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jueves, 24 de noviembre de 2011

Sobrevivir con 78 años a Cadivi y la banca en Venezuela


Por Golcar, 22/11/2011

Para que tengan más claro lo que voy a contar en este relato kafkiano, haré una corta descripción de los personajes que intervienen para que puedan tener una visión más completa de lo que narro en este post.

Se trata de 2 viejos. El de 78 años. Su esposa de 76. El solo tiene la cuenta bancaria donde le depositan su pensión del Seguro Social, que no sirve más que para ese fin, y una que no utiliza ni sabe cómo hacerlo en el banco Provincial que se abrió para poder tener una cuenta en la que Fogade le depositara 2 mil bolívares que era todo su capital y que corría el riesgo de perder a manos del Estado cuando este le puso sus garras al desaparecido y metamoforseado en Bicentenario, banco Federal.

Ella tiene dos tarjetas de crédito de las que solo sabe que puede sacarlas para comprar y una cuenta corriente en el Mercantil que le quedó de los tiempos en que trabajaba en un colegio. De todo esto, la señora no tiene ni idea de cómo se maneja y ni siquiera sabe prender una computadora y entrar a internet. Es más, por más que hemos buscado mil formas de explicarle cómo funciona la adjudicación de los dólares de Cadivi, no hay manera que lo entienda. Ha llegado incluso a preguntar, dentro de su confusión, de cuánto es el bono que Cadivi le aprobó.

El tercer personaje en esta historia es el “nalgasprontas” que escribe, quien se ofreció a ayudarlos para hacer los trámites bancarios para solicitar los cupos de Cadivi, de manera que pudieran llevar cada uno 500 dólares en efectivo y activarle el cupo de compras con tarjeta en el exterior a la señora, para un viaje que les regaló su hija que vive exiliada en Estados Unidos y quien quiere, luego de casi 3 años sin verlos, pasar una navidad junto a ellos.

Por razones que escaparon a los viejos y a mi, la renovación de sus pasaportes se retrasó y vinieron a tener en sus manos el nuevo documento cuando ya estaban en el límite de tiempo establecido para hacer los trámites de Cadivi. O sea, la carrera de obstáculos que debíamos emprender era, además de ardua, contra reloj. Por esa razón, y tomando en cuenta lo engorroso que resulta hacer las correspondientes carpetas para las solicitudes y para evitar perder tiempo por errores cometidos debido a mi falta de pericia al organizar las benditas carpetas, decidí contratar los servicios de un experto en la materia, quien me cobraría unos 350 bolívares por tenerme las carpetas hechas tal y como las exige Cadivi.

(Si quien lee esto vive en un país desarrollado y del primer mundo, o en uno subdesarrollado pero sin control de cambio, le suplico no intentar entender nada, solo lea y no se complique la vida porque ni los venezolanos terminamos por entender nada. Si tiene algún venezolano al lado, pídale que le trate de explicar de qué carajo estoy hablando.)

Al día siguiente de contratar el experto, me llama y me dice:

-Hay un problema. La señora está registrada en Cadivi y necesitamos el correo electrónico y la clave con los que hicieron el registro para poder hacer la solicitud.

¡Empezó Cristo a padecer!

Recordé que, efectivamente, hacía unos 3 o 4 años, a ella le habían hecho el registro para comprar unas cosas por internet, pero ni ella, ni yo, ni siquiera quien la registró, teníamos la más mínima seña de los datos. Intenté con todos los posibles correos que se me ocurrieron y nada. Consulté a Cadivi vía e-mail y por twitter para ver qué se podía hacer en ese caso y nunca respondieron. En la noche, por fin, me avisó la hija de la señora que había una forma de pedir cambio de correo, me dijo que uno debía, para tal fin, descargar una planilla de la página de Cadivi y llevarla al banco.

A la mañana siguiente me fui donde el experto y le comenté lo que debíamos hacer. El me contestó:

-Sí. Hay que hacer una carpeta como las de Cadivi con la planilla y copia de Cédula y otros documentos y llevarla al banco.

-Para luego es tarde -dije-. Hágame la carpetica para el Mercantil y, mientras, yo voy a pedir la cita en línea al Provincial para pedir los dólares del viejo que se hará por ese banco.

Nos pusimos manos a la obra inmediatamente, el tiempo corría y los lapsos impuestos por el régimen de administración de divisas se nos echaban encima, pero resultó que la página del banco Provincial no me daba la opción de solicitud de efectivo para viaje. Me lancé al banco, mientras el experto me terminaba la carpeta. Llegué a la taquilla y la respuesta fue:

-Si el señor no tiene tarjeta de crédito, la página no le da la opción porque para solicitar el efectivo tiene que solicitar el cupo de tarjeta primero.

-¡No puede ser! -digo asombrado- ¿o sea que no puede el viejo pedir sus 500 dólares para viajar?

-Tendría que hacerlo por un banco del Estado, en vista de que no posee tarjeta de crédito con el Provincial -fue la seca respuesta que recibí.

(Después me enteré que esa es una resolución que al parecer comenzará a regir a partir de enero de 2012 y que no sé por qué motivo el BBVA Provincial ya empezó a aplicar. Le consulté por Twitter a la entidad bancaria al respecto y aún espero respuesta.)

Mientras iba a buscar la carpeta del cambio de correo para llevarla al Mercantil, llamé a un amigo gerente de un Bicentenario y le comenté lo sucedido con la solicitud de efectivo para el viejo. Me dijo que, efectivamente, por su banco se podía hacer pero necesitaría abrir una cuenta bancaria allí.

-Para “aperturar” (dijo, como dicen en la jerga bancaria) la cuenta necesita: dos referencias personales con fotocopias de las cédulas de identidad de quienes la firman, copia de la cédula del titular y un recibo de algún servicio a nombre del viejo.

Le expliqué que el único recibo de servicio que tienen es el de electricidad y está a nombre de su esposa. Tienen una línea prepago de teléfono que funciona con tarjeta, y el servicio de televisión por cable está a nombre del hijo que vive en el apartamento de arriba.

-Tendría que traer el acta de matrimonio- Dijo.

Pensé: “¡Hace 58 años que se casaron en Nicaragua! No me veo llamando a nadie en Centroamérica para que me consiga el documento y, además, no tengo tiempo. Tengo que conseguir otra solución”

-Gracias, amigo. Ya veré cómo soluciono. -Le dije y colgué recordando que mes y medio atrás, en Estados Unidos, abrí en 20 minutos una cuenta con 100 dólares y el pasaporte, sin más problema que el que me podía suponer el uso del inglés.

Aparté por un momento el caso del viejo, agarré la carpeta de cambio de correo que ya estaba lista y me enrumbé al banco Mercantil a esperar con la vieja 3 horas a que llegara nuestro número para ser atendidos.

Para continuar leyendo haga clic aquí==> https://docs.google.com/document/Sobrevivir con 78 años...

Texto original publicado por:
http://golcar.wordpress.com/2011/11/22/sobrevivir-con-78-anos-a-cadivi-y-la-banca-en-venezuela/

domingo, 19 de junio de 2011

Repensar la ancianidad


Por Enrique Valiente Noailles, 19/06/2011

Probablemente lo más grave de lo que ocurre con los ancianos no es sólo que se los prive de su derecho a recibir (...); en razón de su no valoración, se los priva de su facultad de dar.

El 15 de junio se conmemoró el Día Mundial de la toma de conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez y el Día Mundial de la Ancianidad. La fecha busca llamar la atención de la sociedad sobre los derechos de la vejez y la necesidad de prevenir y combatir las formas de maltrato y violencia a las que está expuesta.

A la vulnerabilidad natural que caracteriza a esta etapa se agrega un deterioro de derechos elementales de acceso a la salud y a un ingreso decente.


Los adultos mayores pertenecen a un segmento de la población olvidado por las políticas públicas y segregado por sus propias comunidades.

Pero es necesario tomar esta oportunidad conmemorativa no sólo para rechazar toda modalidad de maltrato material a la vejez, cosa indispensable, sino también para reflexionar sobre la deuda creciente que tienen nuestras sociedades para con este período de la vida.

Porque el maltrato que reciben los ancianos es mucho más que puntual: es genérico. Y sus raíces provienen de otro lado. El despojo económico y social al que se ven sometidos probablemente proviene de una corriente mucho más profunda, que es el despojo radical de su valor simbólico y social.

El anciano contemporáneo sufre la vejez como una zona de desprestigio, cosa que no se daba entre otros pueblos y en otras civilizaciones, en las cuales este período de la vida se identificaba con la autoridad y con la sabiduría. Lo curioso es que, mediante su desvalorización, nuestra civilización autocondena una parte cada vez más amplia de su propia vida.

Efectivamente, nuestras sociedades tratan a la vejez como una zona residual, con la que no saben qué hacer, al estilo de los residuos tóxicos o nucleares.

Es coherente, porque la vejez es también comprendida simbólicamente como un desecho de la producción. Nuestras sociedades contemporáneas han entronizado a la producción como valor primario de la vida, y ello genera, como consecuencia, un disvalor profundo para quienes se encuentran al margen de ella.

Los ancianos ya no son respetados ni apreciados por aquella autoridad, y su presencia es percibida como una carga económica y mental para quienes permanecen activos.

Esto representa una novedosa forma de crueldad para con una de las etapas de la vida a la que todos, en el mejor de los casos, llegaremos. La vejez es una colonización reciente de sociedades que no saben qué hacer con los años que han agregado biológicamente a sus vidas. Porque de lo que también hemos despojado a esa etapa de la vida, en el fondo, es de su significación social.

Probablemente lo más grave de lo que ocurre con los ancianos no es sólo que se los prive de su derecho a recibir. Probablemente lo más grave es que, en razón de su no valoración, se los priva de su facultad de dar.

En síntesis, la vejez se ha visto despojada de su función de intercambio social. Y a quien no se le permite dar -a la vez que recibir- se lo condena a una exclusión simbólica que es mucho más profunda que -y acaso sea la matriz de- todo otro maltrato y exclusión.

Publicado por:
http://www.losandes.com.ar/notas/2011/6/19/repensar-ancianidad-575382.asp