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jueves, 4 de junio de 2009

Sobre un debate que no fue...

Apenas se supo de la posibilidad del debate entre Chávez y Vargas Llosa, un entusiasmo colectivo comenzó a generarse. "Al fin pasa algo interesante en este país..." comentó un amigo en su estatus de FaceBook. "Qué vaina más buena...", colocó otro en Twitter. En verdad la perspectiva de un debate entre dos pesos pesados de las ideas, prometía una oxigenación importante de nuestro anquilosado mundillo político, que revoluciona (pero en círculos) sobre los mismos conceptos y lugares comunes día tras día.

Los debates son quizás los más eficientes y deseables instrumentos de educación política. La comunicación política descansa, con demasiada frecuencia, sobre la publicidad, cuestión que la hace muy costosa y que, además, tiende a banalizar los conceptos y argumentos por la imperiosa necesidad de transmitirlos en 20 o 30 segundos. Un debate, en cambio, suele generar enormes expectativas y grandes audiencias, en un tiempo de TV gratuito para los participantes. Los debates enseñan, cultivan y forman ideológicamente a los electores. Quizás por esa razón son promovidos por las instituciones electorales de buena parte del mundo democrático y asumidos como tradición política por gran parte del electorado hispano, tal como ocurre en España, México y Perú, por citar sólo tres países cercanos.

No es el caso de Venezuela, empero, donde los debates han sido más bien escasos. En los últimos años Venezuela ha sufrido la lamentable carencia de debates políticos de alta audiencia. El último que recuerdo fue el del entonces candidato Chávez contra Claudio Fermín a inicios de 1998. Antes habíamos presenciado un muy polémico debate entre Caldera y Lusinchi, y, mucho antes, otro entre Caldera y Uslar Pietri. En la última década, pródiga en cambios institucionales, han sobrado los gritos e insultos, pero ha faltado el debate democrático.

A mi juicio el presidente Chávez perdió una oportunidad histórica irrepetible al retractarse de participar en el debate. Un debate entre Chávez y Vargas Llosa hubiera generado un gran interés global y una altísima audiencia en todo el continente y en España. De seguro unos 300 millones de televidentes hubieran seguido el espectáculo. Y de forma similar a como se comporta cualquier audiencia, una tercera parte de ella, o unos 100 millones de almas hubieran terminado el debate sintiéndose convencidos de Chávez y su revolución bolivariana. Otros cien millones hubieran quizás dudado de las bondades revolucionarias y sus resultados finales, pero hubieran tenido la certeza de que un hombre que se presta a debatir no puede ser un dictador. Finalmente, claro, otra tercera parte de la audiencia hubiera concluido la función rechazando a Chávez y todo lo que él representa con más fuerza que nunca. Pero el balance, para Chávez, hubiera sido claramente positivo: se hubiera lavado la cara de dictadorzuelo ante 300 millones de espectadores y hubiera tenido a buena parte del mundo hablando de él, cosa que le suele gustar bastante...

Además, como un subproducto de ese debate que no se dió, Chávez hubiera logrado, a nivel interno, fortalecer y cohesionar a sus simpatizantes, cosa no menor en estos tiempos de cierto desapego dentro del chavismo. Porque a diferencia de lo que mucha gente piensa, los debates no suelen cambiar las opiniones de la audiencia. Su efecto es, por el contrario, reforzar las pre-concepciones ideológicas y el apego a las previas simpatías.

Por otro lado, al aceptar Vargas Llosa debatir en el Salón Ayacucho del Palacio de Gobierno, tal como había propuesto el presidente, aceptó también debatir en el terreno de Chávez, elemento que le daba una ventaja de arranque al presidente de marras. Muchas son las variables logísticas que intervienen en el desempeño de los participantes en un debate político: la puesta en escena, el formato físico, la escogencia del moderador, la estructura, el orden de las intervenciones, la capacidad de acceso a la prensa, la forma de cobertura, y un largo etc. El manejo cuidadoso de todas estas variables puede otorgar ventajas a uno de los participantes en perjuicio del otro. El control de las variables caía del lado de Chavez al haber aceptado Vargas (equivocadamente a mi juicio) debatir en el propio palacio de gobierno.

Por último, a todo debate lo anteceden una serie de percepciones y expectativas. Es muy probable que las expectativas globales previas del público fueran mayores hacia Vargas que hacia Chávez, por tratarse Vargas Llosa de un intelectual de gran prestigio y quilates. Ello hubiera sido otro factor a favor de Chávez, quien es un experimentado y carismático orador, y cuyo desempeño hubiera resultado, sin duda, superior al que las expectativas previas auguraban. Altas expectativas suelen generar percepciones de bajos desempeños, y viceversa. Y en debates políticos los ejemplos sobran: Caldera contra Lusinchi en 1983, Bush hijo contra Al Gore en el 2000, Fermin contra Chávez en 1998, o el mismo Vargas Llosa contra Fujimori en 1990

Objetivamente, Chávez tenía todas las de ganar. Y sin embargo... no iba a ser fácil debatir contra Vargas Llosa, una de las cabezas mejor estructuradas del planeta. A mí también me hubiera dado pánico...
Carmen Beatriz Fernandez
http://www.e-lecciones.net

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