Héctor Briceño 01 de noviembre de 2017
La
noche del 15 de octubre de 2017 la presidente del Consejo Nacional Electoral de
Venezuela anunció un resultado que sorprendió al país y al mundo entero: el
desprestigiado chavismo lograba la mayoría de las gobernaciones de Venezuela
con una victoria 55% a 45% de los votos a nivel nacional, desenlace totalmente
opuesto a lo pronosticado por todas las encuestas y por el más mínimo sentido
común. Ninguna elección está libre de incertidumbre para los competidores, ni
siquiera en un sistema autoritario, pero lograr un resultado como este en medio
de la peor crisis económica y social registrada en el país demanda revisar con
detenimiento todas las posibles hipótesis que puedan explicar el fenómeno. Para
ello vale la pena comenzar realizando un breve recuento de la volátil y
convulsa historia electoral venezolana de los últimos 11 años.
En 2006 el chavismo obtuvo su victoria más contundente cuando Hugo
Chávez derrotó a Manuel Rosales en las elecciones presidenciales 63% a 37%. La
impresionante brecha fue sucedida 12 meses más tarde en diciembre de 2007, por
la primera derrota electoral nacional del chavismo, al perder por estrecho
margen el referéndum de reforma constitucional 51% a 49%. Catorce meses
después, en febrero de 2009, el país regresaría a las urnas y el chavismo se
reconciliaría con la victoria al ganar el referéndum que le permitiría a Chávez
ser candidato presidencial nuevamente en 2012, al aprobar la reelección sin
límites 55% a 45%. En diciembre de 2010 la convocatoria fue para elegir un
nuevo parlamento. En esta oportunidad el resultado registró un país dividido en
dos mitades: 48% de votos para el gobierno, 47% para la oposición.
