Por René Núñez,
20/11/2016
Se observan dos países dentro
de uno, ambos negados a reconocerse y a unir esfuerzos en la procura de
soluciones a la crisis estructural y multifactorial que padecemos los
ciudadanos de esta nación; cuyos principales responsables, no cabe duda, son los
que vienen dirigiendo nuestros destinos desde hace 17 años.
Uno, el mayoritario, el más
afectado, conformado por casi la totalidad de la población, el que a diario
hace milagros para sobrevivir a las miserables condiciones de
desabastecimiento de alimentos y medicinas a los cuales los han conminado los
supuestos luchadores, protectores y defensores del pueblo. Una tragedia
familiar sentida por sus integrantes, desde que se levantan hasta que se acuestan.
Todos los días salen a buscar los alimentos básicos necesarios para
cubrir las vitaminas y las calorías que demandan sus sistemas orgánicos;
las medicinas de control de sus enfermedades; corriendo el riesgo de que no
sean atracados o abusados por los malandrines de la calle que operan y actúan a
sus libres albedríos. Unos venezolanos angustiados e impotentes que sienten
como la esperanza de sus vidas se reducen exponencialmente ante la ignominia y
sordera de unos poderes públicos sumisos e irresponsables.


