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viernes, 20 de diciembre de 2024

La Navidad y la Psicología / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


Más allá de su profundo y fundamental sentido religioso, centrado nada menos que en el nacimiento de Jesús de Nazareth, la Navidad es una de las celebraciones más importantes en la mayoría de los países del mundo. En esta festividad de esencia religiosa conviven en la actualidad una serie de elementos transculturales que se han venido añadiendo con el tiempo y que convierten esta fecha en una oportunidad ya no sólo para la introspección espiritual y la renovación del compromiso cristiano, sino en un disparador de emociones y comportamientos que en la práctica representan un profundo impacto psicológico en muchas personas.

Este impacto psicológico de la Navidad tiene tanto aspectos positivos como elementos de riesgo psicosocial, y es importante conocer ambos, tanto para reforzar los primeros como para levantar a tiempo antídotos que minimicen el efecto de los últimos. 

Desde el punto de vista estrictamente psicológico -y, de nuevo, más allá de las repercusiones positivas de la reflexión religiosa a la que invita- la Navidad puede representar una oportunidad de desarrollo y fortalecimiento personal al menos por tres vías.

La primera deriva de la importancia de las tradiciones y prácticas propias de estos días.  Preparar la cena de Nochebuena, montar el pesebre, compartir celebraciones con los amigos, intercambiar regalos, decorar el árbol o asistir al culto religioso, ayudan a reforzar en la persona tanto el sentido de identidad y pertenencia como el de una sana continuidad psíquica. El primero se ve alimentado por las experiencias agradables de unión y alegría junto a la familia, mientras que la repetición tradicional de tales rituales navideños contribuye a mantener una sensación de estabilidad y certidumbre en un entorno cada vez más incierto y discontinuo. 

En segundo lugar, y fuera de la tentación consumista con la que el mercantilismo avasallador ha logrado contaminar la Navidad, lo cierto es que ella se asocia, desde siempre, con un profundo sentido de la generosidad. De hecho, la tradición de dar regalos en Navidad, así como el participar en actividades de caridad y solidaridad social propias de estos días, activa la liberación de dopamina y estimula áreas cerebrales relacionadas con la satisfacción y el bienestar emocional. 

Y la tercera vía por la cual la Navidad ejerce un impacto psicológico positivo en las personas tiene que ver con los sentimientos de añoranza y nostalgia. Esto ocurre porque las reminiscencias de Navidades pasadas pueden ayudar a revivir experiencias gratificantes y a reencontrarnos con valores que han dado significado y sentido a nuestras vidas. Sin embargo, la nostalgia puede también ser un disparador de episodios de tristeza, sobre todo en los casos de personas que han perdido a sus familiares, o se encuentran separados de ellos por razones de la migración forzada, o han sido víctimas de transformaciones no deseadas en sus vidas. 

Al lado de estos efectos, la época navideña también puede generar consecuencias de naturaleza menos positiva, como las asociadas con expectativas irreales de presión social, estrés y sentimientos de soledad. Así, por ejemplo, la percepción de sentirse obligado a gastar dinero más allá de lo financieramente disponible para cumplir con las expectativas sociales de celebración o de regalos, o el hecho de encontrarse en estas fechas sin las personas que se desearía o sin mayores redes de apoyo emocional, suelen generar reacciones de disconfort psicológico en ocasiones abrumadoras y desgastantes. 

viernes, 8 de noviembre de 2024

Luces para disipar sombras / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


Históricamente, en épocas de incertidumbre y crisis, una de las primeras consecuencias psicosociales en aparecer es la tendencia en algunos sectores a dudar sobre las capacidades de la población por superar tal crisis. Y esta duda suele venir reforzada por mensajes -algunos intencionados y otros no- de minusvalía, inutilidad y pobre autoimagen. Pero mientras más oscuridad y sombras haya, más necesaria es la luz. Es precisamente en estos momentos de incertidumbre y crisis cuando es más necesario combatir esta tendencia que, aunque demostradamente falsa, suele ser para algunos pábulo para el desaliento y la desmovilización. 

El próximo 12 de noviembre se cumplen 127 años del nacimiento de una de las figuras civiles más importantes de nuestra historia republicana reciente, el escritor y educador Augusto Mijares. Considerado uno de los grandes ensayistas venezolanos del siglo XX, Mijares cursó estudios de Derecho en la Universidad Central de Venezuela, y de Educación en el Instituto Pedagógico de Caracas. Fue fundador de la entonces Facultad de Filosofía y Letras de la UCV, ministro de Educación, Premio Nacional de Literatura en 1952, creador de la Revista Tricolor (declarada Patrimonio Cultural de Venezuela en 2019), propulsor de las escuelas técnicas y rurales en el país, y prolífico escritor de libros y ensayos sobre la realidad venezolana.  Y es precisamente en este último rol que su figura cobra mayor relevancia y utilidad para momentos de oscuridad como los que hoy vivimos.

La producción literaria de Mijares es una búsqueda constante de las raíces positivas y optimistas de los venezolanos como una forma de fortalecer nuestra conciencia colectiva como país, reforzar nuestro carácter nacional, y resaltar la realidad de lo afirmativo venezolano como un faro de luz permanente que guía la construcción del porvenir. De los trabajos de Mijares afirma Pedro Grases que ellos persiguen “trazar el esquema de las más nobles cualidades políticas y humanas del país, en pro de la formación de la conciencia en la capacidad política del pueblo venezolano. Cifra su esperanza en que en Venezuela se han conservado muchas virtudes humanas aunque se hayan perdido muchas virtudes políticas, que son «fuerzas espirituales impalpables»” (Prólogo de la 3ra edición de Lo afirmativo venezolano, con motivo del centenario de su nacimiento Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1998).

Justamente su obra más conocida, Lo afirmativo venezolano (1963), una hermosa e inteligente colección de ensayos unidos por un elemento común que es la fe en los venezolanos debería ser de obligatoria lectura en momentos como los que corren, dada su capacidad para demostrar que la luz de las características psicológicas de los venezolanos es más fuerte y permanente que las sombras que con frecuencia le rodean.

viernes, 25 de octubre de 2024

Navegando en la bruma / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


Hay pocos rasgos que sinteticen y al mismo tiempo describan mejor la realidad psicosocial de los venezolanos de hoy que la incertidumbre. Nadie sabe qué pasará en el país mañana, cómo estaremos incluso en el corto plazo y cómo será nuestra existencia más allá del día de hoy. Y esta incertidumbre, en vez de reducirse, no hace sino aumentar. 

Los psicólogos definen la incertidumbre como la falta de certeza o de predictibilidad sobre una situación o evento, lo que genera una sensación de inseguridad, inquietud y falta de control sobre nosotros mismos y lo que nos rodea.  Esta falta de control percibido, a su vez, termina provocando ansiedad y hasta miedo en las personas, al no saber qué tendrán que enfrentar y tampoco cómo hacerlo. 

Esta sensación de no poder saber ni anticiparse con seguridad a lo que sucederá a continuación, está reñida con nuestra necesidad psicológica de seguridad y control. Por ello resulta tan incómoda y aversiva. Las personas perciben estar viviendo como si estuvieran navegando en medio de una oscura y densa bruma, que no sólo les limita la visión sino su propio quehacer.

Los efectos de una crónica incertidumbre en las personas y en una población han sido ampliamente estudiados. Las principales consecuencias son dificultad para planificar, ansiedad (con su carga de preocupación y nerviosismo), altos niveles de estrés, desazón e incomodidad psicológicas, sensación de frustración, problemas de sueño (tanto en cantidad como en calidad), dificultades para la concentración, sensación de amenaza y vulnerabilidad, y problemas de salud física provocados por el estrés, como enfermedades cardiacas, gastrointestinales y debilitamiento del sistema inmunológico.  A largo plazo, la incertidumbre crónica o continuada puede contribuir también al desarrollo de síntomas depresivos, como la tristeza recurrente, la desesperanza y la falta de interés en actividades cotidianas, y a trastornos de la salud mental.

Así entonces, la exposición continuada a la incertidumbre tiene consecuencias significativas en el bienestar emocional de la población, limitaciones y hasta parálisis en el proceso de toma de decisiones de las personas, y finalmente efectos nocivos en su calidad de vida. Esto hace además que la crónica incertidumbre contribuya a una mayor vulnerabilidad psicosocial de la población y a una disminución del Capital Social del país. 

Es por ello que el problema de la crónica incertidumbre no puede ser tomado a la ligera como si fuera sólo un dato anecdótico. Sus efectos sobre los venezolanos son graves. 

Por supuesto, nuestra ya larga incertidumbre no tiene su origen en los propios venezolanos ni tiene nada que ver con nuestra cultura ni con nuestra psicología colectiva. Su génesis y causa está en el entorno político. Lo ideal y deseable es que los actores políticos que generan con su conducta y decisiones este cuadro de crónica incertidumbre, muchas veces de manera intencional, actúen en contrario, y el país pueda contar pronto con reglas claras y predecibles que permitan la convivencia civilizada y democrática. Sin embargo, y mientras ello ocurre, los venezolanos debemos aprender a desarrollar estrategias de resiliencia y afrontamiento que al menos ayuden a reducir el impacto nocivo de la incertidumbre.

Lo primero es entre todos entender que la incertidumbre, aunque generalmente negativa por sus efectos, en ocasiones puede ser una oportunidad para la creatividad y la innovación.  Al no estar en nuestra zona deseada de confort psicológico, la incertidumbre nos desafía a enfrentar lo desconocido con inteligencia, valentía y resiliencia. Sobre todo porque, a pesar de no verlos ni saber de ellos, los acontecimientos del entorno se siguen sucediendo y hay que estar preparados para afrontar el rumbo que puedan tomar. Ya lo decía con mucha razón el psicólogo argentino Jorge Catelli: “El único beneficio que genera el estar en incertidumbre es el entrenamiento para los momentos en que debemos tomar decisiones inesperadas”.

viernes, 11 de octubre de 2024

Entre la suerte y la influencia de otros / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


En Psicología Social, el postulado central de las llamadas “teorías de la atribución” es que las personas buscan entender y explicar por qué ocurren los acontecimientos, de manera especial los acontecimientos inesperados. La gente se pregunta desde por qué es pobre hasta por qué ganó tal candidato las elecciones; pasando por las razones por las cuales aplazó un examen, fue despedido del trabajo, por qué le pasan las cosas que le pasan y por qué el país está como está. 

A la hora de realizar tales atribuciones explicativas, el rango incluye tanto causas que se encuentran dentro de la persona (por ejemplo, inteligencia, capacidad, esfuerzo, habilidad…), hasta causas que se encuentran fuera de ella (por ejemplo, la influencia de otras personas, el destino, el azar…). Las atribuciones causales que se ubican en el interior de la persona se denominan “causas internas”, mientras que las atribuciones causales que se ubican en el ambiente (fuera de la persona), se denominan “causas externas”. Esta dimensión interna-externa es lo que se conoce como “foco de causalidad”. Según esta dimensión, es posible distinguir entre foco o “locus” de control externo y foco o “locus” de control interno. 

Se dice que una persona posee un mayor foco de control externo, cuando en ella prevalecen las creencias de que lo que ocurre a su alrededor y lo que le sucede, es independiente de su voluntad y su acción, y es más bien producto de agentes externos -como el azar o el destino- o de la fuerza de actores y eventos incontrolables, cuya orientación y dinámica no sólo es ajena sino impermeable a la propia influencia de la persona. Por el contrario, se dice que alguien posee un mayor foco de control interno cuando prevalecen las creencias de que es posible controlar su existencia e influir, mediante sus acciones, sobre su realidad y entorno. En otras palabras, cuando un suceso es percibido por una persona como contingente con su propia conducta o sus características relativamente permanentes, hablamos entonces de un foco de control interno. 

Las consecuencias de la predominancia de uno u otro foco de causalidad en una persona o grupo ha sido ampliamente estudiado. Algunos investigadores, por ejemplo, lo han relacionado con el conformismo, la sumisión y el dejarse guiar por otros. Se ha descubierto así que las personas de orientación causal externa tienden a asumir como propias las opiniones de aquellos a quienes consideran una autoridad. Por lo general, prefieren que los demás les impongan una estructura, no tienden a tomar la iniciativa y suelen ser más pasivos. Por el contrario, los de orientación interna prestan más atención al contenido de la opinión que a la reputación del emisor, son más independientes y menos propensos a aceptar los intentos de otros por influir en ellos. Otros investigadores han mostrado cómo los individuos con locus de control interno tienden a involucrarse mucho más que sus pares de locus externo en acciones sociales para mejorar sus condiciones de vida, y muestran no sólo una mayor necesidad de independencia sino que son más resistentes a los intentos por influenciar o dirigir sus conductas. 

También se ha encontrado que las personas con locus externo son más propensas a aceptar conductas y procedimientos coercitivos por parte de la autoridad, suelen mostrar carencia de poder, pasividad y desesperanza aprendida, y tienden a mostrar altos puntajes en pruebas psicológicas que miden personalidad autoritaria.

A comienzos del pasado mes de Julio, la Universidad Católica Andrés Bello hizo públicos los resultados de “Psicodata 2024”, una investigación nacional cuyo objetivo fue obtener y analizar un conjunto de aspectos y características psicosociales de la población venezolana. Según el estudio, 38% de la población tiene una tendencia frecuente a creer que las cosas y eventos son determinados por el destino o la suerte, y 31% que las cosas que le suceden son el resultado de las acciones de otras personas. Afortunadamente, 57% de la población estudiada presenta niveles bajos en cuanto a creer en el azar o la suerte como lo que determina su destino, y 61% por lo general no suele creer que los eventos de su vida son necesariamente producto de la acción de otras personas. Pero esa proporción de casi uno de cada tres venezolanos que se ubica en un foco de causalidad externo es algo sobre lo que hay que prestar atención.

viernes, 27 de septiembre de 2024

La igualdad como objetivo / Ángel Oropeza @AngelOropeza182

 


Una característica psicosocial que se ha encontrado con frecuencia en las investigaciones sobre el comportamiento político y social de los venezolanos gira en torno al concepto de “igualdad”.  La búsqueda de la igualdad ha sido, históricamente, un factor motivacional constante tanto en el proceso histórico como en el imaginario colectivo del venezolano. Además, el tema tiene raíces profundas en su perfil típico de creencias y valores político-sociales.  Ya en 1939, por ejemplo, Mariano Picón Salas hablaba de la fascinación por el “mito de la igualdad”, consecuencia a su juicio de la nivelación igualitaria que, desde la época colonial, ha guiado todas las luchas emprendidas por los venezolanos. 

Alrededor del tema de la igualdad se pueden identificar 3 grandes paradigmas psicosociales, los cuales no son históricamente sucesivos, sino que –por el contrario– coexisten en la actualidad. El primero, caracterizado por la búsqueda de la igualdad política y por las luchas por el acceso a la igualdad en la ley. Ejemplo de ello fueron la lucha independentista del siglo XIX; las batallas  de blancos criollos contra blancos peninsulares, de pardos contra criollos y de negros contra pardos; la lucha por el voto de la mujer, y la creación y consolidación de la democracia a principios de la década de los sesenta.  El segundo paradigma estuvo a su vez caracterizado por la búsqueda de la igualdad de oportunidades, y por las luchas para lograr el acceso a las condiciones para lograr tal igualdad. La promoción de la “independencia económica” en la década de los setenta y ochenta, y la reforma del Código Civil venezolano, liderada por la siempre recordada Dra. Mercedes Pulido, son claras muestras de esta oleada.  Finalmente, un tercer paradigma gira en torno a la convicción de que todos somos iguales, pero diferentes.  El tema central en este paradigma es cómo lograr el cambio en las condiciones para lograr el empoderamiento de las personas, y lo característico son las luchas por lograr cambios en ese sentido en las estructuras de poder.

El objetivo de ese tercer paradigma está todavía por alcanzarse, y constituye una asignatura pendiente para todos los venezolanos. Sin embargo, en la lucha por lograr el objetivo previsto en esa concepción moderna de igualdad, el principal obstáculo lo representa la imposición y reforzamiento de una perniciosa propuesta que pretende confundir “igualdad” con “igualitarismo”.  

La “igualdad” es un valor democrático y humano fundamental, que consiste en la supresión e imposibilidad de dominación de unas personas sobre otras. El “igualitarismo”, por el contrario, radica en la eliminación de las diferencias por la vía de una aberrante uniformidad. Al confundir intencionalmente ambos, se mercadea un pensamiento político según el cual las diferencias entre las personas generan “caos social”, lo que afecta a un orden político que, por definición, debe tender al “equilibrio del universo” Para lograr ese “equilibrio del universo”, que permitiría conseguir la paz y la justicia permanentes (vía la supresión de las diferencias), es fundamental la consecución y preservación del poder, por supuesto, en manos de un mismo grupo.  Así, se plantea convenientemente el chantaje ideológico de la lucha por la igualdad como reñida con la lucha por la libertad.  

viernes, 13 de septiembre de 2024

Lecciones del beisbol a los venezolanos / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


“Es difícil vencer a una persona que nunca se rinde”. Babe Ruth (exgrandeliga)

El hecho que el beisbol sea un juego que reta constantemente las reglas del determinismo, y que sea un ejemplo de lo que constituye una actividad humana sistémica –donde todos los factores interactúan entre sí en una relación de mutua e impredecible interdependencia-, es lo que sustenta aquella frase de Yogi Berra de que “el juego no se acaba hasta que se termina”. Incomprensible y hasta ilógica para muchos, sólo los amantes y conocedores de la pelota entienden la veracidad y justicia de esta celebérrima sentencia. En el beisbol nada es seguro, ni siquiera una apreciable disparidad en el marcador. Ni quienes dominan la pizarra pueden estar confiados en su triunfo, como tampoco quienes están perdiendo pueden contar de antemano con una segura derrota.  El beisbol, como la vida, no es para quienes se derrumban antes de tiempo, para quienes renuncian a la lucha sólo porque están debajo o porque las cosas no resultan como se quisiera. Es, como la vida, el juego de la eterna esperanza, donde –sin importar la diferencia en el score- ni las victorias ni las derrotas pueden ser proclamadas antes de tiempo.                                              

Los que conocemos y amamos el beisbol, sabemos que se trata de mucho más que un juego apasionante. El beisbol, el más cerebral y complejo de los deportes de conjunto, esconde implícito en los fundamentos del juego una particular y muy profunda filosofía de vida y de las cosas. Y creo firmemente que si el beisbol pudiera hablarle a los venezolanos de hoy, algunas de sus sabias enseñanzas se pudieran convertir en guías prácticas de acción, tan necesarias como útiles en nuestra accidentada e incierta cotidianidad, la cual, ayuna de claridades y preñada de confusiones, necesita de luces que le ayuden a orientarse en medio de la opacidad de los tiempos que nos corren.  Sólo a manera de ejemplo, revisemos algunas de las cosas que los venezolanos de hoy tendríamos que aprender de ese viejo e ingenioso maestro, si pudiéramos tener la fortuna de invitarle a un café para escuchar sus juiciosos y agudos pareceres. Seguramente le oiríamos decir como estas:

  1. El beisbol no se puede jugar solo. Siempre hace falta el otro, porque si no, el propio yo –el que no es “el otro”- estaría incompleto. No hay posibilidad alguna para aberraciones tales como “equipos únicos” o “partidos únicos”. Todo equipo, así como todo partido, necesita del otro y no puede prescindir de él.   Los que practican el beisbol, a pesar de sus naturales y deseables diferencias, que son además las que hacen al juego interesante, se reconocen recíprocamente como parte de una misma familia, la familia del beisbol. Y como comunidad familiar, comparten algunos valores y actitudes, entre los cuales está la convicción de que el adversario es para ganarle, para competirle y para aprender de él, pero nunca para destruirle, porque sin el otro no hay juego, y si no hay juego no hay vida.
  2. En el beisbol, como en la vida, lo determinante y definitivo no es el tiempo, sino lo que hagas o dejes de hacer. No es un juego de lapsos prefijados, donde si estás arriba en el marcador puedes abstenerte de seguir atacando y entretenerte con el resultado, para dejar pasar el tiempo. En el beisbol, las aventuras no vienen constreñidas por un tiempo rígido, al cual debes someterte de manera hierática y rigurosa, sino que surgen en cualquier momento, por muy inesperado y hasta sorpresivamente tardío que pueda parecer.  ¡Cuántos juegos se han resuelto a la hora de recoger los bates! ¡Cuántos malos fanáticos han recibido la inolvidable lección de abandonar el estadio antes del último out, decepcionados por el quehacer momentáneo de su equipo, para luego descubrir, camino a sus casas, a través de la radio o –peor y más doloroso aún– en las noticias del día siguiente,  que su casi-seguro derrotado había dado vuelta al marcador o dejado en el terreno al contrario! En el beisbol, como en la vida, quien determina el resultado no es el tiempo transcurrido, sino la calidad de lo que hayas hecho o dejado de hacer. 

viernes, 19 de julio de 2024

Nuestra alforja de camino / Ángel Oropeza @AngelOropeza182

 


La demanda de cambio hacia un país distinto avanza por buen camino. De hecho, se puede demostrar que esto es así, en términos de intención de voto y organización electoral. Sin embargo, el triunfo no está dado. Hay que hacerlo posible. ¿Cómo colaboramos todos con esta ineludible responsabilidad histórica?

El largo transitar de los venezolanos por el desierto, en procura de la tierra prometida de la libertad y la justicia, requiere en la actual coyuntura de ciertas condiciones para lograr que la fatigosa y difícil travesía culmine en el destino deseado. Necesitamos ciertos implementos en nuestra alforja de camino. Para los montañistas, el contenido de su alforja puede ser la diferencia entre lograr su objetivo o fallar, e incluso entre la supervivencia o la muerte en el intento. Pues bien, para todos colaborar efectivamente con la tarea de hacer posible la transición a la democracia es necesario que revisemos nuestras alforjas y morrales, para asegurarnos de que estén presentes y a la mano algunas herramientas que pueden hacer la diferencia entre alcanzar la meta o quedarnos sólo cerca de ella. Menciono apenas algunas de ellas.

1) Aunque la lucha es de todos, porque de todos es el país y de todos será su triunfo, no todos podemos hacer lo mismo. Es mucho más útil e inteligente que cada quien se organice en torno a una tarea concreta, de las muchas que requiere esta etapa de la lucha. Eso sí, actívese. No es la hora de espectadores sino de actores. Todos hacemos falta.

2) En modelos autoritarios de dominación, no basta sólo con votar. Esto por supuesto es indispensable, pero no suficiente. Es necesario incorporarse en cualquiera de las modalidades de defensa del voto. No sólo asegúrese de dónde le toca votar (recuerde que puede haber cambios de última hora) sino organícese con sus vecinos para activarse en cualquiera de las tareas de ese día, desde hacer turnos para que el centro electoral no esté nunca solo, acompañar a los testigos de mesa y asegurar que no les falte atención o comida, contribuir con la movilización de los vecinos que lo necesiten, hasta hacer presencia en el acto público de escrutinio a las 6:00 pm, hora de cierre del proceso.

3) En esta instancia de la lucha por la liberación democrática de Venezuela, el primer paso es salir electoralmente del gobierno. Y para ello una de las tareas que hay que seguir adelantando es ganar para la causa de la liberación lo más que se pueda de su hasta ahora base fáctica de apoyo. Poco contribuyen a esta esencial tarea las amenazas de retaliación masiva y hasta de exterminio generalizado de quienes hasta hace poco simpatizaban con el gobierno, e incluso de algunos que todavía lo apoyan. Una de las metas políticas de la coyuntura es justamente disminuir en lo posible los costos de salida de los personeros del régimen. Cerrarles las puertas de salida a todos los funcionarios militares y civiles y prometerles una muerte segura al iniciarse la transición política, es la mejor forma de nuclearlos en defensa propia.  Una cosa es la necesaria justicia, y otra el revanchismo y la venganza. Por tanto, la inteligente amplitud y el sentido democrático de la justicia son indispensables en nuestro morral.

4) Aunque no es fácil huir de los dualismos argumentales y mucho menos de los emocionales, es crucial escapar de las tentaciones extremas del triunfalismo y de su contraparte, el derrotismo. Ambos no sólo suelen ser falsos, como ocurre con las simplificaciones y generalizaciones indebidas, sino que nos llevan a distorsionar la necesaria percepción y análisis de la realidad, y nos conducen a decisiones y conductas que atentan contra la consecución del objetivo.

viernes, 5 de julio de 2024

Retrato psicosocial de los venezolanos 2024 / Ángel Oropeza @AngelOropeza182

 


Un principio clave en ciencias de la salud, es que no puede haber un tratamiento eficaz sino se parte de un diagnóstico adecuado. Lo contrario implicaría “lanzar flechas” de manera irresponsable esperando por azar tener algún éxito, pero con una alta probabilidad de errar el tratamiento, con las indeseables consecuencias de costo, tiempo, pero sobre todo de daño a las personas necesitadas de ayuda.

Las preguntas sobre cómo somos los venezolanos, qué caracteriza hoy nuestra conducta, y por qué nos comportamos como lo hacemos, están siempre presente en la agenda tanto de las preocupaciones como de las discusiones en el país. Pero las respuestas a esas preguntas no pueden ser sólo opináticas, porque de ellas se derivan las acciones y tareas que nos toca asumir como sociedad, y allí no nos está permitido ni fallar ni inventar. Por eso es necesario abordar tales preguntas desde una perspectiva científica, identificar algunos de los elementos constituyentes de nuestra conducta, medirlos y analizarlos, de modo que sobre esos hallazgos y su contrastación con otros se pueda construir un conocimiento progresivo, útil y confiable.

Es precisamente en esta última línea que se inscribe el más reciente estudio llevado a cabo por la Escuela de Psicología de la Universidad Católica Andrés Bello, cuyos resultados fueron presentados al país este 2 de Julio, y que lleva por título “PsicoData Venezuela 2024”.

PsicoData Venezuela es un estudio nacional cuyo objetivo es obtener y analizar un conjunto de aspectos y características psicosociales de la población venezolana, con especial énfasis en las dimensiones asociadas con el constructo psicológico de “vulnerabilidad psicosocial”. El año pasado se realizó el primer estudio, cuyos resultados fueron hecho públicos en marzo de 2023. En esta edición 2024, con una muestra mayor de personas evaluadas, se investigaron nuevas variables y se profundizó en otras cuyos hallazgos ameritaban mayor atención y análisis.

El estudio de la UCAB arroja resultados muy interesantes que por supuesto escapan al breve espacio de este artículo. Lo primero es que al adentrarse en el estudio de las características psicológicas de los venezolanos, el principal rasgo que vuelve a sobresalir es su rica complejidad y la presencia de elementos aparentemente contradictorios en su seno. Así, se encontraron características psicosociales que pudieran describirse como fortalezas o factores protectores de la persona, conviviendo en el mismo venezolano con otras características que pudieran calificarse como debilidades o factores de riesgo.

En el caso concreto de las dimensiones más positivas o que conforman una condición de protección contra la vulnerabilidad psicosocial, algunas de las encontradas son, por ejemplo,  una muy alta capacidad de las personas para desarrollar habilidades adaptativas a pesar de experimentar adversidades y entornos hostiles; unos niveles moderados y altos de optimismo; alta valoración global positiva de las personas sobre los aspectos generales afectivos de su vida; una capacidad percibida de control sobre sus propias vidas por parte de la mayoría; buena disposición de las personas a la participación y a  involucrarse en diversos tipos de actividades tales como políticas, culturales, espirituales, sociales, deportivas o recreativas; un altísimo apoyo percibido por parte de la familia; y el uso frecuente del humor, la reinterpretación positiva de las cosas y el apoyo en la religiosidad como estrategias de afrontamiento ante los problemas y dificultades.

viernes, 21 de junio de 2024

Al final… ¿va a ganar el gobierno? / Ángel Oropeza @AngelOropeza182

 


Desde sus inicios, una de las estrategias sobre las cuales el actual gobierno venezolano ha cifrado siempre sus esperanzas para mantener su modelo de dominación es desmovilizar constantemente a la mayoría del país que se le opone. Y para ello, uno de sus aliados está en lo que la Psicología Cognitiva denomina “anticipación negativa”.

La anticipación negativa es un patrón particular de pensamiento que lleva a quien lo padece a presuponer constantemente que algo va a salir mal, no dudar en ningún momento de esa predicción, y actuar en consecuencia. Típicos ejemplos de la anticipación negativa son frases como “Mejor no voy porque me va a pasar algo malo”, “No llamo porque no me van a aceptar”, “Mejor ni lo intento porque ya sé que no lo voy a lograr”, y otras de uso frecuente en algunas personas.

Lo esencial de este patrón psicológico es que se anticipa que las cosas saldrán mal sin tener datos que apoyen esas conclusiones. En otras palabras, se interpreta una posibilidad como si fuera una realidad segura y negativa, y se actúa conforme a ella. Y las consecuencias de esta tendencia a pensar así van más allá de lo meramente cognitivo.  En efecto, con la anticipación negativa se incrementa la producción y las acciones combinadas de la hormona cortisol y las catecolaminas, activando el sistema nervioso autónomo y generando en consecuencia angustias, miedos y pesimismo.

Es cierto que la anticipación ante determinados riesgos y peligros nos protege y permite prepararnos lo mejor posible para afrontarlos. Pero como afirma el Dr. Elías Abdalá (Las trampas de la mente), cuando las desgracias que anticipa el cerebro son abstractas, exageradas o ilógicas, nos paralizan, enferman y limitan.

En el plano político, cuando la anticipación negativa se generaliza a muchas personas, no sólo desestimula la organización popular sino que, además, contribuye a consolidar un piso actitudinal-psicológico de aceptación y resignación colectivas sobre las cuales los gobiernos autoritarios edifican su modelo de dominación.

Si mucha gente se convence de que frente a su entorno político no hay nada que hacer, que lo que ocurrirá es malo pero además inevitable, que sólo queda rendirse porque no hay forma de cambiar o de siquiera enfrentar a quienes le oprimen, entonces el modelo de dominación seguirá profundizando sus raíces y terminará siendo percibido como irreversible. No en balde una de las cosas que los gobiernos de signo autoritario primero buscan sembrar en la población es convencerla de su muy precaria eficacia política, esto es, de su muy reducida capacidad de influir sobre los hechos políticos y mucho menos de cambiarlos.

Este gobierno ha sido tan malo y tan largo que es lógico que después de tanto tiempo mucha gente crea que está condenada a seguirlo sufriendo. Y no sólo eso: lo más grave es que termine pensando que es inevitable y que, no importa lo que pase, nada se puede hacer para cambiarlo.

sábado, 25 de mayo de 2024

La necesaria actitud política / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


Por lo general, las campañas electorales presidenciales en casi todo el mundo terminan convergiendo no sólo hacia la reducción y simplificación de las preferencias del electorado, sino que esta reducción se centra en las dos opciones candidaturales que representan los dos polos de la oferta política, el polo de la continuidad del gobierno en funciones y el polo del cambio en la conducción del país,

A pesar de que poder elegir libremente es un derecho humano fundamental e inviolable, para nadie es un secreto que el camino electoral en nuestro país, como ocurre bajo modelos autoritarios de dominación, va a estar indudablemente lleno de toda clase de inconvenientes y obstáculos. Frente a esa realidad, y muy lejos de permitir que ella genere desánimo o desesperanza, lo que cabe es sortearlos con inteligencia y organización ciudadana. Y desde esa esperable inteligencia, un elemento crucial en las semanas que nos separan del 28 de julio es ayudar a presagiar entre todos el país que viene y ayudar a que sea posible.

Como actores políticos que somos todos, el momento histórico por el cual atraviesa Venezuela demanda de nosotros una actitud de activación y lucha por el país que se desea. La elección que se acerca es tan crucial para el futuro de todos que va mucho más allá de la escogencia de un candidato. De hecho, lo que está en juego son dos modelos de país. Uno es ya harto conocido desde hace varios lustros, y quiere continuar en el poder para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora.

En el Evangelio de Mateo, Jesús advierte sobre los falsos profetas y señala cómo la verdadera naturaleza de alguien se debe discernir no tanto por lo que habla, dice o promete, sino por sus acciones: “por sus frutos los conoceréis”. Pues bien, después de tantos años el poder, los frutos de la actual oligarquía gobernante están a la vista. Si a usted le gustan, y le parece que ese tipo de realidad y de país no sólo debe seguir sino profundizarse, su opción electoral por el polo del continuismo es clara. Si, por el contrario, usted aspira una realidad diferente a la que enfrenta a diario, y cree que usted, su familia y su país merecen condiciones de vida distintas, entonces usted es de los que militan el polo del cambio. Pero, ¿cambio hacia dónde?

El candidato unitario del polo del cambio ha anunciado que, de ser electo, luchará por un país donde prevalezca la tolerancia política y la reconciliación social. Habla de adversarios y no de enemigos políticos. Insiste en la importancia del respeto a las opiniones ajenas. Rescata la necesidad urgente de reducir los niveles de pobreza y de desigualdad social. Anuncia que pondrá el acento en el reencuentro de las familias separadas por la crisis, y plantea una transición pacífica basada en la inclusión, sin persecuciones ni represalias. Este dibujo del país que puede venir -aunque a algunos les dé todavía temor pensar que es posible- ciertamente motiva a luchar por hacerlo realidad. Pero el reto de esa lucha es tan grande e importante que requiere el concurso y participación de todos. El llamado es a convertirnos todos, sin excepción y cada uno desde su metro cuadrado de influencia, en agentes de esa Venezuela posible, para lo cual es necesario asumir una necesaria actitud política.

viernes, 12 de abril de 2024

Bajar la esperanza a tierra / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 



La esperanza es pasión por lo que es posible Soren Kierkegaard

Ante la continua tribalización del país, y dada la crónica y creciente incertidumbre sobre su futuro, mucha gente habla de aferrarse a la esperanza. El asunto con la esperanza es que, al igual que ocurre con cierta forma de asumir las religiones, ella puede constituirse en un extraordinario factor de liberación y crecimiento, o en un castrante elemento de adormecimiento personal y colectivo.

Algunas personas conciben la esperanza como la confianza en que ocurrirá o se logrará lo que se desea. Es esperar que pase lo que se quiere. Sin embargo, desde una acepción mucho más activa, la esperanza es una virtud que se construye, una virtud mediante la cual la persona pasa de la situación pasiva de suceder a la condición activa de existir. Siguiendo a Tomás de Aquino, la esperanza es lo que anima, y por tanto es inseparable de la acción.

Una esperanza mal entendida, en el sentido de simplemente confiar que las cosas van a cambiar o en el sentido mágico optimista de suponer que los cambios que se desean son inevitables, puede ser tan peligroso como inconveniente. Tal postura, en vez de movilizarnos a hacer cada uno su parte para viabilizar y hacer posible los cambios necesarios, puede conducirnos a una actitud pasiva-contemplativa muy alejada de lo que hoy necesitamos.

Václav Havel era un admirador de la obra Esperando a Godot de Samuel Beckett. A su juicio, ella simbolizaba la espera de la gente sin esperanza. Y en su conocido discurso ante la Academia francesa de Ciencias Políticas en 1992, hablando de la lucha contra el comunismo checoslovaco, se refiere a ello en palabras que hoy tienen mucho que decir a los venezolanos.

Para Havel, se puede esperar de distintas maneras. Una de ellas es la descrita en Esperando a Godot. “Cercados y casi colonizados por el sistema totalitario, los ciudadanos perdían la idea de salida, la voluntad de hacer cualquier cosa e incluso carecían del conocimiento de que se pudiera hacer algo. Perdían la esperanza y con ello la posibilidad de vivir con sentido. Por eso esperaban a Godot. Perdida la esperanza interna, aguardaban la llegada de una salvación incierta desde afuera. Sin embargo, Godot no viene, pues simplemente no existe. No es una esperanza sino una ilusión”.

Por el contrario, continúa Havel, existe un tipo de espera basada en la conciencia de que resistir tiene sentido por sí mismo, y que se nutre del convencimiento de la justicia moral de lo que se hace. “Este tipo de espera sí tiene sentido. No es una dulce mentira sino una vida difícil junto a la verdad. No es una pérdida de tiempo; al contrario: esperar la germinación de una siembra buena es distinto a pasar el tiempo esperando a Godot”.

No se trata de preguntar simplemente qué va a pasar en nuestro país de manera pasiva, como pregunta un espectador que quiere saber cuál es la siguiente escena, como quien supone que los actores son otros, o se limita a suponer que la tarea le es ajena.

viernes, 29 de marzo de 2024

Dos elementos cruciales / Ángel Oropeza @AngelOropeza182

 


Los acontecimientos políticos de la última semana en Venezuela han generado numerosos e interesantes análisis. Lo cierto es que más allá de la lectura que se haga de lo hasta ahora sucedido, hay dos elementos de naturaleza transversal que se hacen en lo adelante mucho más urgentes y necesarios.

El primero tiene que ver con la naturaleza de toda lucha política. Si bien la política debe estar siempre orientada por principios morales que le den legitimidad y justificación ética, también es cierto que la acción política, para ser eficaz, se basa fundamentalmente en la correlación fáctica y realista de fuerzas. Es el campo de las fuerzas comparativas reales de los actores en pugna lo que principalmente determina los acontecimientos políticos. Y es aquí donde, en términos de poder comparativo, se evidencia la principal desventaja de la población que aspira a un cambio político frente al gobierno de Maduro (sobre todo en lo referente a posibilidades de acción y presión públicas, libertad de movilización y margen de maniobra frente al poder).

En este campo de correlación comparativa de fuerza, la variable que juega más en contra tanto de la población que desea un país distinto como de la llamada oposición democrática en esta coyuntura (o al menos hasta el momento) es la todavía ausencia de una auténtica presión cívica interna, que actúe como disuasivo democrático para intentar frenar la estrategia del gobierno de desconocer la voluntad popular.

La literatura politológica enseña que en modelos de dominación autoritarios cualquier acción política -incluyendo votar- resulta al final inútil si no va acompañado de un factor todavía débil en la actual ecuación política venezolana que es la necesaria presión social cívica. Porque ciertamente la herramienta electoral es un instrumento privilegiado de la lucha democrática. Pero en regímenes autoritarios, dadas justamente las características de este tipo de modelo de explotación, ese instrumento carece de eficacia si no va acompañado del respaldo de un tejido social activo y organizado, que sirva de factor disuasivo y de presión que se oponga de manera democráticamente efectiva a cualquier estrategia de escamotear la voluntad mayoritaria de la población.

En este momento no se puede decir que ni la alternativa democrática ni el porcentaje mayoritario de la población que aspira y merece otra realidad cuentan con una fuerte red organizada, interconectada y movilizable de organizaciones sociales aguas abajo que pueda hoy articularse y activarse para presionar en conjunto al gobierno y convertirse en un factor disuasivo que sirva para elevarle el costo político de desconocer la voluntad ciudadana. El tiempo disponible desde ahora hasta el mes de julio, aunque corto, debería ser aprovechado de manera prioritaria por la oposición democrática y por quienes luchan por una Venezuela distinta para el reencuentro, interconexión y movilización de las organizaciones sociales (preferentemente aquellas con mayor capacidad de movilización como los sindicatos, gremios y sector estudiantil, pero sin dejar fuera organizaciones como las de los consejos comunales, las mesas técnicas de agua, y los grupos culturales), con el objetivo de construir un tejido social que sirva para, a partir de la lucha por sus respectivas reivindicaciones y a partir de la articulación de estas demandas, presionar la obtención de condiciones electorales mínimamente aceptables y para hacer valer la voluntad de la mayoría. Porque de lo que se trata es de que en el país gobierne no quien quiera sino quien la gente escoja. Ninguna otra opción es ni legítima ni viable.

viernes, 22 de diciembre de 2023

Nuestro verdadero árbol de Navidad / Ángel Oropeza @angeloropeza182






En la antigüedad, siglos antes de poder recurrir a la enseñanza escrita masiva, la evangelización cristiana se basaba primordialmente en la transmisión oral y en el recurso de montajes públicos, que hoy llamaríamos “representaciones teatrales de calle”, los cuales se desarrollaban en plazas, mercados y espacios abiertos, y donde a través de imágenes y símbolos sencillos se buscaba explicar y hacer del conocimiento de pobladores y transeúntes las enseñanzas de la fe.

Una de las más conocidas e importantes de estas representaciones, explicaba el misterio de la redención del hombre –razón última de ser de la Navidad- recurriendo a un escenario en el cual el elemento central era un gran árbol, conocido como “el árbol del Paraíso”. Alrededor de este árbol se desarrollaba toda la historia de la creación del género humano, de la amistad de los hombres con Dios y de ellos entre sí, y de la posterior decisión de abandonar a Dios para poder decidir lo que era justo y lo que no (“comer” del árbol “de la ciencia del bien y del mal”) según sus propios criterios y conveniencia.

Esta última decisión, expresión del triunfo del egoísmo humano sobre la fraternidad y la convivencia, sería el inicio de un orden injusto de cosas en el mundo, en el que las personas buscarían exclusivamente su propio beneficio sin importar las consecuencias de ello para los demás, y donde, por tanto, la única forma de mantener ese orden injusto sólo podría ser sobre la base de la violencia, la opresión y la exclusión.

Ese mismo árbol del escenario de calle, servía después para explicar el advenimiento de Jesús, el “nuevo Adán”, quien proponía un estilo distinto de relaciones y organización humana, llamado “el Reino de Dios”, basado en aprender a ver al otro como a un hermano, y no como alguien del cual aprovecharse. Así, el árbol del Paraíso representaba, al mismo tiempo, la renuncia de los hombres a Dios y el misterio de la encarnación de Dios entre los hombres. El árbol era, frente al egoísmo causante de violencia y desigualdad, un signo de liberación, generador de justicia.  De modo que aquel árbol de calle del siglo VI fue transformándose paulatinamente en un símbolo del mismo Jesús de Nazareth como profeta de la liberación, y se integró en los siglos subsiguientes a la simbología de la Navidad, entendida ésta precisamente como la fiesta del advenimiento de la liberación, en la persona y mensaje del niño de Belén.

Hace poco más de 2.000 años, un pueblo explotado y sin rumbo recibió la buena noticia que su liberación se había iniciado. Esa fue la primera Navidad. Desde entonces, su celebración es una invitación a la reflexión y al compromiso sobre la permanente y continua redención. La redención de la persona es así la razón última de ser de la Navidad. Redención de toda violencia, egoísmo, orden injusto, opresión y exclusión que impide que las personas sean felices, que es lo que Dios quiere para todos sus hijos.

Para los venezolanos de estos tiempos de desigualdad, violencia y exclusión, la Navidad no puede ser una excusa para mirar hacia otro lado y distraernos de la lacerante realidad, o simplemente un evento circunscrito a la banalidad del festejo vacuo. De ser así, no tendría ningún sentido celebrarla en medio de este desierto de injusticia, opresión y desigualdad. La única forma de celebrar con sentido la Navidad hoy en Venezuela es rescatando su verdadero significado, y asumiéndola como una oportunidad para recuperar su esencia como símbolo y advenimiento de liberación personal y social.

A pesar de no ser tan evidente a los ojos de algunos, la característica principal y más saliente hoy en nuestro país es la desigualdad social y económica. Venezuela pasó de ser el 4º país con mayor desigualdad social en 2019, con un índice Gini de 49.5 (recordemos que mientras más alto el valor, más desigual es el país), a ser a partir de 2022 la nación más desigual del continente, con un indicador Gini de 56.7.

viernes, 8 de diciembre de 2023

La distorsión del poder / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 



“El poder sin la confianza de una nación no es nada”

(Catalina la grande, emperatriz de Rusia)

En un artículo publicado en el diario Clarín de Buenos Aires el 25 de julio de 2001, titulado ¿“Cómo se mide el Dolor país”?, la psicóloga argentina Silvia Bleichmar escribía:

“El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo evaluó en algún momento ‘índices de sufrimiento humano’, construidos a partir de diferentes variables: inseguridad, expectativa de vida, tasa de suicidios, mortalidad infantil… Estos datos objetivos no dan cuenta, sin embargo, de los múltiples dolores cotidianos, del desgarramiento interior de quienes los padecen: habría que sumergirse hasta el fondo de los seres humanos, tolerar el horror que números y planillas no reflejan, para encontrar allí las imágenes de la devastación sorda a la cual han sido sometidos”.

Esto último, sumergirse hasta el fondo de los seres humanos, es lo que encontramos en el libro que da origen al título de este artículo, escrito por la psiquiatra Rebeca Jiménez, que fue presentado la semana pasada en la prestigiosa Feria del Libro del Oeste, organizada por la Universidad Católica Andrés Bello.

El libro de Rebeca Jiménez se inscribe en la necesidad de contar, al lado de los diagnósticos políticos, sociales y económicos, con la necesaria lectura desde el análisis psicológico de lo que ha ocurrido en Venezuela en los últimos 5 lustros, porque esa lectura es crucial para la tarea de reconstrucción por venir. Se trata de un interesante intento de diagnóstico sobre el efecto de la revolución bolivariana en la salud mental. Porque además es ingenuo pensar que si el país ha sufrido tantos cambios en todos los órdenes, la psicología y conducta de sus habitantes no haya cambiado también. Ese es el gran valor del trabajo de Rebeca Jiménez, aportar a este diagnóstico desde una perspectiva clínica. O como dice Francisco Suniaga en su introducción: “La distorsión del poder nace de la necesidad de aumentar nuestro nivel de conciencia” que en el fondo es un antídoto contra el riesgo que generaciones futuras reincidan en caer en tentaciones y seductores cantos de sirena similares a las que caímos como población hace casi un cuarto de siglo.

Trabajos recientes como el de “La distorsión del poder” se inscriben en una tradición paraguas que tiene puntos de inflexión como el surgimiento del concepto de “Trauma Psicosocial” de Martin-Baró, aquel impacto dañino que tienen entornos hostiles crónicos sobre las personas y sus relaciones sociales; o la noción de “Daño antropológico” de Raul Fornet Betancourt y otros, concepto que intenta identificar la magnitud perniciosa de la intervención de los gobiernos autoritarios en las relaciones sociales y la psiquis de los habitantes de un país. De hecho se dice que hay un daño antropológico cuando además del deterioro en los órdenes social, político y cultural existe, fundamentalmente, un daño a la condición humana como tal; o el concepto de Sufrimiento ético-político de la brasileña  Bader Sawaia, que se refiere al dolor físico y emocional, evitable desde el punto de vista social, pues es infringido por acciones y formas de gobierno a la sociedad, sufrimiento que al final vuelve a las personas impotentes para la libertad y la felicidad; o el concepto que se mencionó al inicio de “dolor país” que se mide por una ecuación: “la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se le demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta”.

En el caso específico del trabajo de Rebeca Jiménez, lo que describe son precisamente síntomas del trauma, huellas del sufrimiento psicológico. El análisis de los casos clínicos presentados va haciendo referencia a la discriminación, a los acosos laborales, al sufrimiento personal, todo como consecuencia de un sistema muy fascista en el sentido estrictamente politológico del término. De hecho, la literatura especializada describe algunas de las características más salientes del fascismo como modelo político-social de dominio. Por ejemplo, el fascismo reconoce los derechos de las personas sólo cuando no entran en conflicto con las necesidades del Estado (y por tanto, son siempre inferiores y subordinados a estas últimas); mantiene una idolatría cuasi fálica a la figura de las armas, como fuente y sinónimo del poder; busca la constante exacerbación de las desigualdades sociales con fines políticos (y, por tanto, su interés se reduce a  mantenerlas pero no a resolverlas); vende una fantasiosa igualación del líder –presentado como supremo, único y casi sobrehumano- con los héroes ancestrales de la patria; asume que la vida del país queda subsumida en el Estado; abunda en referencias discursivas a la sangre, el sacrificio y la muerte; persigue una constante exaltación y movilización de las masas mediante la manipulación de la frustración individual o colectiva; reduce la complejidad social de los problemas y conflictos a la identificación de un enemigo (otro país, los adversarios políticos, el imperialismo); sufre una crónica obsesión por el complot y la amenaza de los enemigos; propugna la idealización de la violencia como forma de control político, y no entiende la política más que en términos dualistas de traición-lealtad, amigo-enemigo, o colaboracionista-patriota,  todo esto disfrazado de un lenguaje artificialmente hermoso, de reivindicación romántica, orientado a una muy inteligente seducción psicológica. De esto hacía gala el líder máximo del modelo. Busquen por ejemplo el Aló, presidente Nº 327 y le oirán decir: “La batalla por la mente del ser humano; esa batalla hay que ganarla, si no la ganamos no ganaremos ninguna”.

viernes, 24 de noviembre de 2023

A propósito de la patria / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


El cardenal Jaime Ortega, arzobispo emérito de La Habana, escribió en el año 2003 una Carta Pastoral al pueblo cubano en ocasión de los 150 años de la muerte de Félix Varela, uno de los forjadores de esa nación caribeña. La Carta se titulaba “No hay patria sin virtud”. Pocos meses después, el entonces nuncio apostólico en Venezuela, monseñor André Dupuy, proponía a los venezolanos cambiar la palabra “Cuba” por “Venezuela” y leer ese texto desde la realidad de nuestro país, ya en las garras de un modelo para muchos en ese momento seductor pero generador de división, odio y violencia.

Dupuy alertaba desde entonces a no descuidar dos de las virtudes sin las cuales la construcción de patria no era posible. No se refería por supuesto a la patria como el fetiche acomodaticio preferido por los tiranos para ocultar su explotación, ni a la conveniente excusa de apelar al nacionalismo para la obtención de réditos políticos, sino al vínculo afectivo, histórico y cultural que une a las personas entre sí y con una tierra a la que aman y con la cual se identifican. Estas dos virtudes eran la esperanza y el buen juicio. Sobre la primera, nos pedía a los venezolanos tener la “valentía de esperar”, que no es otra cosa, lejos de una actitud de resignación o de aguardar soluciones mágicas, que asumir como causa de vida que las cosas injustas pueden y deben cambiar. Y sobre la última, advertía que la “pérdida del buen juicio” –no saber diferenciar la verdad de la mentira, lo justo de lo injusto, y vivir en un mundo de ilusiones y engaños- “es la peor de las calamidades que pueden acechar tanto a las personas como a una sociedad”.

Desde las palabras de Dupuy, nuestro país no ha hecho otra cosa que involucionar y tribalizarse. El ambiente externo de depauperación constante de las condiciones de vida ha terminado generando un ambiente psicológico generalizado de desazón, angustia e incertidumbre, que fácilmente pueden conducir a la resignación y a la entrega. Es en estos momentos, justamente para atajar ese peligro, que el llamado a actuar desde la esperanza y el buen juicio cobra crucial importancia. Y esa es la necesaria actitud política que las difíciles circunstancias exigen de los venezolanos de hoy. La misma actitud política que Gandhi predicaba como indispensable cuando la lucha por la liberación de su país en ocasiones era amenazada por la desesperanza: «Voy a seguir creyendo, aun cuando la gente pierda la esperanza. Voy a seguir construyendo, aun cuando otros destruyan. Y seguiré sembrando, aunque otros pisen. Y seguiré gritando, aun cuando otros callen. Invitaré a caminar al que decidió quedarse, y levantaré los brazos, a los que se han rendido”.

viernes, 10 de noviembre de 2023

La mentira de los poderosos / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


Aunque hay varias que le pelean el título, quizás la característica más resaltante del madurismo como modo de dominación siempre ha sido la mitomanía, esa tendencia psicológica recurrente y patológica a la mentira y a la pseudología fantástica. Sus principales figuras son una muestra icónica del lamentable arte de la fabulación y el torcimiento de la realidad a su favor. La lista de sus invenciones y farsas es tan larga y tan florida, que no sólo se han ganado con sobrados méritos el triste calificativo de los gobernantes más mentirosos en la historia venezolana, sino que su tendencia al engaño y al fingimiento son además objeto de estudio en investigaciones de Psicología Social contemporánea.

La mentira de los poderosos ha sido ampliamente analizada por la Psicología Política,  desde La República de Platón, pasando por Maquiavelo y Goebbels (“una mentira repetida suficientes veces acaba convirtiéndose en una verdad”), hasta los trabajos de Hannah Arendt sobre el uso de la mentira en la manipulación de las masas.

En 1733, el escritor irlandés Jonathan Swift elaboró una interesante clasificación en su obra El arte de la mentira en política. Para Swift, existen 3 grandes tipos de mentiras: la de aumento, la de maledicencia y la de traslación. La primera consiste en asignarle a un gobernante mayores cualidades y virtudes de las que realmente tiene; la mentira de maledicencia o mentira difamatoria, es la que arrebata a una persona, por razones de venganza o cálculo político, la reputación que se ganó justamente, mientras que  la mentira de traslación es la que transfiere falsamente  el mérito de una buena acción de un hombre a otro, o por la que se quita la responsabilidad de una mala acción a quien la cometió, para transferirlo a otro, de nuevo por razones de conveniencia política. Aunque Swift no llegó nunca a conocer a Maduro ni a ninguno de los oligarcas del oficialismo, su tipología describe con asombrosa actualidad y vigencia las formas preferidas de relación y comunicación de nuestra clase política gobernante.

La mentira no es sólo un intento de ocultar las propias debilidades y carencias. En política, la mentira es un acto de corrupción. Al ocultar o falsear la verdad, el poderoso agrede al ciudadano porque le impide la información que necesita para planificar su actuación social y para conducirse como homo politicus, -esto es, en su relación con otros y con el poder- sobre criterios de equidad y veracidad. En este sentido, como afirma el escritor español Xavier Caño, la mentira en política es una degeneración de la democracia, porque trunca el derecho del pueblo a decidir sobre lo político con justicia, discernimiento y acierto.

viernes, 27 de octubre de 2023

La lección más importante / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


Todo evento electoral, al ser un fenómeno social y político en el que concurren muchos elementos, suele arrojar múltiples lecciones y enseñanzas. La elección primaria del pasado domingo 22 de octubre no es la excepción, y de los resultados y sus implicaciones se ha hablado y escrito profusamente. Pero hay una lección muy particular e importante a la que se ha prestado poca atención y que es necesario resaltar, especialmente de cara a los escenarios y acontecimientos por venir. Y es el triunfo del mecanismo democrático del voto, y el reencuentro de muchos venezolanos con él.

Los estudios sobre cultura política en nuestro país han encontrado desde hace tiempo que el voto es la forma preferida por los venezolanos para intentar solucionar los conflictos, y que esta preferencia es mucho más acentuada en los estratos socio-económicos más vulnerables de la población.  Sin embargo, la recurrencia al voto y su percepción de eficacia política han sido víctimas del embate de dos sectores enfrentados. Por una parte el gobierno, el cual, conociendo el peligro para su permanencia en el poder que la población se organice y acuda masivamente a votar, ha desarrollado desde hace tiempo una inteligente campaña para desestimular el voto y convencer a la gente de la inutilidad de este mecanismo para lograr los cambios deseados, estrategia ésta que ha sido acompañada por el envilecimiento de las condiciones para una elección siquiera medianamente libre, y la recurrencia a la corrupción y la delincuencia electoral. La otra fuente de embate ha provenido en el pasado de algunos grupos radicalizados de la oposición, quienes ayudando al gobierno en su estrategia de sembrar constantemente desesperanza y desmotivación, repetían con frecuencia que el voto era una herramienta inútil.

Lo cierto es que la mayoría de la población ha inteligentemente desatendido en el pasado los llamados de algunos para apostar por soluciones voluntaristas o por atajos irresponsables y sin sentido de realidad. Los venezolanos parecen haber aprendido a no seguir ni embarcarse en iniciativas a las que no le ven sentido. Pero esa misma mayoría, cuando se le da la oportunidad de participar en algo que sí sienten que sirva para algo, no lo duda y lo hace de manera entusiasta. Esto fue lo que ocurrió el pasado 22 de octubre con el llamado a votar para escoger el abanderado presidencial de la oposición democrática. Era una invitación concreta, con un objetivo definido, y a través del mecanismo privilegiado de participación de los venezolanos que es el voto.

Ahora bien, esta invitación fue a participar en una elección sin el tutelaje interventor del Estado, sin militares complicando el proceso y organizada por un equipo de profesores universitarios y representantes de la sociedad civil que ciertamente generó confianza y credibilidad en la población. Pero la próxima elección presidencial no será así. El reto entonces será cómo preservar la fe en el poder transformador de la participación electoral a pesar de eso.

viernes, 15 de septiembre de 2023

La lección de De Mello / Ángel Oropeza @AngelOropeza182

 


Anthony de Mello fue un sacerdote jesuita y psicólogo hindú, conocido no sólo por sus libros y conferencias sino además por una singular personalidad que le llevó a ser, como suele pasar en estos casos, tan admirado por unos como criticado por otros.  En una de sus innumerables narraciones escribió el siguiente cuento:

“Por la calle vi a una niña hambrienta, sucia y tiritando de frío dentro de sus harapos. Me encolericé y le dije a Dios: ‘Por qué permites que pasen estas cosas? ¿Por qué no haces nada para ayudar a esa pobre niña?’.

Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, cuando menos lo esperaba, Dios respondió mis preguntas airadas: ‘Ciertamente que he hecho algo. Te he hecho a ti».

La lacerante realidad que sufren los venezolanos provoca naturalmente rabia y legítima indignación. El nuestro es el país no sólo con los índices de pobreza de ingreso más elevados de la región sino con el salario mínimo más bajo del continente y entre los más bajos del mundo, menos de 4 dólares al mes; al caos de los servicios públicos se suma una tan galopante como peligrosa deserción escolar y un trágico colapso de los servicios asistenciales de salud. Los migrantes y refugiados ya alcanzan según la Plataforma R4V la cifra de 7,7 millones de venezolanos, aproximadamente 25% de la población del país, y la brecha entre ricos y pobres se sigue ensanchando, al punto de que con un índice Gini por encima de .70, somos hoy el país con la mayor desigualdad económica y social del continente.

Ante datos inocultables como los anteriores, no es entonces casualidad que el estudio PsicoData Venezuela de la UCAB sobre características psicológicas de los venezolanos haya encontrado que 79% de la población manifieste sentir rabia ante la situación a la que hemos llegado como nación. Rabia que es un sentimiento activador y motor, pero sólo si es adecuadamente canalizado. De lo contrario, tal sensación corre el riesgo de no pasar de una simple e inútil explosión catártica.

En una oportunidad, el P. Luis Ugalde alertaba sobre cómo no es un buen médico quien se limita a despotricar y lanzar gritos y maldiciones contra la enfermedad, sino aquel que ve cómo hace para curar al enfermo y aliviar su dolor. De hecho, la mera indignación y la denuncia de la realidad son dos pasos necesarios, incluso para huir del peligro de acostumbrase y aceptar lo malo como normal o natural, pero no suficientes. La denuncia de la realidad, para evitar el riesgo que termine generando una sensación de desesperanza ante la creencia que frente ella nada se puede hacer, tiene que venir acompañada de una propuesta, de una alternativa, de un dibujo ilustrativo y seductoramente convincente de cómo sería distinto. El momento político exige, en vez de una narrativa, una auténtica didáctica. Hay que pasar del lamento, de la queja sobre la situación, a la explicación de por qué la tragedia, cuáles son sus causas y responsables. Darle contenido explicativo al discurso político. Qué se haría de distinto cuando llegue el momento. Cómo se imagina y se describe el futuro posible.

viernes, 1 de septiembre de 2023

La lealtad como recurso de dominación / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


“Lealtad al país siempre. Lealtad al gobierno sólo cuando lo merezca”

Mark Twain


En las últimas semanas hemos visto reaparecer con mucha fuerza en la narrativa oficialista la recurrencia a la palabra “lealtad”.  Los representantes de la clase política en el poder, en actitud casi mendigante, piden desesperadamente a sus todavía seguidores, civiles y militares, “lealtad” para con ellos y sus cargos.

En las democracias populares modernas, los gobiernos existen –por encima de cualquier otra  consideración- para  manejar los recursos disponibles con miras a resolver las múltiples demandas y necesidades de la población, administrar sus inevitables y naturales diferencias, y garantizar la paz, la libertad y la justicia para todos.  El gobierno está al servicio del pueblo, y nunca al revés.  Por el contrario, en las concepciones militaristas y fascistas de dominación, el Estado-Gobierno ocupa la primacía de la pirámide social, y por tanto se sirve de las personas, antes que servirlas a ellas.  En los primeros, la gente pide resultados y los gobiernos se esmeran en rendir cuentas.  En los segundos, los burócratas le exigen “lealtad” a los ciudadanos, porque se sienten dueños y superiores de ellos.

Adicional a esta razón asociada con la naturaleza del régimen de turno y con su concepción sobre la relación debida con el pueblo, el tema de la “lealtad” hacia el gobierno es muy recurrente en administraciones de dudosa rentabilidad y pobre desempeño. Así, la exigencia de “lealtad” para con el establishment gobernante es un frecuente intento de eludir la responsabilidad que realmente importa, que es la de ser ellos leales a su deber de resolver los problemas concretos de la gente.

Supongamos por un momento que usted tiene una avería importante en el baño de su casa. Para resolverlo, busca (o se lo imponen, vaya usted a saber) a un plomero. Resulta que el convocado llega y lo que hace es hablarle por horas y horas sobre lo malo que son el resto de los plomeros del mundo, se explaya contándole que él pudiera ser el mejor plomero que existe, lo único es que no lo dejan, y le explica hasta marearlo por qué la plomería que él practica es la única que funciona. ¡Pero resulta que el individuo no sólo no le arregla el baño sino que lo pone peor!  Si antes era el sanitario que no funcionaba, ahora no sale ni agua por el grifo. Pero no contento con esto, le roba los reales que usted le había adelantado para la reparación, le amenaza si a usted se le ocurre pensar en otro plomero, y encima le pide “lealtad” para con sus supuestas “buenas intenciones” de arreglar su baño. ¿Alguien ha visto una poceta o un lavamanos funcionando a punta de lealtades para con el plomero?

La única esperanza para el plomero del ejemplo anterior es que usted caiga en la trampa de invertir las prioridades, y se convenza de que lo verdaderamente importante no es que su baño funcione, sino que usted le sea fiel y leal al plomero, así el tipo sea carero, inepto y cada día peor. Usted se quedará sin baño, y el plomero se quedará feliz con su plata y con su lealtad.

Posiblemente usted dirá: ¿y habrá alguien tan ingenuo –para no llamarle estúpido, por aquello de los debidos respetos- que haga eso con su baño y su plomero? En verdad no conozco ninguno, pero sí sé de varios que lo están haciendo, no con su baño, pero sí con su país y con los responsables de administrarlo.

La trampa de exigir “pre-lealtades” hacia los burócratas del gobierno lo que busca es alejar el debate político del terreno racional de exigencia de resultados y demanda de obras concretas, y migrarlo engañosamente al campo gaseoso de los afectos intangibles y de las lealtades etéreas. Así, la discusión  se aparta de la evaluación y escrutinio del desempeño real del gobierno –tal como ocurre en los sistemas democráticos modernos- y se centra en la cuestión primitiva y típicamente bananera sobre las intenciones de quien gobierna, no importa si su desempeño es deplorable y ruin, o sobre el cuento de imaginarios enemigos que sólo sirven como pueril excusa para mentalidades cándidas.

viernes, 18 de agosto de 2023

La idealización de la violencia / Ángel Oropeza @angeloropeza182

 


La violencia, en cualquiera de sus formas, implica siempre la utilización de la fuerza o ventaja física, psicológica o verbal, para obtener de un individuo o de un grupo algo que no quiere consentir libremente.  La violencia política, en este sentido, no sólo hace referencia a esa obtención indebida de lo que las personas no están dispuestas a hacer o aceptar  voluntariamente, sino que incluye también la utilización de la amenaza, la represión y el uso de la fuerza bruta como herramienta para influir en las opiniones y comportamientos de los  otros.

La violencia política fue, durante mucho tiempo, una indeseable constante en la historia republicana de Venezuela. Desde el siglo XIX y hasta la primera mitad del XX, se fue afianzando culturalmente en Venezuela una dominación personalista autoritaria, vinculada a nuestro crónico y pernicioso militarismo.  A pesar de ello, se le vio disminuir su presencia – como expresión social importante- durante la llamada “república civil” del período que va desde comienzos de los años sesenta hasta finales de la década de los noventa del siglo pasado. Sin embargo, para sorpresa de algunos, y lamentable confirmación de advertencias para otros, la vimos reaparecer con el advenimiento de la revolución militarista, pero mostrando en su nuevo perfil una particular y decisiva diferencia: ya no como enemiga del Estado, sino como aliada de un régimen teóricamente constitucional.

Las sociedades modernas han aprendido que siendo uno de los objetivos de la “Política” la adecuada canalización de las tendencias entrópicas de la sociedad, el manejo asociado con el monopolio de la violencia está íntimamente ligado con la viabilidad y existencia misma de todo orden social. Por tanto, este monopolio de la violencia –para permanecer socialmente legítimo y políticamente eficaz- debe siempre buscar un punto de equilibrio entre la necesaria aplicación de mecanismos correctivos, y la conveniencia de recurrir a ellos en el menor grado posible. De hecho, como bien afirma la escritora venezolana Tosca Hernández, la utilización excesiva de la violencia, la amenaza y la represión por parte de un gobierno no sólo pueden conducir a crisis severas de legitimación, sino que se convierte en evidencia palmaria de su débil naturaleza democrática.

En este  sentido, las sociedades adultas han recurrido a dos grandes vías para elevar el costo de recurrir a la violencia como instrumento de resolución de conflictos, de modo que su adopción como alternativa resulte, vía disuasión colectiva, poco atractiva. Estas dos grandes vías son, por una parte, las sanciones legales y, por la otra, la condena social a la violencia como conducta indeseable. Precisamente, la dinámica asociada en la Venezuela contemporánea con estas dos “columnas sociales” recrea un estilo típicamente fascista, y ayuda a explicar la expansión de la violencia política que presenciamos con preocupación en el país.