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domingo, 30 de octubre de 2016

El rostro, hogar de la misericordia, por @jrmz



Roberto Mena 29 de octubre de 2016

Los escritores, a menudo, reconocen la importancia de las palabras y sentencias iniciales de un escrito. Las imágenes captan la atención; las palabras atraen; los tonos reclaman; incluso los documentos oficiales de la Iglesia se aprovechan de esta dinámica.

Los documentos de la Iglesia generalmente recorren las épocas con nombres asentados y, a veces, familiares (sí, incluso en Latín) como Sacrosanctum ConciliumLumen GentiumGaudium et Spes, y Dei Verbum.

“El rostro de la Misericordia”, la “bula de convocación” del papa Francisco, que introduce el Año Jubilar de la Misericordia, comienza con dos palabras latinas simples: Misericordiae Vultus, es decir, “el rostro de la Misericordia”.

La traducción de su primera frase indica simplemente: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre” (MV # 1)

Aunque evita los juegos de palabras, el documento capitaliza, con cierta frecuencia, esta imagen del rostro.

Cuatro veces se refiere el papa Francisco al “rostro” (# 1, 4, 17, 25). Vinculada con esta imagen del rostro, cuatro veces Francisco se refiere a la “mirada”, ya sea como sustantivo o verbo, ya sea nuestra mirada o la de Dios (MV # 3/2 veces, 7, 8).

Francisco afirma: “Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia” (MV # 3).

Más adelante en el documento, cuando se hace referencia a la Virgen María, Francisco hace hincapié en su “rostro” y sus “ojos misericordiosos” (MV # 24).

Los rostros son importantes para Francisco. Surge la pregunta: ¿por qué? Merece la pena profundizar un poco en la respuesta.

Por extraño que parezca, salvo la conversación sobre la toalla de la Verónica, su “velo”, como a veces decimos (recuerda, Vero-nica significa esencialmente “rostro verdadero”) y la Sábana Santa de Turín, no sabemos casi nada sobre la cara real de Cristo; mucho menos sobre el rostro de María.

Los evangelios no dicen nada acerca de sus rasgos faciales, aunque posiblemente podríamos conjeturar algunos aspectos: el color de los ojos, la nariz, cejas pobladas o no, los labios delgados o gruesos, las patas de gallo, otros…

Aun así, las caras ocupan un lugar preponderante en la vida diaria. Industrias enteras capitalizan (la palabra elegida aquí es a propósito) en embellecer la cara. La pesadilla de la televisión de alta definición incluye una inspección detallada de las imperfecciones del rostro.

Así pues, ¿por qué el rostro en la Bula? Más importante aún, ¿por qué el “rostro de la Misericordia”?

Tal vez porque los rostros, como Francisco parece conocer, tocan la realidad. Los obsesionados por el gimnasio hacen ejercicio, sin preocuparse excesivamente por el rostro; sin embargo, los esteticistas se centran en las caras.

El rostro “expresa” de una manera posiblemente diferente a cualquier otra parte de la persona o del cuerpo humano.

El rostro de Cristo supone un lugar denso o intenso de la Encarnación (cf. Jn 14, 9). Concreto, único, comunicativo; la cara contempla, y nosotros contemplamos las caras.

Curiosamente, diversas escuelas filosóficas de pensamiento se han centrado en el rostro y la mirada. No se intuye en la bula de convocación si Francisco es consciente de esto, pero es difícil pensar que no lo es.

El famoso filósofo judío Emmanuel Levinas perfila una ética bastante sustancial basada en el fenómeno del rostro. Una pequeña muestra de su pensamiento incluye las siguientes joyas visionarias y provocativas: “La cara es una presencia viva; es una expresión…

La cara habla”.

“…La cara me habla y por lo tanto me invita a la relación…”

“La cara es lo que nos prohíbe matar”.

“La piel de la cara es la que queda más desnuda, más necesitada… Existe una pobreza esencial en la cara”.

No es, pues, sorprendente que la Bula incida tanto en el rostro como en la mirada y la observación. Aunque Francisco nos invita a contemplar el rostro de la misericordia de Dios en Cristo, el primer movimiento reside teológicamente en Dios.

La mirada de Dios precede a la nuestra. La teología de la gracia nos reclama que recordemos esta mirada divina previa. Como Francisco observa en varios lugares, “Dios va siempre por delante de nosotros”.

No parece haber una distinción de clase entre simplemente mirar y “contemplar”.

Contemplar implica algo más que la mera visión física; implica un anhelo persistente y amoroso, un compromiso de Dios sobre los niveles más profundos, que brota de la ternura.

Generalmente no contemplamos a las multitudes y en la calle; probadlo, y es muy probable que seáis detenido o, al menos, advertidos. Pero Dios no se limita a “vernos” o simplemente “mirarnos”. Dios nos mira profundamente. Tomando prestada una vieja expresión, Dios simplemente no puede quitar su (o sus) ojos de nosotros.

Tal vez podríamos discernir una estrategia aquí. La Misericordia tiene rostro: es Jesucristo; por lo tanto, la misericordia implica Encarnación, o, utilizando categorías teológicas abstractas, una ontología de clases de la Encarnación Trinitaria.

En Cristo, la Palabra se hizo carne y, entre otras cosas, nos miró intensamente. Por tanto, responder a y en la misericordia implica estrategias concretas y relaciones particulares.

Aun sin negar la importancia de las meta-teorías de la misericordia (o para lo que nos importa, la justicia), Francisco parece interesado en las concretas y particulares realizaciones de misericordia, o, por emplear la imagen, los rostros de la misericordia.

Me viene a la mente la escena de la antigua película Monsieur Vincent, en la que san Vicente se encuentra en presencia de Richelieu, protestando torpemente de que ya Richelieu no se acuerda de los rostros y los nombres de los pobres.

Mientras que la historicidad de la escena es altamente cuestionable, sin duda la idea se apoya en un aspecto de la espiritualidad de Vicente. La ficción imaginativa no niega la verdad.

Vicente se involucra no sólo con la pobreza y sus rostros, sino con los rostros concretos de los pobres. La piel vulnerable y frágil de los rostros únicos ocupa un lugar preponderante, al menos, en una parte de la espiritualidad vicenciana.

Me acuerdo aquí del bello poema en prosa, de Brian Doyle, titulado A Shimmer of Something [Un reflejo de algo], en una colección con el mismo título, en el que Doyle describe la misa funeral de “la madre anciana de la mujer que se casó conmigo” y el desfile de amigos y la familia que, en su camino a recibir la comunión, tocaron a su esposa.

“Algunos se inclinaban para abrazarla. Algunos tocaban su pelo con suavidad. Algunos tan solo colocaban una mano sobre su hombro. Una mujer se agachó y tomó su rostro entre sus manos por un instante. Desde luego, lloré”.

Esto añade un nuevo sentido a la expresión “obras de misericordia corporales”. Ahí está el rostro de nuevo. Citando a Francisco, refiriéndose a Cristo: “Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado” (MV # 15).

Las preguntas que nos surgen son bastante obvias. Usando un tipo de imaginativa meditación ignaciana, ¿cómo se ve el rostro misericordioso de Cristo? ¿Cómo se ven los rostros concretos de los pobres que conozco? En el Reino de la misericordia de Dios, no hay rostros anónimos en la multitud.

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