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jueves, 25 de abril de 2019

Ser progresistas, por Sergio Arancibia




Sergio Arancibia 24 de abril de 2019

Ser progresistas consiste, en primer lugar, en creer en la posibilidad de que nuestros países caminen por una senda de evolución positiva – en lo económico, en lo social y en lo político – es decir, suponer que no estamos condenados por la historia, ni por los dioses, ni por la raza, ni por la geografía, a perdurar en condiciones de atraso y de pobreza y, en segundo lugar, en tener propuestas concretas y realistas como para lograr que eso se haga posible, pues tampoco las cosas sucederán por casualidad.

Durante muchos años y décadas, por lo menos en la América Latina, hubo sectores que legítimamente fueron calificados, o se autocalificaron, como progresistas. La mayoría de ellos provenía de las múltiples expresiones de la izquierda latinoamericana, pero no todas las izquierdas eran progresistas – pues había sectores cuyas propuestas no eran desde ningún punto de vista portadoras de progreso- ni todos los progresistas eran izquierdistas – pues había sectores liberales y demócratas que lucharon con fuerza y sinceridad para romper con atrasos seculares de nuestras sociedades y para abrir paso a la modernidad. Del seno del mundo progresista – así concebido – salieron propuestas tales como la nacionalización de las riquezas básicas – cobre, hierro, petróleo, estaño – la industrialización – aun con todas sus limitaciones que se manifestaron posteriormente – e incluso la ruptura, por diferentes vías, del mundo oligárquico y tradicional que imperaba en los sectores agrarios.

La historia no ha sido suficientemente justa en el reconocimiento del progresismo latinoamericano – que se ha visto muchas veces opacado por sus propias expresiones de utopismo, mesianismo, sectarismo y hasta militarismo. Pero no hay duda de que hubieron desde allí aportes sustantivos al progreso de nuestras naciones. Baste recordar que la nacionalización de las riquezas básicas permitió a los estados disponer de importantes excedentes económicos que se necesitaban para promover el desarrollo social y económico de nuestros países.

Hoy en día, sin embargo, no está claro cuales son las grandes propuestas de los viejos o de los nuevos movimientos progresistas como para hacer avanzar en un sentido históricamente positivo la vida social, política y económica de cada uno de los países de la región.

Aceptemos, por un momento, que hoy en día la sobrevivencia de nuestros países y sus posibilidades  de disfrutar de todos los frutos de la vida moderna y de tener cuotas crecientes de libertad y de justicia social, depende de la capacidad de insertarse en forma exitosa en los canales y circuitos del comercio internacional contemporáneo, de la capacidad de captar, dominar y crear en el campo de la ciencia y la tecnología,  de los acuerdos que se establezcan  con otros países para potenciar de conjunto sus capacidades económicas y tecnológicas, y depende también, desde luego, de lo que se haga o deje de hacer en materia de distribución  de la riqueza eventualmente creada, y de lo que se haga en materia de educación y salud.

En ámbitos más distantes del desarrollo económico nacional – pero igualmente importantes – el  momento histórico exige respuestas – adecuadas a los tiempos que corren – a problemas que son universales y permanentes, tales como la defensa de los derechos humanos, la lucha en pro de los sectores más desfavorecidos en el seno de la sociedad, la lucha por la igualdad y la libertad, los derechos de las minorías y en avance y profundización de la democracia.

Si eso es así, entonces el ser progresista se convierte en un desafío en términos de generar respuestas y propuestas claras y creíbles respecto al que hacer en esos campos, las cuales deben ayudar, entre otras cosas, a diferenciar con claridad a los progresistas de los que no lo son, para que esa categoría siga teniendo vigencia.


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