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jueves, 26 de enero de 2012

La cédula y el aceite.

Angel Alayón en Prodavinci el 19 de Octubre, 2011



No tenía cédula. Estaba indocumentado. El sábado pasado me fui al I. N. T. T. de El Marqués, donde había un operativo de cedulación. Llegué a diez minutos para las ocho de la mañana con la aprehensión propia del ciudadano que se enfrenta a la burocracia. Aunque delante de mí había pocas personas –unas diez–, no dejaba de preguntarme cuánto tiempo del sábado pasaría en el trámite. A las ocho de la mañana, un funcionario nos hace pasar a las instalaciones y nos invita a sentarnos en unas sillas de fiesta blancas, bajo un toldo rojo que nos protegía del sol. Nos piden la fotocopia de la anterior cédula y así comienza el proceso de cedulación. Tomarse la foto, firmar un libro, firmar la cédula y esperar el laminado. En cuarenta minutos tenía cédula y era nuevamente un ciudadano identificado.

Me entero que a pocos metros hay un operativo para renovar el certificado médico y la licencia de conducir, ambos documentos vencidos en mi caso. Siento que la suerte está conmigo. En pocos minutos paso ante los funcionarios que emiten el certificado médico. Me piden que me tape un ojo y que lea las letras de la fila 8. Supero la prueba, aunque con mis lentes puestos. En pocos minutos tengo certificado médico. Me dirijo entonces al lugar donde renuevan las licencias. Hago la cola, pago con tarjeta de débito, verifican mis datos, me toman la foto y al poco tiempo me llama un funcionario con la licencia en la mano. A las 9 y 30 de la mañana, una hora y cuarenta minutos luego de mi llegada, había renovado la cédula, el certificado médico y la licencia. La eficiencia fue notable y era evidente que los procesos habían sido pensados para facilitar los trámites.
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Con mis tres documentos en el bolsillo, cruzo la calle y entro al Centro Comercial Unicentro, de El Marqués, en busca de un sitio donde tomarme un jugo para celebrar la reciente victoria burocrática. Todavía un poco sorprendido por la eficiencia, me encuentro con una larga cola de personas a la puerta de un supermercado en uno de los pasillos del centro comercial. Le pregunto al vigilante, quien custodiaba celosamente la entrada, por qué la gente estaba haciendo esa cola. Me responde: “Están vendiendo aceite, puedes comprar hasta dos litros por persona”. Cuento el número de personas en la fila: 76. Hago un cálculo rápido de acuerdo con la velocidad de entrada de las personas al supermercado y estimo que, en el mejor de los casos, la mayoría de las personas estará en la cola entre dos y tres horas, para comprar dos litros de aceite.
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La cédula, el certificado médico y la licencia cuentan una historia de éxito allí donde los gobiernos tienen obligaciones con sus ciudadanos y pueden implementarse procesos eficientes. La cola de gente para comprar aceite cuenta una historia de fracaso allí donde las políticas y regulaciones de los gobiernos hacen daño inevitablemente. El perjuicio del control de precios para los ciudadanos es evidente: de acuerdo con el Banco Central de Venezuela, la escasez de alimentos ha sido superior al 10% durante los últimos años y con picos de 25%, cuando el nivel de escasez de una economía que funciona con normalidad es de 5%. Si con los precios establecidos por el regulador, las empresas no pueden recuperar costos, reinvertir y obtener ganancias, habrá escasez. Y cuando hay escasez, los productos se encarecen, tanto en términos monetarios como en términos de los costos asociados a su adquisición. La mayoría de las personas que estaba en esa cola sabatina son padres y madres que trabajan de lunes a viernes: ¿Cuánto valen esas dos horas de un sábado alejado de sus hijos? ¿Cuánto vale no poder comprar la cantidad de productos que se desee? ¿Tendrán que hacer una nueva cola la semana siguiente?

János Kornai ha sostenido a lo largo de su obra que el resultado inevitable de la implementación de una economía socialista es la escasez. Ejemplos nunca le han faltado: la Unión Soviética, la China de Mao, Alemania Oriental, Cuba, Corea del Norte, entre otros países, eran, y en algunos casos, todavía lo son, prueba cotidiana de la relación entre escasez y socialismo que plantea Kornai. No existe ninguna economía que haya desplazado la propiedad privada e implementado algún grado de planificación centralizada que haya creado abundancia y prosperidad para sus ciudadanos.
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Llego a mi casa y mi esposa me pregunta: “¿Cómo te fue?” Saco los tres documentos de mi cartera, los enseño con cierto orgullo tonto y le digo que me fue muy bien, que todo fue rápido. Pero no puedo dejar de pensar en la gente que a esa hora todavía hacía cola para comprar aceite. Y entonces, como si no tuviera importancia, le pregunto a mi esposa: ¿Tenemos aceite?

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