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lunes, 19 de enero de 2015

El futuro nos alcanzo, @Golcar1


Por Golcar Rojas, 18/01/2015

“#CompreTipoNormal” ponía el cartelito que sostenía una señora en una fotografía que circuló por las redes hace poco. La expresión de la doña, con sonrisa forzada y acompañada de una niña, menor de edad a despecho de la Lopna, y que mira de reojo a la cámara con expresión de incredulidad, denota cierta vergüenza en la pose. No es para nada natural la imagen. Es evidente que es una fotografía tendenciosa con la que el régimen pretende hacer creer que el desabastecimiento en Venezuela es falso, una mentira más de la cacareada “Guerra económica”, con la que pretenden justificar el desastre.

“#CompreTipoNormal” tipo normal retumba en mi cerebro cuando a las 3:30 de la tarde del domingo 18 paso por la avenida y veo una larga hilera de varias cuadras de carros estacionados al borde para permanecer allí, hasta la mañana siguiente, para ver si logran comprar la batería para su vehículo. Todo dependerá de si llegan baterías, si llega la que necesita, si cumple con los requisitos para poder comprarla: llevar el carro que necesita la batería, llevar la batería vieja. Si no la tiene, porque fue robada, tiene que llevar la denuncia del robo con sello húmedo de la policía. Todo muy normal. Como en cualquier país del mundo, pues.
“#CompreTipoNormal” vuelve a retumbar en mi cabeza cuando, a las 6:30 de la tarde, de ese mismo domingo 18 de enero, con una hermosa luz de atardecer,  voy al supermercado De Cándido y me enfrento con lo que queda de lo que en su día fue un inmenso supermercado, dos pisos llenos de productos de diferentes marcas y tipos, con anaqueles hasta el tope de mercancía.

Lo que encuentro es un espacio semi vacío. Deteriorado. Dos pasillos con anaqueles llenos de pasta pero no una variedad de pastas. No. Tres pasillos en los que lo único que se ve en los estantes son paquetes de “coditos” y fetuccini de medio kilo. Todos de una misma marca. Eso es lo que hay.

La mitad de los anaqueles están vacíos. En los que hay productos, hay un solo tipo repetido hasta el hartazgo. Como el jugo ese que se ve en la foto. Los tomates están a 200 bolívares el kilo. La cebolla a 140 y el pimentón a 120. Hay un solo tipo de arroz, uno condimentado con ajo y que cuesta más de 50 el kilo. Las neveras se encuentran tan vacías como la segunda planta del local donde en la antigüedad, en la Venezuela de la denostada cuarta, uno conseguía champú, pasta dental, desodorantes, cremas para el cuerpo… cosméticos y productos de limpieza de la marca, tipo, olor y presentación que uno necesitara o quisiera. Ahora es un espacio inutilizado.

En el estante de la pasta dental, veo un empaque azul y rojo con unos jeroglíficos que no logro descifrar. Le doy vuelta y es la crema “Colgate” de toda la vida sólo que ésta es Tailandesa y viene con caracteres chinos y árabes, creo. Permiten 3 por persona. No hay leche de ningún tipo, ni harina de trigo, ni harina de maíz, ni papel tualé, ni… P

La depresión si no la racionan. Esa es libre y a borbotones.

Meto en el carro de la compra lo que voy consiguiendo tratando de obviar el deterioro y la escasez. En los anaqueles hay residuos de productos que la gente ha roto y riega por todos lados sin que nadie los limpie. Hay envases vacíos puestos en los estantes -muestra de que la gente consumió el producto allí y se fue sin pagarlo-. El piso es una guillotina porque los paquetes de arroz se rompieron y el grano rodó por todo el pasillo.

En la parte de alimentos para mascotas solo hay Dog Chow y Gatsy, de Purina, y, como una ironía, Dog Gourmet de Empresas Polar. Nada que ver con la variedad de productos que encontrábamos anteriormente. Lo que antaño era abundancia, hogaño es un peladero.

Al pasar por ese anaquel y ver que es uno de los pocos que está a medio llenar, recuerdo que los jerarcas del régimen, desde el difunto Chávez hasta Nicolás, siempre han manipulado a la gente recordándoles que en la cuarta “los pobres comían Perrarina“. Veo la escasez de comida y los precios del alimento para animales y pienso: “En la quinta los ricos comerán Perrarina; los pobres comerán mierda”.

Ya en caja, una media hora para pagar a pesar de que no hay casi gente en cola. Unas 6 personas antes de mí pero igual la fila no se mueve y el sistema es lento. Una chica se asombra de la poca gente que hay en el supermercado y comenta:

-Qué raro que esto no está lleno de bachaqueros.

-Porque no hay nada. Le digo.

Un muchacho que va delante de mí en la cola, le pide a la cajera que le facture un paquete de azúcar.

-Para el azúcar tiene que pasar a registrar su huella por la fila de la captahuellas.

El joven, muy clase media él, mira a la cajera y le dice:

-Entonces no llevo el azúcar porque por principios me niego a pasar por la captahuellas.

Paga los productos que lleva y sigue. Se van sin su azúcar. Quien viene detrás de él en la cola es un chico más joven aún. Tiene en la mano un paquete de galletas María, una pasta dental -de la tailandesa- y un refresco. La cajera le factura las galletas y el refresco y le dice:

-Para poder llevar la pasta dental tiene que comprar más de 500 bolívares.

Le digo que yo la compro pero el chico me dice que no tiene efectivo para pagármela. Se va, luego de más de media hora de cola, sin su pasta dental.

Mi turno en la caja. La chica factura los productos que llevo en el carro y me pregunta si voy a llevar de losproductos que hay regulados: Aceite de soya, desodorante y azúcar. Estos hay que pagarlos primero y luego ir a retirarlos por otro lado. Un litro de aceite, un desodorante y un kilo de azúcar por persona. No más. Y la compra tiene que ser mayor a 500 bolívares.

-Póngame de todo lo que hay y todo lo que pueda -le digo con frustración-. Vamos a ayudar a que esa vaina se acabe rápido a ver si pasa algo de una buena vez.

La cajera sonríe con cierta frustración también y me da la razón. Por el pasillo se pasean varios Guardias Nacionales Bolivarianos. Ellos son los encargados de resguardar la seguridad en estas compras que ahora hacemos “TipoNormal”.

Le comento a la cajera, que ya ha soltado varias risas con mis ocurrencias e ironías, que si la gente llega a saquear el supermercado sólo encontraran el hierro de las estructuras del local para venderlo al chatarrero porque comida qué saquear no hay. Ella ríe y me dice “Pa’que sepáis”.

Pago. Me despido tratando de disimular la depresión y la pena que todo eso me ha producido, el bajón del “#CompreTipoNormal”, la rabia devenida en tristeza, y me voy a casa con la sensación de que ya el futuro nos alcanzó. Soylent Green está aquí. Falta saber qué haremos ahora.


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