Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Walter Molina Galdi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Walter Molina Galdi. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de octubre de 2024

No es pasar la página, es cambiar el libro / Walter Molina Galdi @lagranaldea

 


No podemos dejar atrás absolutamente nada mientras miles de venezolanos, cada día, siguen huyendo del país. No podemos dejar atrás nada mientras casi 2.000 inocentes siguen en los calabozos de la tiranía siendo torturados.

Durante los primeros años del chavismo, Venezuela estuvo deliberada y constantemente partida en dos. No se hablaba de «los venezolanos», sino de «patriotas y apátridas», «ricos y pobres», «los de afuera y los de adentro», «los de Caracas y los del interior». Cada fragmentación servía a un propósito: consolidar el poder de un populismo autocrático que desde el primer día aplicó, al pie de la letra, las recetas clásicas de división y confrontación. Vivimos, durante poco más de una década, aquello que hoy tantos catalogan (a veces sin sustento) como “polarización”.

Si lo anteriormente planteado es cierto, que todo aquello quedó atrás hace mucho tiempo, también lo es. En los últimos años, mientras el régimen evolucionaba de una «autocracia competitiva» a una tiranía brutal, la polarización se fue diluyendo. Cada golpe recibido bajo el yugo del chavismo fue forjando un sentimiento compartido entre la gran mayoría de los venezolanos: la búsqueda de la libertad. La lucha por sobrevivir bajo un sistema opresivo, en lugar de fracturar más a la sociedad, cohesionó a un pueblo que, sin importar su origen o clase, empezó a unirse en torno a un objetivo común: el cambio.

Durante mucho tiempo, un pequeño pero ruidoso grupo, amplificado por el aparato de propaganda, insistió en contradecir la realidad evidente. Afirmaban, por ejemplo, que «Venezuela se arregló» porque abrieron bodegones, mientras el 80% del país seguía sumido en la pobreza extrema. Decían que al venezolano no le interesaba la política, que prefería una jaula un poco más grande a vivir en democracia. Sostenían que la migración había cesado y que muchos estaban regresando al país. También minimizaron la importancia de las elecciones primarias, asegurando que nadie se interesaba o que ganaría quien tuviera más «maquinaria». Incluso sugirieron que debíamos participar en la farsa del referéndum sobre el Esequibo. Nos decían que no podríamos organizarnos, votar, defender el voto y demostrarle al mundo, y a nosotros mismos, que somos una mayoría histórica, amplia e irrevocable.

Ese grupo, que desde el 28 de julio estuvo bastante bajo perfil, ha vuelto al ruedo. Ahora, mientras dentro y fuera de Venezuela seguimos haciendo todo lo necesario para que se respete nuestra voluntad expresada en las urnas, sugieren que aquello no es importante o, al menos, no es posible. Mientras el mundo se une en torno a nuestra lucha —que es la lucha por la democracia en su conjunto— ellos, con su ceguera moral, insisten en que «debemos avanzar» y dejar lo logrado atrás. Para argumentar semejante insulto a un pueblo que clama por libertad, repiten que al venezolano ya no le interesa la política (de nuevo insisten con eso) y que se ha entregado a la opresión. Antes no la vieron, todavía no la ven y, si siguen leyendo las líneas oficiales dándole la espalda a los ciudadanos, seguirán sin verla.

Ese grupo que pretende que se olvide lo que sucedió el domingo 28 de julio ya habla de «elecciones» regionales de 2025. No son capaces de decir cómo se respetaría ese proceso cuando hace días dos diputados fueron sacados de sus curules por apoyar a Edmundo González; cuando Rafael Ramírez, alcalde de Maracaibo, fue secuestrado y depuesto; y cuando el presidente electo por casi 40 puntos de diferencia a favor tuvo que huir del país por amenazas de una tiranía que hace una década no permite que haya elecciones mínimamente transparentes. No son capaces de explicarlo, pero tampoco les interesa hacerlo, pues ellos, tan alejados de la realidad y de la gente como el poder al que terminan sirviendo, solo tienen oídos para el llamado de Jorge Rodríguez y voz para insultar a quien hoy lidera esta lucha y a los periodistas que dicen lo que ellos no quieren que se diga.

Lo cierto es que los venezolanos no «están celebrando una Navidad adelantada», ni han «dejado atrás lo ocurrido el 28 de julio«. Los venezolanos, frente a un sistema tiránico que además ha diseñado (y controla según su necesidad) una emergencia humanitaria compleja, buscan vivir y sobrevivir siempre con el deseo de cambio que el 90% del país siente y que el 70% de los votantes expresaron en las urnas.

No podemos dejar atrás absolutamente nada mientras miles de venezolanos, cada día, siguen huyendo del país por las fronteras con Colombia y Brasil, o en lanchas, o cruzando la selva del Darién. No podemos dejar atrás nada mientras casi 2.000 inocentes siguen en los calabozos de la tiranía siendo torturados, incluyendo a decenas de niños y niñas electrocutados, violados y golpeados.

miércoles, 21 de agosto de 2024

Nuestra histórica victoria en números / Walter Molina Galdi @lagranaldea

 


Mostremos estos números a cada persona en el mundo, que se sepa en cada rincón del planeta que el chavismo solo existe en las balas y en el dinero robado durante 25 años. Pero ya no más.

Con el 83,50% de las actas escrutadas, los datos preliminares del histórico 28 de julio revelan un panorama político en Venezuela que merece un pequeño análisis con sus respectivos comentarios. Estos datos obtenidos en las páginas web https://resultadosconvzla.com/ (la oficial del Comando ConVzla) y https://macedoniadelnorte.com/ que ha mostrado números interesantes y sumamente descriptivos.

Edmundo González Urrutia, el presidente más votado de la historia de Venezuela

La tarjeta de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) sigue siendo la más votada de la historia de Venezuela. Si faltando 16.50% de las actas tiene un total de 6.588.255 votos, todo indicaría que, siguiendo la tendencia (no hay motivos para pensar lo contrario), incluso superaría la votación de 2015 por, más o menos, 200.000 votos.

En total, sumando los votos de las tarjetas de Movimiento Por Venezuela (MPV) (385.219) y Un Nuevo Tiempo (UNT) (330.008), la oposición tiene seguro 7.303.482 votos. Siguiendo la tendencia, estaríamos hablamos de, más o menos, 8.700.000 votos. Un millón más de lo que obtuvo la oposición en 2015. Más de medio millón por encima de la máxima votación de Hugo Chávez (2012). Esto, tomando en cuenta que al menos a cinco millones de venezolanos mayores de edad en el extranjero le violaron su derecho al sufragio y aproximadamente dos millones de jóvenes no pudieron inscribirse en el Consejo Nacional Electoral (CNE).

De nuevo, si seguimos la tendencia, si las elecciones hubiesen sido libres, democráticas, transparentes y correctas, lo cual significaba que nadie iba a quedarse fuera del padrón electoral, Edmundo González Urrutia hubiese alcanzado los trece millones de votos.

El desmoronamiento del chavismo

La tarjeta del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que viene en franco descenso desde hace una década, tocó su mínimo histórico. Si con el 83.50% de las actas tiene 2.514.240, siguiendo la tendencia apenas superaría los tres millones de votos con el total de las actas. El resto de los partidos que apoyaron al tirano-candidato, a duras penas le aportan medio millón de votos más. Con todo el aparato represivo y de control social, con la hegemonía comunicacional absoluta y con los fusiles vigilando el proceso, el chavismo-madurismo apenas pudo convencer (y a muchos obligar) a votar por ellos a menos del 15% de los inscritos en el CNE.

Si el PSUV está muriendo electoralmente, el Partido Futuro Venezuela (PFV) que lidera Héctor Rodríguez y con el que pretenden (o pretendían) renovar la cara del régimen, murió al nacer. Apenas obtuvo 185.230 y, siguiendo la tendencia, no pasaría los 230.000 votos. Es decir, menos de lo que sacó María Corina Machado en el año 2010 para ser diputada por los municipios Baruta, Chacao, El Hatillo y la parroquia Leoncio Martínez del municipio Sucre.

sábado, 10 de agosto de 2024

La “revolución” fue odio, no más / Walter Molina Galdi @WalterVMG

 


La élite chavista nos odia. Llegaron al poder sobre los complejos, el resentimiento y el desprecio a la libertad, y así han gobernado durante un cuarto de siglo. Hoy, nos odian más. Nos odian porque ni con todo el dinero del mundo pudieron colonizar nuestras mentes. Nos odian porque resistimos aun cuando ello signifique arriesgar nuestras propias vidas. Nos odian porque trataron de acabar con la disidencia y lo que ocurrió fue el surgimiento de un liderazgo democrático, con rostro de mujer, que hoy es más icónico que la supuesta revolución chavista.

Nos odian porque los jóvenes que no han conocido la libertad quieren ser libres.

Nos odian porque nos organizamos y, a pesar del terror, fuimos a votar, defendimos los votos y hoy el mundo entero sabe que Edmundo González le sacó más de cuatro millones de votos a Nicolás Maduro; número que podría superar los ocho millones si los que estamos fuera del país hubiésemos podido votar. Y como estos bárbaros sin legitimidad, sin legalidad y sin gente pero con balas y saña nos odian, han profundizado lo único que tienen: la fuerza bruta traducida en torturas, secuestros, desapariciones forzadas, asesinatos y persecución. Quieren liquidar nuestras mentes, nuestras almas y si no es suficiente, nuestras vidas.

Este odio no es casual ni momentáneo; es sistemático y estructural. La élite chavista ha construido su poder sobre una base de división, utilizando el odio como herramienta política para mantener el control. Este odio es una confesión de su fracaso, una señal de que, a pesar de todo su poder, no han logrado lo que más temían: silenciar nuestras voces y apagar nuestra voluntad de luchar por la libertad.

Nos odian porque seguimos luchando por una Venezuela libre y democrática. Nos odian porque, a pesar de la censura, seguimos informando al mundo sobre las atrocidades que cometen. Nos odian porque el periodismo independiente sigue exponiendo su corrupción, sus crímenes y su incompetencia. Nos odian porque cada día más venezolanos, dentro y fuera del país, se unen en un clamor por la justicia y la democracia.

Nos odian porque cada marcha, cada protesta, cada grito de libertad es un recordatorio de que no han ganado. Nos odian porque, a pesar del exilio, seguimos conectados con nuestra patria, trabajando desde la diáspora para apoyar a los que están dentro. Nos odian porque nuestra resistencia es un testimonio vivo de que el espíritu de libertad no puede ser aplastado.