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martes, 25 de mayo de 2021

Política Social V, por Miguel Méndez Rodulfo


Miguel Méndez Rodulfo 24 de mayo de 2021

Vistos los casos de Centroamérica, Brasil y Venezuela, toca mirar cómo Guayaquil, Ecuador, detectó y atajó el problema de las pandillas callejeras, antes que se convirtiera en un mal endémico, porque su ejemplo es paradigmático. Una activista religiosa, Nelsa Curbelo, de la iglesia católica de los pobres, que había hecho de la paz la misión de su vida, hace una década puso sus ojos sobre las pandillas, un fenómeno hasta ese momento invisible para la sociedad, del cual se desconocían sus códigos, modus operandi, zonas de operación, gethos y personajes. El potencial peligro que tales pandillas podrían tener para acarrearle daño a la sociedad y en particular a las comunidades pobres donde operaban, movió a esta luchadora social. Decidió recopilar información sobre ellas y una vez conocido sus espacios, sus normas y su conducta, usó una estrategia misionera para acercarse a ellos y ganarse su confianza.


Lo que Curbelo hizo contrasta enormemente con las políticas de mano dura y uso de la fuerza pública, policial y militar, que se han utilizado en casi todos los países de América Latina. En su labor evangelizadora en el barrio, esta mujer mayor, se sentaba por las noches bajo el farol de la calle donde la pandilla se reunía. Lo hacía en silencio. Así durante mucho tiempo de misión pastoral, confidencialidad absoluta, callada, como una presencia familiar y sin juzgar, poco a poco fue logrando que las pandillas se habituaran a su presencia y hablaran sin tapujos de temas internos y de sus propósitos. Creo que de alguna manera, la presencia de esa sierva de Dios, los moderaba. Poco a poco ella fue entendiendo sus códigos (el jefe de la pandilla es el que menos habla), su estructura, la dimensión del entorno que abarcaban y sus militantes. Luego de años, cuando tuvo suficiente información, hizo un informe confidencial, sin identificar personas, por si el documento caía en manos policiales, y con ello organizó reuniones para exponer el tema en universidades, ONG, gobiernos locales, medios de comunicación, ministerio social del gobierno nacional, ministerio de educación, ministerio de cultura, ministerio de deporte, ministerio de salud, las iglesias, organismos multilaterales, etc.

Una vez orquestada una red de ayuda, lo primero que hizo fue convencer a los pandilleros que para funcionar eficientemente tenían que tomar un curso de organización, liderazgo y gerencia, que dictaría la universidad en las instalaciones de la alcaldía. Una condición era que asistieran al curso miembros de diferentes pandillas, que se reconocieran e interactuaran, otra era que en los espacios institucionales no se admitía la violencia ni las armas y se propuso actuar siempre con la verdad, sin mentir. Quién terminara el curso se haría acreedor de un diploma emitido por ambas instituciones. El valor simbólico para estos pandilleros con muy baja formación escolar, marginados de la sociedad que eran tomados en cuenta por la sociedad civil y el Estado, fue enorme. Nadie podía imaginar el impacto que tal acción ocasionaría en su psique. Siguieron cursos de manejo de computadoras, internet, gestión de negocios, formación de oficios (carpintería, albañilería, plomería, electricidad, electrónica, etc.). A la par que los medios: prensa, radio, TV, redes, divulgaban el experimento y convertían a los pandilleros en figuras conocidas, que de actuar en las sombras, ahora daban declaraciones; igualmente se diseñaron estrategias deportivas asociadas al fútbol, voleibol, básquet, etc., y eventos culturales de pintura, música, danza, poesía, literatura, etc.

Para ello hubo una alianza institucional con una estrategia definida enfocada en las pandillas, que logró mediante facilidades y pequeños financiamientos una serie de emprendimientos: empresa de artes gráficas, talleres de reparación de electrodomésticos, carpinterías, etc. Este reconocimiento, capacitación, apoyo y confianza, obró el milagro de desactivar la efervescencia de las pandillas y convertir a jóvenes descarrilados en ciudadanos que pensaban en su futuro como padres y como hombres de bien. Al efecto hay que destacar como la paternidad hacía más permeables a estos jóvenes delincuentes a la misión pastoral. Como se habrá notado, el tema policial estuvo ausente de esta destacada iniciativa social.

Miguel Méndez Rodulfo

  

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