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miércoles, 17 de abril de 2024

Un médico venezolano que hizo las ‘paces’ con la migración, por @migravenezuela


“Una vez escuché que migrar es un derecho, y cuando internalicé que era mi derecho estar acá, me hice más dueño de la situación.”, afirma Anyerson Ereú.

Por Sandra Flores – Periodista Te lo Cuento News

Anyerson Ereú siempre supo que quería ser médico. Alcanzó la meta y, aunque optó por migrar, hoy se siente agradecido de poder ejercer su profesión en Chile, donde ya es residente definitivo. Con 28 años, ha forjado un camino de lucha que inició desde la adolescencia, y si bien admite que llegó a sentir rabia y frustración por haber tenido que dejar Venezuela, resignificó su historia para asimilar que migrar es un derecho.

Graduado como médico general en la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, en la actualidad cursa el primer año de tres para completar un posgrado en pediatría por la Universidad de Santiago de Chile, en el Hospital Regional de Rancagua.

“Estoy empezando y empezar tiene sus limitaciones”, explica con aire tranquilo, “porque implica desprenderte de tu antiguo trabajo, no percibir el mismo sueldo, pero uno se va organizando”.

Anyerson salió de Venezuela en el 2018, y su tierra prometida era Chile porque otros colegas migrantes habían corroborado que era un buen país para que un médico extranjero pudiera ejercer su profesión. Sin embargo, el dinero solo le alcanzó para llegar a Perú, y en el pueblo de Chancay permaneció por espacio de seis meses para trabajar, reunir dinero y seguir su camino.

“Ahí viví las primeras experiencias duras como migrante”, comenta y detalla: “Cuando uno migra, romantiza el futuro en la expectativa, pero en Chancay tuve mis primeros trabajos informales en una pescadería, también en un hostal y luego en una empaquetadora de frutas, y eran trabajos que físicamente demandaban mucho”.

Primera migración del campo a la ciudad

Anyerson nació en Carora, estado de Lara, pero se crio en la zona rural de Siquisique. Aunque considera que la tranquilidad del campo resultó ventajosa para vivir aislado de la realidad que se vivía en la urbe, ese hermetismo le resultó adverso cuando, antes de cumplir los 16 años, debió trasladarse a la ciudad para iniciar estudios universitarios.

No solo era el cambio de ambiente que implicaba la movilidad en la ciudad y tomar autobuses, sino incluso el vivir solo, hacer el supermercado o cuestiones tan simples para otros muchachos como los accesos tecnológicos que él no había tenido.

También estaba la cuestión económica que solucionaron los mayores mientras vivió con su familia en el pueblo, pero una vez fuera de su casa se convertía en un gasto adicional.

“Viví toda la universidad con una sensación de carencia, de estar siempre limitado y de tener que redistribuir mis gastos para que mi mamá no tuviese que mandarme más dinero”, comenta, y añade: “Hasta cierto punto también viví ese proceso con culpa, porque me sentía como una carga”.

Escala en Perú, con destino a Chile

Con todo, se graduó como médico en diciembre de 2017. Para enero siguiente ya tenía su primer trabajo en un hospital pediátrico de San Felipe, estado de Yaracuy, sin embargo, en dos meses no recibió paga alguna. No sólo seguía dependiendo de su madre, sino que un día llegó a la pensión donde vivía y no tenía nada para comer.

“Yo nunca, ni de niño ni estudiando en la universidad, había pasado hambre, y me parecía impactante que, siendo un adulto joven con 22 años, no tuviera qué comer”, recuerda. Eso lo llevó a tomar la decisión: “Al siguiente día renuncié en el hospital, llamé a mis papás para decirles que me iba del país, pasé febrero sin trabajar y el 17 de marzo de 2018 salí de Venezuela”.

El viaje por tierra hasta Chancay, en Perú, le llevó alrededor de una semana. Ahí vivió la realidad que realizar trabajos informales, pero también una de las peores experiencias: encontrar a migrantes que humillan a otros migrantes y abusan de ellos.

“Es lo peor que me ha pasado, fue incluso dolorosa para mí esa situación, porque nunca de un peruano o de un chileno recibí un maltrato, pero sí de un venezolano”, comenta.

Sin embargo, logró su objetivo de reunir dinero para continuar su camino a tierras chilenas, donde estaba dispuesto a dar todo su esfuerzo para ejercer como médico.

“El 13 de septiembre entré a Chile, empecé a trabajar como cocinero dos años en un restaurante de comida italiana y luego en un restaurante de comida francesa, también como cocinero”, evoca, “todo eso lo hacía paralelamente mientras estudiaba para presentar los exámenes de revalidación de título”

Ejerce como médico fuera de Venezuela

Finalmente, presentó y aprobó el examen teórico para convalidar sus estudios médicos, y después de pasar otras cuatro pruebas menos complejas, empezó a trabajar un día a la semana en un hospital pequeño sin dejar su empleo en el restaurante.
Cuando llegó la pandemia que a tanta gente dejó sin trabajo, él firmó su contrato de tiempo completo en el hospital, y ahí trabajó durante tres años hasta que en mayo pasado inició su especialidad en pediatría en el Hospital Regional de Rancagua.

“Llevo ya ocho meses de beca y me ha ido bastante bien”, afirma satisfecho, “conecto con el agradecimiento porque conozco a muchas personas que no pueden ejercer lo que estudiaron y yo tengo esa oportunidad, pude hacerlo y eso me hace agradecer lo que hago y el lugar donde estoy”.

Anyerson enfatiza la importancia de reconciliarse con de la migración, con lo que hace a cada persona salir de su país, porque eso vuelve la situación más llevadera.

“Cuando resignifiqué mi historia e hice las paces con la migración, pude ver una oportunidad de crecimiento y me sentí más libre de hacer. Yo me sentía ajeno al lugar, pero una vez escuché que migrar es un derecho, y cuando internalicé que era mi derecho estar acá, me hice más dueño de la situación”, concluye.

Tomado de:

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