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sábado, 31 de diciembre de 2022

Cómo detener el deterioro de las democracias / Fernando Barrientos del Monte @Latinoamerica21

  



¿En qué medida puede la ciudadanía desarrollar valores democráticos si su vida cotidiana se ejecuta en contextos verticales y no democráticos por antonomasia? En los últimos meses de 2022 la política en algunos países de la región mostró nuevamente signos de inestabilidad. Pero, más allá de la gravedad, las crisis políticas son esencialmente de, y entre, las élites políticas, y la ciudadanía, en general, poco tiene que ver. Sin embargo, los efectos de dichas crisis lo afectan considerablemente.

El caso más representativo es la crisis en Perú, con el fallido intento de Pedro Castillo de disolver inconstitucionalmente el Congreso, su consecuente destitución y el ascenso de Dina Boluarte. Así, Perú ha tenido seis presidentes en seis años. Mientras tanto, en Argentina, la vicepresidenta Cristina Fernández y líder de facto de la coalición gobernante, fue condenada a seis años de prisión por administración fraudulenta e inhabilitada para ocupar cargos públicos de por vida. Si bien ello no significa necesariamente su salida de la vida política, es un signo del inicio del fin de la era kirchnerista.

En Brasil, la extrema derecha que apoya al presidente Jair Bolsonaro salió a las calles para desconocer el apretado triunfo en segunda vuelta de Luiz Inácio Lula da Silva. Mientras, Bolsonaro se negó a reconocer los resultados hasta un mes después de la elección, luego de que ninguna institución lo apoyara, incluyendo el sector militar.

En México, Andrés Manuel López Obrador y su partido Morena han puesto en marcha una serie de estrategias, formales e informales, para debilitar a las instituciones que gestionan las elecciones. En un país donde la transición y la democratización se basó esencialmente en crear condiciones de independencia e imparcialidad en la gestión electoral, atacar mediáticamente a los órganos electorales y tratar de modificar su estructura institucional sin diagnóstico y deliberación, puede poner en riesgo la viabilidad de la democracia. No obstante la gravedad de tales procesos, dichas crisis hasta ahora se han desenvuelto dentro de los cauces institucionales.

La crisis de la democracia es de las élites

Las lamentaciones a veces lacónicas del deterioro democrático en la región se basan en una concepción reducida de esta. Las competencias entre élites partidistas se hacen en contextos institucionales con elecciones libres y justas. Sin embargo, los partidos políticos dependen cada vez más de los recursos del Estado y menos de sus militantes, mientras que los representantes se ocupan más de sus propias agendas de grupo que de los asuntos que afectan a la sociedad. Y los poderes ejecutivos responden cada vez más a los poderes fácticos que a la ciudadanía.