Cármen Beatriz Fernández 18 de diciembre de 2016
Hace
década y media, cuando la batalla contra el chavismo ya se vislumbraba como una
larga marcha, un amigo querido que hoy es importante dirigente nacional, hizo
una afirmación visionaria: "al chavismo no lo sacará quien ataque más
fuerte, ni el que grite más alto, lo sacará quién sople en el momento
oportuno". Tenía razón. Lo que no atinó a predecir, y probablemente era
imposible hacerlo entonces, era que cuándo llegase el momento no habría quien
soplase. Tras un sufrimiento prolongado, tras años de frustración, tras tantos
altibajos emocionales, tras tantas guerras psicológicas, la oposición parece
haberse quedado sin aliento para dar el soplido final.
Hace
un año creíamos estar viviendo la última batalla: en Venezuela se produjo desde
la victoria opositora del 6D un choque de poderes muy claro, una confrontación
institucional que cada uno de los actores en conflicto trató de trasladar la
contienda al tablero en el que tenía mayores ventajas. La Unidad trató de
trasladar el conflicto político a la calle y al parlamento, mientras que el oficialismo
intentó llevarlo al seno del resto de las instituciones públicas, donde tiene
casi total control.
