Que nadie se equivoque. Aquí el personaje es el Ají Margariteño. Los demás somos todos guarnición. Aclaración necesaria ahora que el SAPI (Servicios Autónomo de Propiedad Intelectual) acaba de aprobar el 10 de abril pasado, según el Boletín Oficial 629, la condición de IGP (Indicación Geográfica Protegida) para el Ají Margariteño que desde hoy viernes 3 de mayo pasa a una etapa superior de reconocimiento y supervivencia.
Que conste en actas que el mayor aporte técnico lo proporcionó el ingeniero agrónomo Sergio Somov, luego de incorporarse a una idea promovida originalmente por #MargaritaGastronómica hace unos 12 años, a la que sumé mi modesto aporte comunicacional e investigativo. Muchos factores debieron confluir para que finalmente se avanzara con un propósito común. Ahora que estamos en la dirección correcta, hay que construir paso a paso el camino que haremos juntos al cultivar y cocinar con ají margariteño.
La cocina es hija de la geografía. Es el entorno lo que determina lo que comen los pueblos. Es la costumbre la que establece cómo se come. Es el conocimiento el que fija las maneras de preparar y servir los alimentos. Es la memoria la que los transforma en cultura. Porque más allá de ingredientes, materia prima, condimentos y nutrientes, en la cocina concurren elementos simbólicos e imaginarios que conforman un comportamiento social a partir de la naturaleza y la manera en que la transformamos en sustento diario, gustoso y placentero. Mientras no entendamos esto, no estamos preparados para entender el enorme significado que tiene la protección para un producto tan humilde como puede ser el capsicum de la isla de Margarita.
¿Alguien ha comido ají dulce? Yo no. Me refiero al sabor dulce, no al nominativo. No hay ajíes dulces, sino menos picantes, ya que todo ají tiene capsaicina, en mayor o menor grado. Su nombre nació como un falso positivo. Aparece mencionado en los primeros escritos de Indias como «dulce», que no lo es, y se incorporó al paisaje insular desde que los primeros pobladores venidos del Orinoco y tierra firme ocuparon el territorio insular de lo que hoy es Venezuela.
Primero silvestre y luego cultivado en pequeñas huertas familiares, el ají margariteño pasó rápidamente a ser parte del inventario alimentario local transformándose en un poderoso marcador cultural que hoy identifica a sus pobladores y lo que se cocina y come en esta isla y sus alrededores. Si bien por siglos el ají margariteño ha sido ingrediente indispensable de la cocina margariteña, no es sino en las últimas décadas que se ha convertido en motivo de orgullo y afirmación de genuina identidad de toda una población ansiosa de reconocimiento que comparte una historia propia. En rigor, en justo llamarlo ají margariteño.
Está debidamente estudiado que solo en el ecosistema insular se puede dar un ají tan particular, tan especial y propio como es el ají margariteño, cuya replica, más allá de esta frontera marina que lo rodea, es prácticamente imposible de mantener conservando las propiedades organolépticas que lo definen. Podrá reproducirse, crecer y multiplicarse, pero ya no será igual ni será margariteño. Me consta por experiencia propia.




