Joaquín Villalobos 02 de agosto de 2020
En
la entrega pasada, Joaquín Villalobos se ocupó del régimen cubano como último
refugio del modelo marxista y del desastre que fue Fidel Castro como jefe de
Estado. En esta segunda y última parte del ensayo, detalla el efecto negativo
que ha tenido la cercanía de Cuba con la izquierda en América Latina. • Para
garantizar su fortaleza y control en el extranjero, el gobierno cubano entrenó
y armó movimientos guerrilleros durante tres décadas; luego apoyó partidos
políticos, elecciones y gobiernos, y en los últimos años ha sido solidario con
movimientos sociales que aún lo toman como referente moral. • Es momento, dice
Villalobos, de reconocer que no hay nada que agradecerle a Cuba, la dictadura
más longeva, y de hacer que la izquierda deje de ser fiel a la religión
marxista.
La
estrategia fundamental del régimen cubano de
defenderse fuera de sus fronteras ha tenido tres fases que corresponden a
cambios en la realidad y en la situación de la izquierda en América Latina: los
primeros treinta años con movimientos guerrilleros; a partir de 1990, con
partidos políticos, elecciones y gobiernos; y de 2019 a la fecha, con
movimientos sociales y violencia de calle.
Durante
los sesenta, setenta y ochenta Cuba mantuvo una intensa política de
entrenamiento, armamentización, influencia y control sobre los movimientos
insurgentes. Mientras hubiera conflictos por todos lados, Cuba estaría segura.
Hubo dos excepciones: en Costa Rica porque la democracia evitó que surgieran
movimientos armados y en México, aunque hubo guerrillas, Cuba aparentemente no
las apoyó por un acuerdo con los gobiernos del PRI. La Habana fue el centro de
la actividad revolucionaria y Washington el centro de la actividad
contrarrevolucionaria.
En
enero de 1966 Fidel Castro fue el anfitrión de la Conferencia Tricontinental de
movimientos revolucionarios de Asia, África y Latinoamérica. Asistieron 500
representantes de 82 países. En ese momento el propósito era: luchar por la vía
armada contra el colonialismo, el imperialismo y las dictaduras para establecer
gobiernos revolucionarios socialistas. La existencia de dictaduras le daba
coherencia al plan. Pero no fue fácil controlar a los insurgentes. Las
invasiones a Hungría en 1956 y a Checoslovaquia en 1968 generaron rechazo a la
Unión Soviética y despertaron simpatías por el maoísmo en la izquierda. Se
empezaron a conocer las matanzas de Stalin, pero todavía se desconocían las de
Mao. Los debates sobre los proyectos comunistas se trasladaban a los
revolucionarios configurando sectas ideológicas de castristas, trotskistas,
marxistas-leninistas, maoístas, guevaristas, marxistas cristianos,
prosoviéticos, etcétera.



