Siempre me ha gustado la música y la disfruto. Es más, considero que la música es salud, y tiene muchos ángulos esta perspectiva: desde la música como mejoría para el foco de atención, ya hemos visto los estudios sobre música barroca y aprendizaje, la música como relajante y anti estrés, y la música como expresión de los sentimientos emociones y mensajes, además de muchos otros aspectos que esta vez no mencionaré. La música puede ser terapéutica en muchas dimensiones hoy comentare sobre mi experiencia terapéutica para cerrar ciclos.
Con la diáspora venezolana y más de 8 millones de venezolanos alrededor del mundo, cuando escuchamos nuestra música esa que lo lleva a uno al sentimiento nacional como bien dice por cierto la canción de Guaco, se le pone a uno el corazón chiquitico. Gaitas, joropos, polos margariteños hacen que recordemos la geografía nacional y su gente. Una hermosura pues. Pero, además, hay canciones, o géneros más modernos y de nuevas generaciones que bien le hacen poner a uno el corazón igualmente chiquitico y la nostalgia entra.
Una de estas piezas la descubrí verdaderamente en junio, cuando mi hermano Adolfo, baterista, arreglista, compositor, y ahora cantante, presentó su disco #irrepetible (@adolherrera en IG), un original compendio de música con referencias audiovisuales donde expuso temas claves y complejos para el ser humano: la luz, la belleza, humanum, la muerte, pero también habló de Caracas, nuestra ciudad natal.
A partir del concierto de Irrepetible, vengo «trabajando» conmigo misma el hecho de que mi ciudad, mi país cambió. En el futuro, quizás tengamos una versión de la ciudad mejorada, pero siempre será diferente.


