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viernes, 10 de febrero de 2017

Maduro vs. Dulbi (o “El fracaso de la burocracia un domingo por la tarde”) por @WillyMcKey


Por Willy McKey


Dulbi Tabarquino tiene 16 años. Todavía no ha tenido oportunidad de votar. No parece una agente infiltrada por alguna estrategia opositora, sino una adolescente que estudia en Guarenas y que podría graduarse de bachiller este año. Forma parte de los invitados a esta emisión del programa dominical que ocupa los fines de semana del presidente. Está nerviosa. Se nota porque comienza diciendo “Buenos días” cuando ya ha pasado el tiempo en su silla como para tener que decir “Buenas tardes”. El presidente hace una pequeña broma. Se esfuerza por mostrarse jovial, cercano. Dentro de la retórica de las últimas dos décadas, es lo que debe intentar parecer un presidente. Sin embargo, Dulbi Tabarquino no puede parecer sino ella misma: una adolescente que estudia en el Liceo Benito Canónico.

Debió prevenir que algo se le pondría en contra cuando la jovencita dijo que su asignatura preferida era Matemáticas. Alguien que sabe sacar cuentas también sabe despejar incógnitas y consigue la manera de resolver problemas. Una vez más no lo vio venir: a su orden de “Pásenle un micrófono a Dulbi”, Nicolás Maduro empezó una batalla de la cual no podría salvarlo ningún escapulario retórico.

—Presidente, el [liceo] Bénito Canónico necesita mucha ayuda de usted y del gobierno bolivariano y revolucionario de Venezuela, ya que tenemos problemas con la infraestructura, nos han robado muchas veces, ahorita no tenemos portón…

El presidente intenta interrumpirla. Alza la voz. Su micrófono está apagado y la única voz que se oye en directo es la de la joven Tabarquino. Es necesario interrumpir la denuncia, pero no se oye lo que dice el presidente, al menos hasta que el micrófono recoge el audio de ambiente y se escucha la pregunta interruptora: “¿Dónde queda ese liceo?”.


Y toda pregunta que no se hace por una duda legítima siempre puede volverse en contra cuando la respuesta es poderosa:

—Aquí abajito… aquí abajito.

La respuesta pone en evidencia la candidez de Dulbi. Será imposible adjudicar esto a una maniobra de imperio o la politización de una tragedia. Era una niña aprovechando la oportunidad de hablar con el hombre que hoy representa a ese Estado que no los escucha ni los acompaña. Su respuesta “Aquí abajito” puso en evidencia que quienes han desplegado todo el aparataje comunicacional que hizo posible emitir una transmisión en vivo desde Guarenas no conocen los problemas de la comunidad, no saben dónde están parados.

Y a veces en la política ése es el único requisito: saber dónde estás parado.
Los aplausos de los presentes intentan distraer la denuncia, convertirse en un salvavidas y disolverla en el ruido. No lo logran. Menos cuando el hambre hace su aparición en la voz de Dulbi:

—También necesitamos nuestro comedor, porque tenemos cuatrocientos cincuenta estudiantes que no tenemos ni desayuno ni almuerzo en el liceo.

La dinámica que ha llevado esta conversación se transforma en un balde de culpa que está a punto de volcarse encima de él. De nuevo se nota en el presidente la urgencia por interrumpir. Y una vez más prefiere el riesgoso recurso de la pregunta hueca:

—¿Pero por qué no lo tienen?

De pronto, a través del canal del Estado, acabamos de ver que el Presidente de la República le devuelve una pregunta a una adolescente, como si la denuncia le pasara por encima. Sin embargo, esa falla grave en el sistema público educativo que testimonia el fracaso del modelo a apenas unas calles de ahí está a punto de mutar (nuevamente) en respuesta poderosa:

—Porque nos suspendieron el sistema hace como dos años. Nos suspendieron el sistema del comedor.

La tercera pregunta hueca (es decir: que espera una reacción específica y no proviene de una duda legítima) ya resulta en una estrategia retórica que pretende sacudirse la culpa, hasta el extremo de hacerle creer a la víctima que es culpable de su desdicha:

—¿Y ustedes qué han hecho?

—Hemos hecho las solicitudes, pero no hemos tenido respuesta.

—No se pueden quedar en la solicitud. Ustedes se tienen que movilizar. Ir a la calle. Que se sienta su palabra, ¿me entiendes? Y conquistar su derecho…

Movilizarse. Ir a la calle. Conquistar su derecho. Eso dijo.

El Presidente de la República acaba de decirle a una niña que seguir los canales regulares es inútil. Acaba de decirle que su gran error fue no poner en evidencia, mediante alguna manifestación en la calle, las fallas del gobierno que él preside. Acaba de reconocer el fracaso de la burocracia revolucionaria un domingo por la tarde.

Luego intenta reparar su extravío hablando de autogestión, de conucos, de espejismos. No sabe reaccionar cuando una nueva respuesta confirma que Dulbi y sus compañeros ya hicieron su tarea. Que son ellos quienes han fallado. Que aquí ya todos han hecho lo que les tocaba, menos ellos, menos los suyos. Sin embargo, hubo una pregunta hueca más:

—¿Qué le hace falta a la infraestructura, además de pintura?

—La azotea se está cayendo. Una parte del techo tiene un hueco y se está cayendo.

—Eso es una tarea para el viceministro Carlos Vieira. Váyase en este mismo momento con los estudiantes y con la directora de la unidad educativa y me traen un informe ahorita mismo, ya, antes de terminar el programa.

Ante lo inútil del mandato, por lo menos que parezca que alguien manda. Nicolás Maduro intenta arrancar un nuevo simulacro: que parezca que algo pasa, para que no pase nada. Asigna una tarea. Escoge al indicado. Pretende. Intenta. Parece. Y ahí fue cuando Dulbi Tabarquino hirió de muerte al espejismo de la eficacia revolucionaria.

—Ya entregamos el informe donde decimos lo que necesitamos en el liceo. También necesitamos luces, necesitamos pupitres porque a veces somos muchos los estudiantes y no tenemos suficientes pupitres. Necesitamos el comedor, de verdad, porque eso nos ayuda. Ya muchos estudiantes se nos han desmayado en el liceo. ¡La seguridad! Que es muy importante que no sólo ayuda al Benito Canónico sino a las personas de Rosa Mística, a la comunidad y a los diferentes liceos que están cercanos también…

Ella sabe dónde está parada. Y no iba a desaprovecharlo.

Dulbi Tabarquino no trataba de ridiculizar al Gobierno. En sus palabras es evidente que cree que podrían hacer algo. Ha hecho todo esto para darles una oportunidad. Otra oportunidad. Sin embargo, con apenas esta última intervención y antes de que le retiraran el micrófono, ha logrado resumir cada uno de los fracasos del modelo que le quedan cerca de su vida.

Y entonces la confesión final del fracaso:

—Yo lo que lamento de esto es que haya tenido que venir para acá para yo saber esa verdad.

¿Cuál es la verdad que desconocía Nicolás Maduro, el principal vocero de la revolución, de todas cuantas le hizo saber Dulbi? ¿No sabía que hay niños desmayándose de hambre en los planteles? Pues ahora será imposible esconderlo y ya llegó hasta su plató televisivo. ¿No sabía que desde hace dos años un liceo en Guarenas no tenía comedor? Debe haber algunos otros, de modo que lo que sigue a enterarse es sencillo: se busca al responsable y se le exige que ponga el cargo a la orden. ¿No sabía que la matrícula escolar es un número por encima del inventario de pupitres? Pues que preste más atención: Dulbi le dijo que eso pasa sólo a veces. Es probable que esos días en que los pupitres sí alcanzan es porque sus compañeros están en colas por comida. ¿No sabía que el país entero está oscuro apenas el sol se va? ¿Desde cuándo no sale de su círculo privadísimo de informes y reportes aparentemente llenos de vacíos?

Hay que tener cuidado con estas preguntas, porque también podríamos estar ante un calco retórico. Hugo Chávez Frías, su antecesor, logró durante mucho tiempo evadir la culpa y lanzarla río abajo, donde viceministros y directores se encargan de esconder los fracasos de las políticas.

Sin embargo, en ese último lamento presidencial hay una falacia evidente: no tenía que llegar hasta esa niña de Guarenas para “saber esa verdad”. Tenía que haber gobernado para evitar que una catástrofe se convirtiera en la única verdad alrededor de Dulbi Tabarquino, una niña de 16 años que nunca ha votado en ninguna de las elecciones que forman parte de su biografía, pero que empieza a tener razones para movilizarse, ir a la calle, conquistar sus derechos. En fin: seguir el consejo que le dio el presidente un domingo en la tarde, cuando reconoció el fracaso de todo, de tanto.



08-02-17