Por Ángel Oropeza
Como herramienta de
dominación y control social por parte de los regímenes autoritarios, el solo
uso de la represión y la fuerza bruta suelen ser insuficientes. Esto se debe a
que los mecanismos coercitivos y represivos, además de costosos, generan
rechazo y hasta resistencia por parte de sectores importantes de la población,
y en ocasiones despiertan renuencia para su uso en algunos miembros de las
mismas fuerzas represivas, temerosos de eventualmente cargar con la
responsabilidad de las violaciones de los derechos humanos que sus acciones
implican.
Es por ello que los
modelos no democráticos de dominación necesitan acompañar su siempre presente
acción represiva con otros mecanismos de control menos tangibles que no
produzcan resistencia por parte de los dominados, e incluso hasta generen
aceptación pasiva en estos, pero que al combinarse con los primeros resultan
mayormente efectivos. Entre estos mecanismos no tangibles ni fácilmente
evidentes está el que podemos denominar como ceguera social inducida.
Por ceguera social
inducida entendemos el fenómeno por el cual se utilizan las ventajas del
monopolio y control comunicacional que se tiene sobre una población para
generar una ilusión perceptual colectiva acorde con los intereses del
dominador. Ello se produce por dos vías complementarias y ambas necesarias: la
primera, la aplicación sistemática y continua de estrategias de propaganda y de
contenidos perceptuales del interés del opresor, y la otra (que es la que
permite que la primera funcione), obstaculizando que las personas tengan
fuentes de información alternas, se comuniquen entre sí y accedan a
informaciones más reales, pero que al ser distintas a las diseñadas por el
hegemón, retan y ponen en peligro la eficacia de la ilusión perceptual que se
quiere inducir desde arriba.
Al final, el producto
que se busca con la combinación de ambos mecanismos es tener un porcentaje
importante de la población que termine percibiendo como cierta una realidad
falsa, pero que se amolda a los intereses de dominación del explotador. De
hecho, las teorías psicológicas de la consistencia nos enseñan que las
personas, al no tener una información con la cual contrastar, terminan dando
por cierta la información a la cual tienen acceso.
Los estudios más
recientes de opinión pública están arrojando datos que confirman la progresiva
eficacia entre nosotros del fenómeno de la ceguera social inducida. Así, por
ejemplo, para algunas encuestas un porcentaje bastante amplio de la población
afirma que el país está mejor que hace 1 o 2 años, y para otras tiende a crecer
la proporción de venezolanos que creen ver una mejoría en las condiciones de
vida de sus compatriotas.
Lo cierto es que la
realidad no solo desmiente estas percepciones, sino que demuestra que está
ocurriendo todo lo contrario. La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la
Universidad Católica Andrés Bello (Encovi-Ucab), hoy por hoy la radiografía
social más confiable y creíble tanto en Venezuela como a nivel internacional, ha
encontrado y describe con datos irrefutables una realidad social y económica
dantesca y ciertamente mucho más grave que la que ya existía hace uno o dos
años.
No se trata aquí de
intentar reducir los extensos hallazgos de la Encovi en este limitado espacio.
Cualquiera puede acceder a los resultados del estudio a través de la
página www.proyectoencovi.com o
en la página web de la UCAB. Baste con mencionar, solo a manera de rápido
ejemplo, cómo la radiografía revela que en el último año 500.000
niños y jóvenes quedaron fuera del sistema escolar, el empleo se redujo
en 1,3 millones de puestos de trabajo y la pobreza extrema creció más de 8%.
También aumentó la dependencia de la población de bonos y remesas.
Los riesgos para
nuestros niños de morir también han aumentado. Tenemos la tasa de mortalidad
infantil registrada hace 30 años (25,7 por 1.000). Se redujo en 2021, con
respecto a 2020, el acceso a la educación inicial en niños de 3 a 5 años, con
lo que se le priva a este segmento tan sensible e importante de la población el
apresto necesario para el desarrollo de competencias básicas para avanzar en el
proceso educativo. También se redujo este año, con respecto al anterior, el
acceso a la enseñanza universitaria en la población de 18 a 24 años. En la
actualidad, 37% de los jóvenes venezolanos ni estudia ni trabaja.
Si hablamos de la
actividad laboral, esta sigue deteriorándose como consecuencia de la
continuidad en la caída de la actividad económica por sexto año consecutivo. De
hecho, el empleo formal (público o privado) se ha reducido en 2021 al punto que
hoy solo 40% de los ocupados lo está formalmente.
Si nos referimos a cómo
están comiendo los venezolanos, la realidad es que en general el consumo de
alimentos per cápita ha caído en este último año entre 2% y 13%, según el
estrato social. En otras palabras, todos los estratos sociales –a diferencia de
lo que algunos pudieran pensar– redujeron su gasto en alimentos. El estrato más
pobre fue el que más redujo su gasto en alimentos (13,3%), lo cual implica un
mayor sacrificio de ajuste precisamente entre los más pobres. Y la denominada
inseguridad alimentaria severa en 2021 es de 24,5% de los hogares (era de 23,3%
en 2020)
En cuanto a los niveles
de pobreza, esta no hace más que aumentar su severidad. La pobreza total de
ingresos alcanza en 2021 al 94,5% de la población (era 91% en 2018), mientras
que la pobreza extrema, que ya padecía un altísimo 67,7% de los hogares
venezolanos el año pasado, asciende hasta un obsceno 76,6% en este 2021.