Tras
el triunfo, ya incuestionable, de Edmundo González Urrutia, gracias al inmenso
movimiento social y político liderado por María Corina Machado, se cierra una
etapa de la lucha política, la etapa electoral, y se entra en una nueva nueva
fase cuyos retos no son menos complejos que los que tuvieron que enfrentarse
para ganar la elección. En una democracia, ganar una elección es el camino para
cambiar un gobierno. En una autocracia electoral, ganar una elección es una
victoria poco común, extraoridinaria e importantísima para lograr una
transición democrática, pero rara vez suficiente por si sola, por lo que la pregunta
¿y ahora qué? es más que pertinente
Esta
victoria fue posible gracias a un movimiento democrático construido desde las
bases de la sociedad venezolana, liderazgo de María Corina Machado, y a la
madurez de los partidos y líderes políticos que participaron en la Primaria,
reconocieron la voluntad de un número representativo de opositores expresada en
esa elección y acompañaron al liderazgo electo en las muy difíciles decisiones
que hubo que tomar a lo largo de este proceso, incluido el consenso en torno a
la candidatura de Edmundo González Urrutia.
“¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el Gobierno si la Comisión Nacional de Primaria continúa adelante con la misión que el país le ha encomendado? La realidad es que a estas alturas, habiendo un proceso muy avanzado y un porcentaje muy alto de la población que quiere votar en una Primaria y avanzar hacia un cambio político, detener la Primaria puede tener consecuencias y costos muy altos para el Gobierno”.
Aunque la posibilidad de lograr un relajamiento en las sanciones impuestas principalmente por parte de los Estados Unidos ha permitido que el proceso de la Primaria siga su curso, no se descarta que, en la medida que se aproxime la fecha de su realización, el Gobierno decida acabar con la posibilidad de que la oposición se unifique mediante la legitimación electoral de un candidato que lidere el proceso de cara a las próximas presidenciales. Este es solo uno de los aspectos que ha venido exacerbando la incertidumbre en las últimas horas, lo que se suma a las duras controversias internas sobre cómo se gestionará el posible triunfo en la Primaria de una figura inhabilitada por el régimen.
Apenas a seis semanas de la celebración de la Primaria, se mantiene un ambiente de incertidumbre y escepticismo en torno a sí el proceso se podrá llevar tal como está previsto o, sí, por lo contrario, será abortado. Es mucho lo que está en juego para los actores involucrados y eso hace que cada quien trate de utilizar todo lo que esté a su alcance para mover la balanza a su favor. Y en el medio están todos los ciudadanos que en una gran mayoría exigen cambio de gobierno, especialmente por las cada vez más agobiantes condiciones de vida que han sufrido un importante retroceso en el presente año.
“¿Se atreverá a tirar por la borda todo el proceso de negociación con los Estados Unidos y a enfrentar las posibles consecuencias internas que pueden derivarse de la suspensión de la elección primaria?”
Desde que se anunció la posibilidad de convocar una elección primaria para escoger al candidato opositor que se enfrentaría con el oficialista en las elecciones presidenciales de 2024, se esperaba que el Gobierno ejerciera acciones para impedir este proceso, bien a través de una decisión del Tribunal Supremo de Justicia por alguna denuncia como la de Luis Ratti, por ejemplo, o por cualquier causa que se le ocurriera. Sin embargo, eso hasta ahora no ha ocurrido.
Entre las explicaciones hay que considerar las opciones estratégicas que tiene el Gobierno en el actual tablero de juego. En primer lugar, están las expectativas que tiene el equipo de Maduro en torno a las negociaciones que viene adelantando, de manera directa, con las autoridades de los Estados Unidos; en las cuales esperan avances importantes en materia de relajación de sanciones, no tanto por su disposición a hacer concesiones en lo político-electoral, sino apostando que más pesarán los intereses del gobierno norteamericano cuando se acercan también a un año electoral, que su interés en la democracia venezolana.
“Pese a las renuncias, rumores mal intencionados, cuestionamientos interesados y agendas ocultas, la Primaria avanza entre los escombros del derrumbe del Gobierno y de algunos actores cooptados y de oposición que siguen sin ver la luz. En la medida que la Primaria gane velocidad, será mucho más difícil de detener sin incurrir en costos que pueden resultar muy altos no solo para la oposición sino principalmente para un gobierno que tiene al 80% del país en contra”.
El pasado jueves 27 amanecimos con la noticia de la renuncia de María Carolina Uzcategui a la Comisión Nacional de Primaria (CNP). Una renuncia anunciada varias veces desde que se decidió la autogestión de la elección del candidato opositor y que no debería sorprender a ninguno de los miembros de la Comisión, que en más de una ocasión tuvieron que hacer concesiones para evitar lo que al final fue inevitable.
He tenido la oportunidad de conversar con casi todos los miembros de la Comisión Nacional de Primaria, a quienes conozco desde hace años, para hacer aportes tanto personales como en representación del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la UCAB y de Creemos Alianza Ciudadana desde que se instaló la CNP, para ayudar en lo que sea posible en este difícil reto. Por ello, puedo afirmar que conozco bastante bien las posiciones personales de cada miembro en relación a cómo organizar y sacar adelante la Primaria. Y aunque las posiciones no siempre son coincidentes, aportan valor al debate y al trabajo en equipo. La realidad es que lo que hemos visto hasta ahora, en la mayoría de sus miembros, es voluntad para negociar las diferencias y alcanzar acuerdos para cumplir con la misión histórica que el país les ha encomendado, que es la de sacar adelante un proceso de Primaria como mecanismo de legitimación del liderazgo que debe conducir la lucha por la democracia a partir de los próximos meses.
“El final de esta historia lo escribimos juntos y dependerá de la inteligencia, compromiso y honestidad de cada miembro de la Comisión Nacional de Primaria, y de la participación de cada uno de los ciudadanos que soñamos con una Venezuela democrática”
La Primaria es por sí misma un componente muy importante de la estrategia para fortalecer las probabilidades de lograr un cambio político en 2024, no solo porque sirve para elegir y legitimar, a través de la consulta directa a los ciudadanos, a un liderazgo especifico sino porque ella permite identificar lo que la gente quiere, el mandato de la mayoría, encarnado en la narrativa de quien resulte electo, y obliga a todos los actores, o al menos a aquellos que tienen la intención real de producir un cambio, a acatar este mandato y a unirse para lograr su materialización.
La Primaria es hoy más importante que nunca porque, además de tener el poder para cohesionar a todos los que aspiran a un cambio político en torno a un liderazgo y a una propuesta, permite iniciar la organización de quienes quieren modificar una estructura que es necesaria para sacar adelante la Primaria, y que servirá posteriormente para movilizar a la gente en torno a un reto mucho mayor, el de la elección presidencial. Es ridículo pensar que si la oposición que hoy cuenta con el respaldo del 80% de la sociedad venezolana que quiere cambio no puede organizar una Primaria en donde participarán alrededor de tres millones de personas, sí puede organizarse para derrotar a un gobierno en una elección presidencial, con muchos vicios y obstáculos, en la que votarán al menos cuatro o cinco veces ese número. La Primaria, sin lugar a dudas, es un paso muy importante en la formación de una estructura orgánica capaz de enfrentar el reto de reinstalar una democracia en el país a través de una elección que, a diferencia de la Primaria, será excluyente y no-competitiva.
El
pasado miércoles 15, ante una multitud que llenaba por completo cada rincón del
Anfiteatro de El Hatillo, y con la presencia de los representantes de todos los
partidos democráticos del país, la Comisión Nacional de Primaria, a través
de la vocería de su presidente, Jesús María Casal, fijaba el
próximo 22 de octubre como la fecha de la Primaria para decidir la
candidatura presidencial que representará a la gran mayoría que reclama un
cambio político para el país.
El
anuncio, sin lugar a dudas, le dio una bocanada de aire fresco al país que
bastante la necesitaba, no solo porque una primaria implica darle a la gente la
oportunidad de participar y escoger a quien los representará, sino porque la
Comisión Nacional de Primaria, conformada por personalidades respetadas de
la sociedad civil, demostró comprender que en un país plagado de
disensos que nos dividen y fragmentan políticamente, la Primaria se ha constituido
en una especie de gran consenso nacional, al tiempo que se demostró
la determinación para sacarla adelante a través de un trabajo serio, con autonomía
e imparcialidad, como corresponde a una institución electoral. Como decía
su presidente, “estamos ya en altamar”, esperamos y apostamos a llegar a buen
puerto pese a las amenazas de tormenta que ya se ven en el horizonte.
Desde
que el gobierno decretó el Estado de Alarma el 13 de marzo de 2020, o sea, hace
ya algo más de un año, no porque hubiese una pandemia en el país, como sí la
tenemos ahora, sino para acabar con las protestas a las que Guaidó convocaba
todas las semanas, además de las que podrían generarse por el inminente colapso
en la distribución de gasolina, los venezolanos hemos asumido el uso del
tapabocas como protección, aunque también ha funcionado como mordaza colectiva.
Pero
el tapabocas como mordaza no pareciera funcionar solo para la población, sino
también para los partidos de oposición, de los que oímos poco desde antes de
las elecciones parlamentarias, y nada desde la consulta aquella. Silencio que
supera ya los cuatro meses, mientras el gobierno continúa avanzando en su
estrategia de dividir e imperar, negociando discretamente con algunos actores
políticos y sociales, mientras afina los instrumentos de represión contra
otros, como es el caso de las ONGs sobre las que ahora se pretende imponer
mecanismos de vigilancia anti-terrorismo, como hace China contra los
movimientos pro-democráticos de Hong Kong.
Para
el liderazgo de la alternativa democrática, que ha decidido no participar en
los comicios parlamentarios, se impone la necesidad de dar un golpe de timón
estratégico ante un posible cisma en sus filas, lo que abonaría a una mayor
autocratización y estabilización del régimen.
Uno de los desafíos más importantes para la oposición
está en el escepticismo y la desesperanza que desmoviliza a la población tras
los intentos que, durante dos años, han tratado de materializar sin éxito el
primer objetivo de la ruta estratégica marcada por la oposición liderada por
Juan Guaidó, o sea, el cese de la usurpación. Esto explica la disminución en la
confianza como consecuencia de las expectativas no alcanzadas y las bajas
probabilidades de poder concretar un cambio político, cuando estamos a menos de
100 días de una elección parlamentaria que no cumple con ninguna condición para
ser considerada democrática.
El
titular de esta semana lo he querido dedicar a tratar de responder algunas de
las preguntas que con mayor frecuencia se repiten en nuestros foros y
conferencias, e incluso cuando nos encontramos con gente que nos conoce y sabe
a lo que nos dedicamos. No pretendo con ello dar respuestas definitivas, sino
las que con la mayor honestidad puedo dar desde la información que tenemos y la
interpretación que de ella hacemos en nuestro seguimiento diario, gracias a la
ayuda de un extraordinario equipo multidisciplinario que forma parte del Centro
de Estudios Políticos y de Gobierno y de su Mesa de Análisis Coyuntural (MAC).
Y
aunque las respuestas de este editorial son responsabilidad exclusiva de quien
escribe y no necesariamente las del equipo del que orgullosamente me acompaño
en la extraordinaria responsabilidad que he asumido durante los últimos años,
el criterio desde el que abordo mis respuestas tiene mucho que agradecer a las
innumerables horas de debate y discusión que hemos invertido en tratar de comprender
nuestra realidad y en hacer los aportes que nos han hecho merecedores de la
consideración y el respeto de muchos comunicadores y líderes políticos y
sociales, así como de instancias académicas y otras organizaciones tanto
nacionales como foráneas, aunque, lamentablemente, no siempre han encontrado
suelo fértil en el que germinar y crecer entre nuestro liderazgo político, lo
que en muchas ocasiones nos ha convertido en analistas críticos e incómodos
para muchos, al advertir sobre errores, casi siempre evidentes, por la
experiencia propia o por la comparación del caso venezolano con otros
países.
Si el liderazgo opositor no toma decisiones con la
urgencia que la situación amerita, será irremediablemente reemplazado por
aquello que resulta lógico: que en política los vacíos no existen. Sin lugar a
dudas, un reemplazo del liderazgo opositor puede implicar un proceso que puede
dejar a la mayoría del país a la deriva por un largo tiempo mientras el régimen
sigue avanzando en su autocratización y estabilización, con costos muy altos no
sólo para una mayoría que reclama cambio, sino para todo un pueblo que
sufre la destrucción de su propio país.
Tras el escándalo que ha significado la fallida
Operación Gedeón, que ha servido de excusa para iniciar una nueva etapa de
persecución política que podría ir más allá de los involucrados, o incluso de
quienes forman parte del gobierno interino, muchos comienzan a preguntarse ¿y
ahora qué?.
La realidad es que cuando se trata del desplazamiento
de un gobierno, autoritario o no, por la fuerza, a través de una elección o por
cualquier otro método violento o pacífico, quien no controla el poder del
Estado siempre estará en desventaja. Y la desventaja será aún mayor cuando
quienes asesoran o toman las decisiones lo hacen sobre propuestas poco
realistas u otras pobremente planificadas o ejecutadas. Es por ello que los
intentos fallidos son parte de la historia de las transiciones exitosas y una constante
en las fallidas.
No
importa si estamos en el salón de clases, en una conferencia, en el ascensor,
en la cola del supermercado, caminando por la calle, o cualquiera otra
circunstancia. Cada vez que nos tropezamos con alguien, después de un breve
saludo, viene la pregunta: profe, ¿qué va a pasar? ¿Saldremos de esto o no?
¿Habrá transición o estamos condenados a continuar en esto por mucho más
tiempo, como Cuba?
La
pregunta va más allá de la simple curiosidad. Con la respuesta vienen las
aproximaciones a otras preguntas que, a veces, por recato no se hacen: ¿me voy
o me quedo? ¿Hay futuro en este país? En estos días, cuando el receso navideño
permite algo de tiempo para pensar con calma, comparto mi intento de responder
a la inquietud sobre los escenarios de 2019.
Echando
la mirada hacia atrás, en 2013, tras aquella elección de Maduro con resultados
nada claros que no fuimos capaces de rebatir, dijimos que en la nueva fase que
el chavismo iniciaba, bajo el liderazgo de Maduro, el régimen se enfrentaba al
mismo dilema de muchos autoritarismos tras la muerte de su líder carismático:
permitir la apertura política y la transición democrática negociando sus
garantías y condiciones –como sucedió en España tras la muerte de Franco– o
profundizar su autocratización para estabilizarse por la fuerza. Hoy nadie duda
que el régimen optó por autocratizarse y para ello –entendiendo que su base de
sustentación política se ha estrechado a un 14%– ha profundizado los pilares
clientelares de una base mucho más pequeña, mediante el enriquecimiento y la
corrupción de actores institucionales esenciales que le permiten el uso de la
fuerza, la represión, la cooptación y la coacción.
En
nuestro último columna prometimos dedicar la presente a tratar de explicar cómo
puede producirse una transición democrática y el anhelado cambio que desde hace
ya tiempo la casi totalidad del país reclama y que hoy, más que un tema de
preferencias políticas, es una condición de la que depende la viabilidad misma
del Estado y la supervivencia de millones de venezolanos.
Hoy,
el sector democrático del país se encuentra sumido en la más profunda confusión
y parálisis. En lo personal, no puedo hacer responsable a ningún líder en
particular, pero mientras no se tomen decisiones, todos, sin excepción –por
acción u omisión– somos corresponsables de esta debacle. Tampoco es serio
explicar la situación a partir de teorías conspirativas que solo logran dividir
y debilitar más al sector democrático. Creo, hasta que alguien pruebe de manera
fehaciente e irrefutable lo contrario, que líderes como Henry Ramos, Julio
Borges, Leopoldo López, Henrique Capriles, Tomás Guanipa, Omar Barboza, Freddy
Guevara, Antonio Ledezma, María Corina Machado y Andrés Velásquez, entre otros
muchos, son de esta causa y no fichas del Gobierno.
He
querido tomarme unas semanas para meditar y reflexionar sobre lo ocurrido y lo
que hemos vivido durante más de tres meses de conflicto que nos dejó con el
terrible saldo de, al menos, 127 personas fallecidas, cientos de personas
heridas, otros tantos detenidas o desaparecidas, y miles de desplazados, como
resultado de las protestas ciudadanas que se originaron a partir de la
denuncias hechas en el canal del Estado por la Fiscal General de la República,
en relación a la ruptura del hilo constitucional, y la posterior convocatoria a
una asamblea constituyente, hoy instalada y tomando decisiones.
El 17 de diciembre de 2010 un
buhonero que vendía frutas en las calles de Túnez, de nombre Mohamed Bouazizi,
fue despojado de su mercancía, en la que tenía invertido todo su capital y de
la que dependía para llevar el alimento a su familia. Mohamed Bouazizi, tras
varios intentos desesperados primero por negociar, y luego de ruego a la
policía, se inmoló, prendiéndose fuego frente a la comisaría. La noticia corrió
de inmediato por las redes sociales y, durante su agonía, miles de tunecinos,
que se identificaban con la desesperación y el hambre que llevó a Mohamed a
atentar contra su propia vida al privársele de su único medio de subsistencia,
comenzaron a salir a las calles para protestar contra el régimen por las
condiciones del país. Mohamed Bouazizi falleció el 4 de enero de 2011. Diez
días después, el presidente Ben Ali renunció dando paso a una transición
democrática después de 23 años liderando un régimen autoritario.