Por Tulio Ramírez
Introducción
El tema de la igualdad
de oportunidades vuelve a la mesa de discusión de los profesionales de las
ciencias sociales. La irrupción del igualitarismo en la retórica de los
enemigos de las sociedades de libre mercado y democráticas, ha arrinconado bajo
el remoquete de neoliberal excluyente, a uno de los principios constitutivos
del ethos de las sociedades capitalistas, como lo es, el de la
igualdad de oportunidades.
La narrativa
anticapitalista ha intentado restarle fuerza progresista al término que señala
la obligación por parte de las sociedades, de garantizar las libertades y
condiciones que hagan posible el desarrollo del potencial de los ciudadanos,
para lograr por sí mismos los niveles de bienestar y progreso que sean capaces
de lograr, sin más limitaciones que sus actitudes, aptitudes y las regulaciones
que evitan el atropello a terceros en esa carrera hacia la prosperidad.
Al imponerse en esta
narrativa lo colectivo sobre lo individual, se supedita toda iniciativa al
logro del bien común. Así, la educación, mecanismo clásico y efectivo de
movilidad social ascendente, se le asigna la misión de formar ideológicamente a
las nuevas generaciones en valores que garanticen el apoyo a un proyecto
político con vocación de mantener a perpetuidad el poder político.
Uno de estos valores es
el del “igualitarismo”. Más que un valor sería la eterna promesa que saldaría
las desigualdades generadas por el sistema capitalista.
Ahora bien esta
retórica no es exclusiva de los socialismos ortodoxos. Ella ha trasvasado esas
fronteras y se ha enquistado en los proyectos populistas como una de sus
insignias más eficaces para lograr la simpatía y apoyo de las masas.
En este escrito
analizaremos el caso venezolano, con la idea de hacer seguimiento a la
transición de lo que podríamos denominar un modelo político con vocación de
bienestar social e impulsor de la igualdad de oportunidades a un modelo
político socialista con ingredientes populistas, que ha hecho que la educación
haya dejado de ser el mecanismo más eficiente de ascenso social en Venezuela.
Igualdad de
oportunidades. Diferentes enfoques
La sociología no
marxista ha desarrollado de manera muy abundante el concepto de igualdad de
oportunidades. El desarrollo conceptual de esta noción en el ámbito de las
ciencias sociales se originó por la evidente situación de desigualdad que trajo
aparejado desde sus orígenes, el sistema capitalista de producción.
La desigualdad se ha
abordado desde diferentes ópticas. Autores como Weber[1], la estudiaron desde el punto de vista
del estatus que ocupa la persona en la sociedad, Parsons[2] por su parte la abordó desde
el prestigio, Dahrendorf[3] desde la desigualdad generada por
el poder y la autoridad y Lensky[4] desde el concepto de privilegio.
Por su parte Marx[5], analiza el tema como una consecuencia
de la propiedad o no de los medios de producción.
Con independencia del
abordaje teórico, lo que está en claro es que la presencia de la desigualdad
entre los hombres obliga, bien por razones económicas, éticas, o políticas, a
pensar en las compensaciones necesarias para minimizar o eliminar
definitivamente la enorme brecha entre los que tienen y los que no tienen como
procurarse un ciertos niveles adecuados de vida..
Dependiendo del enfoque
y el diagnóstico sobre las causas de la desigualdad, se racionalizaron y
propusieron soluciones de diferente tenor. Por ejemplo, los marxistas ortodoxos
proponen que la solución pasa por la extinción de aquello que provoca la desigualdad,
vale decir, eliminar el régimen de propiedad de los medios de producción. De
esta manera se socializa la propiedad, administrándose la riqueza a través del
Estado “una vez se apoderado por la clase históricamente oprimida”. Por
supuesto, esta situación se mantendrá hasta la llegada del comunismo cuando
desaparecerá el Estado y la igualdad entre los hombres sea la norma y no la
excepción.
Un enfoque más
compensatorio asume que las desigualdades son efectos colaterales de un sistema
social y económico que privilegia el libre albedrío y la libre competencia,
sobreviviendo aquél que posea mejores aptitudes y actitudes para ser exitoso.
Desde este enfoque, la lucha contra la desigualdad se emprende desde la
generación de igualdad de oportunidades para que todos, con independencia del
lugar que ocupen en la escala social, pueden acceder con base a su esfuerzo, a
la riqueza y al bienestar. Vale decir, que el lugar que ocupa hoy, no determine
el que ocupará mañana.
Así entonces, el
binomio desigualdad-igualdad ha ocupado el pensamiento y la acción política. Un
dato importante es que a pesar de que los diagnósticos son diferentes y las
alternativas de solución por consiguiente, también diferentes, hay un elemento
en común, a saber, el reconocimiento de la existencia de la desigualdad y la
necesidad de revertirla o minimizarla.
Nos centraremos, por
ahora, en la óptica marxista. Es evidente que el socialismo real, inspirado en
el marxismo-leninismo, más que hacer desaparecer la desigualdad ha generado
otro tipo de desigualdades tan perversas como las que generó el liberalismo
capitalista más radical. Las evidencias históricas han demostrado que en ese
tipo de regímenes se crea una Nomenclatura Parasitaria del Estado que
usufructúa las riquezas generadas por una población que está muy alejada de las
mismas.
Así, tras una retórica
que justifica la desaparición de las clases sociales en aras de la igualdad
entre los hombres, se esconde un modelo político que se perpetúa en el tiempo,
gracias al cercenamiento de las libertades y la dependencia a un Estado que
distribuye la pobreza y alimenta la dependencia de los individuos, al gobierno.
Esa propaganda
igualitarista que genera en las masas una ilusión de mejor porvenir, luego se
mantiene en impecable y afinado uso. Los argumentos para justificar la no
concreción de la igualdad giran en torno a dos ideas siempre presentes en los
discursos oficiales: a) se logrará la igualdad una vez concluido el eterno
proceso de “construcción del socialismo”; b) no se ha logrado la igualdad debido
a “los ataques generados por los enemigos de la revolución”. Esta profecía
nunca cumplida es lo que he dado en llamar el “igualitarismo retórico y
utópico”. Es una suerte de promesa eternamente incumplida, que ha servido como
chispa para tumbar regímenes y, una vez derrocados, como combustible para
mantener la esperanza de los que menos tienen.
Desde otra óptica, la
democracia como modelo político ha supuesto una variedad de posiciones en torno
al tema. Estas van desde el liberalismo más radical hasta las recientes
corrientes más asistencialistas.
La tradición liberal
sostiene que el tema de la desigualdad es naturalmente consustancial al modelo
de sociedad basado en el libre mercado. En un mundo donde impera la libre
competencia, la supervivencia del más apto es lo que determina la desigualdad.
En su esfera de libertad los individuos optan o no por competir. Así, los que
compiten contribuyen al progreso de la sociedad, amén de su progreso
individual. Los que no compiten o no tienen las aptitudes para ello, pasarán a
formar parte de la rémora natural de un sistema que no les negó la libertad de
competir.
Posiciones menos
radicales sostienen que la igualdad social en un sistema de mercado se logra
cuando las oportunidades, en principio, están abiertas a todos. Así, se
introduce junto al concepto de igualdad social, el concepto de igualdad de
oportunidades, aludiendo éste, a la libertad que la sociedad le brinda al
individuo para desarrollar todo su potencial para insertarse en el circuito
económico y lograr riqueza y bienestar social[6],
Desde esta mirada la
sociedad de mercado garantizaría el desarrollo individual desde el paraguas de
la libertad. El éxito estaría basado en la acción individual y en la
desregulación de todo lo que podría impedir el desarrollo de ese potencial.
Desde esta lógica todos salen a competir en las mismas condiciones, siendo las
diferencias individuales las que determinaran el éxito de unos y el fracaso de
otros. La desigualdad seria el efecto naturalmente colateral de esta dinámica
de ejercicio de la libertad.
Frente a esta clásica
visión se encuentran en el otro extremo, las fórmulas populistas que han
azotado en gran medida a los países latinoamericanos. Para los regímenes
marcados por el populismo el asunto de la igualdad social es el centro del
discurso político. Para Bobbio[7] las fórmulas políticas populistas
son aquellas que consideran al pueblo como un conjunto social homogéneo y como
depositario exclusivo de valores positivos, específicos y permanentes, siendo
fuente principal de inspiración y objeto constante de referencia por parte del
líder. El discurso populista no necesita como intermediario a las
organizaciones políticas, aunque ellas existan y sean la base organizativa del
líder carismático.
América Latina fue en
su conjunto un caldo de cultivo para el desarrollo del populismo. Países cuyas
guerras de independencia, se forjaron por ejércitos improvisados al mando de
Generales provenientes de las clases oligárquicas, quienes, para atraer a sus filas
a campesinos sin tierras, prometieron tierra, pan y trabajo. La esperanza de
lograr la tierra más que la independencia, fue lo que configuró un esquema
populista de hacer política desde los primeros momentos de las nacientes
repúblicas.
Esta cultura política se extendió por todo el siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX cuando fueron derrocadas las Dictaduras Militares y se instauraron regímenes democráticos en toda la región. Este cambio del modelo político no supuso la desaparición del populismo como estrategia para captar voluntades. Por el contrario, se exacerbó como consecuencia de la necesidad de cautivar a las masas para hacerse de sus votos en las nacientes contiendas electorales.
