por Milagros Socorro
El Museo de Arte Moderno de Nueva York hizo
una exposición de Armando Reverón en el
otoño de 2003 (la primera muestra que se
consagraba a un pintor latinoamericano en 60
años, en el MoMa). “Venezuela no conoce a
Reverón”.
No recuerdo cuándo Reverón apareció en mi vida. Mucho
antes de saber que era un pintor, su estampa surgió en
medio de esa nebulosa donde habitan los héroes de los
cuentos junto a ogros y gigantes, santos y libertadores,
lejanos antepasados y los seres amados que han muerto
antes de tiempo.
Una mañana que bajábamos al litoral, mi padre nos contó
que el abuelo había comprado un garaje en Macuto y uno
de los programas durante las vacaciones era ir a visitar “al
loco aquel que vive más allá de la quebrada del Cojo”.
Así empieza la novela “Los incurables”, de Federico Vegas
(Caracas, Editorial Alfa, 2012). Y aunque estos dos
párrafos pertenecen a un texto de ficción, la idea que el
país tiene de uno de sus más importantes artistas no
difiere mucho de “esa nebulosa” donde flotan seres reales
y ficticios, a la que alude Vegas.
Venezuela no conoce a Reverón. La minoría ínfima que
tiene conocimiento de su existencia, a lo mejor lo ubica en
el saco de los locos geniales que el país ha dado y
olvidado. Es probable que los menores de 25 años no
hayan visto jamás una obra suya; ni siquiera una
reproducción en un libro o lámina escolar. ¿Cuánto hace
que no se monta una exposición completa de Armando
Reverón?, ¿cuándo fue la última vez que un puñado de sus
cuadros (no hablemos de las muñecas, muy complicadas
de trasladar) fue llevado por ciudades del interior?, ¿cuál
fue el último funcionario de gobierno que tuvo idea de la
existencia y dimensiones de este artista…?
Ya en 1939, Mariano Picón Salas advirtió: “Aunque no lo
parezca, Reverón es uno de los venezolanos más
importantes que en este momento viven”. En el momento
del que habla Picón Salas, a Reverón le quedan tres o
cuatro años de vida. Y muy poca razón. En un par de años
se sumirá en el desvarío y acabará en un sanatorio.
Armando Julio Reverón Travieso nació en Caracas el 10 de
mayo de 1889. Fue el único de Julio Reverón Garmendia y
Dolores Travieso Montilla, una pareja muy mal avenida.
Además de la Academia de Bellas Artes, hizo estudios en
España y en Francia. En 1917 acepta la invitación de su
amigo el educador R.A. Rondón Márquez para pasarse
unos días en La Guaira, hospedado en el Colegio “Santos
Michelena”, del que Rondón Márquez era director y
“Su legado es de 450
pinturas, 150 dibujos y
decenas de objetos, entre
los que se cuentan sus
muñecas de trapo de
tamaño natural” propietario. Esa estadía cambiaría la vida del joven, porque
La Guaira se convertiría en el lugar donde va a sentirse
más cómodo y donde va a tener esos festines de luz que
marcaron su obra y su devenir síquico.
Así lo describe el artista Luis Alfredo López Méndez: Era
elegante, buenmozo, meticuloso y se vestía muy bien,
aunque después llegó a hacerlo de una forma casi
primitiva… Era un hombre alegre, le gustaba la zarzuela,
bailar y tomar fotografías. Iba a las carreras de caballo, en
El Paraíso, a fotografiar. Cosa curiosa que a los pintores
les gusten las carreras: por ejemplo, Degas, Arturo
Michelena. A mí me gustaban más los toros. Reverón era
sumamente agradable y magnífico… pero cambió, se fue a
Macuto, a Punta de Mulatos… Apenas tomaba, fumaba
mucho y no tuvo sino solo un amor conocido, Juanita, que
en un principio era bonita. Él la conoció jovencita y se fue a
vivir con ella. Después nosotros los casamos; yo fui
testigo de la boda… Aunque eso era una fórmula, llenar un
papel.
Armando Reverón conoció a quien sería su mujer, musa y
modelo, Juanita Ríos, en los carnavales de La Guaira de
1919. Ella era una muchacha de por allí, humilde y carente
de ambiciones. La conexión fue tan súbita y fuerte que a
Reverón no se le ocurrió nada mejor que llevársela con él a
Caracas, donde residía en casa de su madre, una señora
elegante y dueña de una pequeña fortuna (resto de una
mayor, que el marido estuvo a punto de despalillar en sus
correrías de adicto a la morfina y otras drogas que
entonces eran de consumo legal, así como de fácil, aunque
costosa, adquisición). El caso es que nada más comenzar
la Cuaresma de 1919, el joven y guapo Armando Reverón
se presenta en la residencia materna, sita de Pilita a
Mamey, con aquella muchacha de tan poco lustre.
Ninguno de los dos hizo mayor caso a la oposición de la
señora Travieso.
Amancebado con mujer guaireña e intrigado por la luz de
esa costa, Reverón se instala definitivamente en el Litoral
Central, en 1921. En su libro “Reverón, voces y demonios”
(Caracas, 1990), el crítico Juan Calzadilla dice: “El punto
de partida es el rancho donde Reverón vivió durante
algunos meses en 1920, cerca del lugar llamado Las
Quince Letras. Un poco más arriba, en la vertiente, se
encontraba un terreno que su madre había comprado para
destinarlo a la vivienda de su hijo, una parcela abrupta y
empinada, llena de grandes piedras que Reverón utilizaría
como elementos de un mobiliario natural. En ese terreno no mayor de 700 metros cuadrados, comenzó a levantar lo
que con el tiempo se conocería como El Castillete,
residencia del artista durante el resto de sus días”.
“Así lo describe el artista
Luis Alfredo López
Méndez: Era elegante,
buenmozo, meticuloso y
se vestía muy bien,
aunque después llegó a
hacerlo de una forma casi
primitiva… Era un
hombre alegre, le
gustaba la zarzuela,
bailar y tomar
fotografías”
Allí va a hacer gran parte de su obra. La proximidad del
mar debe haberle impregnado la idea de un eterno día de
playa, porque Reverón no tardaría en dejar atrás su pinta
de caraqueño sofisticado y opta ir desmañado y hasta
harapiento. “Se va a dejar, escribió Arturo Uslar Pietri, una barba de Padre Eterno, y de ese periodo hay también
una serie de autorretratos, en los que asoma su cabeza,
con la terrible barba, con el pelo revuelto, con esa mirada
ladeada con que está mirándose a sí mismo y mirándonos
a nosotros, y en el fondo de las dos figuras obsesionantes
de las muñecas, que por sobre él parecen mirar
inexpresivamente a la gente que ha de venir más tarde a
querer penetrar en el misterio de esa vida y de esa obra de
tan excepcional calidad”.
-Armando Reverón sacrificó su vida a su arte -establece
Uslar-. Como los artistas verdaderos, como los hombres
que sienten con intensidad, casi mortal, la necesidad de
expresión, este hombre sacrificó todo a su arte, su vida y
también su razón, porque, como decía el poeta Rimbaud,
que termino también en forma parecida a la de Reverón,
autodestruyéndose por la intensidad de su sensibilidad, los
horribles… Este hombre […] por llegar a una mayor
sinceridad y pureza de su arte llega a la destrucción de su
razón.
Aun así, Reverón no dejó de trabajar y de innovar sino
hasta unos tres años antes de su muerte. Su legado es de
450 pinturas, 150 dibujos y decenas de objetos, entre los
que se cuentan sus muñecas de trapo de tamaño natural.
El crítico de arte John Elderfield, especialista de arte
moderno del MoMa (Museo de Arte Moderno) de Nueva
York, y curador, junto con Luis Enrique Pérez Oramas, de la
exposición de Reverón que se hizo en esa institución en el
otoño de 2003 (por cierto, la primera muestra que se
consagraba a un pintor latinoamericano en 60 años, en el
MoMa), dijo en entrevista, en septiembre de 2000, que
Reverón era muy distinto a cualquier otro artista del
mundo. No se puede separar el lugar de donde uno
proviene de la cultura en que se inscribe. Esa es mi
desventaja personal al respecto, que yo no conozco el
contexto cultural de Reverón. Lo que sí sé muy bien es que
estamos ante un gran creador, de estatura mundial.
Reverón murió el 18 de septiembre de 1954, en el
Sanatorio San Jorge de Catia, Caracas, donde había
estado recluido varios meses con un diagnóstico de
esquizofrenia. Tenía 65 años. Desde 2016, sus restos
reposan en el Panteón Nacional de Venezuela
Tomado de:
https://www.lagranaldea.com/2022/09/18/reveron-un-creador-de-estatura-mundial/
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