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lunes, 19 de diciembre de 2016

SURMENAGE, DESALIENTO EN VENEZUELA, por @carmenbeat



Cármen Beatriz Fernández 18 de diciembre de 2016

Hace década y media, cuando la batalla contra el chavismo ya se vislumbraba como una larga marcha, un amigo querido que hoy es importante dirigente nacional, hizo una afirmación visionaria: "al chavismo no lo sacará quien ataque más fuerte, ni el que grite más alto, lo sacará quién sople en el momento oportuno". Tenía razón. Lo que no atinó a predecir, y probablemente era imposible hacerlo entonces, era que cuándo llegase el momento no habría quien soplase. Tras un sufrimiento prolongado, tras años de frustración, tras tantos altibajos emocionales, tras tantas guerras psicológicas, la oposición parece haberse quedado sin aliento para dar el soplido final.

Hace un año creíamos estar viviendo la última batalla: en Venezuela se produjo desde la victoria opositora del 6D un choque de poderes muy claro, una confrontación institucional que cada uno de los actores en conflicto trató de trasladar la contienda al tablero en el que tenía mayores ventajas. La Unidad trató de trasladar el conflicto político a la calle y al parlamento, mientras que el oficialismo intentó llevarlo al seno del resto de las instituciones públicas, donde tiene casi total control.

Tras establecerse el pasado mes ese espacio de diálogo encabezado por el Vaticano se aceptó tambien, de forma implícita, trasladar el juego al tablero donde mejor jugaba el gobierno. Fue muy desventajoso para la Unidad el "timing" de ese diálogo. Quizás estaba fuera del alcance de la MUD el encontrar un momento más oportuno, lo que sí estuvo dentro de las culpas de la Unidad fue el no encontrar las fórmulas para que el espacio del diálogo no funcionara como una desmovilización.

Creo que no había más remedio que sentarse al diálogo. La Unidad había estado pidiendo por el Vaticano como mediador, como también lo había demandado el gobierno. No hubiera podido justificarse el no participar en esa convocatoria al encuentro. El problema fue que SI del Vaticano llegó en vísperas de lo que se había anunciado como una muy importante y culminante movilización popular y tras apartarse el gobierno de manera flagrante y muy notoria del camino constitucional el día 20 de Octubre con la suspensión del RR.

El pecado de la Unidad no fue sentarse al diálogo, sino paralizar las movilizaciones de calle. "Tanto diálogo como sea posible, tanta calle como sea necesaria" ha debido ser un mantra opositor, pero no se hizo así. En este juego suma-cero en el que se concibe la política venezolana, la ganancia de uno de los contendores implica la pérdida del otro y el gobierno ha ganado el tiempo que quería, al tiempo de evidenciar las fisuras en el seno de la Unidad. Puede que hayan ayudado algunos manejos non-santos por parte de actores opositores de dudosa reputación, como sugirió recientemente Henrique Capriles, pero la pregunta relevante es ¿por qué esos actores han tenido la capacidad, por delegación expresa, de terminar siendo articuladores del naufragio?

Venezuela no debería ser un juego suma-cero. Mucho peor que el hecho de que la Unidad haya perdido este round, es que lo haya perdido nuestro país, como un todo. Si este diálogo no sirvió para aminorar la tragedia sociopolítica que se cierne sobre Venezuela, entonces fracasó. Ese debe ser el principal baremo para juzgar al diálogo.  La política hay que entenderla como la oportunidad de diseñar soluciones a los problemas sociales y económicos. No son dos planos diferenciados el político del socio-económico, ni es aceptable que se diga que las soluciones políticas van a un ritmo mucho más lento que los apremios sociales.

Hace un año se entendió la victoria del 6D como el inicio de la transición política. Y en buena medida parecía que se iba encaminado a ello. Se olvidaba sin embargo que las transiciones ni son automáticas ni se dan por decreto. Para que exista una transición política tiene que darse una triple coincidencia: 1) crisis o conmoción nacional, que la tenemos 2) fracturación del poder dominante, que existe en alto grado aunque intente disimularse, y  3) necesaria unidad de las fuerzas opositoras, elemento donde la Unidad acusa fallas visibles.

“A veces hay que doblarse para no partirse”, dijo a inicios del período legislativo Henry Ramos Allup, y parecía estar dispuesto a hacer política en serio y no sólo política de reflectores. No fue así. Hacer política es lograr compromisos y acuerdos, algunos visibles pero otros, los más, invisibles al gran público espectador.  Cuando la oposición decidió acatar la cuestionable decisión del Tribunal Supremo y volver al Parlamento con tres diputados escamoteados lo ideal hubiera sido lograr un acuerdo con tres diputados del oficialismo para construir una nueva mayoría de las 2/3 partes con tres diputados tránsfugas, y a partir de allí recomponer los poderes institucionales del país, TSJ incluido.

Era el momento, estaba dada la oportunidad, es de suponer que había actores dispuestos a ser parte de la nueva mayoría. Y no se hizo. Debatiéndose sobre si era mejor tener 112 diputados en la calle o 109 en el hemiciclo, la oposición venezolana tuvo la madurez de sortear un primer choque de poderes y conducir el diálogo a su espacio institucional natural, pero no supieron, no pudieron o no quisieron horadar el bloque del adversario. Consideraciones semejantes pueden hacerse en relación al TSJ, las FAN, y todas y cada una de las instituciones públicas donde el oficialismo cree ser amplia mayoría.

La oposición recibirá el 2017 disminuida en el afecto público y bastante más desunida de lo que estuvo durante todo el 2016. El gobierno logró convertir al Referéndum Revocatorio en un eunuco, con costos mínimos, tal como ha apuntado mi colega Angel Alvarez. Y lo que es quizás peor: la situación de hoy en el ánimo de la sociedad, y particularmente en el estado de ánimo opositor, es infinitamente peor que la que tenía hace exactamente un año tras la victoria de la Unidad en la elección parlamentaria.

Sin embargo el oficialismo no las tiene todas consigo. Tiene una crisis socioeconómica gigantesca estallándole en las manos y tiene todos los incentivos para que luego del 10 de Enero se desaten las luchas intestinas en su seno. La sociedad venezolana ha entendido mayoritariamente que el cambio es necesario. La transición terminará ocurriendo de una u otra manera, bien por la deseable vía electoral, o por las malas. Pero hoy el estado de ánimo de parte importante de la sociedad es la desesperanza por la falta de atisbos de soluciones institucionales que permitan salir del atolladero. Un surmenage tremendo que acumula muchos años de estrés, más muchos meses de carencias básicas. El agotamiento físico sumado a la frustración que conduce a un desánimo paralizante.

El cambio es un anhelo, y un consenso nacional, pero para que se de el cambio no basta con estar viviendo una terrible e injustificable tragedia socio económica. Deben darse dos condiciones adicionales en simultáneo, repito:

1.    Que se evidencia una división oficialista, que implique que una parte del chavismo, la más honesta, ayude a encontrar una solución institucional.
2.    Que la Unidad sepa mantenerse unida pese a sus naturales diferencias.  Unidad de propósito en el activismo y unidad perfecta en lo electoral (cuando haya finalmente un desenlace electoral). Ambas implican una madurez importante de quien aspire a verdaderamente dirigir el liderazgo opositor.

El cambio no llegará por un acuerdo en una mesa de diálogo, sencillamente porque la democratización de una sociedad nunca ha sido la concesión graciosa de un dictador. Si en Venezuela la clase política no interpreta correctamente el estado de ánimo de la sociedad, y más aún, si no lo ataja, le espera una crisis de representación terrible. Visualizar la ruta posible para una esperanza realista es no sólo posible, sino absolutamente necesario para salir de este surmenage que nos embarga.