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jueves, 29 de agosto de 2013

¿Cuánta patria puede aguantar un corazón?


Por @Golcar1, 27/08/2013

Esta vez no lloré de tristeza. Lloré de rabia. Lloré de indignación. Llanto de patria mortalmente herida, de gentilicio aborrecido. Lloré de arrechera.

Tengo dos días recorriendo y llamando a todas las farmacias buscando el medicamento Manidón, una pastilla que un amigo de 80 años, con marcapaso y con extracción de un riñón, debe tomar diariamente y que ya tiene una semana sin tomarlo porque no lo consigue.

En mi peregrinar de farmacia en farmacia, decidí salir a buscarlo y, de paso, comprar el Omega que yo mismo debo tomar para controlar mis elevados índices de triglicéridos y colesterol y evitar un colapso.

Como salí a pie, dejé en mi tienda el bolso para evitar tentar la suerte por la calle con la atemorizante inseguridad que nos azota. Al llegar a la tienda naturista donde generalmente compro el Omega, la amiga chavista, dueña del negocio, me da la ya habitual y cotidiana respuesta del “no hay”.

-Hago los pedidos y me llega menos de la mitad de lo que pido –dice-. Y cada vez más caros.

-¡Seguí votando por estos desgraciados!

-Ay, sí. Porque vos no votaste.

-Por ellos jamás. Siempre voto pero por la oposición.

-Igual estás pasando por lo mismo que yo.

-Claro, por los que como tú, siguen votando por ellos a pesar de sufrir las consecuencias.

Salgo de allí un poco cabreado. Camino hasta la farmacia. Tres que tengo en la vía. En ninguna consigo el Manidón. Cuando salgo de la tercera veo que pasa frente a mí una señora con bolsas del supermercado Latino. Instintivamente, le escaneo los paquetes. ¡Lleva Harina PAN!

Miro hacia la acera y veo una larga fila de gente a pleno sol, 36 grados centígrados de temperatura con sensación térmica como de 42. Me asomo y veo poca gente dentro del establecimiento. La hilera en la acera la conforma la gente que va solo a comprar la harina. Es decir, “bachaqueros”, o pobres que no tienen para pagar una compra de 300 bolívares. Quienes van a adquirir otros productos o van a comprar la harina pero en compras de más de 300 bolívares pueden pasar sin esperar.

Me asomo y veo que dentro del establecimiento hay poca gente. Contraviniendo mi propia norma de no pisar los supermercados Latinos porque siempre maltratan a los clientes, cedo ante la tentación de poder hacerme con cuatro paquetes de Harina Pan que ya se me ha acabado en casa, y entro.

Recorro los pasillos metiendo en el carro de la compra un montón de productos que no necesito pero que siempre hacen falta en casa o están por terminarse. Todo con el objetivo de cubrir los 300 bolívares que me darán el derecho a poder comprar la harina sin el castigo de esperar a pleno sol 3 horas en una cola.

Como hace más de 3 meses no compro leche, aprovecho y meto un paquete de leche “crecimiento” para probarla, una leche para niños de uno a tres años, que es la que se consigue. Si me gusta, la seguiré comprando en vista de la escasez tan tenaz que estamos viviendo.

La cola de la caja es razonablemente corta. No obstante, sin razón aparente, no avanza con la rapidez que debería. En un rincón, una señora de unos 30 años grita a todo pulmón a un empleado que le dice “¡Pues tú no vas a entrar porque no me da la gana!”. Todos pensamos que se trata de una “bachaquera”.

A los 20 minutos, una empleada se acerca, acompañada con un policía, a la cola donde me encuentro. Señalando a una chica que se está detrás de mí, le dice:

-¡Chica, ven acá!

Cuando la joven se acerca, la mujer y el policía le dicen que les muestre el celular.

-¿Por qué? –le pregunta la chica con toda la altanería que puede exhibir una niña de 16 años.

-Porque tú tomaste una foto de la cola y eso está prohibido y la tienes que borrar.

Por supuesto, se me volaron los tapones. Le grité a la mujer, al policía y a dos empleados más que se acercaron que dónde decía que estaba prohibido hacer fotografías. Discutimos un buen rato hasta que dejaron en paz a la chica quien, afortunadamente, no dio su brazo a torcer y no borró la imagen.

-Esta se la voy a pasar a @HCapriles-. Me dijo con un contoneo retador que me subyugó.

Pasado el impasse, seguimos en nuestra cola conversando como es habitual del país que nos ha obligado a vivir un puñado de resentidos, corruptos y malvivientes que se apoderaron de Venezuela desde hace 15 años. De cómo, cuando los venezolanos íbamos a comprar a Colombia porque todo era más barato allá, jamás escuchamos que en ese país escaseará la comida y, mucho menos, que la racionaran. Al contrario, Colombia aprovechó la situación y producía lo que necesitaban allá y lo que comprábamos los venezolanos. ¡Producían! Cosa que no se puede hacer en Venezuela porque el Socialismo del Siglo XXI acabó con las industrias…

Una amiga que está delante de mí, me pide el favor de que le saque unas pechugas de pollo que no le permitieron comprar porque “excede el límite de compra diaria de pollo”.

Por fin, llega mi turno de chequear en caja mi compra. Subo todo en la correa y la cajera me pide la cédula de identidad laminada. “¡Coño de la madre!” Se me olvidó que no llevaba bolso y que en este país, incluso para pagar en efectivo, si uno va a comprar productos regulados como la Harina PAN, debe presentar el documento de identidad, que se quedó en el bolso con la billetera cuando decidí no tentar a los choros caminando con un bolso terciado por la calle.

-Si no tiene cédula laminada, no puede llevar la harina. Le puedo chequear lo demás pero tiene que dejar la harina-. Dice la cajera.

El señor que está detrás de mí en la cola, amablemente pone su cédula para que yo pueda hacer mi compra. Más de 500 bolívares es el monto de lo que llevo. Cuando el señor va a pagar lo suyo, la cajera le dice que su cédula está bloqueada para la Harina Pan porque ya la pasó con mi compra. El señor saca la cédula de su esposa y le dicen que tiene que estar presente el titular.

-¡Pero yo soy de Encontrados y mi esposa está allá!

-Si no está el titular presente no puede llevar la harina.

La chica del impasse con la foto, hija del señor, saca su carnet de la universidad para que chequeen la compra a su nombre.

-Tiene que ser la cédula laminada y tiene que ser mayor de edad para poder comprar la harina. Además, en esta compra no hay 300 bolívares-. Dice la cajera.

Mi corazón se acelera. Golpea con tanta fuerza que siento que se me va a salir del pecho. Siento que las sienes me van a estallar. Las manos me tiemblan. Estoy hecho un energúmeno. No queda una sola grosería de mi repertorio sin que se la estampe en la cara a la cajera y al montón de empleados que se han acercado para corroborar que las cosas son como las expone la dependiente.

Quiero matar a alguien. Agradezco a Dios que le tengo pavor a las armas porque, si llego a tener una, no queda uno solo vivo. Maldigo a Chávez, maldigo a Nicolás, maldigo a los chinos dueños de la cadena de supermercados quienes entrenan a sus empleados para que funcionen como policías represores, como sapos cubanos, y no como trabajadores que ofrecen un servicio y se deben al público. Maldigo la mala hora en que incumplí mi promesa de no pisar nunca más un Latino en mi vida.

Camino enajenado y tembloroso, con las bolsas en la mano, las cuatro cuadras hasta mi tienda. Allí lloro mi rabia. Desahogo con llanto mi frustración. Lloro con arrechera, como hacía tiempo no lloraba. Pienso en cuántos días puede aguantar el corazón del viejo de 80 años sin su Manidón y en cuántas arrecheras como esa podría aguantar el mío sin explotar. ¿Cuánta patria puede aguantar un corazón sin que se parta en mil pedazos?

Cuando por fin puedo sosegarme y contarle a Cristian lo que ha pasado. Mi socio me dice:

-Vino tu amiga la defensora pública. La que te contó las cosas de la cárcel. Me dijo que te dijera que hoy, a una jueza, le pusieron un revólver en la sien.

http://golcarr.wordpress.com/2013/08/27/cuanta-patria-puede-aguantar-un-corazon/

sábado, 18 de mayo de 2013

Alimentos: Politizar o no politizar


Por Eddie Ramírez, 17/05/2013

El Ilegítimo pretende que, ante su incapacidad, se silencie el tema de los alimentos para intentar ocultar su responsabilidad. La duda de Hamlet de “ser o no ser” (to be or not to be) no tiene cabida en este tema. Le guste o no al régimen, la producción, importación y consumo de alimentos es un tema político por antonomasia. Si los anaqueles están vacios es porque no ha habido una política adecuada de suministro. Si los consumidores no pueden comprar alimentos por falta de poder adquisitivo es porque las políticas oficiales no han incentivado empleos bien remunerados.

El desabastecimiento se presenta por desincentivos a la producción nacional tales como: invasión de fincas, inseguridad personal, escasez de herbicidas, insecticidas, fungicidas, fertilizantes, semillas, crédito ( apropiación indebida de Agroisleña e incapacidad de Agropatria), no suministro de dólares para la importación de productos tales como sorgo y soya para la alimentación de aves y cerdos, precios que no remuneran el arduo y riesgoso trabajo en el campo e importaciones en tiempo coincidente con la cosecha nacional y a precios más bajos por la sobrevaluación de nuestra moneda. También por sabotaje como el del sindicato rojo contra helados Efe. Ocasionalmente el descenso de la producción nacional podría ser por razones climáticas, pero este no es el caso.

Desde luego que la seguridad alimentaria no implica que todos los alimentos sean producidos en el país, sino que los mismos estén disponibles en la cantidad, calidad y momento que lo requieran los consumidores y que estos tengan la capacidad financiera para adquirirlos. Por ejemplo, pretender autoabastecernos de trigo, leche y aceites no tiene sentido, aunque los dos últimos rubros pueden producirse en cantidades limitadas. Importar café, arroz y azúcar es un crimen y una estupidez, ya que pueden producirse localmente en forma competitiva e incluso exportarse. Lo ideal sería tener una balanza comercial agrícola equilibrada, donde las importaciones sean compensadas con exportaciones de plátanos, cambures, arroz, azúcar, café, cacao, carne de bovino y otros rubros. Podemos producir maíz blanco para nuestras arepas e importar ciertas cantidades de maíz amarillo para la alimentación animal.

Por otra parte, no logramos nada con producir o importar si no tenemos consumidores que puedan adquirir los alimentos para una dieta sana. Lamentablemente, por las políticas perversas del régimen, el venezolano ha perdido poder adquisitivo por efecto de la inflación y por la destrucción de empresas privadas.

La confrontación no es entre una eficiente empresa Polar y un gobierno ineficiente, sino entre los venezolanos que creemos y defendemos la propiedad privada y un régimen atropellador que quiere reducir el sector privado a una mínima expresión y sujeto a la voluntad revolucionaria.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

miércoles, 15 de mayo de 2013

La cola asistida



Por Dorian García G., 15/05/2013

¡Hasta cuándo!

Con estupor vemos como en la Venezuela de hoy, se recurre a una denigrante práctica nazi. Hacer “cola cubana con brazo tatuado" para comprar leche, pollo o harina, es practica vergonzosa de yugo, es reducir a la humillación, a la vergüenza de solicitar piedad, suplicar socorro. En esta Venezuela de fin de mundo, los venezolanos somos sometidos a prácticas sistemáticas y denigrantes, hasta permitir ser  marcados en nuestra humanidad, cual vacada.



Cuanto puede soportar el venezolano luego de más de catorce años de ser atacado en el derecho fundamental del ser humano, sobre la necesidad de alimentación. Es la amenaza delincuencial establecido como chantaje ideológico a la subsistencia. La estabilidad del país se tambalea controladamente, sumiéndolo en una crisis y presionar a los ciudadanos bajo procedimientos gobelianos.

Fotos Ricardo Marapacuto
El gobierno continúa su práctica denigrante, apoyado en la confrontación y la mentira, en la manipulación. El verdadero orden económico, se centra en la quiebra de la nación y la imposición de un gobierno que luce fracasado por ineptitud. En el ejercicio inflexible del poder desde el Estado, el régimen genera la mentira encubierta como razón. Así vemos como el “AUMENTO DE PRECIOS” es convenientemente publicitado como “SINCERACIÓN“ o ADECUACIÓN”.

El régimen nos empobrece sistemáticamente, nos convierte en sus víctimas y nos ata a sus planes hegemónicos. Este gobierno agoniza y decide acusar a sus adversarios de fascistas de derecha, golpistas, oligarcas.


Aquel “líder mesiánico” ya no está, solo quedo un imitador fracasado que lleva al país por rutas inciertas. El señor Maduro y sus ineficientes, han sido desbordados por la crisis y desconocen cómo hacerle frente. Pero sabemos que el régimen autoritario necesita inventarse enemigos y por ello nunca tendrá la culpa de sus errores. La degradación moral del contendiente siempre será conveniente a sus fines; “los gringos la Polar y la oposición fascista son los culpables”.

Los venezolanos transitamos la vía pacífica para resolver este escollo histórico que trata de forzarnos a permanecer en el yugo de antivalores y crisis institucional.


Dorian García

martes, 14 de mayo de 2013

Venezuela un país rico en petróleo pero desabastecido de los alimentos básicos



Por Carlos Vilchez Navamuel, 13/05/2013

El colmo de los colmos, Venezuela uno de los países más ricos del continente está desabastecido de alimentos básicos. La harina pan, la mantequilla y el pollo brillan por su ausencia en los anaqueles de los supermercados o los abastos. ¡Vaya ironía!

Las peripecias que tienen que hacer los venezolanos para conseguir los productos que requieren los hacen visitar hasta quince lugares diferentes según algunos testimonios.

Las escenas que se ven en los lugares de venta dan lástima, la gente se pelea, hace colas kilométricas como si vivieran en estado de guerra, en Cuba o en cualquier otro país comunista, la única diferencia es que en Venezuela, cuando saben llega el producto que les falta se abalanzan desaforados.

Aquí un ejemplo donde se aprecia a la gente que se encontraba en un supermercado y sabía que llegaría el pollo, de pronto se dan cuenta de que llegó y se abalanzan por el producto  desesperadamente.
http://www.youtube.com/watch?v=zu7GpoQl4MM  En el siguiente video vemos otro ejemplo de esto que sucede en Venezuela con la escasez de la harina pan.  http://www.youtube.com/watch?v=-P2x5TjvNVo&feature=share
El día 11 de mayo de 2013 Noticias 24  nos revela con fotografías un ejemplo de lo que sucedió en Valencia en el supermercado Bicentenario donde se ven colas enormes de personas esperando obtener algo de pollo o mantequilla productos que dicen han desaparecido de los anaqueles hace ya mucho tiempo.

El día que escribimos este comentario, 12 de mayo de 2013 otra noticia llega a una de las redes sociales, el boletín empieza así: “Una multitud de personas se lanzó en estampida en las inmediaciones del abasto Bicentenario de la Circunvalación 2, en la zona sur de Maracaibo para comprar pollo.” El video sorprende, pareciera que están en una de las fiestas de Pamplona donde la gente corre para que no los levanten los toros.  http://informe21.com/economia/estampida-para-comprar-pollo-en-maracaibo-videos

Para colmo de esta situación y el ridículo que hacen las autoridades, algunas mentes brillantes han ordenado marcar con un número en los brazos como si estuvieran en la época de los nazis, disque para evitar confusiones.

El gobierno con su socialismo del siglo XXI  habla de soberanía alimentaria, pero no han sabido solucionar este problema y con el tiempo más bien se ha acrecentado, como se sabe a muchas empresas privadas que producían en Venezuela le han quitado sus tierras, han arremetido contra sus empresas, los ofenden, y amenazan a diario, no se les dan las facilidades que en cualquier gobierno democrático existen para producir y luego se quejan de que los empresarios cierren o desistan de seguir produciendo.  El mejor ejemplo es el que ha dado Maduro en una de sus últimas cadenas al citar de manera pública a Lorenzo Mendoza, presidente de la Polar en Venezuela  y acusar a esta empresa de venir reduciendo su producción y escondiendo los productos para generar desabastecimiento. http://www.noticias24.com/venezuela/noticia/167661/maduro-a-lorenzo-mendoza-venga-para-que-le-explique-al-gobierno-porque-redujo-su-produccion/

Ironías de  la vida, un país tan rico en petróleo y otros productos sufre de desabastecimiento de los principales alimentos por esa cosa que ha querido imponer y que llaman socialismo del siglo XXI.  


Carlos Vilchez Navamuel


miércoles, 7 de marzo de 2012

Mi día de suerte


Por Golcar, 06/03/2012

Es sábado de quincena. El supermercado está, como decimos en criollo, hasta los “tequeteques”. Al hecho de que sea día de cobro y, por lo tanto de hacer la compra, se le suma el que ha llegado aceite y azúcar, dos de esos productos que se han vuelto especímenes raros en los supermercados y abastos venezolanos desde que el socialismo del Siglo XXI, demasiado similar al socialismo cubano de toda la vida, comenzara a recorrer los deteriorados caminos patrios.

La conjunción de todos los factores mencionados se confabula para hacer que el supermercado colapse pero, si además le añadimos que no solo llegaron los detestables aceites de soya y vegetales, sino que se asomó escasamente el aceite de maíz que tenía más de 6 meses sin verse en el mercado, podemos tener una idea más o menos cercana del barullo que hay en el local.

Yo, ignorante de la situación, salgo del trabajo y me dirijo al super para buscar el detergente para lavaplatos automáticos que mi hermana Moreida, por teléfono desde Mérida, me encargó que le comprara pues ha sido imposible conseguirlo en la ciudad andina y ella se niega a renunciar a ese “lujo” que significa meter los trastes en el lavavajillas y olvidarse de ellos sin tener que fregar y secar.

(No puedo dejar de imaginar la cara de indignación que debe poner el máximo líder de la revolución cuando se entera que hay gente que se rehúsa a lavar los platos a la manera tradicional y hasta gastan electricidad para hacerlo).

En fin, que camino los cerca de 400 metros que separan mi trabajo del supermercado bajo el inclemente sol de las 11 de la mañana para cumplir con el mandado y, al llegar, me encuentro el “cogeculo” armado.

Al entrar, me consigo a Sonia, una de las jefes de caja del establecimiento con quien he hecho amistad de tanto vernos a diario, ¡hasta tres veces! Lo mismo me sucede con la mayoría de quienes allí trabajan porque, si no es que se me olvida algo que debía comprar y tengo que volver, es que me dicen que pase a las dos y media que van a sacar leche, o que llegue antes de las cuatro que acaba de llegar el camión con la harina de trigo y para esa hora calculan que estará a la venta.

-¡Hola, Sonia! ¿Será que acá puedo conseguir detergente para lavaplatos automáticos?

Ella me mira extrañada, cómo pensando “¿Qué carajos le está pasando a este que ve que llegó aceite y azúcar y me pregunta por detergente para lavaplatos?”.

Me contesta que no, sin mucho interés y, mirando a su alrededor, como queriendo aparentar que está pendiente de los cajeros bajo sus órdenes pero en realidad observando que nadie oiga lo que me empieza a murmurar entre dientes, me dice:

-Ahí te tengo guardados cuatro litros de aceite de maíz y 2 kilos de azúcar. Llévate dos litros tú que yo te llevo después los otros dos litros y el azúcar porque ya sabes que no se puede sacar más de uno. Dos con mi autorización.

Yo no puedo dar crédito a tanta dicha. ¡Aceite de maíz! Justo en el momento en que la última botella de mi reserva de aceite de girasol, comprado hacía como 4 meses, está a tres cuartos y me temo que tendré que comprar (si consigo) el asqueroso aceite de soya, Sonia me recibe con tan excelente noticia.

-Voy al otro supermercado a ver si consigo el detergente –le digo emocionado-, al regreso paso por eso, ¡no me lo vayas a vender!

Digo y arranco camino del próximo super que está unos 400 metros más adelante. Nada. El detergente está agotado allí también. Sigo hacia el otro supermercado que está a unos 300 metros de este. Recorro los pasillos, pregunto a los dependientes y me dicen:

-Esta mañana se llevaron las tres últimas cajas de ese jabón que quedaban.

Desilusionado por no poder cumplir con el encargo, emprendo el regreso al primer supermercado a buscar mi tesoro de “destilado de maíz”, como le dice un charcutero amigo que de vez en cuando me guarda una que otra botella.

Llego a la tienda, miro alrededor en busca de Sonia y no la veo por ningún lado. Las colas de gente en las cajas para pagar son interminables y en los carritos lo que se ve es aceite de soya y vegetal, muestra evidente de que el poco aceite de maíz que llegó ya se agotó. Estoy a punto de entrar en pánico. Con un hilillo de voz, le pregunto a Mabel, compañera de Sonia:

-¿Dónde está Sonia, Mabel?

-En la oficina la acabo de ver… Allí viene. –Dice y señala detrás de mí.

Miro a Sonia con mirada asustada e interrogante y ella levanta un paquete envuelto en doble bolsa para que no se vea su contenido, sonríe y me dice:

-Aquí lo tengo. Vamos a la caja.

Sonia se acerca a la caja de Dayana que acaba de cerrar y, haciéndome el favor de saltar las largas filas de gente, le dice que me chequee la venta. Entonces se produce este diálogo entre ellas dos.

Dayana: -Alberto, el acomodador de L´Oreal, acaba de chequear 3 potes de leche. Dijo que estaba autorizado. –Abre los ojos lo más que puede y espera la respuesta de su jefa que no tarda en llegar.

Sonia: -Si, está bien. Pobrecito, él tiene un niño pequeño y en verdad necesita esa leche. Además, como es leche para bebés pues no es tan grave que lleve tres en lugar de una que es lo que se vende. –Esto último lo dice Sonia mirándome a mí, como para aclararme la situación.

Dayana: Uhmmmm… ¿Cédula? –dice dirigiéndose a mí con la botella de aceite en la mano. Le doy mi número de cédula y Sonia le dice que son dos botellas.

Dayana: Si, yo sé. Pero tengo que chequear una con un número de cédula y la otra botella con otro número porque el sistema ahora no acepta que en una misma venta se chequeen 2 litros de aceite.

Sonia no lo puede creer, me mira sorprendida y me dice:

-Bueno, todos los días algo nuevo. Parece que cada vez se hará más difícil adquirir el aceite así es que ríndelo mucho. Yo te llevo al salir los otros dos litros y el azúcar.

Le doy el otro número de cédula a Dayana. Pago los 21 bolívares fuertes que cuestan los dos litros de aceite que llevo, o sea, el equivalente a dos dólares del mercado paralelo que si los contraponemos a los cerca de 7 dólares que cuesta el litro de aceite oliva importado que sí está siempre disponible en los anaqueles, pues podemos tener una idea de por qué la gente se desespera por conseguir aunque sea un litro del preciado líquido amarillo cuando se enteran que ha llegado a los abastos. Hago una profunda venia a Sonia en señal de agradecimiento y, feliz, regreso a mi trabajo.

Tres horas más tarde, se aparece Sonia con un paquete en mi trabajo.

-Para que veas lo que te quiero yo a vos. No solo te traigo los otros dos litros de aceite sino que te guarde esto…

Saca de la bolsa un producto que hacía mucho tiempo no veía yo. Una botella de un litro de “Ajax multiuso” que se encuentra regulado a 1,50 bolívares, o sea, como 0,10 centavos de dólar y del que, por supuesto, cuando llega a los comercios, entre los mismos empleados del lugar dan cuenta de la poca cantidad recibida y con el que ocurre lo mismo que con la mayoría de los productos regulados que han prácticamente desaparecido del mercado.

Le doy las gracias y un beso a Sonia. Me despido de ella y, convencido de que es mi día de suerte, salgo al tarantín de la esquina a comprar el Kino.

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lunes, 30 de mayo de 2011

Leche: Subproducción y Subconsumo Nacional


Por Luis Hidalgo Parisca, Técnico Comercio Exterior
Boletín 41, AIPOP

Una vez más, el país enfrenta un desabastecimiento generalizado de varios productos esenciales en la dieta de los venezolanos, entre ellos la leche. La posibilidad tener acceso físicamente a este alimento, se ha visto truncada por su desaparición de las estanterías en los puntos de ventas.

El problema no es nuevo, lo nuevo es que la escasez, lejos de disminuir, ha aumentado en los últimos años como consecuencia de las erróneas políticas agrícolas puestas en prácticas por la actual administración. Venezuela produjo en el año 2010 menos leche que la que llegó a producir en 1988, es decir, ahora la producción es menor que hace 23 años cuando teníamos casi la mitad de la población actual. De 1.700 millones de litros en el 1988 bajamos a 1.200 millones en el 2010. Más grave aún, es si comparamos la producción nacional de leche por habitante, la producción del año 2010 se ubicó al mismo nivel de 1953: 45 litros por persona.

Para 1981 el consumo per cápita anual de productos lácteos era de 165 litros, hoy apenas llega a 70, muy por debajo de la norma de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que recomienda un consumo mínimo de 120 litros per cápita año. En Europa el consumo promedio anual se ubica en 380 litros por persona. Cuando hablamos de productos lácteos nos referimos a la leche en sus diferentes formas de consumo: liquida pasteurizada, UTH, en polvo, yogurt, quesos, helados, etc.

La leche es, sin ninguna duda, uno de los alimentos más importantes de la humanidad, si no es el más. Es un producto realmente estratégico por su aporte indispensable en la alimentación y salud de los niños. A diferencia de otros alimentos, cada país busca producir su propia leche y lanza al mercado sólo lo que le sobra. Al mercado internacional llega solamente el 7% de la producción mundial. Por consiguiente, el país que no produzca la leche que requiera y esté dependiendo de lo que otros países le vendan, no puede afirmar que tenga soberanía alimentaria.

La disminución en la producción láctea, coloca a la población infantil de Venezuela en una situación dramática de alto riesgo por dependencia externa. Nuestros niños están sujetos a lo que acontezca en países como Nueva Zelanda, la Unión Europea, Argentina o Brasil. El día que por cualquier circunstancia no se pueda traer leche de esas regiones, el impacto sobre los niños venezolanos será terrible. La factibilidad de alcanzar en nuestro país una producción nacional que nos permita consumir, sin necesidad de importaciones, unos 120 litros de leche per cápita al año, es una meta realizable, la han logrado y superado países con mucho menos recursos que nosotros, como Colombia y Costa Rica quienes han llegado a producir 175 litros anuales por persona. Venezuela está en capacidad de autosatisfacer su demanda interna de leche.

El primer pasó, es tomar la decisión política de privilegiar la producción nacional y acabar con el negociado de las importaciones de hoy en día, manejadas por pseudo empresarios y por una burocracia corrupta que otorga a discreción licencias, permisos y dólares. El rescate de la producción propia pasa por devolver la confianza a los productores, restituyendo la seguridad jurídica y la seguridad física de bienes y personas.

Contacto: luishidalgop@aipop.com.ve / www.aipop.com.ve

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