducir a la reflexión. 

Especialmente porque hay un trabajo previo de seguimiento de la crueldad del régimen, llevado a cabo por oenegés valientes que no han parado en su misión y que, contra viento y marea, se han ocupado de recoger evidencias incontrovertibles sobre el trabajo de los esbirros; porque los familiares de los perseguidos llevan lustros clamando por justicia y porque, por si fuera poco, el caso del salvajismo del régimen ahora es juzgado por la Corte Penal Internacional. De tales situaciones se desprende lo incomprensible que resulta la omisión que se hace de ellos en las movilizaciones cada vez más masivas y entusiastas de la oposición. Resulta preocupante que  no se haya explotado un terreno tan adecuado para  mostrar las evidencias  de la barbarie cuando existe la posibilidad cierta de sacarla del juego con todas sus abominaciones, en especial con la funesta especie de los torturadores que no habían reinado con tanta impunidad desde la tenebrosa época de Gómez.  

martes, 2 de julio de 2024

La resurrección de Zamora y los militares de nuestros días / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«De un hombre sin ideas quiso el «comandante eterno» sacar  una parte de las raíces del árbol que redimiría  la historia patria, fantasía de la que solo queda  el polvo»

Aunque parezca insólito, fue Guzmán Blanco quien calculó con acierto el peligro que significaba Ezequiel Zamora para la institucionalidad que comenzaba a levantarse después de la Guerra Federal. En una polémica de 1867 se atrevió a señalar al famoso General del Pueblo Soberano, asesinado siete años antes, como representación de una arbitrariedad cuyo recuerdo conspiraba con los planes de una administración que trataba de sobrellevar el mariscal Falcón en medio de terribles amenazas. Zamora representaba «el mugido» de la multitud desenfrenada, es decir, la posibilidad de que la barbarie aprovechara cualquier ocasión para liquidar los intentos de prudencia  que necesitaba Venezuela después de una pavorosa devastación.

No parece sensato considerar la afirmación de un político  tan pagado de sí mismo como una verdad redonda, pero no le falta razón a don Antonio cuando relaciona la memoria del líder popular con los desmanes de la Guerra Larga, y cuando considera que su ejemplo es nefasto para las necesidades del momento. Unos desmanes que el futuro inmediato subestima debido a las apologías fabricadas por el liberalismo del siglo XIX  sobre un supuesto redentor de los pobres; y por  el oxígeno que le insufló Chávez cuando lo propuso como modelo de redención y de esperada justicia. De un hombre sin ideas quiso el «comandante eterno» sacar  una parte de las raíces del árbol que redimiría  la historia patria, fantasía de la que solo queda  el polvo porque ninguna propuesta plausible puede salir de la cabeza seca de un líder de  montoneras muerto entre sospechas y mal enterrado  en 1860. 

También lo había enterrado el chavismo después de la improvisada exhumación que llevó a cabo el teniente coronel, seguramente porque nadie de la nomenklatura sintió la necesidad de reanudar su procesión debido a las evidencias de su esterilidad, pero de pronto Maduro se ha encargado de ponerlo en la palestra. Hace poco, mientras celebrábamos la fiesta de la Batalla de Carabobo, anunció la creación de un nuevo y sorprendente grado en el escalafón militar, una cima suprema y superior fundamentada en la leyenda del héroe federal: General en Jefe del Pueblo Soberano. Aparte de que me parece que este tipo de escalafones no se pregona en un mitin, sino después de un meditado y especializado examen, más me preocupa que una fama  anunciada como motivo de alarma  por un político de trascendencia como el Ilustre Americano, tal vez en una de las pocas veces que dio en el blanco con puntería milimétrica, se ubique de nuevo en el centro de la vida venezolana cuando estamos en vísperas electorales.

miércoles, 5 de junio de 2024

La ineptitud de la mujer, según un científico venezolano / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«López Méndez reconoce la existencia de «mujeres superiores», como Juana de Arco, Isabel de Castilla, Madame Stael y George Sand, pero entiende que la generalidad de ellas es inferior debido a características anatómicas y embriológicas»

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se establece en Venezuela el pensamiento positivista, una especie de proclamación de la infalibilidad de la ciencia que terminará con las vaguedades del conocimiento que reinaban desde la época colonial. Una especie de fiebre científica se apodera entonces de las nuevas generaciones, especialmente en los claustros de la universidad, para anunciar el establecimiento de un período de Orden y Progreso que iluminará a la sociedad. Desde la medicina hasta la crítica literaria se presentan como objetivas y como revolucionarias, para reinar en las alturas hasta las primeras décadas del siglo XX. 

Uno de los autores que más influye entonces es Luis López Méndez, un laborioso joven que escribe en 1888 un Mosaico de política y literatura a cuyas páginas acude una multitud de lectores entusiastas. Ahora veremos lo que opinaba sobre la mujer, para sentir cómo  han cambiado entre nosotros los pareceres  hasta volverse irreconocibles los de antes. Solo con mirar hacia el avasallante prestigio que hoy ha adquirido María Corina Machado, basta para sentir las distancias entre pasado y presente que nos hacen distintos hasta extremos siderales. 

López Méndez reconoce la existencia de «mujeres superiores», como Juana de Arco, Isabel de Castilla, Madame Stael y George Sand, pero entiende que la generalidad de ellas es inferior debido a características anatómicas y embriológicas. Escribe así en su Mosaico, por ejemplo: «El cerebro de una mujer pesa una décima parte menos que el del hombre… A lo que debe agregarse que las diversas regiones cerebrales no aparecen igualmente desarrolladas; en el hombre lo está la región frontal, y en la mujer la lateral y posterior… todo lo cual ha llevado a la conclusión de que la mujer es un ser perpetuamente joven que debe colocarse entre el niño y el hombre». 

¿Pueden, partiendo de esos parámetros, trabajar en oficios como la medicina? Esta es la despreciativa respuesta: «En los exámenes se desempeñan perfectamente, siempre que no se acuda sino a su memoria; porque cuando se les plantea una cuestión tratada ya en el curso, pero bajo otra forma, se desconciertan y pierden completamente la cabeza. En los laboratorios son torpes y poco cuidadosas. Los compañeros se quejan siempre de las estudiantas que los asedian a preguntas, y les piden a cada instante consejos sobre cualquier bagatela». La mujer no está preparada para el raciocinio, en suma, porque es una faena propia del sexo masculino. 

martes, 14 de mayo de 2024

El viejo desprecio por el pueblo / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


El chavismo no está solo en su desprecio por el pueblo venezolano, no ha sido el primero en subestimarlo hasta extremos bíblicos

Hay una anécdota muy conocida de Guzmán Blanco, que ilustra sobre cómo ve el chavismo a la sociedad venezolana. En una ocasión, cuando hasta los miembros del congreso y los jefes del partido liberal se escandalizaron por un contrato que había celebrado con un aventurero francés, en el cual entregaba inmensas partes del territorio en un negocio que solo favorecía a sus suscriptores, ordenó a su padre que publicara en la prensa de Caracas una carta en la que afirmaba que le importaba un pepino lo que opinaran los venezolanos sobre sus decisiones. Llegó a decir, para que nadie se llamara a engaños: no me importa lo que opinen sobre mis decisiones, es como si lo dijera un  indio del Caroní. 

Lo importante del asunto radica en el hecho de que hiciera público su desprecio por los miembros de la colectividad. Nadie lo había manifestado con tanta impudicia. Tal vez lo dijera en reuniones privadas, en el sigilo de las complicidades de quienes lo acompañaban en el saqueo del erario, pero jamás en letra de imprenta. Pero no pasó nada. Los escritores de la menguada oposición guardaron silencio ante la afrenta, como si no estuvieran ante una afirmación capaz de provocar reacciones enfáticas. El contrato que había provocado la repulsa fue anulado, pero la afirmación de Guzmán no fue tocada ni con el pétalo de una rosa. Nadie se dio por aludido ante el insulto y la política continuó como si nada hubiera sucedido.

Solo de una afirmación parecida queda memoria en las fuentes históricas, si consideramos que el detalle divulgado  por el historiador González Guinán no es exagerado. Se trata de una frase de Boves cuando entra triunfal a Caracas y las tropas lo aclaman en el atrio de la catedral. ¡Cómo lo quiere el pueblo!, le dijo entonces su capellán después de conmoverse ante el entusiasmo de las tropas. ¡Mire usted cómo lo vitorean! Pero Boves detuvo su entusiasmo, según relató más tarde el capellán. De acuerdo con lo que confió  después al historiador, el caudillo hizo una afirmación categórica sobre lo que estaba sucediendo. Algo así: no se anime tanto, padre, este pueblo grita lo que le dicen. No fue tan despreciativo como el Guzmán del futuro, porque solo habló con una persona de su intimidad en quien podía confiar, pero no se quedó muy atrás en su entendimiento de las reacciones colectivas, en un desdén escandaloso. 

Cuando sucede la Revolución  de Octubre de 1945, a partir de la cual la sociedad estrena situaciones tumultuarias de un pueblo que pocas veces se había manifestado con especial entusiasmo en la parcela política, dos jóvenes intelectuales hacen comentarios sobre la situación. Los dos serían célebres unos años más tarde, por sus méritos de escritores y por el ejercicio de posiciones como ministros y como profesionales destacados, pero en ese momento solo están hablando a solas sobre lo que discurre frente a sus narices. ¿Cómo te parece lo que está pasando?, pregunta uno de ellos. Esta fue la respuesta, según aseguran sus descendientes que han recreado  el episodio en privado: «nos jodimos, caímos en manos de los venezolanos».

No estamos ante un hecho recogido en los archivos, ni ante una conversación que un testigo pueda corroborar, sino solo ante una confesión de algunos de sus descendientes que se puede repetir sin soltar mayor prenda porque ahora, en lugar de la identidad de los opinadores, solo interesa la recurrencia de una opinión. 

martes, 7 de mayo de 2024

Gomecismo y chavismo / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«Si se busca la raíz del chavismo parece sensato encontrarla en la decadencia de la democracia representativa»

Las analogías entre épocas históricas son arbitrarias, debido a que en cada tiempo se vive según los motivos de una peculiaridad irrepetible. Si se intenta una comparación entre lo que sucede en nuestros días y lo ocurrido en el pasado, así se trate de un período reciente, terminamos en  distorsiones  y  disparates. Pero también es cierto que la caracterización de un tiempo histórico se facilita con la memoria de fenómenos de antes, que pueden ayudar en su comprensión.  Adelantadas estas prevenciones, se intentará de seguidas un vínculo entre gomecismo y chavismo. 

Si se busca la raíz del chavismo parece sensato encontrarla en la decadencia de la democracia representativa. Tal vez nadie esté en capacidad de negar que la  paternidad de la actual dictadura se encuentra en la descomposición de la política a partir de las últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, conviene recordar cómo los militares que reaccionan contra el establecimiento anuncian un divorcio que, si no los pone en la vanguardia de un proyecto inédito, los debe relacionar con hechos anteriores que les sirven de inspiración, o que pueden imitar porque apuntalan un proyecto de dominación. Nadie duda de que los jóvenes oficiales del chavismo fueran aficionados a la literatura marxista y a los panfletos importados de Cuba, así como a otros textos de filiación fascista y a fuentes cuya banalidad conduce a un rompecabezas indescifrable, pero nadie se ha puesto a pensar sobre cuál fue el modelo, sacado de la historia de Venezuela, que mejor les acomodó para convertirse en dueños y señores de la sociedad.

Durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, el país entra en una situación de estabilidad política  debido a la brutal hegemonía que se establece. La muleta de la explotación petrolera permite  que se alivien situaciones de miseria generalizada y penetren novedades de la técnica y del capitalismo estadounidense, mientras se asienta un régimen tiránico que jamás había sufrido el país.

La persecución de la disidencia se convierte en hecho cotidiano, debido al establecimiento de un sistema de asesinatos, desapariciones  y torturas sin precedentes; de un conjunto de prisiones severas ante las cuales se paraliza la ciudadanía; de una red de amenazas y delaciones que adquiere fama internacional.

Las regiones son administradas por procónsules que las manejan como cosa propia, con la venia de quien los ha impuesto para que hagan lo que les venga en gana mientras avalen su reinado.

La ley se pone al servicio del régimen, para conducir los tratos civiles y los asuntos judiciales por un estrecho sendero que se debe cruzar inevitablemente.

La libertad de expresión pasa al cementerio, sin posibilidades de resurrección o reanimación. El miedo se convierte en un sentimiento constante, para que la sociedad guarde silencio ante exhibiciones de brutalidad que claman al cielo. Debido a infinitos actos de corrupción administrativa, una clase opulenta se establece en la cúpula con el deseo de permanecer hasta el fin de los tiempos con la bendición del Benemérito de turno y de los hidrocarburos sempiternos. Un sistema de publicidad capaz de  llegar a  todos los rincones, aclama a la cabeza del régimen y a sus obras portentosas. 

miércoles, 24 de abril de 2024

¿Quién elige a nuestro candidato? / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«La victoria en las guerras civiles y la costumbre de sentir el predominio de un guerrero triunfante, permitían que el más afortunado  dirigiera a placer los procesos electorales y las  campañas de propaganda»

Uno queda como intransigente, o pasa por anacrónico, cuando desconfía de los tratos que hoy llevan a cabo sectores de la oposición con elementos de la dictadura para tener y mantener un candidato presidencial.

Parece que aguantar una posición que tiende a ser invariable frente a los negocios que se necesitan para cerrar el tiempo de las nominaciones, no se ajusta a  las urgencias del reloj que determina  los movimientos certeros de la política. Es cuestión de praxis, de puntería para encontrar el vericueto ofrecido por una perplejidad  del adversario, proclaman los apóstoles del avenimiento. Así  el tarjetón quedará  completo de una buena vez y nos convertiremos en los electores que queremos ser.

Me parece que se trata de un argumento que se puede rebatir sin que las neuronas se quemen más de la cuenta; y pensando en cómo las cosas pueden variar de un momento a otro en una atmósfera que ofrece sorpresas, o que obliga a que los movimientos se ajusten a las imposiciones de la realidad. 

Es cierto que la política es un asunto de transacciones, y que tales transacciones suelen o pueden conducir a buen puerto. En el pasado hay ejemplos, nacionales y extranjeros, a través de los cuales se comprueba o se ha comprobado que las partes enfrentadas, cuando  están en aprietos, pueden hacer de la necesidad virtud para que nadie sufra heridas mortales  cuando el cementerio está a la vuelta de la esquina. Un cementerio que tiene fosas de sobra para los miembros de las dos partes, dicho sea únicamente para fastidiar. Por eso  resuelven  la adquisición de un enorme paquete  de salvavidas que   sirven para  un ensayo agónico  de natación. Los representantes de las partes que se debaten en la orilla de sus abismos no solo tratan de mantenerse con vida, sino también de salir airosos del trance. Pero no se conforman con buscar la prolongación de su existencia: también aprovechan el protagonismo para lapidar a quienes preferimos  mirar las cosas desde otro ángulo y nos atrevemos a decirlo. Somos los tontos del teatro, los miopes frente a la variedad del paisaje, los pescadores que no sabemos aprovechar la riqueza del océano porque nos apegamos a un  quietismo dogmático. 

Sin embargo, ese otro ángulo nos indica que la historia no se repite. Lo que pasó antes, y en otras latitudes, no tiene reedición. Quizá pueda servir de incentivo, pero jamás de ejemplo redondo y sacrosanto.

El presente se enfrenta con las armas del presente, proclama Perogrullo. El pasado sirve  para sentir que somos distintos y que debemos actuar según los resortes implacables de una determinada actualidad. En lo que a mi opinión importa, debido a una malformación profesional y a que todavía me sirve el anteojito,  abomino de la posibilidad  de esperar las señales de un autócrata para saber por quién debo votar. No quiero, como quisieron los venezolanos de la segunda mitad del siglo XIX, mantener la precaución de una parálisis  hasta enterarme  de a quien saludó con deferencia  Guzmán  Blanco para votar según sus simpatías. No quiero saber si el nuevo Guzmán abrazó a un bienvenido Alcántara o mimó a un inédito Crespo para escribir sus nombres en la papeleta.

martes, 2 de abril de 2024

El desfile de los moribundos / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


«Cuando la pestilencia es excesiva las narices de los pueblos buscan aires limpios y vivificantes»

Nadie sabe con exactitud cuándo llegarán al cementerio porque tratan de demorar el funeral, pero es un ritual cercano e inevitable.  

Dan pasos para evitar la culminación del oficio funerario y de pronto parece que lo logran porque se mueven frente a nuestros ojos, o porque declaran ante el público, pero se trata de conductas necesariamente postreras. 

El desacierto de sus pasos, cada vez más divorciados de la realidad, pero en especial lo que han hecho para buscar la sobrevivencia, no pocas veces vergonzoso, es la insólita paletada de tierra que mueven ellos mismos para abrir el agujero y penetrar  hasta el fondo de la fosa. 

Es un declive que sucede debido a hechos que solo son atribuibles a ellos, únicamente a ellos, y debido a los cuales dejan abierto el camino de sus reemplazantes. 

Esos reemplazantes son o quieren ser los actores de un proceso diverso, porque se trata de criaturas de otra procedencia, formadas en otra cartilla ética y que han sorteado o vienen sorteando los desafíos de los negocios públicos con una pericia indiscutible, pero también porque la debilidad o la precariedad de quienes ocupaban el centro de la escena se los facilita. 

El asunto no tiene qué ver con la edad cronológica de los que están labrando el sendero de su despedida, sino esencialmente  con la evolución de unos  pasos caracterizados por  pecados mortales contra el republicanismo o contra la simple decencia cívica, por manchas que no se pueden quitar en ninguna tintorería, por más habilidosa o alcahueta que sea. 

Lo trascendental de lo que se está anunciado importa como ninguna otra realidad venezolana debido a que lo estamos presenciando, a que lo estamos viviendo entre la perplejidad y el asco.   Las  peripecias de la selección de la candidatura presidencial de la oposición son su evidencia palmaria, su apabullante testimonio. 

miércoles, 20 de marzo de 2024

La dedicatoria de Maquiavelo / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


"El príncipe", de Maquiavelo, no es un recetario de actualidad, es una orientación que nos llega de otros tiempos: de mirar al pasado. Para el análisis político es necesario conocer de historia, no basta con la "celebridad" en las redes sociales

Maquiavelo dedica El príncipe a Lorenzo de Médicis, quien era duque de Urbino y uno de los mandatarios más importantes de su tiempo. Quiere hacerle un servicio, quiere obsequiarle una merced de utilidad, y por eso escribe en la dedicatoria:

Deseando yo, pues, ofreceros una prueba de mi adhesión y respetuosa obediencia, he encontrado que la alhaja de más valor, y tal vez la única que poseo, es el conocimiento de lo que han hecho los grandes hombres; conocimiento que he adquirido con una larga experiencia de la política moderna, y una lectura continua de la que seguían los antiguos. De todo esto, meditado y examinado con detención escrupulosa, he formado un pequeño volumen que os envío, pues, aunque creo que mi obra es indigna de tamaño honor, sin embargo, confío en que será acogida con benevolencia, considerando que no puedo ofreceros mayor regalo que el conocimiento instantáneo de lo que tantos años y peligros me ha costado aprender.

Es una obra redactada en 1513, después de haber ejercido de secretario del gobierno de Florencia, su ciudad natal, y de dirigir misiones diplomáticas en dominios vecinos y en los estados pontificios. Escribe desde su experiencia de alto funcionario, pero advierte que sus conocimientos provienen del análisis de una antigüedad a la que ha dedicado tiempos  de meditación e investigación.

No escribe solamente desde la luz que podía ofrecer una rutina burocrática de escala elevada, faro de valor cuando se trabaja para la utilidad de un gobernante enfrentado a los desafíos propios de su oficio, sino también desde la profundidad de sus conocimientos de la historia clásica. O más bien de los historiadores clásicos, porque dedicó años a la investigación de uno de los autores fundamentales para el entendimiento de los orígenes de la civilización que, aunque en segmentos descoyuntados, cada uno a su aire, vivía el esplendor renacentista.

El Renacimiento Italiano impulsó técnicas desconocidas hasta entonces por la investigación histórica, un tratamiento más riguroso de la documentación, un cotejo de versiones susceptible de intentar una aproximación razonable a la verdad de los hechos, o a su verosimilitud.

Maquiavelo militó con fervor en esa escuela bajo la dirección de Francesco Gucciardini, uno de los historiadores más célebres de entonces, maestro del claustro moderno pero también personaje interesado en los trajines del poder de la época, laicos y religiosos. De tal magisterio surgió una de las obras de mayor trascendencia que produce la historiografía de la época: los Discursos sobre la primera década de Tito Livio.

jueves, 7 de marzo de 2024

María Corina y las culpas de la oposición / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


"Importa mucho más  preguntarse por los líderes que propusieron los nombres de unos rectores tan dóciles para un cargo fundamental cuando nuestro republicanismo ha sufrido vapuleos bíblicos."

La realidad indica, sin posibilidad de error, que no existe ni la alternativa  más remota de que María Corina Machado pierda la elección presidencial que se avecina. Estamos ante una figura que traspasa la barrera de las clases sociales, de las diferencias de género y de las peculiaridades regionales para convertirse en la encarnación de un sentimiento colectivo que jamás se ha visto en la historia de Venezuela. Sobre el punto ya escribí un par de artículos, asentados en  evidencias palmarias, pero hoy quiero insistir mirando hacia el papel de los partidos y de los líderes de la oposición ante un fenómeno que los saca de quicio y frente al cual no han demostrado posiciones suficientemente enfáticas, o capaces de no sembrar dudas de su reacción ante el fenómeno.

Que la dictadura ponga todo su poder para detener el itinerario  de una rival arrolladora puede entenderse porque sufrimos el azote de un régimen capaz de llegar a extremos de arbitrariedad y de crueldad para mantenerse en el poder. El hecho de que se le entienda no indica que debemos respetar su libreto, desde luego, sino solo que no produce sorpresas.  De allí que parezca hoy más conveniente no quedarse de una pieza porque ya puso las elecciones para el 28 de julio,  y para dentro de un mes la inscripción de los candidatos presidenciales, sino detenerse en detalles como el de que el acelerado maratón fue aprobado en el CNE por unanimidad, es decir, con el voto de los rectores que, según habíamos supuesto infinidad de pendejos, representan a las organizaciones de oposición. No cabe en cabeza normalmente amoblada que unos directivos que están en su cargo para evitar la hegemonía del régimen, no solo voten por la propuesta electoral de la dictadura sino que, por si fuera poco, ni siquiera ofrezcan de inmediato unas palabras de explicación para salir del paso, para medio lavarse las caras arrugadas y ajadas por la prosternación de los cuerpos que coronan. Cuerpos arrodillados, organismos sumisos, tronco y extremidades muertos. 

Pero importa mucho más  preguntarse por los líderes que propusieron los nombres de unos rectores tan dóciles para un cargo fundamental cuando nuestro republicanismo ha sufrido vapuleos bíblicos. O sabían los promotores de sus postulaciones que estaban escogiendo a un par de buenos para nada, que hacían apostas la propuesta de dos títeres, de un par de tontos de capirote, de una pareja de cobardones, o demostraron una incompetencia sobre la cual abundan también los ejemplos  en muchos  pasajes de la Escritura. O, mucho peor, podían saber igualmente que escogían a dos pájaros de cuenta que ni siquiera parpadearían cuando los mandones se detuvieran en una coincidencia políticamente escandalosa y cívicamente  aberrante, como hacer  que el acto electoral coincidiera con una data biográfica estelar del «comandante eterno». Todo tipo de hipótesis que coloque en su lugar a los parteros del dúo, a los  padres de unas criaturas tan deplorables desde el punto de vista de la republicana decencia, tiene cabida sin ninguna dificultad. 

jueves, 29 de febrero de 2024

El país del miedo / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


"En febrero de 1879, cuando regresa a Venezuela después de la reacción de un grupo de políticos contra su influencia, Guzmán Blanco publica un documento escandaloso en el que pone una lista de los rivales políticos que osaron promover la destrucción de sus estatuas, a quienes amenaza con cárcel y represalias económicas".

En julio de 1835, la  llamada «Revolución de las Reformas» es precedida por un insólito silencio de la ciudad. Pese a que nadie ha anunciado la posibilidad de una maniobra armada, ni de nada relacionado con asuntos de violencia, la gente siente que «ha olido algo» y prefiere guiarse por los consejos de su nariz.  Es el ambiente recogido por uno de los Fragmentos de Tomás Lander, a quien han llegado los rumores de un alzamiento militar que no le parece probable porque el presidente,  José María Vargas, apenas se está estrenando en el cargo y no ha tenido tiempo para perder popularidad. Pero el olfato popular resulta ahora más acertado que la pluma del destacado político, quien se impresiona cuando camina desde su casa a la Diputación Provincial de Caracas sin topar con los transeúntes habituales. Pero en una esquina encuentra a Francisco Javier Yanes, de cuyos labios brota la siguiente sentencia: «Esto que no vemos puede ser el principio de algo que veremos mucho en el futuro». No logra descifrar el rompecabezas y se limita a copiarlo para ponerlo después en sus  escritos. En breve, se entera de que unos oficiales del estado mayor de Bolívar  han apresado al jefe del estado para que la gente común levante pared de cal y canto  mientras llega la salvación, es decir, José Antonio Páez con sus llaneros.

Cuando Monagas atenta contra el congreso que pretende juzgarlo, en 24 de enero de 1848, Caracas es un desierto. Ya lo es desde el día anterior, de acuerdo con las crónicas de González Guinán, porque sus habitantes prefieren encerrarse en sus domicilios por el temor que los embarga. Los comercios cierran, las tertulias habituales de la plaza mayor desaparecen y hasta las iglesias clausuran los portones y suspenden los oficios religiosos. Ni siquiera pululan los limosneros de costumbre porque no tienen a quien pedirle. El ambiente es todavía más silencioso en los días siguientes, cuando las casas de los diputados permanecen cerradas con tranca debido a los rumores que circulan sobre hechos de violencia ocurridos en los aledaños. Solo en la residencia  del presidente hay movimiento, un ir y venir de funcionarios que saludan al jefe mientras se incorporan a brindis con champaña. «Jamás vi a la ciudad tan desolada, como si la cubriera una sombra que impide los movimientos, como si el pavor  no permitiera ni siquiera pensar», escribe entonces Juan Vicente González a un amigo de su confianza llamado Pedro José de Rojas.

En febrero de 1879, cuando regresa a Venezuela después de la reacción de un grupo de políticos contra su influencia, Antonio Guzmán Blanco publica un documento escandaloso en el que pone una lista de los rivales políticos que osaron promover la destrucción de sus estatuas, a quienes amenaza con cárcel y represalias económicas. Los destierra de la vida pública y los condena a una prolongada muerte civil de la que no escaparán mientras él se encuentre en el país, o mientras  vivan. Nadie levanta la voz contra una represalia tan reñida con los usos republicanos. La prensa enmudece, los comerciantes más ricos se hacen los locos, los obispos ni pestañean y los liberales aplauden, como si se tratara de una ocurrencia sin mayor significación. El recién llegado estrena entonces uniforme de mariscal francés y se pavonea por las calles de la capital, en una ostentación de poder que ni siquiera sucedió en tiempos coloniales, pero la gente mira hacia otro lado para evitar las iras del poderoso. No se está ahora ante una amenaza militar, la sangre de la guerra no anuncia su regreso, la violencia de las matanzas federales ya no existe, pero el pavor de las mayorías, convertido en silencio ominoso, vuelve por sus fueros. Algo nunca visto, pero capaz de repetirse, escribe al respecto el historiador Rondón Márquez.

martes, 13 de febrero de 2024

María Corina Machado, o una revolución inminente / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


Ninguna de sus antecesoras en la lucha política, o en otras actividades relacionadas con los negocios públicos, ha crecido hasta el punto de provocar una atención que traspasa los límites de las clases sociales.

Entre 1985 y 1986, un equipo de historiadores de la UCV publicamos dos volúmenes de documentos sobre la época de Gómez, Los hombres del Benemérito, que fueron bien recibidos por los lectores hasta el punto de agotarse con rapidez. Era un material inédito que descubría los secretos de una feroz dictadura a través de fuentes primarias, novedad suficiente para provocar el triunfo editorial, pero ahora solo se pretende un comentario sobre las razones del título para tratar de relacionarlo con la política de nuestros días. Sucede que todos los altos funcionarios que escriben al dictador en el lapso que corre entre 1908 y 1935, los empleados de confianza y los burócratas más destacados que aparecen en la edición, son hombres. Eso es ahora lo fundamental del asunto. 

Venezuela no solo sufre entonces una atroz dominación, quizá la más cruel de su existencia, sino también un proceso de cambios que establece los cimientos de su contemporaneidad. En el país  incorporado al club de las comarcas ricas suceden mutaciones fundamentales, entre ellas, la formación de las clases sociales que determinarán el rumbo de la vida en adelante, y una relación diversa con la política y con la economía del contorno y del resto del mundo. Es otra la gente que acompaña el entierro del tirano, por consiguiente, dispuesta a enfrentar el futuro con unas armas que jamás había manejado, pero se trata de un proceso exclusivamente masculino. 

Las mujeres no forman parte del epistolario porque debían guardar su santo lugar en los ámbitos de la vida privada. Ni siquiera se filtran como suplicantes que reclaman la libertad de sus maridos o de sus hijos. Tal vez los secretarios no llevaran sus ruegos hasta Maracay para evitarle molestias al jefe, pero son las ausentes de la historia recogida por la edición, los datos que le faltan al relato y que nadie echa en falta. Una señora excepcional como Teresa de la Parra se filtra en el desfile de los varones importantes, sin que otras faldas estorben su singular pasarela. 

Sabemos de las otras mujeres de la época porque le dieron cien hijos a Gómez, o porque formaron parte de la sagrada familia, o porque pudieron estrenar las modas y los gustos impuestos por la sociedad petrolera en la compañía de maridos y hermanos; o porque los historiadores descubrimos después sus penurias silenciosas  de compañeras de adalides y mártires de la oposición.  ¿No hicimos bien el trabajo de meterlas en su contexto, de emparejarlas para contar una historia sin exclusiones? Ponerlas en primera fila equivaldría a escribir falsedades, o a anunciar una influencia que todavía no se han ganado, o que no se les ha concedido. Nada insólito en la vida que ha llevado la república desde su fundación, dicho sea de paso, porque de las remotas del siglo XIX la gente de la actualidad apenas recuerda  a misia Jacinta al lado del Taita  y a doña Ana Teresa en la cúspide de las filigranas guzmancistas. Más por ser las Evas de sus poderosos Adanes que por luces intensas y propias. Más por lo que podían pedir a sus consortes o a un ministro complaciente, que por iniciativas de peso salidas de su cabeza. 

Nadie duda de que las mujeres comienzan  a escalar posiciones cuando llega el posgomecismo y en las calenturas del trienio adeco. Participan en movimientos sufragistas y sindicales, en la fundación de partidos políticos, en conspiraciones y alzamientos, en la resistencia contra la dictadura de Pérez Jiménez, en el trabajo de academias y universidades  o en la creación literaria, artística y científica; pero ninguna se convierte en un imán capaz de arrastrar multitudes y de provocar pasiones colectivas. Ya sabemos que las primeras damas importan por ser las compañeras del presidente, pues nadie vota por ellas ni les pide opiniones políticas que puedan importar de veras. Hay que esperar hasta el gobierno de Leoni para que una mujer, Aura Celina Casanova, sea ministra y trate sin complejos a los señorones del gabinete. Hay que esperar hasta el gobierno de Herrera Campins para que Mercedes Pulido sea la voz del feminismo en Miraflores y en el Congreso. Entonces logra, después de muchos ruegos, una reforma esencial del Código Civil. Y así sucesivamente. 

martes, 23 de enero de 2024

La guerra troglodita contra las ONG / Elías Pino Iturrieta @eliaspino

 


La dictadura se ha planteado el exterminio de las ONG, en una demostración de retroceso que se puede calificar de prehistórica. Es una operación de lo minúsculo contra lo universal, de lo aldeano contra lo global, de la penumbra de los rincones y del miedo de los pigmeos ante la luz y la libertad que se han establecido para mantenerse en la cumbre de las sociedades más adelantadas del mundo occidental. Cuando se busquen evidencias del enfrentamiento de la barbarie contra la civilización, este infausto ataque del madurismo contra las asociaciones no gubernamentales puede encabezar el desfile.

Tal vez el origen del tipo de organismos contra los que ahora se levanta la cuchilla de los mandones venezolanos se encuentre en las cúspides de la cultura de los tiempos modernos de Europa, expresada durante la segunda mitad del siglo XVIII, cuando pensadores capaces de modelar las conductas en sus contornos y en nuestro lado del mar se ocuparon de pontificar sobre las metas que enfrentarían los hombres del futuro como miembros de una sola cultura. La razón derrumbaba fronteras e imponía unas normas de vida y de entendimiento de la realidad que la harían más hospitalaria, aseguraban. El egoísmo y la crueldad del antiguo régimen cederían ante los impulsos de una Ilustración que trazaba el plano de una convivencia justa frente a la cual se rendirían  los intereses y los límites nacionales, especialmente los mantenidos a la fuerza por los controladores del poder. Así decretaban los ilustrados del Siglo de las Luces, con más prepotencia que humildad, porque la Diosa Razón en nombre de la cual escribían no era tan poderosa como aseguraban, ni podía destrozar los escollos de la realidad que buscarían la manera de sobreponerse con éxito.

Voltaire pretendía que Francia imitara a los ingleses en materia de libertad de cultos, pero lanzó una incitación de difícil digerimiento para una sociedad que todavía se solazaba en la matanza de hugonotes. Rousseau clamaba porque todas las sociedades del mundo suscribieran un Contrato Social como el que habían redactado en sus orígenes los padres fundadores, pero más racional y sabio, sin considerar que partía de una abstracción que solo circulaba en su cabeza. Jovellanos propuso que los borbones españoles se hicieran más benévolos y más abiertos a los reclamos de los tiempos iluminados, sin considerar que le hablaba a una fría y severa muralla. Uno de sus seguidores americanos, Simón Rodríguez, nos dijo que si no inventábamos errábamos, sin considerar que invitaba a una demolición absurda. Y así sucesivamente, pero tras el empeño de refundar principios universales que no solo debían implantarse en todas las latitudes del mundo “civilizado”, o en vías de civilización, sino que también podían abrirse camino a través de las leyes que cada sociedad escribiera y llevara a la práctica.

Pese a su extralimitación, es decir, a la exagerada ponderación de los atributos de la razón y a su desdén por las fuerzas procedentes del pasado que los resistirían, o por las peculiaridades locales que no querían ni podían vestir un solo uniforme, muchas de las propuestas de los ilustrados no solo permanecieron como desafío, sino que también ascendieron a la nómina de los derechos civiles que aceptarían y defenderían progresivamente las sociedades del XIX y el XX. Áreas como la administración de  justicia, la educación y la salud masivas, la expresión del pensamiento y las prerrogativas de las minorías en la defensa de sus causas, se asentaron poco a poco en las jurisdicciones nacionales como parte de un legado que había logrado el propósito de rejuvenecer el mapa de las sociedades contemporáneas para hacerlo más acogedor, más comprensivo dentro de su heterogeneidad.

La creación y la proliferación de ONG en nuestros días encuentra origen en las ideas de los filósofos del XVIII, en los impulsos de la Enciclopedia y en los empeños de sus seguidores americanos que fundan un mapa revolucionario de repúblicas; en principios de trabajosa divulgación que no solo sembraron la raíz de las utopías contemporáneas, sino también instituciones específicas cuya actuación se fundamenta en la universalidad de la misión que se han propuesto desde las postrimerías del antiguo régimen. Y, desde luego, también en la universalidad de los oficios que la encarnan: la profesión de curar, la profesión de informar, la profesión de enseñar, el ejercicio de las leyes y la vocación de hacer realidad, desde una perspectiva laica, las virtudes teologales (Fe, Esperanza y Caridad). Pero no como lo afirmaban los pioneros ilustrados porque lo mandaba la razón de la cual eran heraldos, que no podía ser emperatriz ubicua y absoluta de los hombres, sino mediante su progresivo acoplamiento a las diversas realidades del mundo. Precisamente ese acoplamiento, un enlace inevitable, genera trabas que pueden ser tan escandalosas como las sacadas de la manga por la dictadura venezolana para detener los impulsos de las organizaciones no gubernamentales establecidas en su patio.