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martes, 25 de febrero de 2020

Guaidó cosecha la gira internacional alineando a los aliados en una política de mayor presión contra Maduro, por @ysrraelcamero




Ysrrael Camero 24 de febrero de 2020
@ysrraelcamero

En lo que resta de 2020, en la medida que se incremente la presión externa pro democracia, junto con la movilización interna, brindando también oportunidades para el entendimiento con sectores del chavismo, nos podremos acercar a la realización de unas presidenciales pactadas, en condiciones competitivas.

La reunión del Grupo de Lima en Gatineau, Canadá, siendo anfitrión Justin Trudeau, representó otro paso en el esfuerzo de coordinación que Julio Borges y Juan Guaidó han desplegado con la comunidad internacional democrática.

Realizada bajo la estela de entusiasmo que la gira del presidente Guaidó generó en la opinión pública, el encuentro concluyó en la decisión de incrementar la presión diplomática contra el régimen de Nicolás Maduro.

lunes, 25 de noviembre de 2019

La ruptura de la convivencia abre otra herida en América Latina, por @ysrraelcamero



Ysrrael Camero 24 de noviembre de 2019
@ysrraelcamero

La polarización y las divisiones políticas paralizan el desarrollo y el crecimiento de América Latina

¿Cuánto hay de distinto y cuánto de común en las protestas que se despliegan hoy en Latinoamérica? ¿Qué las une y qué las separa? ¿Son acaso fruto de dos conspiraciones mundiales que chocan localmente o expresan agendas sociales internas, sectoriales, regionales o nacionales?

Los cacerolazos resuenan en la noche, no sabemos si estamos en Caracas o en Santiago. En la mañana cientos de personas se juntan a protestar, levantan sus pancartas y vuelven a entonarse consignas de un repertorio compartido, que define una manera de construir política. Nuestros sonidos son similares en Bogotá, en Quito, en Managua o en Maracaibo. Respiramos el mismo aire y el olor a gas lacrimógeno también se ha convertido en una experiencia común.

martes, 19 de febrero de 2019

Zurdos y progres… ¿le darán forma al futuro?, por @ysrraelcamero




Ysrrael Camero 18 de febrero de 2019

El proyecto histórico de las izquierdas se encuentra inserto en la médula de la modernidad occidental a varios niveles. Adquiere sentido dentro de la búsqueda moderna de la liberación del ser humano de las cadenas, de la autodeterminación de cada individuo, lo que lleva hacia la reivindicación de la razón ilustrada como fuerza que lleva luz donde reina la oscuridad de la ignorancia y de la opresión. En ese clima racionalista e ilustrado se incubaron las ideas que darían pie a las izquierdas en sus diversas facetas, que se desarrollarían luego bajo el signo del romanticismo decimonónico.

Desde que hace su aparición, como una temprana dicotomía, durante la Revolución Francesa, varias ideas han movilizado a las izquierdas como fuerzas de cambio, su oposición al absolutismo y a las tradiciones feudales, su amor por la libertad humana como un objetivo universalizable, y su confianza en que el destino del hombre se encontraba en sus propias manos.

La construcción del Estado liberal, con sus poderes limitados, su cuerpo de derechos individuales garantizados por un sistema legal, así como el énfasis que las fuerzas liberales ponían en convertir súbditos en ciudadanos forma parte de la larga tradición de las izquierdas modernas.

domingo, 6 de enero de 2019

Venezuela: responder a las amenazas de 2019, por @ysrraelcamero




Venezolanos Emigrantes
Ysrrael Camero 05 de enero de 2019

No estamos en tiempos de transición hacia la democracia en Venezuela. La ventana de oportunidad para lograr este proceso se empezó a abrir en 2012, y pareció cerrarse en un ambiente de crisis multinivel, humanitaria y política, en 2018. La gran amenaza que se cierne para 2019 es la consolidación del gobierno autoritario, en su fase más totalitaria, pero sin que este consiga estabilizar al país.

Esto parece una contradicción lógica, ¿cómo puede consolidarse un régimen político sin garantizar la estabilidad en el territorio que controla? Es necesario, por ende, ofrecer una explicación de la aparente disonancia. Para entenderlo es importante centrarnos en el tema de la territorialidad del ejercicio efectivo del poder. La paradoja del caso venezolano es que se ha construido un aparato de control sociopolítico sobre la población al mismo tiempo que el Estado ha perdido capacidad efectiva para controlar partes del territorio nacional.

Es el único caso de totalitarismo que ha debilitado al Estado. Esto implica que el poder funciona bajo dos niveles en simultáneo, concentrado en algunos espacios, licuado en otros.

Donde quiera que el Estado subsiste, lo hace como un aparato de control sobre la vida cotidiana de los ciudadanos, como un artefacto opresivo y autoritario, despótico en sus acciones, arbitrarias y despiadadas, al servicio de la continuidad de una pequeña elite que se adueñó del poder. En esos espacios la distribución de comida, la menguante prestación de electricidad, de agua, la distribución de gasolina, no tiene como objetivo brindar un servicio, sino asegurar un orden preciso, un control biológico sobre cada persona: es el aparato totalitario de control social.

Arco Minero

Pero, más allá de esas manchas de estatalidad opresiva, hay espacios donde el poder se ha venido licuando, primero por la voluntad política de distribuir prebendas entre grupos armados paraestatales, luego por la incapacidad para volver a ejercer ese control por parte del Estado. Porque el costo de retomar el control de estos espacios es mayor que la renta que se podría extraer de mantener a estos grupos como socios. El denominado Arco Minero constituye el caso más extremo de ese poder licuado, una región entera donde el control del territorio se distribuye entre mafias mineras, “El Sindicato”, grupos armados de origen externo, fundamentalmente el ELN, y los restos del poder estatal en forma de grupos de Guardias Nacionales que actúan como otro grupo de poder más, en un vitral político que resulta agresivo para los habitantes.

¿CÓMO LLEGAMOS AQUÍ?

¿Por qué ocurre esto? El Estado moderno venezolano se consolidó durante el siglo XX, no solo de la mano del petróleo, sino también a partir de las decisiones de una elite sociopolítica comprometida con una idea de Modernidad que combinaba estatalidad efectiva con democracia, alcanzando alto grado de presencia en todo el territorio, con redes de carreteras, servicios públicos, incluyendo educación, salud, pero también con presencia efectiva de las fuerzas de seguridad a lo largo de todo su espacio territorial.

El proceso de consolidación del Estado democrático y social, el gran proyecto de la modernidad venezolana, empezó a dar señales de debilitamiento relativo desde mediados de los años ochenta, pero literalmente se truncó a partir de 1999, al iniciarse la implantación de un nuevo modelo de Estado que tenía una relación tensa con el proyecto moderno y con la democracia. El aumento de la porosidad del Estado frente a grupos armados externos, el debilitamiento de la Fuerza Armada Nacional, se combinó con la entrega de áreas urbanas a grupos armados parapoliciales en ciudades principales, lo que tenía su correlato en la expansión de la violencia cotidiana, la delincuencia, con total impunidad.

La mancha del Estado sobre el territorio había crecido en el siglo XX. Ha venido retrocediendo a lo largo del siglo XXI, dejando a una parte importante de la población desguarnecida, vulnerable, desprotegida, sometida al poder despótico de la banda armada de turno, sea un “colectivo”, un “frente guerrillero”, o una pandilla criminal. El caso del poder de los PRANES es sintomático de esta licuación del Estado. Donde el poder está licuado la sociedad civil tiene grandes dificultades para existir como una red social organizada y efectiva, en estos espacios hacer política implica también un muy alto riesgo.

¿Y POR QUÉ SE CONSOLIDA?

Ahora, ¿por qué se consolida el régimen autoritario-totalitario sobre la Venezuela donde aún pervive la estatalidad? Para responder a esto debemos entender el proceso de cierre de la oportunidad para una transición política hacia la democracia que se dio entre 2012 y 2018. El pico de esta ventana de oportunidad fueron las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015. Entre 2006 y 2015 la oposición política desarrolló una estrategia efectiva de crecimiento y participación que condujo a la victoria en las últimas elecciones parlamentarias y a la conquista de la mayoría absoluta de la Asamblea Nacional.

La toma del control del Poder Legislativo por parte de las fuerzas democráticas en enero de 2016 se constituyó en una fecha simbólica que podía anunciar la inminencia de una ruptura en las estructuras políticas del chavismo que abriera paso a una transición política.

Esto no sucedió, de hecho, a partir de ese momento se desataron dos procesos de toma de decisión que cambiaron el juego político en Venezuela. La percepción de que la caída del gobierno era inminente hizo mermar los incentivos que mantenían unida a la coalición opositora, se activaron entonces todos los incentivos para la competencia interna en un ambiente de creciente desconfianza entre los distintos liderazgos. Así desapareció la estrategia unitaria y, lo que es más importante, desapareció el espacio imprescindible de confianza mutua necesario para generar una estrategia. Cada grupo, cada liderazgo, fue desarrollando su estrategia, no solo en competencia contra el gobierno sino, fundamentalmente, en competencia con los otros actores de la oposición. Si cada líder desarrolla su estrategia no hay una estrategia unitaria: allí tenemos el caos de los años 2016 y 2017.

Frente a esto el chavismo en los últimos días de 2015 y los primeros meses de 2016, parecía perder el rumbo, había señales de que la erosión interna, derivada de la brutal crisis socioeconómica y la derrota política en las parlamentarias, hacía explícitas las fisuras internas, que se encaminaban a una ruptura del bloque de poder dominante. Pero este proceso fue atajado, y empezó a desarrollarse una estrategia que condujo a la consolidación autoritaria. El aislamiento del Poder Legislativo, construyendo un cerco, un verdadero estado de sitio, alrededor de la Asamblea Nacional, el bloqueo al Revocatorio, la convocatorio inconstitucional a una Constituyente, son parte de esta estrategia. El régimen decidió bloquear toda alternabilidad y competencia electoral. Se decidió pasar de un régimen autoritario competitivo a uno de carácter cerrado, incrementando la persecución contra la disidencia y los mecanismos de control social.

La profundización de la crisis económica fue enfrentada desde esta perspectiva. No había en el gobierno un interés en gestionar una salida a la crisis si esto incrementaba los espacios para el ejercicio de alguna forma de autonomía ciudadana. Por eso fueron dejados de lado todo tipo de iniciativas reformistas de actores internos o de aliados externos. El gobierno se mostró impermeable a cualquier tipo de proceso de liberalización y apertura, sea económica o política.

La crisis también estaba haciendo estragos entre los cuadros medios y bajos de la oposición democrática. La destrucción de las redes económicas y sociales que permitían sostener una vida autónoma era un proceso inherente al chavismo desde 1999, pero la caída de los precios del petróleo y la respuesta gubernamental desde 2013 estaban dejando sin oxígeno a la misma sociedad. La generalización de los CLAP y del carnet de la Patria, se convirtió, para el gobierno, en el más efectivo mecanismo de control social y de desactivación de la protesta política. Para una sociedad a la que se le habían arrebatado sus medios autónomos de subsistencia era un imperativo vital.

Frente a esto la oposición democrática no alcanzaba a responder con efectividad, sin confianza mutua no hay comunicación, sin comunicación no hay estrategia. La derrota política de las movilizaciones populares de 2017, sofocadas a sangre y fuego por parte del Gobierno, debilitaron la capacidad de presión de las fuerzas democráticas. El exilio, interno o externo, la cárcel, la muerte, es decir, la desactivación, se convirtió en señales del cierre de un ciclo.

La decisión de negarse a participar en cualquier proceso electoral, impulsada por los sectores más radicales, contribuyó a desactivar a la oposición aguas abajo, y a aislarla del resto de la sociedad, que quedaba absolutamente indefensa. El gobierno se consolidaba, allí donde existía el Estado.

El apoyo de la comunidad internacional fue clave para mantener viva a las fuerzas democráticas, y para denunciar la autocratización del régimen. Pero, en un escenario de menguante organización interna, algunos quisieron colocar todas sus esperanzas en una resolución de la crisis venezolana “desde afuera”. Los sectores más radicales centraron su discurso en una mezcla de abstención militante con la certeza de que la crisis venezolana tendría una solución “rápida, inminente y total”, proveniente de una fuerza internacional. No ocurrió.

La autocratización acelerada mezclada con hiperinflación, con escenarios de hambre, de crisis de los servicios públicos básicos, sin medicinas, trajo la otra respuesta evidente: la emigración masiva de la población. La migración venezolana ha tenido tres grandes olas durante el chavismo. La primera, de grandes capitales desconfiados que colocaron sus inversiones en Panamá, Miami, Bogotá, República Dominicana, España, etc. Una segunda ola estuvo marcada por la alta calificación profesional, migrantes con doctorados, maestrías, con amplia experiencia laboral en campos diversos enriquecieron los sitios a los que llegaban. Desde 2016 estamos en presencia de una tercera ola, la de la desesperación, jóvenes para quienes salir del país ya no es una alternativa entre varias, sino la única manera de sobrevivir en un país donde desaparece todo aquello que nos permite tener una vida civilizada en el siglo XXI.

Esto tiene un triple impacto político. Baja la presión sobre las menguantes capacidades del régimen para distribuir alimentos, electricidad y agua, al tiempo que facilita el control social sobre la población que queda. Dificulta aún más la capacidad de organización y movilización de las fuerzas opositoras, quienes pierden cuadros importantes a nivel local. Y hace evidente el carácter regional, internacional, global, de la crisis venezolana; el desplazamiento migratorio venezolano es el más grande de la historia contemporánea de América.

UNA AMENAZA PARA TODOS…

Esta consolidación sin estabilización constituye una amenaza, no solo para las millones de personas que sufren el autoritarismo, la violencia, el hambre y la pérdida de calidad de vida en Venezuela, sino que constituye un peligro para la región circundante, con repercusiones suprarregionales que pueden tocar países como Estados Unidos, España, Portugal e Italia.

Este tipo de consolidación autoritaria con desestatalización puede hacer naufragar al proceso de paz en Colombia, poner en jaque la estabilidad del norte del Estado brasileño, afectar al Caribe desde Trinidad hasta República Dominicana, profundizando la crisis migratoria en un abanico que va desde Estados Unidos hasta España, pasando por Perú, Argentina, Chile, entre otros.

¿QUÉ HACER?

Por eso, el tema venezolano ha de ser tratado por la comunidad internacional como una amenaza desestabilizadora importante. No hay manera de que el gobierno autoritario de Nicolás Maduro estabilice a Venezuela. Por ende, mantener la presión, en sus distintas vertientes, para que sea sustituido por un régimen democrático estable en un plazo perentorio, es una necesidad para la política exterior de los gobiernos.

A lo interno, para la oposición democrática, el margen de maniobra también es decreciente, pero aún existe. La Asamblea Nacional, con mayoría opositora, es el único espacio político institucional donde aún existen las fuerzas democráticas de la oposición, más allá de escasas Alcaldías y Gobernaciones, donde sus partidos pueden visibilizarse frente a la sociedad y frente al mundo.

Frente a la comunidad internacional es la voz de la Asamblea Nacional la única expresión unitaria, con legitimidad popular y con coordinación, de la oposición democrática venezolana. Contribuir a su preservación y al fortalecimiento de su institucionalidad es imprescindible para impulsar un cambio que conduzca a Venezuela a la recuperación de su democracia.

Internamente, el trabajo ha de centrarse en organización, organización y organización, y para eso se necesitan construir redes sociales alrededor de una estrategia política, de construcción de poder real, concreto, territorialmente expresado.

La estrategia debe preceder a la unidad. Hemos dedicado inmensos esfuerzos en preservar la Unidad de las fuerzas opositoras soslayando la definición de una estrategia. En eso nos hemos equivocado. Esa equivocación ha derivado en una oposición que está secuestrada por un chantaje radical, que no es efectivo en definir una estrategia alternativa, pero es muy eficiente en bloquear cualquier iniciativa.

¿Por qué señalo que la estrategia ha de preceder a la unidad? A las pruebas históricas me remito. La estrategia de crecimiento, con participación electoral y organización social y política, fue definida en 2006, en el marco de las elecciones presidenciales, a partir de allí se colocaron los esfuerzos en ir construyendo un artefacto político para realizar la tarea, la Mesa de Unidad Democrática se consolidó en 2009. Primero se definió una estrategia, se inició su desarrollo, y alrededor de esa estrategia se construyó la unidad. Hemos insistido en el camino inverso desde 2006, nos hemos equivocado.

El tema de la participación electoral es muy difícil de asumir, porque se ha enfrentado desde una perspectiva jurídica y legalista, sin atreverse a dar el paso al mundo concreto de las realidades fácticas, las cuales, bajo un régimen despótico y tiránico como el que tenemos, poco o nada tienen que ver con la ley escrita. La participación en los eventos electorales que el régimen aún permite es un hecho político concreto. Creo que también en esto nos hemos equivocado, desde 2016 en adelante, convirtiendo la abstención en la (in)acción política dominante, lo que ha contribuido al aislamiento de las fuerzas opositoras respecto a la realidad social y al retroceso organizativo, no solo en términos de “espacios” políticos sino en cuestión de visibilidad social y simbólica. ¿Qué no daría la oposición cubana por participar en procesos electorales en la Isla? Renunciar a participar no contribuye, por sí mismo, a democratizar al régimen, de hecho puede ser parte del proceso de autocratización.

La participación electoral, incluso perdiendo en condiciones ominosas, puede ser ocasión para incrementar niveles de visibilidad y de organización social inherente. No implica reconocer la legitimidad o legalidad del régimen autoritario, sino que puede funcionar de ocasión ineludible para denunciar su opresión y su despotismo.

¿Y la comunidad internacional? Mucho se ha hablado del 5 y del 10 de enero. El sábado 5 de enero se instala una nueva junta directiva en la Asamblea Nacional. El 10 de enero finaliza el período presidencial para el que fue electo Nicolás Maduro en 2013. Ante lo que ocurre estas fechas tanto la oposición interna como la comunidad internacional están obligadas a tomar posición.

Internamente, el 5 de enero es una ocasión para poner el hombro en la defensa y preservación de un poder público sitiado por el régimen autoritario. Fortalecer el rol político de la Asamblea Nacional, y su capacidad de construcción de redes con el resto de la sociedad, es un empeño vital. Los gobiernos de los países que han expresado su compromiso con la democratización de Venezuela deben contribuir a la preservación de la institucionalidad de la Asamblea Nacional, incrementando el reconocimiento de su legítima vocería como la voz de las fuerzas democráticas de Venezuela. Ante la percepción de caos en la dirigencia opositora, la voz institucionalmente unitaria de la Asamblea Nacional es clave, allí están presentes todas las fuerzas democráticas, allí están obligadas a ponerse de acuerdo, y lo han hecho.

Sobre el 10 de enero demasiadas expectativas se han creado. La retórica radical que pretende chantajear a la Asamblea Nacional con la exigencia de “gobiernos de transición” o “gobiernos paralelos”, es solo otra irresponsable iniciativa para intentar destruir al Parlamento para sustituirlo por otros voceros más plegados a su línea. Los “gobiernos en el exilio” conducen generalmente al fracaso y al olvido. La oposición debe reactivar su lucha social y política con una estrategia de confrontación contra el autoritarismo y el totalitarismo que incremente los niveles de organización social, que aumento el poder relativo de los demócratas en la sociedad, para obligar al régimen a llegar a donde no quiere: a un proceso de liberalización y apertura política.

Frente al 10 de enero la comunidad internacional comprometida con la democracia, así como aquella preocupada por las consecuencias que la licuación venezolana está teniendo en la región, debe seguir incrementando la presión sobre el régimen autoritario que conduzca a una liberalización y apertura política. Exigir la liberación de todos los presos políticos, la habilitación de todos los partidos, la restitución de las libertades conculcadas, y el desmantelamiento del aparato de opresión y control se debe sumar a las condiciones previamente exigidas. La política de sanciones debe combinarse con la de incentivos para el cambio.

Se deben generar incentivos que permitan recuperar la capacidad de acción política de la sociedad venezolana para resistir a la opresión y para volver a tejer sus redes sociales autónomas, sobre las cuales se construye la acción política democrática. Hay que obligar al régimen a hacer aquello que no quiere hacer, y esto implica una combinación de acciones internas y externas.

Mentiría si les digo que el camino es corto y sencillo, estamos transitando el desierto en las peores condiciones, y el camino es largo y difícil. Decir otra cosa es engañar, y es la recurrente frustración la que ha generado la desconfianza que nos impide accionar colectivamente. De esto debemos desprendernos, para tener la fuerza para desprendernos del totalitarismo que nos acecha. El camino más largo se inicia con un primer paso en la dirección correcta. ¡Adelante!

Ysrrael Camero


sábado, 12 de agosto de 2017

Tender los brazos al otro para caminar juntos: reconstruir la confianza para desarrollar estrategias comunes, por @ysrraelcamero



Ysrrael Camero 11 de agosto de 2017

Tres momentos previsibles encontraron a la sociedad venezolana con una dirigencia que parecía carecer de una estrategia política clara, que superara la cadena de acciones concretas que se habían tornado rutinarias, y, por ende, poco efectivas, y que proyectara una dirección política que redujera la incertidumbre y nos acercara a un efectivo cambio político pro-democracia.

El 16 de julio en la noche, Venezuela entera sabía el tamaño de la masiva participación en la consulta popular promovida por las fuerzas democráticas. Siete millones seiscientas mil voluntades eran un mensaje político contundente dado por los venezolanos al mundo entero. La larga espera por el resultado esa noche se vinculaba con las dificultades para generar una estrategia unitaria para administrar esa victoria.

El 30 de julio en la tarde, Venezuela entera conocía el tamaño del fraude impulsado por la nomenclatura chavista en su “elección” de una Asamblea Nacional Constituyente rechazada por las grandes mayorías nacionales, lo que se expresaba en centros electorales vacíos. El número anunciado por el CNE lo que hacía era desnudar las dimensiones del fraude. No había sorpresa. Tampoco había estrategia. Tanto radicales como moderados habían enfocado su acción política en detener la Constituyente (La Constituyente NO VA), los unos a través de la política de calle, los otros a través de las negociaciones. Ambas tácticas y líneas de acción derivaron en un fracaso y no había una respuesta política preparada.

La fecha de inscripción de las elecciones regionales estaba fijada. Luego del 30 saltó el momento del calendario como un resorte disonante pero estruendoso. Había que tomar una decisión rápida para un momento que estaba previsto. Y no se había construido una respuesta unificada.

Estamos hablando de momentos clave de una dirección política inteligente, que ha tenido la capacidad en otros momentos de construir estrategias unitarias efectivas, de salvar peligrosos obstáculos impuestos por el régimen autoritario, presentando un frente unido nacional e internacionalmente. La dirección política que condujo a la sociedad democrática venezolana a una victoria contundente en las elecciones parlamentarias de 2015.

¿Qué ha pasado en la toma de decisiones de la Mesa de Unidad Democrática? No voy a entretenerme, ni entretener al lector, en los detalles menudos de las decisiones, ni en los dimes y diretes vinculados. Me niego a hacerme eco de las acusaciones mutuas que siempre aparecen cuando las acciones fracasan. Prefiero adentrarme en un tema de fondo: el quiebre en la confianza interna entre los elementos de la coalición.

Hubo decisiones que pretendieron vaciar a la MUD de cualquier atribución para definir una estrategia política, limitándose a ser expresión de una estrategia electoral unitaria. La dirección estratégica quedaría entonces en manos de las direcciones nacionales de los partidos políticos miembros de la Mesa. Pero esto solo sería posible si existiera la voluntad política de coordinarse. Esta voluntad política de coordinarse se ha de sostener, primero, sobre la convicción de que la estrategia de cada partido solo es efectiva si cuenta con la colaboración de los otros; y segundo, si cada partido toma la decisión de confiar en el otro para hacer explícitas las estrategias para coordinarlas. Es posible que algunos de estos requisitos se hayan quebrantado, dejando a cada partido con una estrategia y a la MUD sin ninguna. ¿Por qué ha pasado esto? Busquemos comprender primero…

La corrosiva desconfianza

Hay una dinámica  macabra, una especie de círculo vicioso, con profundas implicaciones políticas, que va desde la pérdida de la confianza interpersonal, pasando por la incapacidad de articular y desarrollar una acción colectiva, que desemboca en la consolidación de un artefacto de control totalitario y autoritario sobre la sociedad.

Este fenómeno, este proceso, puede rastrearse en la instauración de los artefactos totalitarios en el siglo XX, y en diversas formas de consolidación de regímenes autoritarios hasta entrada la segunda década de nuestro siglo XXI. Esta licuación del tejido de redes sociales, del capital social, de las organizaciones de la sociedad, de sus emprendimientos colectivos, de sus iglesias, de sus partidos, sus movimientos, sus sindicatos, comunidades, clubes, hasta aislar a cada individuo en su drama personal, contribuye a instalar en cada uno la percepción de la propia impotencia, que es correlato necesario del poder omnipotente que aprisiona, encuadra, marca y determina.

Sin confianza no hay posibilidad de acción colectiva, el poder autoritario, y con vocación totalitaria, teme a la acción colectiva, y trabaja para disolverla, alimentando el miedo al otro, el aislamiento, la desconfianza, la cizaña, la hiperindividualización infructuosa. Esto opera a todos los niveles, desde la alta política hasta la vida comunitaria.

La violencia cotidiana es parte de este proceso de licuación. La actividad de la delincuencia, tolerada y aupada por el manto de impunidad selectiva del poder, siembra el miedo en la comunidad, llevando a cada quien a proteger su vida y la vida de sus afectos cercanos.

Sobre esto quiero que prestemos atención para tener un acercamiento al caso venezolano. Los autoritarismos se consolidan sobre una auto-percepción de impotencia sembrada, como un virus, en la conciencia colectiva de la sociedad sobre la que se impone el poder autoritario. El fenómeno totalitario durante el siglo XX se montó sobre “individuos aislados en masa” que se percibían a sí mismos como impotentes para torcer el rumbo de la realidad que los aplastaba.

Esta desconfianza insertada en la sociedad venezolana por el proyecto autoritario, que desprecia los acuerdos, que se burla de las palabras empeñadas, que apela al insulto fácil y al gesto soez para despreciar al otro, que empleó desde el inicio de su implantación el tono burlón para minimizar al diferente, para deshumanizar al adversario, para negar la legitimidad a su posición e intereses, ha desatado la desconfianza en la sociedad como signo de los tiempos presentes. Aquí nadie confía en nadie.

Recuperar la confianza: recordemos el futuro, el proyecto y el destino común

Una coalición solo es sostenible sobre la confianza entre sus partes. Ésta se construye a través del establecimiento de reglas claras, y del cumplimiento de estas reglas a lo largo del tiempo. Dichas reglas deben diseñarse de mutuo acuerdo de tal manera que todos tengan garantía de poder participar tanto en el diseño de la estrategia como en la ejecución de las acciones derivadas.

La Mesa de Unidad Democrática representó un avance importante sobre las prácticas de la Coordinadora Democrática y sobre los períodos de dispersión política previos. Se estructuró alrededor de reglas de juego claras, que implicaban la existencia de una Secretaría Ejecutiva. Hubo prácticas que fueron ajustando las reglas en el camino.

Evidentemente, el archipiélago de la oposición venezolana es diverso. El grueso de los sectores democráticos se fue aglutinando alrededor de la MUD porque estuvieron sus organizaciones dispuestas a superar sus legítimas diferencias para perseguir juntos un fin común, una salida democrática, pacífica, electoral y constitucional al régimen autoritario venezolano. Cuando decimos superar no quiere decir olvidar las diferencias –éstas siempre existen– sino dejar atrás, y disponerse a trabajar en conjunto. A las diferencias ideológicas hemos de incorporar diferencias en la lectura de la realidad venezolana –de diagnóstico, digamos– y diferencias en materias de consideración estratégica.

La reconstrucción de la confianza ha de pasar por discutir las diferencias de diagnóstico y de estrategia, porque éstas tienen ya una larga historia. No se ha reflexionado lo suficiente sobre los episodios del diálogo y revocatorio de 2003-2004, de la abstención de 2005, sobre las movilizaciones de 2014 y de 2016 y, ahora, sobre las movilizaciones de 2017. Estos procesos no conversados alimentan la desconfianza interna.

Otro elemento que ayuda a generar confianza es la capacidad para la autocrítica, así como la capacidad para entender lo que podemos aprender del otro. Hace unos años comentaba a un amigo que los radicales generalmente tienen una legítima indignación, buenas razones y principios, pero carecían de una estrategia efectiva, mientras que los moderados habían demostrado ser efectivos en su estrategia de acumulación de fuerzas expresadas electoralmente, y tenían una inmensa capacidad para sumar e integrar. De esta manera, los radicales debían aprender que los principios, los valores y la indignación no sustituyen a una estrategia, que los deseos no bastan y que la voluntad por sí sola no modifica la realidad.

Es una mentira monumental “que el bien siempre triunfa sobre el mal”, el voluntarismo choca irremediablemente con la realidad. Pero los moderados mucho debían aprender de épica, no todo en la política es pragmático, ni todo puede resolverse en una mesa de negociación. Es necesario presionar con dureza cuando te enfrentas a un régimen político liderado por criminales que están dispuestos a todo, y que no cumplen ninguna palabra empeñada. Los moderados han sido sorprendidos en su “buena fe” en demasiadas ocasiones en estos 18 años. Y con cada sorpresa se pierde credibilidad. Radicales y moderados, movilizadores y dialogantes, se necesitan mutuamente, porque la estrategia política de salida necesita de ambos elementos.

Unos y otros deben aprender que la lucha política contra la dictadura en Venezuela se está dando, en simultáneo, en varios tableros: el de la calle, con sus olas de movilización, con flujos y reflujos, en el terreno electoral, con sus hostiles condiciones, pero con un compromiso reiterado de millones de demócratas, dentro de las instituciones públicas –donde es más efectiva la expresión de la disidencia y más riesgosa–, en la esfera pública internacional con una claridad cada vez mayor sobre las dimensiones del autoritarismo venezolano, en la esfera pública interna –cada vez más censurada– en los espacios de negociación e interlocución política, y en la caja negra del tablero militar. Para jugar en estos siete tableros se necesita una sola estrategia política, con tácticas adecuadas para cada uno de los tableros. Y esa estrategia política unitaria tiene que ser decidida por la coalición, y ésta solo podrá definirse basándose en relaciones de confianza internas.

La desconfianza es inducida desde el poder, le interesa, la inocula, la cultiva, la diseña, incorpora cizaña en el ambiente, estimula los apetitosos microjuegos para que los actores se entretengan despedazándose entre sí, mientras pierden de vista el macrojuego.

Recordemos las palabras de Benjamín Franklin durante la lucha por la independencia de Estados Unidos: “Debemos mantenernos todos unidos, o lo más seguro, es que nos cuelguen por separado”. En la dinámica de la dictadura venezolana nadie se salvará solo, y quien se quiera salvar solo, se perderá. Estamos entrando en una etapa particularmente oscura, si queremos superarla, debemos permanecer juntos. Tienda su mano y confíe…

Ysrrael Camero

martes, 21 de febrero de 2017

Acercándonos a las crisis de la democracia en el siglo XXI (II), por @ysrraelcamero



Ysrrael Camero 20 de febrero de 2017

Flujos y reflujos contemporáneos

El derrumbe de la Unión Soviética en 1991 trajo consigo lo que pareció ser la mayor expansión de la democracia desde mediados del siglo XIX. La década de los noventa hizo pensar a algunos que, finalmente, la humanidad había descubierto la piedra filosofal en lo que se refería a regímenes políticos y modelos económicos: una democracia liberal y una economía libre. Simplemente era cuestión de tiempo para que el resto de la humanidad siguiera la ruta marcada por Estados Unidos y Europa Occidental. Esa fue la postura que hizo famoso a un neo-hegeliano Francis Fukuyama, quien apostaba por el “fin de la historia” y la consagración del orden liberal.

lunes, 20 de febrero de 2017

Acercándonos a las crisis de la democracia en el siglo XXI (I), por @ysrraelcamero



Ysrrael Camero 19 de febrero de 2017

La democracia es un artefacto frágil pero brillante, cargado de múltiples virtudes, pero vulnerable y poroso frente a diversas amenazas. En el marco de la construcción de una sociedad abierta es un instrumento idóneo para garantizar la legitimidad del orden público, pero no consagra estabilidad porque se nutre de una incertidumbre fundamental: el poder está sometido al escrutinio público.

El matrimonio entre la antigua y polémica tradición democrática, con dos mil quinientos años de antigüedad, y la más reciente tradición liberal, con poco menos de dos centurias de experiencia, parece ser tan sólido que muchos han olvidado que fueron creados como dos artefactos distintos, ideados para resolver dos problemas diferentes en la sociedad. La democracia, que responde a la pregunta del origen y fundamento del poder, el gobierno de los muchos, de las mayorías, del pueblo, de los ciudadanos. Y el liberalismo, que se propone limitar el alcance del poder, de cualquier poder.

domingo, 5 de febrero de 2017

¿Cómo llevarlos a unas elecciones?, por @ysrraelcamero



Ysrrael Camero 04 de febrero de 2017

Grandes cuestiones en la vida humana dependen de hacer la pregunta correcta. Avanzamos más a partir de nuestras dudas que sobre nuestras certezas. Por eso decidí comenzar este escrito escudriñando alrededor de una interrogante fundamental para poner en claro el futuro inmediato de Venezuela.

EL DESLIZAMIENTO AUTOCRATIZANTE

Desde las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 la dinámica del sistema político venezolano no ha dejado de fluir. Hasta hace poco tiempo podíamos caracterizar al régimen como un autoritarismo competitivo. Hoy la autocratización ha venido avanzando hasta eliminar los escasos rasgos competitivos del sistema, Venezuela está sumergida en un régimen autoritario que viola los Derechos Humanos, persigue y encarcela a la disidencia, controla los medios de comunicación y, finalmente, confisca el derecho de los venezolanos a votar.

jueves, 5 de enero de 2017

Sueños utópicos y pesadillas distópicas para la Venezuela de 2017… y después, por @ysrraelcamero



Ysrrael Camero 04 de enero de 2017

La bruma avanza tragándose los últimos rayos de luz que brillaron durante 2016, los pocos datos disponibles anuncian para 2017 una profundización de la crisis que se expresará en mayor miseria, así como en la destrucción de la moneda con una inflación superior al dos mil por ciento.

Hemos leído múltiples balances del año 2016, cuando se desvanecieron muchas expectativas de cambio. En medio de la crisis más profunda de nuestra historia contemporánea la oposición dilapidó oportunidades y el régimen autoritario se consolidó sobre los escombros de nuestras esperanzas.

Las acusaciones abundan, los moderados acusan a los radicales de irresponsables, mientras estos últimos acusan de colaboracionistas o cobardes a los primeros. Los dialogantes se montan sobre la idea de que “esto es lo único que hay” para acusar de ineficaces a los movilizadores. Quienes veían en la Asamblea Nacional un motor de cambio político están enfrentados a quienes sostenían que el Parlamento venía a resolver los temas concretos del venezolano. Lamentablemente, para todos quienes impulsamos un cambio político que nos lleve a la democracia, ha sido un año de frustración y desengaño.

No deseo aburrirlos en este momento con más balances. En esta lucha que prosigue hay debates postergados recurrentemente que deberemos dar en el momento oportuno. Se suma el frustrante 2016 a las crisis de 2002, al diálogo de 2003, a la abstención de 2005, a las movilizaciones y el nuevo diálogo de 2014. Lo importante es comprender que, entre hito e hito, el régimen fue cambiando, fue desplegando su propia naturaleza hasta tornarse abiertamente autoritario. No se pueden evaluar las acciones de 2016 con los parámetros de 2002, al haber cambiado tanto el régimen como la correlación social, política e institucional del poder. Hay que comprender la dinámica política más que la estática, prestar atención a la película más que la fotografía.

Vamos hoy a ensayar algo distinto. Ante la espesura de la bruma es necesario extraer de nuestro maletín otras herramientas. Ante la escasez de datos y el reino de la incertidumbre desempolvemos nuestra imaginación, nuestra capacidad para crear. Donde no llega la ciencia llega la literatura, donde nuestros concienzudos analistas y estadísticos no pueden atisbar mucho, vamos a atrevernos a imaginar. La ficción se ha adelantado en diversas ocasiones a la política, a la tecnología, a las ciencias duras de las estadísticas. Vamos a imaginar un conjunto de escenarios para la Venezuela del cercano futuro, acerquémonos con los ojos de la imaginación, ya que nuestros instrumentos de navegación tradicionales están operando con dificultad. Hagamos un ejercicio de política-ficción para despejar la bruma y acercarnos a varios futuros posibles…

VENEZUELA, A PARTIR DE 2017…