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martes, 30 de abril de 2019

Juan Guaidó, el ingeniero: Venezuela en la encrucijada, por @LuisCarlos




Luis Carlos Díaz 29 de abril de 2019

Es la personalidad latinoamericana más relevante de la actualidad. Enfrentado al gobierno venezolano y reconocido por más de 50 países como el presidente encargado de Venezuela, nos recibe en Caracas para explicarnos su visión sobre la situación humanitaria, económica y política del país.

La agenda de Juan Gerardo Guaidó es rígida. Hoy debe cumplir los itinerarios y las presentaciones públicas que sirven para su estrategia de visibilidad política. Sin embargo, el ingeniero busca tiempo y espacio, dentro del caos venezolano, para atender obligaciones que van desde los compromisos con el Partido Voluntad Popular, a las emergencias del día y hasta las cosas de casa. Y, por supuesto, atender a los medios. Juan Guaidó es la persona más nombrada en Venezuela y la personalidad latinoamericana más controvertida desde enero de 2019.

Pronto cumplirá 36 años de edad. Su esposa Fabiana Rosales llega a 27 y Miranda, su pequeña hija, pasará de 1 a 2 años en medio de cámaras, micrófonos y una dinámica familiar que cambió por completo. El pasado mes de diciembre, no aparecía en las encuestas ni estaba en la lista de fuentes prioritarias para los periodistas. Sin embargo, tiene más de una década acompañando a los principales líderes políticos del país desde que se integró al movimiento universitario que, en 2007, le propinó una derrota electoral a Hugo Chávez.

Hoy se presenta en público mientras la multitud grita su apellido. Al mismo tiempo, en la escena pública, a los políticos más veteranos y golpeados por los años de conflictividad, les toca asumir la segunda fila y darle paso. La tesis de Guaidó y quienes le acompañan, incluida la Organización de Estados Americanos y el Parlamento Europeo, es que Nicólas Maduro ejerce de manera ilegítima su cargo desde que realizó unas elecciones sin reconocimiento internacional en mayo de 2018. Por esa razón, el parlamento que preside Guaidó decretó un “vacío de poder”, el cual es llenado de forma temporal por el diputado hasta que puedan llevarse a cabo nuevamente elecciones libres, sin candidatos opositores presos, exiliados, inhabilitados o asilados y sin la participación de partidos ilegales, en una fecha concertada según indica la Constitución y con autoridades electorales neutrales. Es decir: luego de desmontar el aparato que instalaron Chávez y Maduro durante su paso por la presidencia.

Lo que le toca no es fácil, sin embargo, sonríe e insiste. Su propuesta es quebrar la base de apoyos que mantiene a Maduro en el poder; sobre todo el militar. Recientemente, su jefe de despacho fue allanado y apresado por el mismo cuerpo de seguridad que lo retuvo a él durante horas la mañana del domingo 13 de enero: el Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN), la policía política. Roberto Marrero fue enjuiciado por “terrorismo”, según el aparato de justicia de Maduro, que amenaza con detener en cualquier momento a Guaidó, quien mientras se mueve dentro y fuera del país para elevar el costo de esa jugada.

Nos encontramos con él, en las oficinas en Caracas del partido Voluntad Popular, en Altamira. El político que ha sido reconocido por más de 50 países como “presidente encargado” de Venezuela mientras Nicolás Maduro se mantiene gobernando desde el Palacio de Miraflores y el Fuerte militar Tiuna, en la ciudad capital.

GQ- Fuera del país, me preguntan quién eres. Vienes de un partido cuyo líder, Leopoldo López, está preso, desde 2014, mientras otros están en el exilio o como el caso del diputado Freddy Guevara, asilado en la embajada de Chile desde 2017. Ahora estás al frente. ¿Cómo haces para liderar sin estar preso también de esos líderes y sus agendas personales?

JG- Lo primero es la conciencia de la necesidad de gobernabilidad para ejercer mandato y brindar estabilidad a Venezuela para reinstitucionalizar. Por eso, no estamos subyugados, sino en una “sociedad política”. Eso lo aprendí en el Parlamento donde debía generar consensos. Fui presidente de una comisión, jefe de fracción del partido y luego de la unidad. Pensarán que un día aparecí, aunque en realidad siempre estuve ahí. No era el que daba el discurso, pero organizaba y formaba. Ahora articulamos la fuerza política necesaria para generar cambios y quiebres. Antes nos enfrentábamos a un muro levantado con petróleo, narcotráfico, grupos armados y persecución.

GQ- Van más de tres meses de la consigna “vamos bien” y los quiebres del chavismo no dependen de ti. ¿Cómo mantienes la iniciativa?

JG- Los procesos en Venezuela han sido aluvionales. De altísima participación y movilización en momentos importantes. El reto es mantener la movilización y la esperanza. El régimen ha llegado a un nivel de desesperación en el que sólo resiste. Por eso, persigue periodistas, sindicalistas y a cualquiera. El reto es salir de esta zona gris inédita: un presidente encargado en disputa por ejercer las funciones del ejecutivo, que busca superar la crisis, mientras hay una dictadura en ejercicio, con todos los poderes secuestrados y que usa las armas de la república para defenderse.

GQ- La transición no empieza, pero tampoco la dictadura termina. ¿Qué haces para lograr esa fractura?

JG- Cuando definimos la estrategia, pensamos que era lineal, aunque no lo ha sido. Es una transición sui generis en la que tomamos control de algunos bienes de la nación en el exterior, nombramos a representantes diplomáticos y preparamos un Plan País para atender la emergencia, pero también debemos luchar para que cese la usurpación de Maduro. El cambio depende de su salida. Si evaluamos las variables para construir esa transición, que es construcción de una mayoría, su ejercicio, la ruptura de la coalición dominante y el apoyo internacional, pareciera que lo tenemos todo. Pero hay que insistir en este camino que depende también de las Fuerzas Armadas. Podemos tener una elección acordada, una transición sui generis como la junta cívico-militar de 1958 que derivó en la democracia o a una salida de fuerza local o con ayuda internacional. Eso puede ser un golpe de estado o la presión de una coalición internacional. Todas debemos evaluarlas y debemos controlar las variables, incluida la presión de la calle. Lo más importante es que se vea hacia el futuro que podemos gobernar.

GQ- ¿Y qué aprendiste de los líderes opositores que antes que tú, ya trabajaban contra el chavismo?

JG- Una vez me dijeron que el régimen era como un trapiche, una molienda de políticos. A ellos les tocó una época muy difícil, de alta popularidad del gobernante, con un gasto público exacerbado. Nunca antes visto en América Latina. Era el tío millonario que llegaba con petróleo y maletines, misiones de asistencialismo descomunal, y no era fácil enfrentarse a eso. Rescato que los valores democráticos se conservaron. Por eso, le ganamos a Chávez en 2007. Fue increíble hacerlo con todo en contra. Claro, después se cometieron errores como no tener agendas comunes. Pero esa curva de aprendizaje la pagamos en conjunto.

GQ- ¿Qué aprendiste de tu carrera como ingeniero que te sirva hoy?

JG- Soy ingeniero industrial. Mi rol fundamental es optimizar. Definir dónde están los cuellos de botella, cómo mejorar procesos, cómo hacerlo más barato, rápido y eficiente.

GQ- Debes hacer tu trabajo en un país con menos medios. ¿Cómo lo planteas?

JG- No es un problema nuevo. Sin embargo, como venimos de una tradición caudillista, hay que aprender nuevas formas de comunicación, como diversificar vocerías. Las redes sociales han sido nuestro medio principal. Allí hemos visto la multiplicación de bots y campañas en contra. Nos bloquean también servicios de telefonía. Hemos vuelto a cosas como los volantes, pero al mismo tiempo alimentamos WhatsApp, que ha sido fundamental. Enfrentamos también noticias falsas porque son fáciles de propagar al no haber información oficial ni posibilidad de contrastar. Además, ocurre en un entorno que para la gente es de alta incertidumbre y ansiedad. Eso ocurre ante un régimen que pareciera inamovible, pero que no lo es. Apenas está en resistencia, atrincherado. Ellos lo dicen. No lo ocultan.

Juan Guaidó conversa con la misma flexibilidad de quien ha discutido sobre política desde la juventud y en espacios desde comunales hasta diplomáticos. Mientras se realiza esta entrevista, Fabiana Rosales, su esposa, está de gira por varios países de América. En cada punto del mapa, se reúne con la diáspora venezolana, que en 2019 podrá superar los 5 millones de migrantes (más de 16% de la población) y con los presidentes que la reconocen como primera dama. Guaidó se ríe de la buena fortuna, de las veces que ha salido bien librado, como la pasada detención gubernamental, pero también recoge con serenidad y recupera la pausa cuando borda los puntos críticos, como las amenazas que recibe, y que debe tocar con cuidado para no hacer evidentes algunas estrategias por venir. Se acomoda en el sofá y se mantiene atento, sin tomar café ni agua.

GQ- Pocos sabían que te ibas a juramentar frente a la multitud como presidente encargado el pasado 23 de enero. Y si alguien lo sabía, lo supo disimular muy bien. ¿Puedes narrarnos, desde tu perspectiva, qué pasó allí?

JG- Desde el 5 de enero, dijimos que había una posibilidad constitucional de llenar el vacío en la presidencia. Es como la fábula del que le toca “reclamar el trono”. Es una situación similar: un presidente encargado que reclama el ejercicio pleno de las facultades del ejecutivo para solucionar los problemas de los venezolanos. Podemos reclamarlo constitucionalmente, pero por la vía de los hechos; es un tema de crisis política que hay que enfrentar y luchar. Debemos construir esa capacidad, primero con la protesta ciudadana y después con el anhelo de cambio.

GQ- Sin embargo, la prensa internacional te sigue llamando “el autoproclamado”... ¿Por qué?

JG- Es desinformación de la Constitución venezolana o del momento político que vive el país. Porque este es otro falso dilema o una verdad a medias. Esto no arrancó en 2019, sino desde nuestra victoria en las elecciones parlamentarias de 2015, donde construimos mayoría. El año pasado quizá lo vemos como gris, aunque logramos que el mundo entero desconociera el proceso fraudulento del 20 de mayo. Eso nos permitió llegar a asumir la presidencia encargada el 23 de enero, así que construimos ese momento, y para eso hubo comunicación con todos los partidos políticos y el respaldo internacional.

GQ- A Roberto Marrero, tu jefe de despacho, lo detuvieron y encarcelaron acusado de terrorismo. No obstante, no has dejado tu gira de lado. ¿Cómo lo manejas?

JG- Es un ataque directo a mí. El régimen saliva con detenerme. No sé si cuando salga esta edición estaré preso también. Ahora mi hermano también está perseguido y solicitado. Lo acusan de ayudarme. También encarcelaron al abogado y consultor jurídico petrolero Juan Antonio Planchart, quien investigó para nosotros la identificación de fondos del chavismo en el exterior, producto de la corrupción. Esto es más que persecución. Aquí ya nadie es inocente, somos culpables por querer un cambio en Venezuela.

GQ- ¿Qué haces para enfrentarlo?

JG- Lo manejamos como hemos hecho desde hace años. En 2014, quedé encargado del partido cuando apresaron a Leopoldo López y había una orden de captura contra Carlos Vecchio, quien hoy es embajador encargado ante Estados Unidos. En ese momento, los que quedamos nos amoldamos. La sede del partido fue allanada tres veces. Yo fui apuntado en el rostro por los cuerpos de seguridad. Si algo he sacado de mi proceso de vida es que soy un sobreviviente, y no queremos ser víctimas, sino que queremos seguir. Sobrevivir y trascender a vivir dignamente. No es fácil porque, al igual que todos, no tengo electricidad o agua en estos momentos. No es populista decirlo, lo comparto: tengo que resolver también los tratamientos médicos por el cáncer que sufre mi madre y la alimentación de mi hija. Como todos.

GQ- ¿Por qué crees que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador en México se ha diferenciado de otros países de la región?

JG- Hay un enfoque que se le ha querido dar al conflicto en Venezuela, que es hacerlo parecer como un problema ideológico entre la izquierda y la derecha. Esto no es así. Existen compromisos adquiridos desde hace mucho tiempo con asociaciones y alianzas…

GQ- ¿Hablas de ti o de AMLO?

JG- Hablo de la izquierda del continente, del Foro de Sao Paulo. Ellos, durante años, trataron de imponer un modelo político financiado desde Brasil con el dinero de la empresa privada Odebrecht y desde Venezuela con las ganancias de la empresa petrolera estatal PDVSA; ambas con casos de corrupción. No quiero decir que hay ese tipo de vínculos con López Obrador, pero sí hay vinculaciones de tiempos. Su campaña se basó en denunciar la corrupción y las violaciones de derechos humanos y en realidad tendría poco margen de maniobra para hablar de esos temas en el caso de Venezuela.

GQ- Pero ¿cómo te puede comprender la izquierda de América Latina si salen en tu apoyo líderes como Trump, Bolsonaro o Duque?

JG- Evidentemente, la política interna de cada país lo usará para su propia campaña. Sin embargo, el caso venezolano tiene que ver con otras cosas: es un tema de derechos fundamentales, de humanidad. Se trata del derecho a la vida, a la salud, a pensar libremente. Estamos en un punto en el que pedimos agua, luz y comida. ¿Estamos acaso en 1900? ¿En la Venezuela rural? Son más de 100 años de retraso y eso no aguanta ningún tamiz ideológico ni de intereses transnacionales. Ese cuento de que Estados Unidos quiere apropiarse del petróleo venezolano es la falacia más grande que he escuchado en mi vida, cuando ha sido el principal cliente de Venezuela en ese rubro porque tienen refinerías que pueden procesar nuestro petróleo. Es pura retórica, es una narrativa falsa que no se ajusta a lo que ocurre.

GQ- ¿Cómo vas a afrontar problemas clave como la pobreza o la hiperinflación?

JG- No es mi estructuración, sino la de un gran equipo que hemos denominado Plan País y que está dividido en 10 áreas, desde la energética hasta la económica. La situación es tan crítica, que añoramos una inflación de 3 dígitos, cuando en este momento estamos sobre 3.000.000% anualizada y podríamos terminar el año con una hiperinflación de 8 dígitos. Ya no hay agujeros en el cinturón para aplicar medidas. No puedes apretar más al venezolano. Por eso, hablamos de ayuda humanitaria para contener la crisis mientras se resuelve el problema estructural de recuperar la productividad.

GQ- ¿Por qué le pides un quiebre a los militares cuando parece que siguen apoyando a Nicolás Maduro? ¿Hay algo que no sepamos?

JG- También (risas). Pero la única posibilidad de una transición pacífica es esa. Si no, sería una salida de fuerza muy compleja para nosotros, los venezolanos. Tenemos que agotar lo más posible esa alternativa. ¿Hasta cuándo podemos aguantar para saber si contamos con ellos o no? Existe información, tenemos comunicación y también hay miedo porque para ellos, ha habido persecución y torturas. No gratis; hoy ya hay más de 160 oficiales presos. El Alto Mando lo que tiene son compromisos con ellos mismos. Siento, y es mi percepción, que lo que no quieren es dar el paso y así prescindir de sus privilegios.

GQ- Tu imagen ha sido importante. Muchos líderes políticos se disfrazaron de deportistas. ¿Por qué escogiste el traje como vestimenta cotidiana si, además, eres el más joven de todos?

JG- Hablando de la imagen, hay símbolos importantes. Como político, tú representas a una ciudadanía. ¡Ojo! Vengo de la costa Caribe de La Guaira. Me encanta andar descalzo, era divertido cuando podía hacerlo. Pero el respeto a los electores es importante. Los símbolos del poder tienen peso cuando los llevas y los representas. Hoy, alguien usurpa la banda presidencial y eso no lo hace presidente. Debemos representar a la ciudadanía dignamente. Hay quien cree que las formas son distancia y en realidad son respeto. Durante mucho tiempo, nos pareció simpático que un presidente rompiera el protocolo porque eso lo hacía ver más cercano. Pero es mentira. No genera más empatía transgredir el espacio de los demás y la forma establecida. Es muy importante en política y en la vida guardar la forma y el fondo.

GQ- ¿Qué se siente perder intimidad?

JG- En estos días, Fabiana, mi esposa, me decía: “¿Vamos a recuperar la normalidad?”. Y pensé que ella hablaba del país; le dije que sí, que volveríamos a tener agua y luz. Ésa la vamos a recuperar. Pero la normalidad personal, la íntima, no lo sé. ¿Volver a ir al parque o al cine? Eso no lo sé. Asumimos la misión de ser servidores públicos y eso tiene consecuencias. Sin embargo, en la intimidad de la casa y tener gente allí permanentemente, me ayudó que mi familia siempre fue así, en mi casa vivían mis tíos y mis primos, así que lo hemos sabido superar.

GQ- ¿Y cuándo puedes ser papá? Porque tienes tres meses en otra lógica...

JG- Ese es uno de los roles más importantes y, paradójicamente, me lleva a arriesgar más porque sé que si no lo hago, mi hija no tendrá una vida digna. En cada segundo que tengo chance, trato de estar con ella. No es fácil, pero es lo mejor que tengo ahora como motivación.

GQ- ¿Temes por tu vida o la de tu familia?

JQ- Siempre es un riesgo la libertad o la vida. Han existido amenazas directas de muerte y persecución. Pero no temo. La verdad es que es un riesgo que asumimos y sobrellevamos.

Tomado de: https://www.gq.com.mx/entretenimiento/articulo/juan-guaido-portada-gq-mexico-mayo-2019

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