Laureano Márquez 09 de febrero de 2018
La
definición de exilio es: “pena que consiste en expulsar o hacer salir a una
persona de un país o de un territorio”. Nunca tan bien dicho. El exilio es una
pena, en la plenitud de los sentidos de la palabra; un torcimiento del destino
contra la voluntad del que se va, dejando un vacío en el alma que perdurará por
siempre. Nadie quiere alejarse de su casa, de sus afectos, de sus sabores; en
definitiva, de todo aquello que le es familiar, que marca su manera de
pertenecer a esa patria mayor que es la humanidad. Si, además, el exilio se
produce en lugares con condiciones climáticas adversas —que, para un
venezolano, es todo aquello que esté más arriba del cabo de San Román y más al
sur del nacimiento del río Ararí—, la vida se nos vuelve gris porque el frío
duele. Alejar a un venezolano de su tierra fue siempre uno de los castigos predilectos
de nuestros dictadores: lo que llamaban “pena de extrañamiento”. Otra palabra,
esta última, también significativa, porque es “la acción o resultado de
extrañar y extrañarse”; es decir, añorar lo que eras y sorprenderte de lo nuevo
a lo que habrás de adaptarte.


