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martes, 26 de noviembre de 2019

En defensa de la razón, por @AmericoMartin




Américo Martín 25 de noviembre de 2019

Los ex presidentes de las FCU de las universidades expresamos la mezcla de consternación y rechazo que causó la sentencia 0324 2019, dictada por el cuestionado TSJ-SC. Dada la gravedad, de ese acto, se hizo imperativo organizar un Frente De Salvación de la Universidad Autónoma, la Libertad académica y la democracia, que la sentencia se propone destruir contra la voluntad del país y especialmente la de los perseguidos sin pausa, que no por azar son los más entrañablemente identificados con nuestra abrumada Venezuela De hecho, en muchos momentos críticos las universidades han sufrido agresiones escandalosas.

No obstante, puede afirmarse que en ninguno de esos momentos las consecuencias fueron tan peligrosas como las encerradas en la mencionada sentencia. Tan oscuras sordideces se reflejaron en forma inesperada en la cristalina conciencia alerta de la comunidad universitaria. Fue tan satisfactorio, tan fulgurante y de contagioso entusiasmo el brindado al documento de los ex presidentes y a sus portavoces que necesariamente se interpretó como una condena amarga al hecho que los causó y un elogio a los autores de la iniciativa y hasta cierto punto está muy bien, siempre que no se exagere la nota.

Por lo que a mí respecta me sentí muy bien servido porque aprecié altamente que era una firme defensa de los fueros de la razón contra los zarpazos de la sinrazón.

Por “razón” quiero decir lo históricamente racional, lo civilizado, modernidad concepto de civilización, la modernidad o puesta al día de la verdad. Todo lo cual cabe en dos palabras: Modernidad y progreso o progresismo[1]Incidentalmente se menciona la modernidad en el documento de los ex presidentes de las FCU, para subrayar que el alma indicar que el alma de ellas fue el Iluminismo, que en el siglo XVIII alzó el vuelo con la obra de figuras fundamentales como los enciclopedistas Dider1111ot, D´Alemberty por los llamados filósofos de la naturaleza, Rousseau, Montesquieu, Voltaire y ya cerca de finalizar tan fecundo siglo, Cesare Becaría, quien introdujo cambios históricos en la justicia, tales la presunción de inocencia, la proporcionalidad entre delitos y penas y la drástica erradicación de la venganza propia de la monarquía absoluta que ordenaba desmembrar a los que osaran burlarse de un monarca. A tales extremos de inhumana barbarie comenzó el Iluminismo, cuyo top creativo lo coronaron Rousseau (El Emilio, La Nueva Eloísa, Las Causas de la Desigualdad entre los hombres y sobre todo El Contrato Social), Montesquieu (Las Cartas Persas y El Espíritu de Las Leyes) y Becaría (De los delitos y las Penas), frente al sombrío abismo que nos colocan sentencias sediciosas como la 0324.

¿Y qué relación puede haber entre la modernidad progresista de esos brillantes autores y sus luminosas obras frente al profundo retroceso, en pleno siglo XXI, y sentencias como la 0324 del cuestionado Tribunal que la dictó?

Diría que la relación es muy cercana y obvia, además. El espíritu que anima a las universidades viene de una historia Casi épica aparte de única que, habiendo comenzado en una pequeña y extremadamente conservadora de arraigada influencia religiosa, se puso a la cabeza de las más avanzadas universidades de Argentina y de allí en más se expandió como reguero de azogue encendido por la América Hispana. Entre 1928, fecha de la Reforma Universitaria de Córdoba y la Semana del Estudiante protagonizada en Venezuela por la generación del 28, transcurrieron diez años oscuros, dominados por la dictadura de Gómez, tiempo en la que la Reforma no floreció en nuestro país, sin beneficiarnos de las creativas polémicas despertadas en la Región.

En 1928, ya lo sabemos, tomó fuerza el cambio y en diciembre-enero del 36 la cultura democrática asombra por su rápido desarrollo.

El emblema de Córdoba fue su Reforma Universitaria y el de tan profundo cambio paradigmático, la Autonomía, al abrigo de la cual prosperan el autogobierno y la elección de autoridades. La autonomía y la libertad académica son firmes cimientos del pluralismo, la diversidad y la convivencia civilizada de todas las corrientes del pensamiento. Cada uno de esos derechos es parte de la integridad del concepto. Sin autonomía no hay pluralismo ni libertad académica

Y créanme: mejor salvar el país y sus universidades retirando la lamentable sentencia que hundirlos solo por el prurito de mantenerla.

Américo Martín


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