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jueves, 26 de marzo de 2015

Cuando el señor Chaderton piensa, mire usted en lo que piensa, por Roger Vilain

Roger Vilain 21 de marzo de 2015

Vamos a hacer un ejercicio de transposición. Cambiemos algunos términos, apenas unos cuantos en el original (cuya diana son los adversarios del gobierno) e imagina ahora a  Capriles, o a Andrés Velásquez, o supón a María Corina, muy trajeada y formalita, en un plató de televisión afirmando ante las cámaras: “Los francotiradores apuntan a cabezas, pero llega un momento en el que una cabeza chavista no se diferencia de una cabeza opositora, salvo en el contenido. El sonido que produce [una bala, claro está] en una cabeza chavista es mucho menor, porque el cráneo es hueco y pasa rápido, pero eso se sabe después que pasa el proyectil”.

    Detente un segundo y lee otra vez. Entonces piensa en lo que estuviera sucediendo aquí si cualquier dirigente opositor hubiera en realidad vociferado (las emitió el embajador venezolano ante la OEA) tales monstruosidades y desplegado semejante abanico de patético humor negro. Humor negro, sí, no creas que has leído mal. Tal fue la excusa dada por el señor Chaderton para justificar lo imperdonable, junto con señalamientos sugiriendo que sus afirmaciones resultaron mediáticamente trastocadas. Yo opiné A pero no opiné A, sino B. Yo manifesté lo que manifesté y muy bien manifestado, pero ustedes los malvados entienden lo contrario, razonan al revés, decodifican mal. Y así. Cantinflas reloaded.

    El señor Roy Chaderton, supongo, sabe mucho del humor, de todos los humores de este mundo. Del blanco, del azul clarito, del negro por supuesto, del humor acuoso y del vítreo, pero sabe un pepino del humor dañino, del humor imbécil, ese que ha disparado bajo un manto de impunidad que sólo da el poder retorcido por el abuso, por el mira que estoy en las alturas, cómodo sitial al que llegamos los privilegiados. Casi puedo verlo en pleno zapping mental con el control remoto ideológico presto a la tarea de ejercitar su magnífico humor a base de crujidos escuálidos o chavistas del occipital. Crujidos como de cáscara de huevo o como de cráneos con mucha materia gris según el caso. Leo de nuevo las declaraciones de Chaderton y digo: hay que ver, este individuo anda de lo más campante haciendo de las suyas por el mundo cuando ya no podría dar un paso más debido al peso infinito de su, ahora sí, negrísima conciencia. Y de seguidas pienso en Geraldine Moreno, en Basil Da Costa, en Kluiverth Roa, en tantos burlados a fuerza de una realidad que es el horror trivializado por un funcionario sin escrúpulos.

    En el fondo el mensaje de Chaderton, con el humor ennegrecido y la sonrisa desdentada que le venga en gana, es siempre el mismo, presente con puntualidad de reloj suizo en totalitarismos de cualquier pelaje. Como el lenguaje nos conforma, como los seres humanos por re o por fa estamos cruzados de cabo a rabo por lo lingüístico, decir escuálido  y asociarlo con calaveras huecas saltando como confetis gracias a balas antojadizas, supone la exclusión, la negación total, la cosificación del otro, de quien es distinto, de quien no piensa ni comparte la lógica del poder (y por ser un vacío andante ni siquiera piensa). El mensaje de Chaderton nace de una  perversión: el convencimiento de que es dueño de la verdad, de la justicia e incluso de la historia, y ya puedes imaginarlo, quien posee las llaves para acceder a tamaño triunvirato posee también superioridad moral para emitir y sentenciar cuanta barbaridad coquetee con sus neuronas.  Minimizar al adversario, transformarlo  en poco menos que un insecto, invalidarlo en todos los terrenos, esa es la idea. Un escuálido es entonces un descerebrado que ve tú a saber qué más podrá ser, porque está vacío de contenido.

    Cuando Chávez inventó la palabreja no andaba tan perdido en la luna de Belén con los pastores. Señalar, disminuir, excluir, convertir en bichos a quienes lleven la impronta de escuálidos colgando de la frente, tenía y tiene objetivo muy bien delimitado. Un escuálido, en fin, es una oquedad y por eso el proyectil le atraviesa la cabeza en un zumbido, no faltaba más. Lo demás es humor negro y sonrisitas de rigor, que para tales menesteres siempre hay gente bien dispuesta, como el triste Chaderton.



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