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viernes, 23 de diciembre de 2016

VELOCIDAD DE LA CRISIS, por @trinomarquezc



Trino Márquez 22 de diciembre de 2016

El régimen ha logrado controlar todo el aparato de Estado, con la excepción de la Asamblea Nacional. Desde el Tribunal Supremo de Justicia hasta los modestos tribunales de provincia, el Poder Judicial se encuentra sometido al férreo dominio del gobierno central. Lo mismo sucede con el Poder Moral y el Poder Electoral. En el Estado rojo nada se mueve sin el permiso o la orden directa de Nicolás Maduro o alguien del entorno presidencial.

Quienes gozan de mayor autonomía son los miembros del Alto Mando, que no requieren de la anuencia del Jefe del Estado, sino del ministro Padrino López y de los cubanos, que se infiltraron hasta en los resquicios más profundos de la institución castrense. Desde la llegada de Maduro a Miraflores se conformó un esquema pretoriano muy particular: no son los generales los que le rinden cuenta al primer mandatario, sino este quien le rinde cuenta al generalato. El poder lo comparte Maduro con sus socios militares, bajo la mirada atenta del servicio secreto cubano, el G2, siempre vigilante a los movimientos que se dan en el tablero nacional.

En este modelo piramidal hay un aspecto que no obedece a las leyes que rigen la verticalidad: la crisis económica y social, dueña de su propio ritmo. La improvisada e irresponsable medida de recoger los billetes de Bs. 100 en pleno mes de diciembre, adoptada por Maduro, desató la furia de la gente en gran parte del país. Desde los saqueos en Cumaná, junio de 2016, no se había visto una espiral de violencia como la desatada en Ciudad Bolívar, Maturín, La Fría y Maracaibo, entre otras ciudades, la semana pasada.

Son varias las razones por las que Maduro tomó esa decisión tan disparatada. Una muy importante era bajar el precio del dólar paralelo, lanzado hacia las nubes las semanas previas a la adopción de la medida. El marcador más significativo de ese dólar son los intercambios comerciales en Cúcuta. Al succionar el mercado fronterizo y dejar sin bolívares a comerciantes y público en general, desde luego que el dólar tenía que desplomarse. El objetivo se logró temporalmente a costa de desquiciar la economía y sembrar el caos en la ciudadanía. El costo de semejante desbarro fue muy alto: la población se alzó en algunas de las ciudades que vienen padeciendo con mayor rigor la torpeza, desidia y corrupción del gobierno.

Lo ocurrido en Ciudad Bolívar, arrasada por el vandalismo combinado con la ira popular, podría repetirse en otras zonas del país. Estos episodios son aborrecibles. Hay que condenarlos. La lucha contra el régimen y la aspiración por una Venezuela mejor, nada tienen que ver con la barbarie. Sin embargo, Maduro propicia este ambiente de anomia y anarquía. Venezuela se encuentra en trance de disolución porque el Gobierno alienta el desorden. Como señala el editorial de Analítica, parafraseando a Ortega y Gasset, vivimos en una nación invertebrada.

Esta pendiente hacia el abismo  no puede ser modificada por el gobierno. Maduro es garantía de improvisación, miseria y desbarajuste. Está atrapado por la ceguera ideológica, la ignorancia supina de lo que ocurre en los países más avanzados y equitativos del planeta, y la red de complicidades tejida  por la corrupción a su alrededor.

Para un escenario donde impere la violencia y la destrucción la oposición debe estar preparada. La MUD, hay que decirlo de nuevo, no se ha ubicado a la altura de la fenomenal crisis de los días finales del año. Los episodios registrados en el interior podrían ser el anticipo de lo que nos espera en 2017, no solo en la provincia, sino también en la capital. La MUD tiene que conectarse con el sentido de urgencia que siente la gente, arrinconada por la indolencia y represión del gobierno.

Roberto Casanova escribió en Prodavinci hace pocos días un importante trabajo, “Oposición reinventada”, en el que expone un conjunto de ideas que podrían servir de base para impulsar la transformación de la MUD, sin provocar los traumas que generalmente desatan los cambios organizativos. Yo complemento su proposición sugiriendo que la Secretaría Ejecutiva comience a ser más Secretaría Organizativa y menos Secretaría Política. Sería una excelente contribución para armar la maquinaria que se necesita para encarar con éxito las turbulencias que se avecinan.

PD: A pesar de todo, ¡Feliz Navidad!