MARÍA TERESA ROMERO 10 de marzo de 2017
Pisando
el tercer mes de este 2017, una buena
parte de los países de América Latina empiezan a mostrar resultados económicos
que, si bien no llegan aun a óptimos niveles para lograr un crecimiento real de
sus respectivas economías, sí denotan que los gobiernos han comenzado a
deslastrarse de la rémora que en años pasados significó la influencia del
llamado socialismo del siglo XXI y sus nefastas consecuencias. Me refiero al
populismo y al autoritarismo, así como de las medidas económicas que en nada
contribuyeron al crecimiento de la región.
Son
varias las naciones que en los inicios del presente siglo se dejaron seducir,
¿o comprar?, con las ideas que el teniente coronel Hugo Chávez implementó en la
otrora pujante y democrática Venezuela.
Unos países que pasaron a tener gobiernos populistas y demagogos, que con consignas y discursos de
pretendidas defensas al pueblo desarrollaron políticas y medidas económicas que
lejos de permitir el avance y desarrollo de sus sociedades, empobrecieron a las
mayorías, mientras que las cúpulas gobernantes y sus colaboradores cercanos se
enriquecieron como producto de la corrupción.
