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martes, 6 de diciembre de 2016

MUD: Entre el salidismo y el dialoguismo por @FernandoMiresOl


Por Fernando Mires


Recapitulemos:

Como consecuencia del amplio triunfo electoral de la oposición venezolana del 6-D, surgió una dualidad institucional de poderes al interior del Estado. A un lado el Ejecutivo; al otro, la AN. El primero representante de una minoría; el segundo, de una enorme mayoría.

Bajo esas circunstancias el gobierno de Maduro tenía dos opciones. O aceptar la nueva realidad política y coexistir institucionalmente con la AN, o desconocerla.

Mediante la vía del TSJ al cual le fueron conferidos por el gobierno atribuciones anticonstitucionales, Maduro decidió desconocer la competencias de la AN. A la oposición unida no le quedó más alternativa que trabajar por la destitución del gobierno. Cuatro opciones fueron evaluadas: la Renuncia, la Asamblea Constituyente, la Enmienda y el RR16. Después de muy largas discusiones, la oposición optó por el RR16, entre otras razones porque esa alternativa ya había sido adoptada por una gran parte de la ciudadanía (todas las encuestas favorecían con creces a la opción revocatoria)

Desde el momento en el que la opción recayó a favor del RR16, las diferencias al interior de la MUD fueron parcialmente depuestas. Las recolecciones de firmas se convirtieron en proezas, sobre todo en las zonas más alejadas de Caracas. Paso a paso la MUD fue superando, en contra del permanente boicot del gobierno representado por la CNE, a todas las exigencias, aún a las más abusivas. Aceptó incluso de modo tácito la recolección del 20% de firmas por estado, carta última jugada por la CNE para impedir el RR16.


La voluntad revocatoria llegó a manifestarse de modo épico. La Gran Toma de Caracas del 1-S fue una de las expresiones de masas más imponentes de la historia venezolana. El RR16 no solo era visto como una cita electoral: era la consigna bajo la cual la ciudadanía democrática se constituía como pueblo político. En otras palabras, el RR16 iba más allá de la MUD. Era un movimiento político y social a la vez.

Como es sabido, el 20-O, mediante un procedimiento abiertamente dictatorial, el régimen de Maduro decidió liquidar al RR16. Desde ese momento ese régimen dejó de ser constitucional para convertirse en una dictadura de jure y de facto.

La MUD reaccionó frente al “asesinato” (MUD dixit) del RR como debía hacerlo. Con la decisión del 20-O, la lucha de la oposición no solo sería librada a favor del RR16 sino -además y sobre todo- por la defensa de toda la Constitución. En efecto, con la anulación del RR16, el régimen no solo se declaró como ilegítimo. Al haber roto con la Constitución, pasó a ser definitivamente ilegal. La lucha, de ahí en adelante, debería experimentar un salto cualitativo.

A la inversa, la oposición tenía su lado a la mayoría, a la hegemonía, a la legitimidad y por cierto, a la razón constitucional. Si a ello sumamos el creciente descontento social surgido como consecuencia de la política económica del gobierno, hay que concluir en que durante toda la historia del chavismo nunca la oposición había sido más fuerte y nunca el régimen había sido más débil (en todos los terrenos políticos).

El 26-O, durante la multitudinaria “toma de Venezuela”, la MUD manifestó de modo decidido dar la lucha por la defensa de la Constitución. Esa decisión no tardó en reflejarse en el espectro internacional. No solo la OEA, diversos gobiernos del mundo elevaron sus voces en contra de las arbitrariedades de Maduro. El aislamiento interno y externo del régimen no podía ser mayor.

A fin de contrarrestar el rechazo nacional e internacional, ese régimen que nunca había intentado dialogar, ideó a guisa de coartada la opción del diálogo, apoyado por los aliados internacionales de Maduro (Rodríguez Zapatero, Samper y Fernández) quienes – hay que decirlo- contaron con la anuencia de un grupo de políticos de oposición.

La coartada dialoguista de Maduro fue rechazada por la gran mayoría opositora. El RR16 iba a ser defendido en las calles o donde fuera. El día 3-N, convocado por la oposición durante la gran manifestación del 26-O, debería ser el inicio de duras y largas jornadas democráticas y populares en defensa de la Constitución.

Sin embargo, el 1-N, la MUD frenó abruptamente a las movilizaciones populares convocadas. La razón dada fue la intermediación papal reclamada por el propio Maduro. Los personeros de la MUD argumentaron que no podían negarse a una petición papal, toda vez que la misma MUD había solicitado, aunque en condiciones muy diferentes, dicha intermediación.

A fin de conformar a sus seguidores, la MUD, a través de Chúo Torrealba, especificó que el diálogo no significaba abandonar la lucha por el RR16. El diálogo sería, según Chúo, otro espacio más de lucha. Por esas razones, así explicaron sus mentores, el diálogo fue aceptado como una acción a breve plazo. El 11-N y ni un día más, especificó Capriles.

Cumplido el plazo, toda la nación fue testigo de como los llamados logros del diálogo fueron casi todos a favor del gobierno. El objetivo de los objetivos, el restablecimiento constitucional, estaba lejos de ser cumplido. Uno o dos presos políticos recobraron la libertad, los diputados indígenas fueron desincorporados, las acusaciones de fraude de la MUD y la “teoría” de la guerra económica fueron implícitamente aceptadas, y los presos políticos se convirtieron por arte retórico en “personas detenidas”. Un verdadero parto de los montes. Del diálogo solo había nacido un escuálido ratón. No sin cierta razón, el sector anti-diálogo comenzó a hablar de la rendición de la MUD. Aunque acudió a la mesa con el propósito de defender a la Constitución, la impresión general fue que la MUD había cambiado al RR16 por un diálogo absolutamente inútil.

La MUD, ya no se podía negar, había sido entrampada por el régimen. No faltaron los opositores que comenzaron a lanzar diatribas en contra del propio Papa. No obstante hay que tener en cuenta un hecho. Los acercamientos en función de un diálogo precedieron en la MUD a la intervención papal. Con esta última, esa tendencia, a la que aquí llamaremos “dialoguista” (algunos la llaman “timoteísta” en honor a Timoteo Zambrano) solo alcanzó mayor peso y relevancia.

Dicha tendencia dialoguista –coincidiendo objetivamente con los planes de Maduro /Cabello- no aceptó nunca al RR16 como alternativa política. Uno de sus columnistas llegó a bautizarlo como “la salidita del Revocatorio”. Para ellos, el RR16 estaba muy unido a la figura de Henrique Capriles (y cortando al RR podía ser cortado el liderazgo de Capriles). Como suele suceder, los extremos comenzaron a unirse. El fracaso de los objetivos del diálogo alimentaría a las posiciones más radicales dentro de la MUD, la mismas que en el 2014 llevaron a ese estrepitoso fracaso conocido como La Salida.

Hay, en verdad, entre el “salidismo del 2014” y el “dialoguismo del 2016” algunos puntos comunes. Ambos fueron levantados por una fracción dentro de la MUD y, siguiendo a la “política de los hechos consumados”, ambos obligaron a quienes no compartían sus posiciones a seguirlas. Ambos fueron, además, en sus resultados, profundamente divisionistas. Y, por si fuera poco, ambos eligieron el momento menos oportuno para hacer su puesta en escena.
Mientras la Salida-14 surgió en contra de un gobierno formalmente mayoritario, justamente después de la derrota electoral en las municipales del 2013, el Diálogo-16 surgió en contra de un gobierno minoritario, después de un triunfo electoral, justo en el momento cuando la oposición había arrebatado las calles al chavismo. En suma; ambas iniciativas fueron extemporáneas. Y no por último, las consecuencias de ambas fueron pagadas por el conjunto de la oposición.

Nadie, solo un radical empedernido, puede estar en contra de un diálogo. El diálogo pertenece a la política como la sal al agua del mar. De la misma manera, nadie, solo un político adocenado, puede negar la importancia de las luchas callejeras. Pero como todo en la vida, tanto los diálogos como las salidas tienen sus horarios. Equivocar los horarios suele ser normal. En política es fatal.

Hay ocasiones en las cuales es imprescindible dialogar. Por eso no pocas veces la MUD venezolana ha sido comparada con la Concertación chilena. Ciertas similitudes son innegables. Surgidas ambas bajo el techo de dictaduras, agrupando partidos, ideologías y tendencias contrapuestas en torno a objetivos comunes y, por supuesto, obligadas a imprimir civilidad política por sobre la violencia, han sido, la una en el presente, la otra en el pasado, injustamente atacadas por los extremos políticos.

La Concertación chilena, aducen los defensores del diálogo venezolano, también tuvo que dialogar, hacer concesiones y ceder en principios que parecían ser inclaudicables. Pero hay una diferencia. La Concertación se sentó frente a la mesa del diálogo después de haber derrotado a la dictadura en un histórico plebiscito. Plebiscito que no solo fue ganado en las urnas; también lo fue en las calles. La MUD, en cambio, se sentó frente a esa mesa antes de dar la batalla política. La defensa de la Constitución iba a ser esa batalla política.

La oposición no solo perdió el RR16. Perdió además la posibilidad de un diálogo llamado a tener lugar después del resultado de una medición de fuerzas. Cuando sea necesario el diálogo -y en un momento lo será- puede que no haya nada más desprestigiado que la palabra diálogo. Ojalá no sea así.

Cuando son escritas estas líneas, la MUD, debido a que el régimen no ha cumplido con los compromisos contraídos, ha decidido no asistir a la reunión del 6-D. Todo indica que no habrá más diálogo. Suponiendo que alguna vez lo hubo.

Los resultados del llamado diálogo han sido desastrosos para la oposición. Nunca estuvo más unida antes del diálogo, nunca ha estado más dividida después del diálogo. Ha perdido, además, la conexión con las movilizaciones populares. El cuadro que hoy ofrece es el de una indesmentible crisis de representación.

Algunos extremistas piden incluso la cabeza de Chúo Torrealba como ayer pidieron la de Ramón Guillermo Aveledo. En honor a la verdad, si algún error cometió Torrealba, fue el de intentar preservar la unidad en el momento en que el llamado diálogo había convertido a esa unidad en una imposibilidad. Torrealba, por lo mismo, no es el problema. Su tarea es defender la unidad. El problema es la pérdida de una línea política.

Dura tarea tendrá la MUD durante el periodo post-diálogo. En primer lugar deberá restituir dentro de sí a la centralidad perdida frente a lo extremos (salidistas y dialoguistas). En segundo lugar deberá fijar nuevos objetivos. En tercer lugar deberá reconectar su política con el movimiento popular que la apoyó antes del diálogo. Nada de eso será fácil.

Sin embargo la MUD tiene todavía frente a sí a una realidad objetiva: el régimen mantiene secuestrada a la Constitución, el deterioro económico y social alcanza magnitudes inimaginables y Maduro continúa siendo un gobernante impopular, aún dentro de sus propias filas. Y, no por último, la MUD está formada por políticos que, si bien cometen errores, no están dominados por ideologías cerradas como es el caso de los chavistas. De las malas experiencias aprenderán. Todo indica que así será.

Como decían los políticos en el pasado: las condiciones objetivas están dadas. ¿Solo faltan las subjetivas? Ojalá fuera tan fácil.

04-12-16