Más allá de su profundo y fundamental sentido religioso, centrado nada menos que en el nacimiento de Jesús de Nazareth, la Navidad es una de las celebraciones más importantes en la mayoría de los países del mundo. En esta festividad de esencia religiosa conviven en la actualidad una serie de elementos transculturales que se han venido añadiendo con el tiempo y que convierten esta fecha en una oportunidad ya no sólo para la introspección espiritual y la renovación del compromiso cristiano, sino en un disparador de emociones y comportamientos que en la práctica representan un profundo impacto psicológico en muchas personas.
Este impacto psicológico de la Navidad tiene tanto aspectos positivos como elementos de riesgo psicosocial, y es importante conocer ambos, tanto para reforzar los primeros como para levantar a tiempo antídotos que minimicen el efecto de los últimos.
Desde el punto de vista estrictamente psicológico -y, de nuevo, más allá de las repercusiones positivas de la reflexión religiosa a la que invita- la Navidad puede representar una oportunidad de desarrollo y fortalecimiento personal al menos por tres vías.
La primera deriva de la importancia de las tradiciones y prácticas propias de estos días. Preparar la cena de Nochebuena, montar el pesebre, compartir celebraciones con los amigos, intercambiar regalos, decorar el árbol o asistir al culto religioso, ayudan a reforzar en la persona tanto el sentido de identidad y pertenencia como el de una sana continuidad psíquica. El primero se ve alimentado por las experiencias agradables de unión y alegría junto a la familia, mientras que la repetición tradicional de tales rituales navideños contribuye a mantener una sensación de estabilidad y certidumbre en un entorno cada vez más incierto y discontinuo.
En segundo lugar, y fuera de la tentación consumista con la que el mercantilismo avasallador ha logrado contaminar la Navidad, lo cierto es que ella se asocia, desde siempre, con un profundo sentido de la generosidad. De hecho, la tradición de dar regalos en Navidad, así como el participar en actividades de caridad y solidaridad social propias de estos días, activa la liberación de dopamina y estimula áreas cerebrales relacionadas con la satisfacción y el bienestar emocional.
Y la tercera vía por la cual la Navidad ejerce un impacto psicológico positivo en las personas tiene que ver con los sentimientos de añoranza y nostalgia. Esto ocurre porque las reminiscencias de Navidades pasadas pueden ayudar a revivir experiencias gratificantes y a reencontrarnos con valores que han dado significado y sentido a nuestras vidas. Sin embargo, la nostalgia puede también ser un disparador de episodios de tristeza, sobre todo en los casos de personas que han perdido a sus familiares, o se encuentran separados de ellos por razones de la migración forzada, o han sido víctimas de transformaciones no deseadas en sus vidas.
Al lado de estos efectos, la época navideña también puede generar consecuencias de naturaleza menos positiva, como las asociadas con expectativas irreales de presión social, estrés y sentimientos de soledad. Así, por ejemplo, la percepción de sentirse obligado a gastar dinero más allá de lo financieramente disponible para cumplir con las expectativas sociales de celebración o de regalos, o el hecho de encontrarse en estas fechas sin las personas que se desearía o sin mayores redes de apoyo emocional, suelen generar reacciones de disconfort psicológico en ocasiones abrumadoras y desgastantes.



















