10 Últimos

lunes, 20 de febrero de 2017

LA OTAN SIGUE VIVA, por @FernandoMiresOl



Fernando Mires 19 de febrero de 2017

Después de las irresponsables declaraciones de Trump durante el periodo electoral (“La OTAN está obsoleta”) Vladimir Putin la dio por muerta. Pero durante la Conferencia de Seguridad en Múnich (iniciada el 17. 02. 2017) tuvo que comprobar que sigue tan viva como antes. El discurso del vicepresidente norteamericano Mike Pence reveló –para citar a las palabras atribuidas a José Zorrilla en su Don Juan- que “los muertos que vos matasteis gozan de buena salud”. Pence habló, para que no hubieran dudas, no a título personal, sino transmitiendo un mensaje del ausente-omnipresente: Donald Trump.

Dijo Pence: “USA cumplirá de modo inconmovible sus obligaciones con respecto a la alianza atlántica”. Un balde de agua fría sobre las aspiraciones putinistas. Más todavía: en continuidad, no con las palabras electorales de Trump sino con la política internacional del ex presidente Obama, Pence, hablando siempre en nombre de “su presidente” -quien, además, días atrás se había pronunciado por la devolución de Crimea a Ucrania- exigió que los acuerdos de Minsk, violados por Putin, recuperaran su vigencia. En otras palabras, mientras Putin no cumpla esos acuerdos serán mantenidas las (inútiles pero simbólicas) sanciones comerciales a Rusia.

En mal momento sorprendieron a Putin las declaraciones de Pence. La guerra en Donbáss (regiones orientales de Donetsk y Lugancs) ha aumentado en extensión e intensidad. Y en Europa occidental si bien el caballo de Troya holandés de Putin, el fascista Geert Wilders, mantiene su popularidad, en Francia, el triunfo de la favorita del Kremlim, la ultraderechista Marine Le Pen, se ve amenazado seriamente por el auge de la candidatura de centro de Emmanuel Macron.

El inesperado y brusco cambio de Donald Trump parece haber descolocado a Putin. El viraje hacia el i-liberalismo ideológico (Orban dixit) no ocurrirá, o por lo menos no tan pronto como había imaginado el autócrata ruso. La alianza atlántica es mucho más que una alianza militar subrayó Angela Merkel en su discurso de Múnich. Y esa alianza se mantiene vigente en todas sus letras, corroboró Pence.

Después de sendos discursos, Merkel y Pence se encerraron durante largos momentos para conversar a solas. Nadie con excepción de Dios sabe lo que hablaron.

Pero por lo menos Putin ya sabe algo importante: Donald Trump no será para él nunca el aliado de confianza por el cual apostó con todo durante el periodo electoral. Los gobernantes europeos saben también que Trump no es un incondicional de Europa. En ese contexto se explican las duras palabras de la ministra de defensa alemana, Ursula von der Leyen, dirigidas directamente a Trump: “EE UU, no puede mantener una posición equidistante” (entre Rusia y Europa, por supuesto). En otros términos, si el destino de Europa depende de los EE UU, el de los EE UU, para von der Leyen, depende de Europa. Y no solo porque ambas unidades geopolíticas son depositarias de los mismos valores históricos sino porque –lo dijo claramente von der Leyen- tienen los mismos enemigos.

Ambas, Merkel y von der Leyen, muy inteligentes, parecen haber tomado el pulso tanto a Putin como a Trump. Por de pronto han advertido que al primero hay que mostrar cada cierto tiempo los dientes pues no entiende otro lenguaje. Con el segundo es más complicado. En poco tiempo Trump ha demostrado que su concepción de la política se deja regir por un criterio estrictamente darwinista. Como el mismo escribió en su libro The way to sucess, con los poderosos hay que unirse y a los débiles hay que despreciarlos.

Merkel y von der Leyen decidieron entonces mostrar decisión y poderío. Ambas accedieron al legítimo reclamo norteamericano (lo venía planteando Obama con insistencia) con respecto al débil aporte de las naciones europeas a la OTAN. Pero Merkel, con clase, agregó que el tema iba más allá de esas “pequeñeces”. Si von der Leyen, haciendo de “policía malo” había declarado que la política de Putin es un peligro para Europa y advertido a Trump que no intente jugar de modo unilateral, Merkel, haciendo de “policía bueno”, elaboró un listado de los puntos donde debe ser intensificada la cooperación entre los EE UU y Europa: terrorismo islamista, guerras civiles asimétricas (leáse Putin en Siria), cambio climático, entre otros.

Quedó así demostrado que las posiciones de Trump no son solo dependientes de sus juegos tuiteros sino tambien de una constelación internacional de fuerzas, de la solidez de las instituciones norteamericanas y no por último, de las discusiones al interior de su partido donde voces razonables como las de John McCain siguen siendo escuchadas.

La nota disonante de la Conferencia de Múnich, aparte del airado y esperado desconcierto del ministro del exterior de Rusia, Sergéi Lavrov, la proporcionó el ministro del exterior alemán Sigmar Gabriel. Fiel a la pequeñez política que lo caracteriza, Gabriel se manifestó en contra del aporte del 2% del ingreso nacional bruto de Alemania a la OTAN. Afortunadamente sus opiniones, oportunistas y electoreras, tienen poco peso, aún dentro de la socialdemocracia, su partido.

Lavrov por su parte solo atinó a recitar la muy conocida doctrina Putin con respecto a la OTAN. La OTAN es para Putin una institución de la Guerra Fría y por lo mismo debe ser disuelta. Merkel, en cambio, dejó muy claro que la OTAN es el instrumento militar de una alianza atlántica cuyos valores políticos y culturales son compartidos por las naciones que la conforman -con algunas excepciones como la Turquía de Erdogan- y hecha para defender a Europa de sus amenazas internacionales. Que esas amenazas provienen del mismo país desde donde venían durante la Guerra Fría, lo dejó en claro el propio vicepresidente de los EE UU.

La Guerra Fría, efectivamente, ya no existe. Pero las tensiones que la causaron siguen presentes.

Europa, y con ella las tradiciones y valores que representa, está amenazada desde distintos frentes. Así lo especificó el discurso de Angela Merkel. El Brexit, pasando por las neo-autocracias confesionales aparecidas en algunos países del ex- mundo comunista y en la Turquía de Erdogan, los nacionalismos fóbicos y los neo-fascismos, la persistencia del terrorismo islamista, el éxodo de millones de refugiados de guerra provenientes del mundo islámico, y no por último, los apetitos expansionistas de la autocracia rusa, son hechos más que evidentes.

Si EE UU hubiera retirado sus tropas de la OTAN como anunció el disparatado Trump durante las elecciones, ya estaríamos entrando a ese fatídico mundo post-occidental (leáse post-democrático), objetivo distópico proclamado por Putin. Por el momento Trump ha debido retractarse. Pero la imagen de un presidente que no sigue una línea política y cambia de opiniones como un camaleón -y no precisamente sobre el color de su corbata sino sobre temas de los cuales depende la suerte de todo el mundo- no deja de provocar desconcierto, angustias e inquietudes entre sus aliados occidentales.

Lamentablemente no hay otra alternativa. Trump es y será por un buen tiempo presidente de los EE UU. Hasta ahora, sin embargo, ha jugado, quizás en contra de su voluntad, un papel positivo. Su imprevisibilidad y las dificultades para contar con él, han terminado por unir a los gobiernos europeos frente a los peligros que se avecinan. Ya era hora.