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miércoles, 13 de noviembre de 2024

¿Quién sabe leer? / Javier Conde @jconde64

 


Hay que decirlo con todas sus letras. Una generación de estudiantes está en avanzado riesgo de pobreza de aprendizaje. Los datos de tres consultas de 2023 y 2024 del ministerio de Educación muestran un panorama desolador. La consideración oficial, sin embargo, observa “ligeras mejoras”. En cualquier caso, por debajo de los niveles latinoamericanos que, según otras mediciones, están estancados en el rango más bajo. Urgencia es una palabra que se queda corta para cambiar esta realidad.

En el panorama desolador de la educación venezolana —millones de niños fuera de las aulas, deserción de maestros, menos días de clase al año, notorio rezago escolar, infraestructura precaria, salarios miserables a los educadores— la noticia positiva, porque muestra el interés por conocer la realidad actual de la educación pública, es que el ministerio de Educación ha producido un informe sobre el rendimiento estudiantil en la educación primaria. 

Identificado como “Avances en los aprendizajes de los estudiantes venezolanos/lineamientos para un plan de mejoras de la educación básica bolivariana”, el informe es el resultado de tres consultas realizadas en octubre de 2023, marzo de 2024 y abril de 2024. Los datos recabados, aún siendo de carácter oficial, son creíbles y son dramáticos. “Me gustaría que fueran mentira”, comentó un experto en el área, conocedor del estudio.  El resultado es que la gran mayoría de los alumnos de tercer y sexto grado en las áreas de lectura/escritura, matemáticas y ciencias naturales se encuentran en el nivel más bajo, y hasta muy bajo, de aprendizaje. 

La conclusión a la que llega el ministerio de Educación es, sin embargo, alentadora. Observan avances en el conocimiento al progresar los alumnos en proporciones modestas del nivel I a los niveles II y III, menos apreciable hacia el nivel IV que, en otras palabras, merecería el rango de aprendizaje competente. El informe admite que hay una “brecha de signo negativo” en las evaluaciones con respecto al ERCE 2019. 

El Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE), coordinado por el Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación (LLECE), bajo la guía de Unesco (la organización de Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura) fue presentado a fines de noviembre de 2021, aunque sus datos corresponden a 2019. Participaron 160 mil niños y niñas de 16 países (Venezuela estuvo ausente) y el resultado es que “persisten los bajos niveles de logro de la región y que, en promedio, no hay avances significativos desde la última evaluación (2013), con apenas casos sustantivos de mejora en Perú, Brasil y República Dominicana.”

La realidad de la calidad educativa venezolana es aún inferior a la evaluación del ERCE. Si aquella es mala, esta que se presenta sería peor. La conclusión oficial es que el porcentaje de estudiantes en el nivel II que cursan tercer grado y en el nivel III de los que cursan sexto grado está por debajo de los estudiantes que lo alcanzaron en el ERCE 2019.  

Claudia Uribe, directora de la Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe de la Unesco, es rotunda al analizar los datos del ERCE que sirven de referencia para la consulta venezolana del ministerio de Educación: “La región se encuentra prácticamente estancada en niveles de logros de aprendizajes muy bajos. Esto pone a una generación en riesgo de no poder desarrollar su pleno potencial”. En Venezuela, varios expertos hablan de una generación perdida en nuestro país. Los datos del informe del ministerio de Educación evidencian, precisamente, que el desempeño de los adolescentes de sexto grado es incluso inferior a los de tercer grado. La posible generación perdida pasa de curso pero no avanza.

El informe

“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Esa frase, cuya autoría es de Nelson Mandela, el líder sudafricano fallecido en 2013, encabeza el prólogo firmado por Yelitze Santaella, entonces ministra del poder popular para la educación, que da entrada al informe sobre las consultas realizadas por el ente oficial para evaluar el avance de los estudiantes de educación básica. 

13% de estudiantes de tercer grado literalmente no lee nada”

Encuesta de Con la Escuela curso 2023-2024″

La escuela, escribe Santaella, es “el epicentro de la calidad educativa donde se genera conocimiento, convivencia, identidad cultural y las necesidades de aprendizajes de sus estudiantes formando un vínculo significativo entre la educación y la realidad social que los rodea”. El deber ser que está muy lejos de los hechos del día a día.

Las Consultas Nacionales de Medición de la Calidad Educativa abarcaron a directivos, docentes, estudiantes y representantes. Para evaluar el desempeño estudiantil se diseñaron pruebas basadas en los actuales planes de estudio y en el currículo de la educación básica venezolana. Además de evaluación de lectura/escritura, matemáticas y ciencias naturales, se indagó también sobre los factores asociados al aprendizaje y habilidades socioemocionales. 

A partir de las respuestas de los estudiantes, los evaluadores establecieron cuatro niveles de desempeño, siendo el uno el más bajo y el cuatro el más alto. El nivel uno, por ejemplo, evidencia que los alumnos son capaces de localizar información explícita, repetida literalmente o mediante sinónimos que se encuentran en un lugar destacado del texto (inicio o final) y claramente distinguible de otras informaciones. Así como extraer conclusiones a partir de conexiones entre ideas evidentes e inferir el significado de palabras conocidas y familiares a partir de claves en el texto. En ese nivel se encuentra la mayoría, y en muchos casos, la amplia mayoría de los estudiantes consultados.

En el nivel cuatro, el más avanzado, los estudiantes muestran evidencias de poder interpretar lenguaje figurado y acciones de personajes en narraciones. También pueden reflexionar y emitir juicios sobre los recursos y características del contenido y estructura de textos literarios y no literarios. Ese rango de aprendizaje es, en las  áreas evaluadas, casi una excepción.

La consulta de octubre se realizó en 593 escuelas con la participación de 10.122 estudiantes. En marzo fueron 326 escuelas y 22.519 estudiantes y en abril 341 escuelas y 29.872 estudiantes. Los alumnos eran todos de tercer o sexto grado.

Resultados  lectura / escritura

El desempeño de los estudiantes de tercer grado muestra un avance entre la primera consulta de octubre del año pasado y la de abril de 2024.  Para el inicio del curso escolar 2023-2024 la primera prueba evidenció que 84,2% de los alumnos estaban en el nivel I, 4% en el II, 3% en el III y 9% en el IV.

En marzo, 50% estaban en el nivel I, 9,7% en el nivel II, 12,3% en el tercero y 27,9% en el IV. En abril sigue la mejora en los niveles I y II (55,7% y 10,18%, respectivamente) pero baja en el III y IV (8,6% y 25,5%).

Los estados con mayor porcentaje de estudiantes en el nivel IV son Sucre (48,3%), Táchira (48,2%), Falcón (43,7%), Delta Amacuro (36,3%), Barinas (34,1%), Yaracuy (33,3%) Miranda (33,2%), Mérida (31,9 %) y Nueva Esparta (31,3%). Las otras 15 dependencias están por debajo del 25,5% de promedio nacional.

Los que tienen el más alto porcentaje de estudiantes en el nivel I son Cojedes (79,6%), Amazonas (76,5%), Portuguesa (71,1%) Guárico (69,9%) y Distrito Capital (68,9%). Otros nueve estados muestran porcentajes superiores al 55,7%, que es el promedio nacional del nivel I según la consulta de abril.

La evaluación del informe indica que hubo una mejora en los estudiantes de tercer grado en la comprensión lectora y conocimiento textual y desarrollo de habilidades en cuanto a comparación de escritos, relaciones conceptuales, juicios de valor y emisión de opiniones sobre textos.

Los resultados de sexto grado son claramente aún más deficientes, lo que se corresponde con la valoración de los datos del ERCE en el sentido de que la generación que pasa de curso en curso arrastra una pérdida de conocimientos significativa. El informe advierte que el desempeño de este grupo se vio más afectado por las dificultades derivadas de la pandemia de los años 2021 y 2022.

“Los estudiantes de sexto grado se encuentran en un proceso pausado de aprendizaje”

miércoles, 31 de julio de 2024

Fraude colosal en Venezuela / Javier Conde @jconde64

 


Al mediodía del 29 de julio en Caracas, doce horas después del anuncio del presidente del Consejo Nacional Electoral, Elvis Amoroso, que concedió la victoria en las elecciones venezolanas del domingo al candidato a la reelección Nicolás Maduro, no hay una base de datos de los resultados publicada por el organismo electoral que permita verificar en cada una de las 30.026 mesas cómo se desarrolló la votación y el respectivo escrutinio.  

La información anunciada por Amoroso -un declarado miembro del partido socialista en el poder- que da 5.150.092 votos a Maduro y 4.445.978 votos a Edmundo González Urrutia, el candidato presidencial de la unidad opositora, es un resultado insostenible e inauditable. Es decir, ¿de dónde salieron esas cifras? ¿cuál es su soporte? ¿basta la palabra de Amoroso para darle autenticidad a una jornada electoral en la que participaron más de diez millones de electores con muy visibles manifestaciones en los centros de votación de apoyar en su mayoría el cambio político?

Durante años, el gobierno de Maduro ha sostenido que el sistema electoral automatizado venezolano «es el más confiable del mundo» pero en el veredicto de una elección crucial para la superación de la profunda crisis política y social del país sudamericano, no hay ni un solo dato verificable.

Lo registrado en actas que se desconocen fue sustituido por la palabra del presidente del organismo. ¿En qué país se aceptaría semejante desenlace en la noche electoral? Solo en uno, como Venezuela, donde hay un poder autocrático dueño de todas las instituciones y, en particular, del Consejo Nacional Electoral.

Algo tan inaudito e inimaginable solo puede llamarse fraude. Un fraude colosal que pretende revertir una derrota por avalancha en una victoria corta pero suficiente que le dará a Maduro seis años más en el poder, en un país destruido, que ha padecido hambre por años, un éxodo nunca visto en su historia que ha arrojado fuera de sus fronteras a más de ocho millones de ciudadanos y la más feroz persecución política contra activistas y dirigentes políticos y sociales.

La mayoría de las encuestas serias reconocidas en Venezuela daban como claro ganador a Edmundo González Urrutia con una media de intención de voto favorable superior a los 20 puntos. ¿Pudieron equivocarse de una manera tan desproporcionada todas ellas?

La masiva concurrencia a las urnas desde las primeras horas del domingo –hubo registro de que muchos votantes aguardaron a las puertas de los centros de votación desde el sábado en la noche– ¿fue para ratificar a un gobierno que ha puesto a Venezuela a la cabeza de las listas mundiales de inflación y de pobreza? Un pensionado por la seguridad social recibe como compensación mensual 3,56 dólares.

Hay suficiente data visual que circuló por las redes sociales durante el domingo que da cuenta de los cánticos en centros de votación: «este gobierno va a caer».  Ciertamente no cayó, porque Maduro y su círculo jugaron la peor de las cartas que ha sido desconocer la voluntad popular.

La pregunta lógica es si hay registro de esa voluntad popular. Antes, el gobierno tendría que probar que ganó de manera transparente la elección, que es lo que le están exigiendo la mayoría de gobiernos democráticos del mundo, incluyendo la cancillería de España. La líder de la oposición democrática, María Corina Machado, aseguró la noche del domingo, que estaban en posesión del 40% de las actas del escrutinio electoral, que se correspondían con el 100% de las actas transmitidas, antes de que el CNE interrumpiera el sistema de transmisión y poco después anunciara la victoria de Maduro.

Ese 40% de actas en poder de Machado y sus aliados ofrecen una proporción de votos favorable a Edmundo González de 70 a 30. ¿Es posible pensar que en el 60% de actas no transmitidas, y por tanto desconocidas, los electores pudieran votar en un sentido totalmente contrario? Sería un fenómeno estadístico incomprensible y nunca visto.

sábado, 29 de junio de 2024

¿Por qué nos ha(n) mentido tanto?: poder, periodismo y libertad / Javier Conde @jconde64

 


Poder y libertad parecen no entenderse demasiado, aún en sistemas democráticos. Pero, pareciera peor aún, que el concepto de libertad sea restrictivo para los propios periodistas. Valdría la pena preguntarse, en estos días que se celebra este oficio acorralado, y después también, si en verdad el derecho a la libertad de expresión y de prensa está asumido como un derecho fundamental, como al derecho a la vida, por ejemplo

Dice la Real Academia Española que este asunto del periodismo consiste en obtener, tratar, interpretar y difundir informaciones por cualquier medio escrito, oral, visual o gráfico. Una definición aséptica, el periodismo debe ser un dolor de muelas para el poder. Un curtido hombre de medios, que quizás le diga poco ahora a las nuevas generaciones, Armando Durán, director de medios, analista, profesor de literatura española en una universidad del imperio años, sostiene que el periodismo tiene que ser contestatario. De lo contario, no es periodismo. ¿Se acepta el periodismo contestatario, más allá de este período tenebroso que vivimos; por ejemplo, en una simple sociedad a la que baste llamar simplemente democrática?

Hace un año el cara a cara entre un periodista y un político pone en evidencia que un periodista sabe lo que busca y un político acepta el desafío. No es para nada lo usual. Uno, Carlos Alsina, conductor del programa Más de Uno de la cadena española Onda Cero, El otro,  Pedro Sánchez, el presidente de gobierno en funciones y en campaña para seguir siendo el presidente de gobierno. Escenario: los estudios de Onda Cero.

Aunque es radio, ahora la radio tiene imagen. Pedro Sánchez entra en las oficinas de Onda Cero, camina por su pasillos, con su aire de hombre de poder, lo acompañan directivos del medio. Entran en un pequeño despacho, toman café, es muy temprano esta mañana. En unos minutos, uno está frente al otro. Alsina al centro de la mesa, Sánchez a su izquierda, como corresponde a quien aborrece a la derecha. “Buenos días, presidente”, “Buenos días”.

 —      Cuando usted se mira en el espejo, ¿qué ve?

—  Lo que ha sucedido en España en particular en estos últimos cuatro años es tan inédito por complejo, por disruptivo, una pandemia, con la cantidad de compatriotas que han perdido la vida; una isla, la de Palma, en la que sucede una catástrofe natural como la erupción de un volcán; ahora la peor crisis humanitaria y con consecuencias que todos los españoles y españolas están sintiendo en sus bolsillos. Yo creo que se tiene que interpretar bien, correctamente, el momento que vive España…

  —  Cuando usted se ve a sí mismo…

— Yo no me veo a mí mismo, ni interpreto las cosas de esa manera, Don Carlos. Lo que hago es ser consciente de la responsabilidad que uno tiene como presidente de gobierno, tratar de acertar. Lógicamente ha habido materias en las que he cometido errores, pero trato de acertar y gobernar para las mayorías sociales…

—  ¿Se ve a sí mismo como una persona fiable?

 — Hombre, yo creo que los hechos están ahí. Hemos sufrido dos crisis muy poderosas, mucho más disruptivas en términos sociales y políticos, como son la pandemia y la guerra ahora mismo en Ucrania, y creo que el desempeño de este gobierno, gobierno, insisto,  que es el primero de coalición en la historia democrática de nuestro país,  ha sido capaz de recomponer consensos rotos durante la crisis financiera y liderar el crecimiento de Europa, merece un notable como calificación.

—  Se lo pone usted el notable a sí mismo... Tengo interés, presidente, en cómo se ve usted a sí mismo y saber si usted se ve a sí mismo como un hombre de palabra, como un hombre con principios.

— He tratado siempre de cumplir con mi palabra.

    — …Como un hombre sincero.

    —  Trato  de serlo.

   —Y por qué nos ha mentido tanto entonces…

   —  Dígame usted en qué…

jueves, 20 de junio de 2024

“Nunca aceptes un no por respuesta”: la historia de una maestra enamorada de Venezuela / Javier Conde @jconde64

 


Durante medio siglo construyó una singular obra educativa. Nacida en Nueva Jersey, nacionalizada en Caracas, Elizabeth Connell Burke, murió hace unos días en Costa Rica. Una mujer tenaz que desde un garaje levantó un colegio de mil alumnos con una idea obsesiva: formar individuos íntegros, reflexivos, creativos y felices en un ambiente multicultural

La gente que hace país se suele ir de este mundo sin hacer ruido. Elizabeth Connell Burke tenía 88 años y medio cuando sufrió un ataque cardíaco. “Se fue tranquila, sin tubos ni cuidados médicos”, dice su hija Alexandra. Tenía 88 años y medio, había nacido el 5 de diciembre de 1935 e iba al gimnasio para mantener la tonicidad de su cuerpo y la mente activa.

Desde la pandemia solo acudía a la Connell Academy, su nuevo proyecto en el país centroamericano, para leerle cuentos como una abuelita a los alumnos más pequeños. “Le fascinaba la lectura, también la música, los idiomas y la playa”, recuerda la hija. “Nunca levantaba la voz, aún para proferir un regaño”, dijo el padre Pepe en su funeral. Sus cenizas ya están en Caracas, su casa -su vida- desde principios de los años sesenta del siglo pasado.

Séptima de nueve hermanos, Elizabeth Connell fue la aventurera de una familia de estirpe irlandesa establecida entre Jersey City y Sea Girt, un pequeño poblado de la costa de Nueva Jersey. “Yo sabía que Betty -como la llamaban- iba a hacer una cosa loca, como casarse con un extranjero”, profetizó acertadamente un familiar. Mientras estudiaba Letras en Columbia University conoció a Ronald De Souza, un inmigrante de ancestros portugueses, de Madeira, e italianos, de Nápoles, nacido en Trinidad y que había concluido sus estudios de bachillerato en Estados Unidos, se hizo ciudadano americano, se alistó en el ejército que lo destinó a Alemania y después, de regreso, conquistó a nuestra protagonista charlando de literatura y preparándole unos sándwiches que a ella le encantaban.

Nunca concluyeron sus estudios porque en diciembre de 1960 se casaron y decidieron viajar a Venezuela a conocer a la familia De Souza, ya residenciada en el país. Antes de Columbia, Elizabeth Connell se había formado en lo que entonces solían formarse las mujeres: mecanografía y secretariado, para ser asistente en alguna oficina pública o privada. Poca cosa para su genio inquieto. Se produjo entonces el segundo flechazo: quizás fue el verde del Ávila, ese azul inmenso del valle caraqueño o, con más seguridad, el aire desenvuelto y los matices de sus gentes, venidas muchas de otras partes, como ella, lo que la hizo -los hizo- afincarse en el país.

De Souza, que aún vive, hablaba muy bien inglés y español, algo también de portugués y francés. Así que dio clases de idiomas y fue un intérprete muy apreciado en canales de televisión en las transmisiones de los viajes del programa espacial Apolo y del Miss Universo. Una de sus tantas alumnas, María Cristina Angelino de Blanco, perfeccionó el inglés con su guía en el Centro Venezolano Americano (CVA) para poder atender una beca que se había ganado para cursar estudios de especialización en endocrinología en Estados Unidos. “Conocí y traté a los padres y hermanas de Elizabeth en Estados Unidos y a mi regreso nos hicimos muy amigas, de idas a la playa, de compartir con los hijos. Fue una guerrera toda su vida”, dice Angelino de Blanco.

Establecida en Caracas, Connell Burke trabajó para la embajada de Canadá y comenzó a dar clases particulares de inglés. Luego en colegios: El Peñón, Emil Friedman, La Concepción, Colegio Americano, Teresiano. En septiembre de 1972 alumbró la idea de abrir un kinder. Alquiló el garaje de la casa de un amigo, en la calle Paso Real de Prados del Este, y empezó a dar clases en tres idiomas: español, inglés y francés, además de música. “No tenía un plan de hacer un colegio de las dimensiones que tiene hoy, la demanda fue la que impulsó el crecimiento”, precisa su hija, entonces de once años. Y bautizó su iniciativa como Centro Integral Simón Bolívar. 

miércoles, 13 de marzo de 2024

Yo quiero ser sustituto / Javier Conde @jconde64

 


Después de una vida en el periodismo, me he dado cuenta de que es mejor declararme sustituto. Para lo que sea. Ya he empezado. Sueño con ser candidato presidencial siempre que me ofrezcan posibilidades de ganar. Parece que hay chance, si uno es potable.

Estamos en el año 2054. No se asusten: Maduro ya no manda. Tom Greer, que a la vez es Bruce Willis, vive en un mundo perfecto. Por primera vez en años debe abandonar su hogar y salir a la calle. La mayoría de los humanos ha vivido a través de sustitutos desde hace una década y media. Cada quien controla a su sustituto desde la comodidad de su sillón casero, con el poder de su mente y el avance tecnológico. El mundo se ha vuelto más seguro porque gracias a los sustitutos -que combinan las fortalezas de las máquinas con la belleza del cuerpo humano, dice la promoción- se puede vivir la vida que siempre se imaginó, sin riesgo ni peligro físico. Pero hay un problema: se ha producido el primer asesinato en 15 años. El sistema soñado se puede derrumbar.

Hay diálogos interesantes, a pesar de que esta historia concebida en 2009 no contó con las simpatías del público. Tenía todo para imponerse en el gusto popular pero, qué cosa, fracasó.

“Nos enfrentamos a una situación sin precedentes, no podemos permitir que la gente crea que usar un sustituto es peligroso”, dice una voz.

“Sobre todo si es cierto”, le responde otra.

“Tienes suerte, estás vivo gracias a que se desconectó”, le explican a Greer, que es un detective con una vida sombría por haber pasado tanto tiempo sentado en aquel sillón de mandos.

“Quiero saber cómo se puede matar al operador a través de la señal de su sustituto”, pregunta con audacia.

“Si eso fuera posible se iría contra la esencia de los sustitutos”, le advierten de los riesgos.

“¿Cómo paro esto?”, insiste,

“Desconéctate, creo que va a pasar algo”, le dice una voz demasiado inconformista.

…/…

Gracias al régimen, y aún a pesar de las carencias que aburridamente se critican, estamos en el futuro. Una legión in crescendo quiere ser sustituto. Yo también. Me imagino, por ejemplo, viviendo la vida de un candidato presidencial con muchas posibilidades de éxito. Lo dicen todos, nadie lo duda, la victoria está ahí mismito. Al contrario del desconcertado Tom Greer, hay que evitar desconectarse. El operador se queda en casita, oculto, nos nutrimos de su energía, de su emoción, de su fuerza. Y los votos, clarísimo. Lo demás son unos ajusticos por aquí y por allá. Puedo resultar muy potable. No soy un robot antisistema, no pretendo derrumbar nada, soy sensato, me he caletreado las instrucciones de los analistas imparciales: “aunque no son humanos, no hay que cortar cabezas, lo importante es seguir jugando. No se te ocurra desconectarte”. Caramba, ¿dónde puse el teléfono de María Corina?

martes, 16 de enero de 2024

Óscar Pérez: la ejecución de un sublevado / Javier Conde @jconde64

 


Un lunes como este 15 de enero de hace seis años, se produjo uno de los hechos más violentos del período de Nicolás Maduro. Óscar Pérez, inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), con 15 años de servicios destacados, caía abatido junto a seis personas más en lo que se ha conocido como la Operación Gedeón o, más apropiada y cruelmente, “la masacre de El Junquito”. Rodeados por más de 500 hombres -militares, policías y algún miembro de los “colectivos armados”-, de nada valió la reiterada decisión de rendirse. El régimen mostró su rostro más fiero.

Las últimas imágenes de Óscar Pérez en vida lo muestran ensangrentado, pidiendo a gritos que dejen de disparar porque se va a entregar. Está sentado en el piso de la casa donde se refugia, que ingenuamente llama “la fortaleza”, intenta grabar un video y la cámara capta la mirada perdida de un hombre que sabe que lo van a matar. Lo dice: “nos quieren asesinar”. Antes, o quizás un poco después, aún tiene tiempo para mandar un mensaje a su esposa Danahis y a sus hijos Sebastián, Santiago y Derek. “Esto lo hago por ustedes. Los amo”. El cerco comenzó alrededor de las cuatro de la madrugada de aquel lunes 15 de enero de 2018. Al mediodía todo había acabado: los siete emboscados -seis hombres y una mujer- yacen muertos. Todos menos uno con tiros en la cabeza.

La vivienda que ocupaban Pérez y su reducido grupo -“una célula terrorista”, esgrimen los voceros del Gobierno- queda absolutamente destruida, como consecuencia de la explosión de varias granadas disparadas por un lanzacohetes antitanque RPG, de factoría soviética para más señas. La foto de la casa con un boquete enorme y los techos caídos, los videos de las explosiones que hacen retumbar las paredes y levantan una humareda densa y blanca, aún pueden verse en Youtube. Al fondo se oyen las voces de soldados y policías sorprendidos celebrando los impactos. “Mamhu…”, y sigue una risotada.

“¿Qué ocurre en medio del amplio despliegue militar y policial que lo cerca?, ¿se conocerá la verdad algún día?”

Pérez y sus hombres -aún no estaba con el grupo Lisbeth Adreína Ramírez Mantilla– ocupan la vivienda, en la que morirán, en algún momento antes de la Navidad de 2017. Una imagen -todo se cuenta por las redes, aún tratándose de un grupo perseguido- de la Nochebuena los muestra reunidos en torno a una mesa en la sala de la casa. Es un selfie grupal que toma Daniel Enrique Soto Torres -un recién graduado de un programa de comunicación social de la Universidad Rafael Belloso Chacín de Maracaibo, que tenía planes de irse de Venezuela-, y que va acompañada de una  leyenda trágicamente profética: “la última cena de Navidad (pan, queso y jugo de melón) de nuestros guerreros”, según consta en un amplio y documentado informe de Bellingcat, un colectivo (pacífico, no de los otros) internacional independiente de investigadores y periodistas ciudadanos.

Cómo llegó Pérez y su grupo hasta esa vivienda, donde acabará a sangre y fuego la aventura iniciada seis meses atrás, es un misterio, aún cuando en el transcurso de la persecución al inspector policial sublevado se detuvo a un hombre en Caricuao que aparentemente era el dueño del inmueble. La “fortaleza” era en verdad una casa como cualquier otra del sector Araguaney, que se abre a la izquierda en el kilómetro 16 después de pasar El Junquito, y unos kilómetros antes del Junko Country Club. Es una ladera con casas desparramadas que miran hacia Caracas y hasta donde llega el rumor monótono, como un eco permanente, del tráfico capitalino.

Desde principios de enero, de acuerdo al informe citado y a comentarios de vecinos posteriores a los hechos, había un inusual movimiento de seguridad en la zona. ¿Lo captó Pérez y su gente?, ¿tenían algún apoyo en el lugar, previeron rutas de evacuación? No hay pistas al respecto y lo más cierto es pensar que fueron sorprendidos por el gigantesco despliegue militar y policial que los acorraló. El reto lanzado el 27 de junio de 2017 -ya abordaremos el episodio- los sobrepasó, quizás por una mezcla de sobreestimación de su fuerza y del impacto de sus acciones y una subestimación del contrario, dispuesto a aprovechar la ocasión para mandar un mensaje inequívoco de amedrentamiento y ferocidad disuasiva.

La rebelión

La esposa de Óscar Pérez, Danahis Vivas, entrevistada en Univisión por el periodista Jorge Ramos, vestida de riguroso luto, cuenta que lo último que supo de su marido fue el audio de despedida que le envió desde la casa de El Junquito minutos antes de ser abatido por el ataque y asalto de las fuerzas militares oficialistas. Nunca, ni ella ni la madre de Pérez, Aminta Pérez, tuvieron la oportunidad de ver el cadáver del inspector policial, y dudan que alguien lo haya visto. Recuerda también que su marido la consolaba durante las protestas públicas de 2014 cuando la veía llorar por lo que estaba pasando en las calles, muy similar a lo que ocurriría durante el año 2017. “Me calmaba y me decía que pronto todo se iba a solucionar”, contó.

Tras 15 años de servicios sin falta en el CICPC, donde llegó al grado de inspector y lideró la División Aérea de la Brigada de Acciones Especial (BAE), Pérez tomó la decisión que lo enfrentaría hasta su muerte con el régimen de Nicolás Maduro. El 27 de junio de 2017 a bordo del helicóptero Messerschmitt-Bölkow-Blohm (MBB) Bo 105CBS del CICPC, en el que solía hacer prácticas, sobrevoló Caracas junto con cuatro hombres desde la zona de La Trinidad, en el sureste de la ciudad, para atacar los edificios del Ministerio de Interior y Justicia y del Tribunal Supremo de Justicia, sin causar ninguna víctima. La versión oficial dice que hizo ráfagas de disparos y lanzó algún artefacto explosivo.

De la unidad aérea colgaba una pancarta con la frase “350, Libertad”, en alusión al artículo constitucional que establece que el pueblo venezolano desconocerá “cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticas o menoscabe los derechos humanos”, que inspiraba también las protestas continuas que marcaron, con numerosas bajas civiles, el año 2017. Pérez publicó un video en simultáneo con su operación en el que decía ser parte de una coalición de fuerzas, en nombre de las cuales, y de la restauración democrática pedía la renuncia de Nicolás Maduro.

Tras el ataque, el helicóptero se desplaza hacia el estado Vargas y es hallado abandonado en una zona de montaña de la población de Osma. Pérez no volverá a aparecer hasta principios de julio cuando publica otro video, él solo, con la bandera de Venezuela y las ocho estrellas a su espalda. Cuenta que él y los hombres que lo acompañaron cruzaron El Ávila, que ya se encuentra en Caracas y dispuesto a emprender la segunda fase de su operación. Llama a la gente a salir a las calles porque de lo contrario con la constituyente que el Gobierno anuncia “se le regalará el país a los cubanos”.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Los días con Teodoro y la batalla democrática / Javier Conde @jconde64

 


Se sabe que fue guerrillero y anduvo clandestino y a su aire, cayó preso más de una vez, se fugó en escapes de película, parió un partido renovador, y dudaba de la inútil unidad con la izquierda borbónica. Lo llamaron reformista, revisionista y hasta traidor. Escribió mucho y bien sobre el socialismo, la superioridad de los iluminados y la Venezuela chavista, candidato presidencial del 6% histórico y ministro salvador. Herido en su MAS, eligió mientras esperaba en la bajadita, teclear día tras día desde un diario a su semejanza –TalCual– por la democracia moribunda: contra la pretensión de uno y los extravíos de otros. Teodoro Petkoff se fue hace cinco años.

Teodoro –así lo llamaban todos– llegaba a las 6:30 am a TalCual, que en sus primeros años de vida se mudó desde los galpones de The Daily Journal en Boleíta, espacio que puso a la orden Hans Neuman, socio a partes iguales de la aventura editorial, a una amplia oficina en el edificio Mene Grande, al lado del Centro Plaza, cedida por uno de tantos amigos del director, y luego al edificio Pascal, unas cuadras más al este, pegado a la primera avenida de Santa Eduvigis. Quedaban dos horas y pico para el cierre de la edición, que debería estar en la calle antes del mediodía. Un vespertino era un castigo diario, solo saldado con sus mordaces primeras páginas.

Saludaba a gritos a los pocos que estábamos a esa hora en el diario, dos o tres periodistas que apuraban las últimas notas, Carmelo Chillida en la edición de los textos, quizás aún con el juego de pelota en el cuerpo al que había asistido en la noche al Universitario y que no paraba de comentar a Héctor Becerra; Oswaldo Barreto rematando hasta el último minuto su columna, y él descargando su fiereza, también su tino, sobre la computadora para parir la nota editorial –la joya de la corona del periódico– al que luego el holandés seducido por el Caribe Kees Verkaik incorporaba su ilustración o, en ocasiones, Shymmy Azuaje se inventaba un montaje como aquel brazo largo con su mano que se estiraba desde el retrato de Bolívar, a las espaldas del caudillo, hasta la boca del desmesurado e infatigable orador del Aló y las cadenas o aquel otro montaje donde la figura del mandatario sonriente sustituía a la de María Corina Machado al lado de George W. Bush bajo el título «Cochina envidia».

A las 8:00 am el texto estaba listo. Escribía rápido, claro, frenético y punzante. Citaba entonces a tres o cuatro a su oficina – Azucena Correa, su secretaría desde los tiempos parlamentarios, acababa de llegar y soportaba el pequeño tumulto– para leer el texto y oír pros y contras, de voces más radicales que las de él –un virus contagioso– que unas mañanas atendía y otras despachaba, con el tono enérgico de un hombre que venía de vuelta de donde otros ni siquiera olían, olíamos.

Teodoro llamó golpe a lo ocurrido en abril de 2002, se opuso al segundo día –al segundo día– a la continuación del paro petrolero, no se retrató en la tragicomedia de la Plaza Altamira, cuestionó la deriva abstencionista, convenció tras bambalinas a Manuel Rosales a que reconociera su derrota en 2006 –fue una paliza– para insatisfacción de la mayoría de un sector que se creía mayoría. ¿Se equivocó? Nadie es perfecto, decía Billy Wilder. Tampoco Teodoro. Pero tenía entre ceja y ceja lo que se proponía con TalCual. Desde el final del segundo gobierno de Rafael Caldera, del que fue su ministro de Cordiplan, vio con nitidez la necesidad de un periódico para el combate político. Por eso aceptó ser director del diario El Mundo, de la Cadena Capriles, que revitalizó con su editorial hasta cavar su propia tumba al desatar presiones sigilosas y certeras del nuevo poder en Miraflores.

Menos de seis meses después, el lunes 3 de abril de 2000, aparecía TalCual con su ya emblemático «Hola Hugo». Era director y dueño hasta el final de su existencia, como ocurrió hace cinco años.

¿Habrá sido más feliz que en los días de TalCual? ¿Es una pregunta banal? Disfrutó de una audiencia que quizás antes nunca tuvo, para coger línea de su editorial o para cuestionarlo. No le era indiferente a nadie. El propio Hugo Chávez, tan dado a la sorna y la descalificación, fue cauto al referirse a él.

Su oficina era un hervidero de visitas políticas nacionales y extranjeras. También de periodistas de cualquier parte que querían saber qué ocurría en Venezuela. Nunca dejó de leer, de ir al cine, de escribir – Una segunda opinión (2000), con Ibsen Martínez y Elías Pino Iturrieta–, Dos izquierdas (2005), Solo los estúpidos no cambian de opinión (2006), con Alonso Moleiro, El socialismo irreal (2007), El chavismo como problema (2010), entre otros–. Tenía tiempo para escudriñar las estadísticas de beisbol de su diario, ofrecía la cola con él al volante como un Fittipaldi, y con demasiada frecuencia estampaba en la espalda un palmotazo de incontenible alegría –y dolor– aunque se tratara de la espalda de la siempre risueña Laurita Pérez, no la simpar de Caurimare sino de Cumbres de Curumo. Fina y curiosa diseñadora. Tampoco dejaba de decir «mi llave».

Entre tantas cosas que escribió nada me impactó más –con perdón de Checoslovaquia: el socialismo como problema 1969)– que Proceso a la izquierda o de la falsa conducta revolucionaria (1976), que ya no recuerdo cómo fue a parar a mis manos, alguien me lo prestaría o quizás lo compré en la librería de UCAB Libre, ubicada a la entrada del tercer módulo del edificio aulas de la universidad, donde se conseguía literatura contestataria.

viernes, 29 de septiembre de 2023

Oil Story, la novela “de unos carajos que le quieren sacar real a una petrolera” / Javier Conde @jconde64

 


Diez años después de su última novela, Ibsen Martínez regresa a la narrativa con esta historia de petroleros en un contexto político latinoamericano, que desde la adolescencia intuyó que algún día escribiría. Con la madurez supo que no cabía una épica y que resultaba suficientemente valioso colocar a sus personajes -Jerry, Mayimbe, el “negro” Altuna- en el mundo corporativo de una petrolera para explorar conflictos humanos.

Es 1997, una noche cualquiera del año que presagia el ascenso de Hugo Chávez al poder. Jerry Espinoza, un alto ejecutivo de Petróleos de Venezuela, va a matar de un balazo a un tipo que intenta atracarlo. Un viejo amigo de la juventud -el submalandro Mayimbe- “le come el coco” para arrojar el cadáver a un terreno baldío y luego se convierte en su extorsionador. El desfile de historias y situaciones que discurren a velocidad de vértigo retratan ambiciones, vidas rotas, traiciones y venganzas, en paralelo con el desplazamiento de la élite gerencial y el célebre y fallido paro. Editada por Planeta, en el sello Tusquets, Oil Story cuenta un trozo de la historia petrolera venezolana. Es culta y popular, adelanta su promoción. Y adictiva.

Ibsen Martínez (Caracas, 1951), dramaturgo y periodista, narrador y articulista, pasó parte de su infancia y adolescencia en campos petroleros. Atribuye a ese hecho y a sus padres -Luis Roberto Martínez, trabajador petrolero de impecable inglés, y María Teresa Pimentel, maestra  normalista y gran lectora- que el “oro negro” estuviera siempre entre sus intereses. “Cada uno experimentó en carne propia los cambios que el fin del ciclo del café trajo a nuestro país”, dice el autor de suOil Story, cuarta novela después de El mono aullador de los manglares (Ramdon House – Mondadori, 2000), El señor Marx no está en casa (Norma Bogotá, 2009), y Simpatía por King Kong (Planeta Bogotá, 2013).

Las piezas teatrales La hora Texaco (1985) y Petroleros suicidas (2011), fueron un adelanto temprano de esta historia de petroleros.

“El petroestado tercermundista, latinoamericano, venezolano, adeco-copeyano no estaba en condiciones de sacarle provecho al boom, pero retóricamente sigue siendo bonito decir que hay que recuperar el petróleo para sembrarlo”

Ibsen Martínez

-¿Cómo es el comeback de Ibsen Martínez a la narrativa?

-Mi última novela fue Simpatía por King Kong que se publicó en el 2013 en Caracas. Ese fue un año malhadado para el mundo editorial. Fue el año cuando murió Chávez y también empezó una crisis mía, personal, depresiva, que la saqué a pasear, la traje para Bogotá. Hace cinco años estaba realmente ya muy preocupado por la sequía. Pensaba que esa expresión “el bloqueo del escritor” era una superchería snob de intelectuales, para hacerse interesantes; pero no, efectivamente es un trastorno propio del oficio, sobre todo en la narrativa. Un maleficio que para tratar de resolverlo de una manera que no sea escribiendo es muy difícil. Mi vocación ha sido siempre la de un narrador. De la literatura dramática me he tenido que retirar porque no hay actividad teatral a mi gusto en Venezuela. Volver a la narrativa no me resultó difícil una vez que tomé la decisión y decidí el tema.

-Ha explicado que desde hacía mucho tiempo sabía que escribiría algo como Oil Story. Parece una idea tan novelesca como la novela misma.

-Es una idea que viene desde la adolescencia. Mi papá salía todos los días con una lonchera como en las películas americanas, una loncherita con su almuerzo. No iba para ningún campamento petrolero, sino para las oficinas de una petrolera, su ambiente era estrictamente petrolero. Estoy hablando de los años ‘50. Un amigo que él hizo, muy querido, que después nos adoptó un poco a mi hermano mayor y a mí, pero más a mí, fue un vínculo muy valioso. El señor (Brandon) Hatch era un geólogo, un personaje infrecuente porque era un gringo amistoso con los nativos (jajaja). Culto, melómano, él le dejó unas cosas a mi papá en un momento que volvió a Estados Unidos. Una caja con  libros y discos, pero Hatch murió en aquel espantoso accidente aéreo de Tenerife. Yo me apoderé de la caja, y en la caja estaba un libro que cambió mi vida. Es la historia de Ralph Arnold, el jefe del primer catastro geológico en Venezuela. Arnold y su equipo de 43 geólogos peinaron 18 estados del país en el curso de cuatro años y ahí encontraron Mene Grande, entre otras cosas. Él recabó los testimonios de esos 43 hombres, que son caóticos y contradictorios, en muchos casos; muy exhaustivos, en otros. Escrito en inglés, Arnold está todo el tiempo hablando de localidades venezolanas y están las fotos que tomó, porque era un gran fotógrafo y usó la fotografía como una herramienta de su trabajo geológico. Quizás sean las imágenes más verosímiles y genuinas de lo que era Venezuela en 1911, a cien años de su Independencia. Un país palúdico, enfermo, despoblado, sojuzgado por dos dictaduras. Ese es el país del que habla (Arturo) Uslar Pietri. Éramos un país cafetero y llegó el petróleo, toda la leyenda negra del petróleo, que el petróleo acabó con el café, que si fue una maldición. Cuando estaba leyendo el  libro de Arnold, de adolescente, ahí se desmentía la leyenda negra, porque el país era una mierda. Los geólogos de Arnold estaban recorriendo el estado Falcón en 1912 y se encontraron con una hambruna, una hambruna con todas sus letras. Cadáveres en la calles de Coro y en el istmo también se encontraron cadáveres, de mujeres y niños que huían de la langosta y el hambre. Ese libro me impactó muchísimo, y luego constaté para mi sorpresa que todo lo que se dice que es la novela petrolera, la poca que se escribió y es muy deficiente, es una denuncia alambicada del petróleo, una exaltación de lo agrícola y de lo cafetero que no se correspondía con la realidad. Pensaba entonces que debía saber todo lo que necesitaba saber para escribir sobre este tema. Imaginaba una novela  ambientada en los años cuarenta o cincuenta pero todo muy vagaroso, hasta que ya en la madurez me di cuenta de que no era necesario escribir una épica, que no cabía una épica, sino que el mundo corporativo de una empresa petrolera en funciones era suficientemente valioso para situar ahí conflictos humanos.

-En esta novela Ibsen Martínez dice hallar su verdadero talante de escritor, ¿cuál es su verdadero talante de escritor?

-El verdadero talante para decirlo puntualmente es un tipo que escribe como habla Ibsen Martínez. Es decir, erudito pero amistoso, que se interesa en muchas cosas al mismo tiempo y las escudriña en profundidad. Hay un personaje en Oil Story, que es Altuna, que es para mí un polímata, un tipo que se interesa en muchas cosas, autodidáctamente. La escritura de Ibsen Martínez está ahí trasfundida y en todo lo que son sus personajes, personajes de extracción popular como es Mayimbe, y otro tipo también popular pero ilustrado que es Jerry, y el lector omnívoro que es Altuna. No fue deliberado este desglose de personalidades que puedo hacer a posteriori, pero no cuando estaba escribiendo la novela.

“El leitmotiv de Mayimbe es que él quiere entrar en la industria propiamente dicha, pero le dicen que no está calificado y explota cuando oye la palabra meritocracia”

Ibsen Martínez

-Se puede llegar a pensar que esos personajes que fueron surgiendo mientras contaba esta historia petrolera, se parecen a su autor.

-No quiero que el lector piense que esta es una novela narcisista. Estos personajes los conozco muy bien y advierto que mi simpatía, mi comprensión, mi compasión por ellos forman parte de universos de los que yo he formado parte. Son de la clase media, son gentes de los años ‘50, gente vinculada con la actividad petrolera y con el periodismo, que tiene intereses distintos al meramente comer pan y cagar. Tienen la rugosidad y la complejidad de la clase media a la que pertenece mi generación. No se parecen a mí, yo me parezco a ellos. Mi escritura está muy atenta a lo que yo siempre consideré modelos. Saul Bellow, por ejemplo, me enseñó muchas cosas, muchas estrategias, y triquiñuelas y actitudes y posturas que experimenté en Simpatía por King Kong, que es para mi gusto la novela en la que decidí que iba a ser solamente novelista, que iba a aplazar la escritura teatral por tanto tiempo como me hiciera falta para concretar el anhelo de escribir buenas novelas. La mejor primera novela mía es Simpatía… y esta es la que le sigue. También (Jorge) Ibargüengoitia, el mexicano a quien no me canso de alabar porque tiene una disposición para expresar la irrisión de la vida, la vocación satírica que hay en el género novela desde que apareció en el mundo, que es acercarse con un ojo cándido y, a la vez, un ojo censor. Es lo que a mí me hace algunas mañana, no todas, cuando uno está escribiendo una novela, decir “coño, esto es la vida, esto que está surgiendo ante mí es verdad”. Un novelista que me gusta mucho y que seguí muchísimo es John le Carré. Me fueron muy iluminadoras sus estrategias de cuando describe un mundo burocrático. En mi caso, la burocracia de una transnacional petrolera.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Pinochet con lentes oscuros / Javier Conde @jconde64

 


A los 50 años del golpe en Chile, va este intento de crónica con algún toque personal. Ese país fue un dolor, una ilusión y ahora sentida preocupación. Para la lucha venezolana es preferible más democracia por todas partes. Los generales de lentes oscuros deben ser solo cosa del pasado y de los archivos. Medio siglo es poco para olvidar.

“Yo pisaré las calles nuevamente/ de lo que fue Santiago ensangrentada/ y en una hermosa plaza liberada/ me detendré a llorar por los ausentes”, Pablo Milanés, fallecido en Madrid en noviembre del año pasado, compuso esa canción –Yo pisaré las calles nuevamente– en 10 minutos el 5 de octubre de 1974, “media hora después de haber muerto en combate Roberto Enríquez”, el líder del MIR, cuya organización apostaba por responder con violencia al mandato violento del general de los lentes oscuros. A esa canción que he vuelto a escuchar después de mucho tiempo, en la víspera del medio siglo de aquel golpe, de aquel martes incendiario, del 11 de septiembre de 1973, le sobra la mitad de una estrofa: “Dispararé las primeras balas/ Más temprano que tarde, sin reposo”. 

Yo que asistí como tantos a conciertos de La Nueva Trova en el Municipal -que incluso, acompañé a Sebastián de la Nuez, a llevar a Sara González y a Virulo a cantar en plena redacción de El Diario de Caracas, para encono de los jefes y diversión del resto- siempre preferí la voz y las letras de Milanés a las de Silvio Rodríguez. También el desencanto del primero con la revolución en la que se crió y a la que cantó, aunque más al amor, y sobre la cual se convenció en 1992 de que “definitivamente el sistema cubano había fracasado y lo denuncié”. Pero a la composición le siguen sobrando esas diez palabras, como probaría el tiempo, con sus debates desgarradores en Chile, y también alumbrados, que condujeron a desplazar del poder -por los votos, no por las balas- al general de marras.

“Los ex mandatarios de la concertación Eduardo Frei, Sebastián Piñera, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, quienes junto a Boric suscribieron un compromiso ‘por la democracia siempre’. A pesar de las diferencias. Porque no quieren que el futuro sea una vuelta al pasado”

El expresidente chileno Ricardo Lagos (2000-2006) con menos poética pero precisa claridad recuerda en la primera parte de Mi Vida, sus memorias, publicada en 2014, que la discusión primera dentro del Partido Socialista, en el que militaba y al que perteneció el derrocado Salvador Allende en 1973, explicaba el fatal desenlace del gobierno de la Unidad Popular como consecuencia de un déficit en el plano militar. Los comandantes  alzados, con el eficiente apoyo de Estados Unidos, tenían más poder de fuego. Fin de la discusión.

La verdad era otra muy distinta. Fueron brutales el general de las gafas negras y sus cómplices -aún se buscan casi 1.500 cuerpos de desaparecidos y ejecutados, cincuenta años después-, actuó con la frialdad y el cálculo inhumano de la Guerra Fría la administración de Richard Nixon -Ver Desaparecido, de Costa-Gavras, con el enorme Jack Lemmon y Sissy Spacek, vendría bien- pero la ruptura de la larga vida institucional de Chile significó, en palabras de Lagos otra vez, el fracaso absoluto del diálogo, para dar paso a la mayor tragedia de la historia republicana del país austral. “No habrá que enemistarse con todo el mundo, porque así solo se consigue ser derrocado”, comenta el viejo y venerable líder socialista, que luego sería el tercer presidente del período de la concertación democrática.

Chile en la memoria

Hay una larga relación entre Chile y Venezuela, desde Andrés Bello. En tiempos recientes y no tanto se compartieron exilios, de aquí para allá en la centuria pasada, que se repiten ahora, agravados, porque son multitudes las que emigraron; y de allá para acá en los ‘70 y ‘80. Rómulo Betancourt anduvo por la alargada tierra chilena en 1939 en su segundo alejamiento forzado del país, cuenta Ricardo Combellas tras revisar Allende: la biografía, de Mario Amorós, que entre el futuro mandatario venezolano y el dirigente chileno que entregaría su vida el 11 de septiembre, surgió una calidad amistad que involucró a sus familias. 

El partido que Betancourt echaba adelante junto a Rómulo Gallegos, Raúl Leoni y Jóvito Villalba, tras la muerte en su cama del dictador Juan Vicente Gómez, el Partido Democrático Nacional -a cuya disolución surgiría Acción Democrática-, que era una organización hermana del Partido Socialista chileno. Lo que comenta Combellas, a partir de la referencia entre los dos hombres, ambos de izquierda, es cómo siguieron caminos y estrategias diferentes en el curso del tiempo. El venezolano viró hacia el centro político, mientras el chileno a pesar de prometer una vía institucional al socialismo, quedó atrapado entre el rol de la CIA y el KGB, la confrontación interna y el “radicalismo ingenuo de la extrema izquierda” chilena que resultó incontrolable. La influencia cubana, con una larga visita de Fidel a Santiago, fue un fardo más en el camino.

La Venezuela democrática -tan cuestionada y tan añorada- vivió con intensidad aquellos días del golpe y sus consecuencias. Un montón de jóvenes venezolanos que no se querían perder la película chilena quedaron atrapados allá y se montó una operación rescate. En las izquierdas venezolanas, la que abandonó las armas tras la derrota política y militar de la década del ‘60 y en la que persistía el que no pero sí y cuyos restos se volvieron bolivarianos; “el caso chileno” ahondó, para bien, la separación de aguas y pareció consolidar una izquierda plural, abierta, alejada de la bota militar y del asalto del cielo, a tono con los procesos desprejuiciados y renovados que encarnaron, entre otros, de Enrico Berlinguer en Italia y Felipe González en España.

Era yo en 1973 un joven bachiller sin ninguna experiencia ni actividad política, más allá de un vago compromiso social de tono cristiano, cuando asistí a fines de ese septiembre luctuoso de 1973 a un acto en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, llevado de la mano de mi prima Marisé, estudiante de sociología,  prontamente fallecida. El 16 de septiembre habían matado en Chile al cantautor Víctor Jara y el Aula Magna hervía. El orador principal, lo recuerdo con nitidez, fue José Vicente Rangel, por aquellos días reconocido defensor de derechos humanos y quien competiría en diciembre de ese año por la presidencia de la República por el Movimiento Al Socialismo, la izquierda renovada que apostaba por el “socialismo con rostro humano”. Rangel cambió de acera, o de cassette como dijo el 11 de abril de 2002, y así lo registra la historia triste de estos días. Los responsables del asesinato de Jara fueron condenados apenas hace unos días. De acuerdo a la autopsia, el cantautor murió a consecuencia de recibir 44 impactos de bala, luego de ser detenido el día siguiente al golpe. Su cuerpo apareció cerca del Cementerio Metropolitano, junto a otros cinco cadáveres.

sábado, 26 de agosto de 2023

Adiós a Lázaro “Papaíto” Candal / Javier Conde @jconde64

 


El gallego que contaba y cantaba goles con Di Stefano, Kubala y Jairzinho fue la voz del fútbol venezolano. Nació en A Coruña en 1931. Narró diez Mundiales, parió el premio al mejor futbolista de América y cautivó multitudes con un estilo único. Esta es una parte de su historia.

“Qué nervios, qué angustia, qué desesperación… va a cobrar Roberto Baggio, va a cobrar Roberto Baggio…”. Es la final de 1994 en Estados Unidos y la voz de Lázaro Candal se desgañita: “Ganó Brasil, Brasiiiil, Brasiiiil, América ganó, los hijos de la calle, los hijos del hambre, los hijos de la favela, esos son los hijos de América, que sigue viva…”.  Baggio lanzó la pelota sobre el larguero y Candal reventó, como si estuviera narrando su propia vida: la de un crío con una pelota de trapo por las calles de su A Coruña natal. 

Era su sexta final mundialista frente a las cámaras. Había chupado mucho fútbol, como jugador amateur y profesional, como periodista y narrador de la liga venezolana, de Copa Libertadores, de Juegos Panamericanos y Olímpicos, y en ese caluroso junio de 1994 estaba en el apogeo de su carrera. Al fútbol “no pude quitarle millones de euros, le quité millones de amigos y enseñanzas”, asegura. Entre ellos, Alfredo Di Stéfano, su compañero de transmisiones en los Mundiales de 1978 y1982, Pelé y Maradona.

Disputado a muerte por los dos canales de mayor tradición en Venezuela, Venevisión y Radio Caracas Televisión, con los que tuvo alegrías y desavenencias infinitas, en Candal se funden fútbol y periodismo. En los Panamericanos de 1991, en La Habana, se le metió bajo las barbas al propio Fidel con el guiño del origen gallego compartido; en los Juegos de 1992, en Barcelona, saltó sobre asientos y espectadores para arrancarle unas frases al Rey Juan Carlos y en 1994 dio la primicia para Venezuela de la suspensión por dopaje de Maradona, una hora antes del fatídico anuncio de la FIFA. “Al día siguiente lo vi  terriblemente solo y nos fundimos en un abrazo. ¡Cuánta necesidad de abrazar tenía ese hombre!”.

Antes de codearse con la flor y nata del fútbol mundial, las pasó canutas. Hijo de Antonio Candal García -“el último tranviario de A Coruña”- y de Jesusa Bravo González, que pagó cárcel por ayudar a unos vecinos republicanos, Candal guarda especial recuerdo de la rúa de Orzán y la Plaza de María Pita de la ciudad herculina, donde alimentó su amor por el fútbol pateando esféricos, entre otros, con Luis Suárez, el único Balón de Oro español de la historia. “La calle de Orzán fue la más hermosa de todas, tenía 16 años y la viví hasta los 23. Había muchos bares de prostitutas, muy buenas amigas, porque nos regalaban pesetas por hacerles recados”, cuenta con picardía.

“Llevaba a Venezuela tan hondo como sus raíces gallegas”

También se sintetizan en él ciudad y pueblo. En la aldea de Villajuan -12 casas íngrimas, unas cuantas vacas y ovejas, el perro Cubano– pasaba las vacaciones y saciaba dudas preguntando al abuelo materno, -“que lo sabía todo”- y como buen gallego adivinaba la hora viendo el cielo: “as cinco e media”, decía. “Me di cuenta de dónde venía, incluso hablando un gallego que no se hablaba en la ciudad, tan lleno de imperfecciones”.

Era y soñaba con ser futbolista. Jugó en el Torre, el Imperator, el Orzán, fue campeón aficionado de A Coruña y rechazó ofertas del Lugo para estar cerca de Purita, Purificación Malvis, que empezaba a ser su compañera de vida. Entre patada y patada, afloró el interés por el periodismo. “Me leía de cabo a rabo los diarios, hasta los anuncios”. De la mano de Orestes Vara y Vicente Leirachá entró en La Voz de Galicia: era el chico de los recados e iba escribiendo “notitas llenas de comas y puntos, pero notitas”. Y comenzó a cambiar su destino porque allí trabó amistad con Jesús María Penabad, Zoquiñas, quien lo convenció de emigrar a Costa Rica.

El 11 de abril de 1956 se embarcaron en el Reina del Pacífico. Y vaya que cambió su destino. Se alojaron en la pensión Nicaragua y al día siguiente un catalán les dio empleo porque eran españoles y gallegos: 300 colones de sueldo, para alojamiento y comida. Viéndose un día a los ojos él y Zoquiñas se notaron amarillos. “Es que comíamos arroz y huevos en el almuerzo y huevos y arroz en la cena”, recuerda entre risas. Zoquiñas se hizo referencia en el periodismo y la política; Candal siguió escribiendo y, en paralelo, jugó en la Gimnástica Española y el Club Sport La Libertad.

En su debut, con un par de asistencias quebró el invicto del clásico Herediano. “Viví unos días como si tuviera zapatos nuevos. Mis fotos en la prensa, la radio, la locura, pero yo, tranquilo, sabía hasta dónde podía llegar”. Y a donde llegó fue a Venezuela, en 1958, donde Purita, ya su esposa para todos sus días, tenía dos hermanos. Fueron unas cortas pero definitivas vacaciones. La nación sudamericana, que se abría a la democracia, empezaba a ser una pujante economía petrolera. “Quedamos enamorados del país, me divertí mucho, ¡qué bien se vivía!”, y Candal, ahora retirado en A Coruña, vibra al evocar aquellos días, como si estuviera frente al micrófono. Al año siguiente se instaló en Caracas, con contrato para jugar en La Salle y, a la vez, conectado con el periodismo.

El fútbol era muy rudimentario, solo había cuatro equipos profesionales. La primera preferencia de los venezolanos era el béisbol, deporte en que el país conquistó títulos mundiales. Candal ayudaría a abrirle un hueco al fútbol, más que con patadas -“ya me provocaba irme a las duchas”- con las manos. Con tesón encomiable empezó a escribir dos páginas diarias para los periódicos El Mundo y Últimas Noticias.

Hizo radio, fue corresponsal de Marca y se juntó con las organizaciones que impulsarían el fútbol menor. “El profesional estaba lleno de importados: los criollos eran extranjeros en su propio país”, cuenta. Candal estaba convencido de que al venezolano le gustaba el fútbol, el buen fútbol. “Es que había unos llenazos en el Estadio Olímpico durante la Pequeña Copa del Mundo”, un torneo que desde 1952 se celebraba en Caracas con la participación de los mejores equipos del planeta, embrión del actual Mundial de Clubes.

A fines de agosto de 1963, Candal se preparó para una cobertura que lo emocionó y, al mismo tiempo, le deparó horas de profunda angustia. El sábado 24 de agosto de 1963, dos hombres que se hicieron pasar por policías irrumpieron en la habitación 214 del hotel Potomac, en la caraqueña zona de San Bernardino. Eran las 5 de la mañana y Alfredo Di Stéfano estaba en pie aunque en pijama: la noche anterior no había jugado en el debut del Real Madrid en el torneo por sentirse mal. En el aturdimiento mañanero se sobresaltó ante la orden de acompañar a aquellos hombres para aclarar unas denuncias sobre tráfico de drogas. Le urgieron que se vistiera, lo bajaron al lobby, lo montaron en un auto  sin identificación, le vendaron los ojos y, tras unas vueltas por la ciudad aún adormecida, lo encerraron en un apartamento donde pasaría 72 horas.

En el salón de belleza del Potomac trabajaba Purita, quien le acabaría dando pistas a Candal sobre el jefe del comando secuestrador. En Caracas los secretos son a voces y Joaquín, el hermano de Purita, estaba al tanto de las inclinaciones revolucionarias del hijo del dueño de la pastelería donde trabaja y tan pronto supo del plan se lo comentó a su hermana. El joven Paúl del Río, que solía compartir con ellos cervezas en los sofocantes  atardeceres de los viernes, era el Comandante Máximo Canales, segundo a bordo en el secuestro de Di Stéfano.

jueves, 8 de septiembre de 2022

¿Quién ayuda a Gabriel Boric? / Javier Conde @jconde64

 

A seis meses de su llegada a la presidencia de Chile, Gabriel Boric está frente a un naufragio.

Presionado por la inseguridad y la violencia desatada en el sur del país, desprevenido ante el avance de la crisis económica y apremiado por la urgencia de salarios dignos, mejor educación y la reforma de las pensiones, Boric ha visto desplomarse su capital político cuando apenas intentaba desplegar sus velas.

El apabullante rechazo del domingo (62% en contra) al proyecto constitucional, por el que puso toda la carne en el asador, lo coloca frente al tremendo desafío de dar un golpe de timón para reconducir su gestión y el proceso de ese nuevo contrato social y político al que aspiran los chilenos para reemplazar, al fin, la constitución heredada de la dictadura de Augusto Pinochet.

«Hay que escuchar la voz del pueblo», dijo Boric la noche del domingo una vez consumado el desenlace del plebiscito. Un resultado previsto por las encuestas aunque lejos de la magnitud expresada en las urnas. Un no transversal que recorrió Chile de arriba a abajo, sin excepción, en un contexto de una participación electoral jamás alcanzada.

El rechazo fue apoyado por hombres y mujeres, jóvenes y mayores, trabajadores y empresarios, en todas las regiones del país austral, de Arica a la Araucanía y más al sur; de Valparaíso a Santiago. El apruebo solo se impuso, de manera anecdótica, entre los escasos votantes en el exterior.

En su alocución de apenas 10 minutos la noche del domingo, Boric fue autocrítico y reconoció lo evidente: la certeza de que los chilenos confían en su democracia para superar las diferencias y avanzar –»en Chile las instituciones funcionan»– y la constatación de que la propuesta constitucional no satisfizo y por eso fue rechazada «de manera clara».