Por Ezequiel Abdala, 26/10/2016
De la gente que pensaba que podría cambiar su
vida con el premio que sacara de una caja de Ace, hemos pasado a los que creen
que pueden sacar a una dictadura con apenas pisar el asfalto que rodea el
palacio de Miraflores. Que eso es llegar, tocar el suelo, ver el Palacio y el
dictador huir. Que en algún patio hay una espada de Bolívar enterrada en una
piedra y, cuando una mano opositora la saque, el tirano saldrá corriendo y
Venezuela, como en la canción de los carismáticos, se salvará. Así de fácil y
así de rápido, como en la casa de Rebeca. Un, dos, tres y listo.
No sé.
Hoy pasé largo rato pensando en esas y otras
posibilidades mientras escuchaba repetido cual letanía el “Vamos a Miraflores”
que tantas y tantas gargantas voceaban como la panacea a todos nuestros males.
Me abrumó la fuerza y popularidad que tiene la propuesta entre la masa. Y si no
me sedujo –sólo el elixir de la eterna juventud podía tener más propiedades,
parece– fue porque después de tantos años de chavismo ya estoy lo suficientemente
curado en salud como para saber de qué manera terminan esas improvisaciones
heroicas y las consecuencias que traen.
