El punto crucial, la encrucijada existencial frente a la que estamos plantados los venezolanos es la bifurcación entre la profundización de la dictadura o el regreso con paso firme y en el menor tiempo posible a la democracia. No hay objetivo superior a ese, ni puede haber frustración que nos lleve a no entenderlo o admitirlo.
Los procesos electorales en Venezuela, y más este en el que está en juego el control de la jefatura del Estado, no son un juego amplio, plural y democrático. Lo sabemos de sobra. La escogencia y postulación de un candidato presidencial se nos presenta cual proeza de escapismo de las que protagonizaba, valga la imagen gráfica de sus habilidades, resistencia y contorsiones, el Gran Houdini, y de las cuales algunas veces se libró todavía no se sabe bien cómo.
Al pueblo venezolano, al ciudadano común que quiere elegir y votar en libertad, no le caben (piensa uno) más herrajes, más cadenas, más esposas y candados que los que le han sido colocados para impedirle ejercicio de su voto libre y soberano, que sea cabal expresión de su voluntad de cambio después de años de hartazgo, pérdida de derechos y sufrimientos.
Lo acabamos de vivir con la inaudita e inconstitucional obstrucción a la candidatura presidencial de María Corina Machado y luego de la personalidad que designó para representarla, la profesora Corina Yoris. Impresiona que todavía haya a quien agarrara de sorpresa los manotazos desesperados que lanza un régimen de vocación totalitaria y hoy señalado por sus propios aliados en el continente.
De los sucesos sobrevenidos a la media noche del último día de inscripciones, surgió la candidatura de Manuel Rosales, varias veces derrotado, muerto y sepultado, y otras tantas resurrecto, como ocurrió en las elecciones de noviembre del 2021 cuando regresó como gobernador del estado Zulia, donde es un caudillo indiscutible, y desalojó a aquel predecesor, tan joven como fascistoide, llamado Omar Prieto.
No es cosa insignificante para quien el chavismo expropió bienes, envió al exilio y a la cárcel y a quien Chávez en la cima de su delirio y su popularidad llamó «mil veces desgraciado» para luego jurarle: «Te voy a borrar del mapa político venezolano».
Hoy Rosales, en medio del ametrallamiento verbal que lo acusa de ser el candidato «más potable», «el que le conviene al régimen» o de sospechoso de prestarse a un fraude está también en su propia encrucijada existencial, el mayor reto de su intensa vida política desde que era una adolescente: jugar el rol de trascendencia histórica que significa guiar el tránsito de Venezuela de la dictadura a la democracia o hacer el papel de bufón de una cúpula corrupta, sin logro alguno que reivindicar y huérfana de apoyo popular.
¿Y cómo pudiera ser lo segundo? ¿Convirtiendo la contienda electoral en una especie de lucha libre a lo mexicano, en la que cada golpe o arremetida, cada patada y cada llave sea una simulación convenida? ¿Hacer de esos comicios unos juegos florales llenos de loas y ditirambos al oficialismo? ¿Preferirá Rosales su propia gesta al celestinaje para la gloria de Maduro? Sería un remate muy indigno para tan largo historial de luchas.