miércoles, 8 de diciembre de 2010

Casi doce años después


Editorial del Equipo Productor

En estos días, luego de llevar con un amigo una donación para los damnificados por las lluvias, a uno de los centros de acopio instalados en la ciudad de Caracas para tal fin, hacíamos un recuento de las distintas tragedias naturales de gran magnitud que han afectado a nuestro país en los once años de esta administración: Vargas 1999, la vaguada del 2005, y la actual vaguada del 2010.

Concluíamos que, si bien los fenómenos naturales no se le pueden endosar al gobierno, y que Vargas-1999 era la primera gran tragedia natural que le tocaba enfrentar al mismo, resultaba criminal la incapacidad y desidia mostrada por el régimen para implementar los planes de contingencia necesarios para asistir oportuna y eficazmente a las poblaciones afectadas durante las vaguada del 2005 y 2010, así como para tomar las acciones correctivas y preventivas enfocadas en reducir el impacto de fenómenos naturales de esta magnitud.

Y es que este mismo año 2010 hemos podido comprobar, con lo ocurrido en Haití y luego en Chile, que la adopción y difusión de políticas y planes para enfrentar tragedias naturales, la educación en esta materia, así como la adopción y cumplimiento de normas urbanísticas y de ingeniería civil, representan los elementos claves para minimizar el impacto de estas tragedias.

En el caso venezolano, hemos visto como fue descartado el proyecto de reconstrucción del Edo. Vargas, elaborado y presentado por el equipo de expertos, de todas las disciplinas y tendencias políticas, que trabajó bajo el liderazgo del entonces Ministro de Ciencia y Tecnología, y Autoridad Única de Vargas, Carlos Genatios. Este proyecto no solo ofrecía una reducción significativa del impacto, a nivel de vidas humanas e infraestructura, de futuros desastres naturales en la zona, sino que brindaba una excelente oportunidad para potenciar el desarrollo económico y social de todo el Estado. La razón para haber “engavetado” este proyecto, oficialmente no las conocemos, pero podríamos especular que fueron una mezcla de desidia, sectarismo político, corrupción y, quien sabe, el deseo de mantener a la población en un estado de fragilidad que los haga más dependientes del gobierno.

Alguien podría decir que los gobiernos anteriores a Chávez tampoco tomaron medidas para corregir aquellas situaciones que magnifican las tragedias durante un desastre natural.

Eso es cierto, pero, sin ánimo de excusar a dichas administraciones, habría que tomar en cuenta la muy lamentable falta de continuidad que se daba entre las mismas; cosa que no aplica para el actual régimen, el actual es el más largo desde Pérez Jiménez, por lo que ha contado con suficiente tiempo para implementar correctivos. Por otra parte, siendo esta una administración dirigida por un exmilitar, el cual se apoya mucho en dicho sector, uno podría esperar que tuviera la suficiente experticia y capacidad para implementar correctivos y planes de contingencia efectivos.

Es aquí donde nos encontramos con la necesidad de incluir otro elemento a la hora de tratar de entender y explicar el pobre desempeño que ha tenido el régimen, no solo en el plano de la prevención de tragedias, sino en todos los ámbitos en los que interviene.

Este elemento no es otro que el natural instinto de conservación del poder que existe en cualquier régimen y gobernante. Si revisamos la historia, veremos como todos los sistema de gobierno de corte totalitario y autoritario, invierten gran cantidad de recursos humanos y materiales, en tratar de impedir que fuerzas internas las desplazaran del poder, esto sin contar los invertidos para defenderse de los enemigos externos. Esto resta al país muchos recursos que pudieran ser invertidos en el desarrollo de sus sociedades. Evidentemente, mientras más incapaces son los líderes y elites de estos regímenes, tanto más notorio es el impacto que tiene en la sociedad la distracción de esos recursos en la seguridad política interna.

He aquí donde entra en juego una característica de la democracia que ayuda a la estabilización del ambiente político interno: la alternabilidad en el poder, la cual garantiza que los diferentes actores que pugnan por el poder dentro de una sociedad, tengan opción de acceder a él, reduciendo así las posibilidades de optar por la lucha violenta por alcanzarlo, lo que se traduce en que los gobiernos se enfoquen mejor en atender las necesidades reales de sus pueblos.

Dado que el proyecto del presidente se enfoca en su permanencia indefinida en el poder, cosa que, constitucionalmente pude hacer luego de la reforma del 2009, uno puede entender, más no aceptar, que todos los esfuerzos del régimen se enfoquen en este objetivo, y no en atender las necesidades de la sociedad. Si a esto sumamos la gran incapacidad que ha demostrado, en la gestión pública, la elite del régimen, es fácil entender la diferencia que existe con, por ejemplo, el desempeño del gobierno de Pérez Jiménez, y se parece más a regímenes fracasados como el de Cuba y Corea del Norte, con las salvedades del caso.

Esa, entre otras, es la razón por la que estamos como estamos casi doce años después….

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